33 Al divisar la cabaña del guardabosques, Summ suspiró aliviada. Faltaba poco. #9
De camino al portal de Nareen, un silencio espeso se instaló entre ambas.
Summ sabía que Thyra podría ser una gran consejera.
No obstante, si la sentencia que emitía en su juicio resultaba ser demasiado leve, sería catalogada como débil y marcaría el principio del fin de su lugar en la organización.
Si, por el contrario, dictaba una pena dura…
Bueno, sería ella misma quien pagara las consecuencias.
Avery y Max las esperaban en el callejón, impacientes por conocer los resultados de ambos juicios. El músico la abrazó con fuerza cuando supo lo ocurrido. La clase de fuerza que necesitaba para afrontar las próximas horas.
—¿Has vuelto a sentirlo? —preguntó Summ, con su rostro aún pegado a su pecho.
No necesitaba especificar más; le había hecho esa pregunta cada mañana desde la noche del cementerio. El poder que había utilizado aún la aterraba por las noches. Aún sentía el frío en su piel.
Por supuesto, la implicación de Avery en la captura de Baltheezar había sido borrada de la versión oficial, y así esperaba que siguiera siempre.
—Tranquila, no he vuelto a sentir nada parecido —respondió, acariciando su pelo.
Pero, por la forma en que su undae titiló ante su contacto, supo que la sombra de su poder siempre estaría tras ellos. Tal vez pudieran arrinconarlo en el mismo espacio vacío que la ausencia de Askar le había dejado en su pecho. Tal vez funcionara. Tal vez conseguirían ser felices.
—Todo irá bien —la voz de Avery sonó como un ronroneo.
Summ se permitió observarlo por unos segundos. Las ojeras habían desaparecido, y su sonrisa perfecta llegaba hasta sus ojos, que la miraban con un amor que nunca había esperado recibir. Asintió, decidida.
Antes de volver a abrazarla y besarla con ternura, Avery murmuró en su oído una frase que acunó su corazón y ablandó su alma:
—Eres Summ Elwen, y tú forjas tu propio destino.
Thyra había pasado gran parte de los últimos días encerrada en su cuarto.
Habían sucedido muchas cosas —demasiadas— que le habían hecho replantearse todo aquello de lo que había estado siempre convencida, y cada vez que creía haber tomado una decisión, al instante ya no estaba tan segura…
Y su nueva posición en la Senda volvía a cambiarlo todo.
Sentada junto a Max en la repisa de un muro bajo, su juicio comenzó a nublarse por el aroma a bergamota y la imagen de sus tatuajes, que hacían que su corazón bombeara más rápido de lo normal.
El chico mantenía la mirada perdida al frente, en completo silencio.
¡En menudo momento había decidido permanecer callado!
La falta de conversación la hacía sentir incómoda.
Acabaría diciendo o cometiendo alguna estupidez.
Por fin, Max carraspeó, rompiendo su mutismo.
—Si te apetece, podemos ir a cenar esta noche.
Sus ojos rasgados se clavaron en ella. No había rastro de su deje burlón característico. En su lugar se había instalado una versión frágil de sí mismo. Una versión que Thyra habría aprendido a apreciar y que hacía todo aquello más difícil.
Tomó aire en profundidad, en un intento de encontrar las fuerzas para hablar mientras sus manos comenzaban a temblar. Siendo incapaz de sostenerle la mirada, miró a sus propios pies y comenzó a hablar:
—Estos últimos días han pasado muchas cosas y… he pensado mucho sobre… todo. Sobre quién soy. Sobre quién quiero ser.
Soltó el aire que había tomado, sin ser consciente de que había estado aguantando la respiración. Sabía lo que tenía que decir. Estaba segura.
Luchando por apoderarse de su certeza, levantó la vista y la posó en el chico, que la observaba con el ceño fruncido. El brillo de sus ojos rasgados hizo que su convicción tambaleara.
—Mi destino está en la Senda, y tú… no puedes estar en él.
