El renacer de la primavera Capítulo 30
96%

Capítulo 30

Cardo:

Con hojas grandes, verdes grisáceas y espinosas.

Prim observaba aquella tierra que un día se le antojó lejana, no era muy diferente a la suya.

—¿Aquí es donde pensabas esconderte? —preguntó Lucien tras ella, contemplando Cairn Donn, un enorme castillo de piedra gris.

Por fin, tras largos días de viaje, habían llegado.

—Seguro que alguna habitación les sobra —bromeó ella.

Un grito rompió el aire. Cuatro pares de ojos siguieron el sonido y se encontraron con Eleanor corriendo hacia ellos. En segundos, se mimetizó con su hermana en un cariñoso y ansiado abrazo.

Unos minutos después, aún con lágrimas en los ojos, fue el turno de Prim. Se abrazaron como si llevaran una vida sin verse y no poco más de un año.

—Por fin has llegado. Aunque te esperaba mucho antes, y soltera.

Prim le presentó a su marido, quien no se molestó en absoluto por las bromas sobre lo desilusionada que se sintió al enterarse de su boda, había demasiados Campbell solteros en ese castillo.

Eleanor los guio hasta sus habitaciones y los instó a descansar. Esa noche celebrarían su reencuentro.

—Me estoy arrepintiendo de haber aceptado —dijo Lucien al entrar al dormitorio.

—Es muy bonito —replicó Prim al tiempo que se descalzaba.

—No lo digo por la habitación, yo pensaba que sería una miniluna de miel, y va a ser todo lo contrario, tu amiga os va a acaparar por completo.

—Estoy segura de que os divertiréis igual o más que nosotras —dijo ella. Se puso de puntillas y lo besó.

Descansaron hasta que Eleanor en persona los fue a buscar. Heida y Jamie ya la acompañaban.

—No quería arriesgarme a que os perdierais —dijo ella.

—Ya… No apostaría ni una sola libra a que no hayas estado escuchando tras mi puerta antes de llamar —dijo Jamie en un tono divertido.

—No tiene de qué preocuparse, excelencia. —Eleanor palmeó la pared—. Piedra maciza, impenetrable, tus secretos están a salvo aquí.

Los duques se rieron con su ocurrencia, Prim se mordió el labio conteniéndose y Lucien estaba alucinando, la razón de que no estuviera espiando no era respetar la intimidad de sus invitados, sino que las paredes no se lo permitían.

Ya le habían advertido que Eleanor era un tanto cotilla, pero se habían quedado muy cortos.

—Tu integridad no tanto —dijo un escocés al otro lado del pasillo.

Eleanor les presentó a su marido, Kendrick Campbell. Se mostró tan cercano como todos los demás, incluso amenazó a Jamie con no volver a venderle su whisky si tardaban tanto en volver a visitarlos la próxima vez.

No eran duques, ladies o lo que quiera que hubiera en las Tierras Altas, eran una familia que se había extrañado durante mucho tiempo.

El resto de Campbell no eran muy distintos.

Blair era el señor del castillo. Un hombre mayor y afable, que parecía tener especial interés en casar a sus hijos —Callum y Edwin— y llenar el castillo de críos; a quien no parecía tener demasiadas ganas de entregar en matrimonio era a su sobrina Leah, una belleza pelirroja de amable sonrisa.

—Te dedicas a criar caballos, ¿no? —preguntó Lucien, quien pensó que el viaje podría servir para algo más que disfrutar y comprar whisky .

—Entre otras cosas —respondió Callum antes de meterse en la boca un trozo de carne demasiado grande.

Lucien no supo si seguir con la conversación o dejarlo para otro día, estarían allí una semana completa.

—Porque tú así lo quieres —replicó el cabeza de familia.

—Por favor, no discutamos delante de los invitados —pidió Leah, cansada de esos continuos enfrentamientos entre padre e hijo.

—¿Qué van a pensar de nuestros modales? Luego no queremos que se hable mal de los escoceses —dijo Eleanor.

—Tú eres inglesa —replicó Leah.

—Bueno, ahora soy una Campbell…

Estallaron en risas, todos a excepción de Callum y Lucien.

—Tienes sangre inglesa, pero tu corazón es escocés —dijo su marido con ojos brillantes.

—No lo creería si no lo estuviera viendo —murmuró Prim solo para su marido.

—Suelo estar en el establo casi todo el día, si te interesan los caballos, puedes buscarme allí —dijo Callum con la mirada fija en Lucien. Después de eso, se despidió y se marchó, nadie preguntó ni dijo nada al respecto.

La velada fue amena, y los condes no tardaron en sentirse como en casa. Tras la cena, Eleanor propuso ir al salón, pero declinaron la oferta. El viaje había sido agotador y necesitaban reponer fuerzas.

—No sabía que tenías interés en la cría de caballos —dijo Prim mientras cepillaba su cabello aún frente al tocador. Había estado rumiando el tema desde la cena.

—Bueno, he oído que Escocia tiene buenos criaderos y Odín es bastante mayor —dio un paso hacia ella, luego otro más.

—¿Estás pensando en comprar un caballo? —preguntó bastante impresionada. No le había comentado nada de aquello, y no era algo improvisado, de eso estaba segura.

Lucien ya estaba a su lado, agarró su mano libre y tiró de ella hasta que su mujer se puso en pie frente a él.

—En realidad, dos. ¿Te molesta?

—¿Por qué habría de molestarme? —dijo sin mirarle a los ojos.

