El renacer del alma (Metamorfosis 1) 26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro?
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El renacer del alma (Metamorfosis 1)

El renacer del alma (Metamorfosis 1)

Por Alma Ross

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26 ¿Por qué estaba todo tan oscuro?

Avery buscó un interruptor. Debía haber alguna luz, algo que le ayudara a reconocer dónde se encontraba. Pero lo único que le rodeaba era el sonido de una respiración que parecía provenir de todas partes al mismo tiempo.

—¿Quién eres? —preguntó alarmado, forzando la vista en la oscuridad.

Era inútil, no veía nada. Estaba aterrorizado. Sentía su corazón acelerarse y su respiración agitada se confundía con la del desconocido.

A su izquierda, una risita hizo que pegara un brinco. Inspiró hondo y se dirigió al lugar del que provenía. La habitación parecía ir iluminándose con cada paso que daba, descubriendo el sofá de su salón y la funda de su guitarra.

Poco a poco, pudo intuir una figura al fondo. Rodeada de la más profunda oscuridad, con un foco de luz sobre ella, la mirada de Summ se clavaba en él. Su imagen hizo que su corazón doliera como si hubiera sido estrujado entre sus manos.

—¿Summ? —habló, con su voz reverberando en un eco infinito—. ¿Por qué has vuelto?

No fue hasta que se acercó más cuando se dio cuenta de que había algo fuera de lugar en ella. Sus ojos no eran verdes, eran… como dos rubíes que se clavaban en él, burlándose de su presencia.

—Nunca voy a volver, Avery.

En un movimiento ágil, Summ sacó una daga del interior de su bota negra y la clavó en su corazón.

Con un grito ahogado, todo se volvió rojo.

Se despertó sudando, palpándose el pecho en el lugar donde debía haber estado clavada la daga de Summ. Aún podía escuchar su voz como un eco retumbando en su cabeza. Solo que sabía a la perfección que la del sueño no era ella.

No había sido la primera vez que veía esos ojos rojos. Parecían formar parte de cada una de sus pesadillas en los últimos días.

Tratando de calmar su respiración agitada, miró la hora en su móvil: tan solo quedaban diez minutos para que sonara la alarma. Debía prepararse para ir a trabajar.

Se levantó con desgana y se dirigió al cuarto de baño. Había comenzado a acostumbrarse a asearse sin mirarse al espejo. Hacía años, había evitado hacerlo porque odiaba la imagen que reflejaba. Ahora, lo que temía no era ver su propio rostro, sino el reflejo de otro junto a él.

Se las apañó para afeitarse lo mejor que pudo, pero el resultado del experimento terminó con cuatro cortes: tres en la mejilla izquierda y uno en la barbilla. Se echó alcohol y abrazó el escozor. Era agradable sentir un dolor distinto al habitual.

Una vez enfundado en su uniforme, se dispuso a salir camino al trabajo. Max se encontraba en la cocina, apenas vistiendo un pantalón de pijama, atiborrándose de bacon y huevos. Le saludó con la boca llena.

—¿Vuelves al trabajo?

Avery asintió. No había vuelto al Punto y Mocca desde lo de Summ. No es que se sintiera preparado para volver, pero no podía estirar durante más tiempo la excusa de estar enfermo, y tenía facturas que pagar.

Bartholomiau se restregó en sus tobillos. Había olvidado que era su hora de comer. Sacó una lata de atún de la despensa y la volcó sobre su cuenco cerámico. El gato ronroneó agradecido.

—Pareces un Picasso —bromeó su amigo, burlándose de los cortes de su cara.

Se rió ante su ocurrencia y le robó un par de trozos de bacon en venganza. Max le miró, pero, lejos de recriminarle haberle quitado su comida, en sus ojos rasgados solo se reflejó preocupación.

—¿Sigues sin mirarte al espejo? —preguntó.

No contestó. No quería preocuparle más de lo que ya estaba. Además, ¿qué le iba a decir? ¿Que desde que Summ le había dejado el corazón le dolía y su mente le jugaba malas pasadas? Ya lo sabía, no era la primera vez. Solo que aquella vez era… diferente.

En su mente ya no estaba solo. Había figuras que aparecían de repente y se iban, dejándolo aterrado y desconcertado. Aunque ninguna tan terrorífica e inquietante como el hombre de los ojos rojos.

Quería pensar que aquello era normal, que era tan solo el desvarío de una mente que estaba sufriendo. En unas semanas volvería a la normalidad.

—Estoy bien —mintió, golpeando amistosamente a su amigo en el brazo tatuado—. ¿Pizza para cenar?

Max asintió. Sabía que no se había creído ni por un instante su respuesta.

Últimamente le preguntaba con frecuencia por sus visiones, aunque él se negaba a darle explicaciones.

No porque no confiara en su amigo, sino porque siempre había pensado que hablar en alto de algo que rondaba su cabeza significaba aceptar que era real.

Se negaba a dotar de vida a sus visiones.

El tatuado había sido bastante insistente con sus preguntas en los últimos días, pero, de todas las que le había hecho hasta entonces, la que le hizo antes de salir por la puerta fue la que más le desconcertó:

—Las personas a las que ves… ¿llevan capa?

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Avery caminó hacia el Punto y Mocca con el piloto automático puesto. Había hecho tantas veces el mismo recorrido en los últimos meses que podía realizarlo sin elevar demasiado su mirada del suelo.