Una sombra efímera cruzó el rostro desencajado de Max, aunque el muchacho no permitió que se vislumbrara por mucho tiempo. Un momento después volvió a dibujar la máscara burlona que siempre le acompañaba.
Una pequeña punzada de decepción atravesó el pecho de Thyra. ¿Qué había esperado? ¿Lágrimas? ¿Gritos? ¿O, tal vez, un «quédate»?
—Suerte con Summ y el Consejo.
Asintió y llevó su mirada hacia el acceso del callejón para encontrar un punto donde anclarse.
Con apenas un movimiento de mano como despedida, se alejó del chico hacia la entrada a la Ciudad Bajo la Niebla, con el corazón encogido hacia la vida por la que siempre había luchado.
Ahora contaba con una posición que le permitiría cambiar las cosas, con la que podría mejorar la vida de los ciudadanos del segundo y el tercer círculo.
Y mientras recorría los pocos metros que la separaban de su hogar, se preguntó cómo era posible que una decisión correcta pudiera doler tanto. Luchó por no mirar atrás, para que sus pies no dejaran de moverse.
Sintió un tirón en su brazo derecho.
En cuestión de segundos, los labios de Max se encontraban sobre los suyos, suaves y abrasadores.
Se permitió disfrutar de su sabor y de su cercanía una última vez y dejó que sus dedos se hundieran en las ondas de su pelo negro.
Y, cuando Max se separó de ella, se sintió como si acabaran de arrancarle los puntos de una herida reciente.
Volviendo a dejar al descubierto esa versión frágil de sí mismo que apenas había llegado a vislumbrar, Max se despidió de ella:
—Por si no volvemos a vernos.
De camino a la Cámara del Consejo, a Summ le parecieron los pasillos del castillo más estrechos y oscuros de lo habitual.
O tal vez no, tal vez la certeza de que sería castigada hacía que resultara todo más opresivo.
Incluso cuando ella misma había decidido su propio castigo después de horas de deliberación.
Y el silencio de Thyra junto a ella, con sus movimientos erráticos y sus suspiros, no ayudaba a apaciguar esa sensación.
Al llegar a la Cámara, se pararon frente a los dos guardias que custodiaban la entrada. El de la izquierda, un Vardir canoso al que recordaba haber visto durante la batalla del cementerio, habló antes de iniciar la apertura de los portones de doble hoja.
—Consejera Velmor, bienvenida.
Thyra saludó con un leve asentimiento de cabeza y Summ la siguió en su paso hacia el interior de la sala circular.
Su amiga le dio un último apretón de manos antes de dirigirse hacia su escaño, en el mismo sillón de madera donde hacía unos días todavía se sentaba Askar.
La pena del pasado y el orgullo del futuro llenaron su pecho.
No tardó en sentir las miradas afiladas del resto de consejeros. No hubo bienvenidas, tan solo un solemne silencio. A continuación, Maedra Isveth se puso en pie para dar inicio a la sesión con un golpe de bastón.
—Summ Elwen se presenta ante el Consejo de la Senda para recibir un juicio justo por sus recientes transgresiones —la voz carrasposa de la anciana retumbó en la sala—. Antes de comenzar, queremos darle el pésame por el fallecimiento de su hermano. Era un miembro muy querido de la Senda.
Asintió y su mirada se desvió de inmediato al rostro satisfecho del consejero Voss. La ausencia de Askar le había dado más poder, y una hija viuda para volver a casar con quien resultara de su conveniencia. Apretó los puños con fuerza y sintió sus ojos humedecerse.
Esperaba que Thyra le diera su merecido tarde o temprano.
—¿Por dónde empiezo…? —La consejera agudizó su vista sobre el papel que yacía sobre su atril—. Desobediencia, relación sentimental con humanos, revelación de secretos a los mismos y agresión a un hermano Velahr. Esto último es de una gravedad extrema.
—Loran no era un hermano, era un traidor —replicó entre dientes.
—Lo sabemos y esperamos que la consejera Velmor lo haya tenido en cuenta —respondió Maedra con una calma glacial antes de desviar su mirada hacia Thyra—. Puede proceder con la sentencia cuando quiera.