—Prim.

—No me molesta que quieras comprar dos caballos, me molesta que no me lo hayas dicho en todo el camino, ni antes, ni en todo el tiempo que llevamos aquí.

Lucien acunó su rostro, la besó con suavidad. Un leve roce de sus labios.

—Es un tema delicado para ti. No quería incomodarte.

—No pasa nada.

—Me gustaría visitar el establo mañana, ¿me acompañas?

—dijo de camino a la cama. Prim había intentado entrar en los de Oldraven en tres ocasiones, ninguna logró atravesar el portón.

No fue fácil tomar la decisión de superar su miedo, pero había superado cosas peores y en su interior sabía que solo eran animales inofensivos—. Quizá en un lugar nuevo sea diferente.

—Sí, el aire huele distinto aquí —dijo mientras se cubría con la manta.

Lucien se carcajeó.

—Estoy seguro de que, si lo consigues, será por el aire y no porque seas la mujer más valiente que conozco.

Prim elevó sus cejas.

—¿Y conoces muchas mujeres?

Lucien la besó, no porque no quisiera responder, sino porque ya había esperado suficiente para disfrutar de la intimidad. No quería hablar más, no con palabras.

A la mañana siguiente, los condes se dirigieron rumbo a los establos como habían planeado.

Con la luz brillando pudieron apreciar el entorno con más detenimiento.

Era precioso, ese castillo estaba rodeado de un mar verde, salpicado por flores silvestres, amarillas y blancas.

Lucien se agachó y cogió un par, tras examinarlas y cerciorarse de que no hubiera ningún insecto, las colocó en el pelo de su esposa, quien agradeció el gesto con una sonrisa radiante.

—Preciosa.

—Solo tratas de distraerme —dijo ella con los ojos brillantes de ilusión. Le encantaba cuando su marido tenía esos detalles con ella.

—¿Funciona?

—No, pero estoy decidida.

Lucien posó la mano en la estrecha cintura femenina como señal de apoyo, su contacto era sutil, pero suficiente para hacerle saber que estaba ahí, con ella, y no se iría a ningún lado.

Unos metros más y visualizaron la austera puerta de madera.

A Prim no le dio tiempo a arrepentirse o recular, Callum apareció de la nada con uno de sus caballos.

—Habéis venido —dijo. No fue hasta ese momento que les dedicó una mirada observadora. Prim había perdido todo el color, y casi no parpadeaba con la vista fija en Trueno. Sin esperar respuesta, tiró de las riendas y se alejó de ellos.

—¿Estás bien? —susurró Lucien mientras acariciaba su espalda.

Prim estaba paralizada, le costó unos segundos recuperarse. Asintió con lentitud.

—Me duele verte así. Todo el mundo tiene miedo a algo, no tienes por qué…

—Lo sé, pero cuando me caí, mis padres estaban junto a mí. ¿Y si no lo hubieran estado? Quizá hoy no estaría aquí o todo sería igual, no puedo saberlo, pero si un hijo mío se cae, o tú mismo, no quiero que el miedo me impida acercarme.

Lucien le dio un beso en la frente y se mordió la lengua.  No quería afirmar que lo conseguiría, por mucho que creyera en ella, no todo el mundo lo lograba.

Unos pasos rompieron la intimidad. Era Callum, esta vez solo.

—Te dan miedo —dijo sin disimulo. Parecía un hombre de pocas palabras más que uno malhumorado.

—¿Tan evidente es? —preguntó avergonzada.

—Me temo que sí. ¿Por qué la has traído? —le preguntó a Lucien con mala cara, como si creyera que él la había obligado.

—Trato de superarlo —dijo Prim antes de que su marido pudiera responder.

Callum volvió a centrarse en ella. Su respiración parecía haberse calmado y su rostro volvía a tener color.

—Esa no es la manera. Id a aquel claro —dijo señalando con el dedo la zona trasera del establo. Sin esperar respuesta, se marchó.

—Es un poco hosco —dijo tras haberse alejado unos pasos.

—Tú tampoco eras un gran hablador cuando te conocí —le recordó ella.

Los rayos de sol acariciaban su piel, brillante y sedosa, la brisa suave agitaba su cabello, sonrisa tímida y flores en el pelo, el vivo retrato de una ninfa.

Ya había perdido la cuenta de la de veces que la había dibujado así.

Sin ropa, solo unas pocas flores cubriendo su cuerpo semidesnudo.

No podía evitarlo, cada vez que la luz se reflejaba en ella, sus ganas por retratarla crecían.

—Entonces habitaba en la oscuridad.

—Qué poético —dijo, mirándolo de reojo, pero no lo contradijo.

Llegaron al claro, allí no había nada, supusieron que debían esperar. Callum no había dado ninguna indicación.

Por suerte, no tardó demasiado en aparecer, esta vez con un potrillo que no superaba su cintura. Debía ser muy joven. Lo ató a un poste cercano y se acercó a ellos.

—Creo que con una potrilla será más fácil.

—¿Es una yegua? —preguntó con los ojos fijos en ella y la cuerda. Era incapaz de relajarse o mirar a otro lado. Era su manera de mantener el control.

—Sí, una muy joven. Se llama Spring.

Prim abrió los ojos, y por un instante, los desvió al escocés.

—Te gusta —dijo Callum, desvió la mirada a Lucien y le hizo un pequeño gesto para que se acercara a la potrilla.

Lucien, no muy convencido, le hizo caso, parecía que sabía lo que hacía.