El renacer de la primavera Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Prim observó como su marido interactuaba con ella, arrimaba la cabeza buscando contacto, daba pequeños saltos y relinchaba tratando de llamar la atención.

—Spring es muy juguetona, pero también cariñosa y dócil. ¿Quieres acercarte?

Prim no lo creía posible, pero su marido estaba allí, tan tranquilo, y la yegua parecía tan inofensiva que aceptó.

Acortó la distancia, los pasos perdieron firmeza y se volvían más lentos y pesados. Pero llegó, se quedó a un solo metro de distancia. Sentía que, si levantaba el brazo, podría tocarla.

—Solo te quedan un par más.

—No sé si puedo.

—Es un gran triunfo. Estaréis aquí toda la semana, quizá mañana logres un paso más.

Prim se quedó meditando, había conseguido mucho ese día, pero si realmente quería avanzar, debía forzarse.

Ver hasta dónde podía llegar, y para su sorpresa, no se encontraba tan mal.

Elevó el pie, lo dejó un instante ahí, dudando, finalmente dio el paso.

Entonces Lucien fue consciente de su presencia, vio el orgullo en sus ojos.

—No hay mujer más valiente en toda Inglaterra —le susurró al oído.

—Quizá podáis tocarla juntos —sugirió Callum, algo incómodo por la intimidad que los envolvía.

—¿Te ves capaz?

Prim se encogió de hombros. Lucien tomó su mano, no inició el movimiento hasta que ella asintió conforme. Elevó la mano, arrastrando la de ella con su movimiento, hasta llegar al cuello de Spring. Callum se había colocado junto a ella.

El corazón de Prim se paró al notar el pelo en sus dedos, un segundo más tarde volvió a latir. Acelerado, pero seguía latiendo. Lucien guio el movimiento, y ella solo se dejó llevar. No pasó nada, absolutamente nada, y su pulso empezó a ralentizarse.

Un par de minutos más tarde, la potrilla giró la cabeza hacia los condes, y Prim se vio reflejada en sus oscuros ojos. La estaba mirando, observando, igual que hacía ella. Y por alguna razón inexplicable, esa revelación la tranquilizó.

Esa mañana, Prim consiguió algo que durante años había creído imposible, no había vencido su miedo, aún quedaba mucho camino por delante, pero había dado el primer paso, el más difícil.

Durante toda la semana, Prim fue al claro y se reunió con la potrilla.

Cada día se sentía más cómoda, más confiada.

Callum no quería desprenderse de ella, pero había una conexión especial y bonita entre ellas, la condesa jamás vencería el miedo sin Spring.

Lucien la compró, no fue la única, también un precioso semental marrón chocolate.

Era el último día en Cairn Donn, y las cuatro mujeres caminaban por el prado. Esa mañana, Lucien y Jamie habían ido a la destilería con Kendrick.

Eleanor y Leah se adelantaron, estaban acostumbradas a dar largos paseos con esas pronunciadas pendientes.

—Estoy exhausta —dijo Heida.

—Descansemos. No hay prisa alguna —dijo su amiga.

Heida cogió aire profundamente y lo soltó despacio. Se quedaron ahí unos minutos, casi habían llegado al acantilado, si afinaban el oído, escuchaban las olas golpeando la piedra.

—Sigamos —dijo Heida con la vista en su hermana, quien se había alejado considerablemente.

—¿Estás segura? No parece que hayas recuperado el aliento.

—Es el bebé, desde que estoy embarazada, me asfixio al segundo paso.

Prim asintió, ya se había dado cuenta de ello, así como de sus cambios de humor o su malestar matutino. Ninguno de sus síntomas la invitaba a querer unirse al club de las embarazadas.

—Y aun así has insistido en ir a esa playa.

Eleanor les habló de ella la noche anterior, había que subir al acantilado, caminar unos metros y después bajar por un estrecho sendero. No sonaba muy apetecible.

—Nos marchamos mañana y sabe dios cuándo volveremos, no quería irme sin verla.

Esos días no habían parado, visitaron varios pueblos colindantes, el círculo de piedra, un antiguo altar celta en medio de la naturaleza… No habían perdido el tiempo.

—Despacio —dijo Prim.

Heida, inconscientemente, se llevó la mano al vientre. Un gesto que se había convertido en costumbre en muy poco tiempo.

Con los brazos enlazados, ralentizaron sus pasos.

—¿No te huele el aire distinto aquí? —preguntó Prim.

—Mmmm, no tanto en realidad. Hederfield está junto a la costa, el olor es muy parecido.

—Quizá sea eso.

—Aunque debo reconocer que nos ha cambiado a todos un poquito —dijo.

Prim la miró con curiosidad. Su cambio no era un secreto, Eleanor se había encargado de informar en cada cena de sus avances con Spring. Pero desconocía qué cambios había notado en el resto, y en ella misma.

—Nos hemos vuelto más tolerantes ante los cotilleos e interrogatorios de Eleanor.

—Hasta eso hemos echado de menos —dijo provocando la risa de ambas.

—Puede que lleves razón. —Heida se quedó anclada en el suelo—. Hay algo que quiero pedirte. —Prim asintió, era su mejor amiga. Le debía mucho, sin ella, su vida seguiría siendo miserable en casa de sus tíos. Jamás podría saldar la deuda—. Quiero que seas la madrina de mi bebé.

Prim se quedó paralizada, totalmente perpleja, no esperaba algo así. Una mano invisible contrajo su corazón y las lágrimas comenzaron a amontonarse en sus ojos.

—¿Yo? —balbuceó.

—No hay nadie mejor.

Prim no pudo evitar desviar la mirada hacia el acantilado, allí estaba su gemela, su vínculo era increíble. No entendía nada.

—Eleanor lo sabe, se ha alegrado mucho cuando se lo he contado. Ella siempre será su tía, y en el castillo encontrará un refugio mientras ella viva, pero si algo nos pasara —Heida agarró sus manos, las emociones desbordantes recorrían su rostro—, sé que nadie lo cuidaría como tú.

Prim sorbió por la nariz, lloraba a moco tendido. Ser madrina de su hijo era un honor, uno maravilloso que aceptó con gusto.

Habían sido amigas durante años, pero aquel vínculo las convertía en algo más, en familia. No de sangre, no por contrato, sino por elección.