Thyra se levantó de su asiento, secándose el sudor de las manos sobre su nueva capa de filo rojo.
La miró por unos instantes, para cerciorarse de que la decisión que habían tomado era la correcta.
Summ asintió con disimulo, luchando contra su corazón desbocado, y su amiga carraspeó antes de comenzar a hablar:
—Por el delito de agresión a un hermano, la señorita Elwen queda exculpada —la declaración contó con la aprobación del resto de la sala—.
Por los delitos de desobediencia, relación con humanos y revelación de secretos, y con el poder que esta misma cámara me avala, la sentencio al destierro de la Ciudad Bajo la Niebla y será despojada de su undae hasta nueva orden.
El murmullo incrédulo de los consejeros reverberó en la estancia.
Nunca se había despojado a un Velahr de su esencia en Qasrahel.
Thyra marcaba una pauta que hacía que sus compañeros la miraran con admiración y miedo al mismo tiempo.
Y eso era exactamente lo que necesitaba si quería tener futuro entre ellos.
A Summ se le contrajo la garganta cuando su amiga sacó el karagar que atraparía su esencia para siempre y la condenaría a una vida humana, fuera de aquellas paredes. Se irguió con orgullo y abrazó su decisión. Abrazó a la persona en la que estaba a punto de convertirse.
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Al salir de la Cámara del Consejo, junto al vacío que Askar había dejado en su pecho, ahora se abría un nuevo agujero, donde antes había estado esa parte de sí misma que acababa de perder.
Pero sabía que este nuevo vacío no era para siempre, que tarde o temprano lo llenaría con algo nuevo.
Y dolía, claro que lo hacía, pero esperaba que haberse roto por dentro sirviera para crear una mejor versión de sí misma.
Caminó junto a Thyra hacia el exterior de la ciudad.
Recorrió los angostos pasillos y observó sus estandartes y pinturas por última vez.
Echó un último vistazo a las aulas en las que tanto tiempo había pasado y acarició el sillón de la sala de estar con cierta melancolía.
Recordó las cientos de horas que había pasado junto a Thyra allí, disfrutando de la chimenea en los días más fríos y charlando hasta que se hacía de noche.
Una sola mirada a su amiga fue suficiente para saber que ella también estaba pensando en eso mismo.
Al llegar al portal hacia Nareen, se preguntó si podría aguantar las lágrimas por más tiempo. Aquello no era una despedida. Nunca diría adiós a Thyra. Pero las cosas iban a cambiar mucho, y la incertidumbre la aterraba.
—¿Podrás contenerle?
Summ asintió. No sabía si podría evitar que Avery desarrollara su poder, pero lo que sabía con toda seguridad es que moriría intentándolo si fuera necesario.
—Todos los sábados a las diez en el Punto y Mocca —habló su amiga, con los ojos marrones bañados en lágrimas.
—Llueva o truene —respondió con una mano en el pecho—. Haz temblar este sitio, consejera Velmor.
Abrazó a su amiga con todas sus fuerzas y permitió que las lágrimas recorrieran sus mejillas.
Tras separarse de su abrazo y sosteniendo con tanta fuerza la maleta como a sí misma, dio un último vistazo a la ciudad, al castillo que había sido su casa durante toda su vida y a la hermana de elección que siempre había sido su hogar.
Se armó de valor y dio un paso adelante para atravesar por última vez el acceso que separaba sus dos vidas.
Miró al frente y se llenó del aroma del pan recién horneado y el humo de los coches.
Con la mente puesta en su nuevo comienzo, se lanzó sobre aquellos brazos abiertos que la esperaban para darle la bienvenida a su nueva vida.
Ya no habría entrenamientos matutinos, reuniones en el despacho de Askar ni tardes de lectura con Thyra.
Desde aquel instante dejaría de ser invisible en Nareen y aprendería a usar llaves para abrir cerraduras.
Y, mientras aprendía a desenvolverse en su nueva vida, sabía que, cada mañana, se despertaría con el aroma de un reconfortante y caliente café con leche.
El mejor café con leche que había probado nunca.