La primera vez que salió de casa después de la ruptura apenas podía distinguir si las personas con las que se cruzaba eran reales o solo existían en su cabeza.

No tardó mucho en aprender a hacerlo: mientras que las personas reales caminaban a paso decidido y mantenían conversaciones entre ellas, las imaginarias —así había decidido llamarlas— permanecían de pie inmóviles, como estancadas en el espacio y el tiempo.

En ocasiones hablaban. Muchos balbuceaban palabras ininteligibles y otros repetían la misma frase sin sentido una y otra vez. A veces —solo a veces—, cuando les sobrepasaba, volvían a aparecer al girar la esquina. Aquello hacía que su piel se erizara.

Agradecía que solo aparecieran fuera de casa. Salvo el hombre de ojos rojos. Él aparecía en todas partes, en cualquier momento.

Atravesó el puente de Pillyrien, y el banco de madera desde el que un día vio el atardecer con Summ pareció llamarle desde un lateral. Se detuvo un par de segundos a observarlo.

En su cabeza resonaba la misma pregunta una y otra vez: ¿Por qué? Summ había parecido entenderlo, aceptarlo como era y corresponder sus sentimientos; incluso habían hecho planes de futuro juntos. Y, de repente…

Se zafó de aquel hilo de pensamientos. No tenía sentido darle vueltas, ella no iba a volver.

—No puedo volver a casa.

Su cuerpo se tensó y mantuvo la mirada fija en el banco. A su derecha podía sentir la presencia de uno de ellos. Por su voz, habría jurado que se trataba de una anciana.

Sintió caer el sudor sobre su frente y se lo secó con el costado de su mano.

¿Y si se armaba de valor y confrontaba a uno de esos seres?

Tal vez, si les respondía, dejarían de existir.

O tal vez les volvería reales, como las melodías que creaba en su cabeza y adquirían vida al ponerles voz con su guitarra.

—No puedo volver a casa —repitió la anciana.

No. Aún no se sentía preparado. Sin volver la vista, continuó su recorrido hacia el Punto y Mocca.

La mañana había transcurrido con normalidad. Las visiones parecían haber remitido —siempre y cuando no mirara a través de la ventana, ya que la anciana permanecía en el puente, inmóvil— y estaba siendo una jornada relativamente tranquila.

Aprovechó la ausencia de clientes para sacar del almacén los nuevos libros que habían llegado para la sección de librería y se dispuso a colocarlos uno a uno por temática. Apartó uno de invasiones alienígenas para Max. Estaba seguro de que le gustaría.

Analizando el resto, un pensamiento intrusivo rompió la poca paz que había sentido en las últimas horas: ¿Qué libro le habría gustado a Summ? Lo desconocía. Desconocía todo sobre ella. Debía haber escuchado a Max.

—¿Qué tiene lo desconocido que resulta tan atrayente? —como si leyera su pensamiento, una voz conocida le habló desde el sillón de lectura junto a la estantería de poesía.

Su cuerpo comenzó a tiritar. De sus manos entumecidas cayeron los volúmenes que había estado sujetando. Luchó por no girarse mientras se agachaba a recogerlos. El solo pensamiento de toparse con aquellos ojos rojos hizo que su cuerpo temblara.

—Avery —la visión pesadillesca le llamó con sorna—. ¿Por qué no hablas conmigo?

Sintió su pulso acelerarse. Podía escuchar sus latidos retumbar en su garganta. ¿Por qué su mente había creado algo así? ¿Era esa su manera de castigarse a sí mismo por algo? Nunca se habría considerado tan ingenioso en el arte de la tortura.

—Sabía que lo que hice podía tener efectos secundarios pero… nunca habría imaginado que sería tan divertido.

La carcajada de la pesadilla resonó en la cafetería. O eso le pareció, ya que sabía que solo él podía haberla escuchado. Habría dado todo porque se callara. Podría vivir con un corazón roto, pero no podría convivir con la locura.

—¿Quieres dejar de escuchar las voces, Avery? —volvió a hablar, pero esta vez parecía estar agitando algo. ¿Qué era?

—Tengo la solución, Ave —insistió, agitando de nuevo lo que sonaba como un bote de pastillas.

Sabía lo que tenía en las manos. Había pasado mucho tiempo siendo esclavo de ellas.

Pero había recorrido un camino muy largo para dejarlas atrás.

No quería volver a apagarse. No quería volverse adicto a no sentir nada de nuevo.

No dejaría que los químicos apagaran su dolor. Lo haría suyo y lo conquistaría.

Armándose de valor, aun sintiendo sus manos temblar, se giró para enfrentarse al demonio de su mente, que le contemplaba sentado con una pierna subida al brazo del sillón y su túnica tan impecable como siempre. Sus ojos, tan rojos como su vestimenta, le observaban divertidos.

—¡Vete! —exclamó.

—¿Ocurre algo, Avery? —su jefa entró sobresaltada desde la terraza.

—Nada —se giró y respondió de inmediato, fingiendo normalidad—. Todo bien.

Cuando volteó para confrontar la mirada carmesí en el sillón, ya no había nadie. Deseó con todas sus fuerzas que su interacción con él no le hubiera dotado de vida.

Lo primero que Summ vio fueron las amplias cristaleras de la enfermería de la Senda. No sabía cómo había llegado hasta allí.