El renacer de la primavera Capítulo 29
94%

Capítulo 29

Amapola roja:

Sus pétalos poseen propiedades contra la tos, el resfriado y el insomnio. Se usan en infusiones, y debido a su intenso color rojo, también como colorante para jarabes y otros preparados.

El verano estaba llegando a su fin y muchas flores empezaban a marchitarse.

Prim le explicaba a Arthur la importancia de limpiar la planta, y porque no era conveniente dejar que las flores cayeran por su propio peso.

Un par de noches atrás lo leyó en uno de los tomos de Miles, hasta ese momento lo había hecho porque era lo que había que hacer, aunque desconociera el motivo de dicha práctica.

—Como sigas así, vas a superar a Miles —dijo Lucien cuando la vio tras aquel libro enorme de su hermano.

Prim se sobresaltó, le gustaba leer en la biblioteca las tardes que su esposo no estaba en casa, que últimamente eran bastantes.

—Aún me queda mucho para eso, y no creo que lo consiga.

—Me alegra oírlo, con él ya tenemos suficiente.

Prim frunció el ceño por encima de la enciclopedia.

—¿No te parece bien que aprenda sobre botánica? —No estaba molesta, tampoco triste, era una mezcla de ambas que le dejaba un regusto amargo en la boca.

—Una ninfa del bosque no necesita leer lecciones en árboles talados —dijo quitándole el libro y dejándolo sobre la mesa contigua al sillón.

—Sé que te gusta llamarme así, pero yo no bailo desnuda por los bosques en busca de un sátiro al que adorar.

Lucien se carcajeó, al parecer, no había estado leyendo solo sobre botánica.

—No tengo problema en ocupar el lugar del sátiro si decides danzar desnuda entre los árboles.

Prim se puso como un tomate.

Aún lo hacía cuando pensaba en ello.

—¿Y hay que hacerlo con todas, milady ? —preguntó Arthur, ajeno a las divagaciones de su señora.

—Así es. Hoy podaremos las de este pasillo —dijo señalando por las que empezaría.

—Pero… ya no habrá flores.

Prim sonrió. Le gustaba la curiosidad del joven.

—No cortaremos todas, solo las que estén en deterioro. Y no pasa nada porque pierdan la flor, volverán a brotar. Además, aún contamos con algunas de floración tardía, la mayoría empezarán a hacerlo a final de mes.

Prim comenzó a observar la equinácea, muchas de sus flores ya habían empezado a marchitarse por el centro.

—Es que está tan bonito ahora que me da pena. —Limpió las gotas de sudor de su frente con un pañuelo que siempre llevaba anudado a la muñeca para ello. Los días de verano eran demasiado sofocantes.

—Para renacer, primero hay que morir, si el año que viene queremos que luzcan al máximo, debemos cortar antes de que la podredumbre alcance los tallos.

—Tiene sentido —dijo él, cogiendo las tijeras de podar.

Juntos podaron gran parte de esa zona, aunque no pudieron terminar. El calor no les permitía más de unas pocas horas de trabajo a primera hora.

—Arthur, ve y tómate una limonada antes de unirte a tu padre.

—Muchas gracias, milady .

La puerta se abrió, pero no se cerró, Prim desvió la mirada, el mayordomo esperaba en el umbral.

Prim se asustó de inmediato, no era nada habitual, se quitó los guantes y el mandil con prisa y los dejó sobre la mesa de trabajo.

—¿Ha pasado algo? —El pulso se le aceleraba segundo a segundo.

—No, milady , no ha pasado nada. Bueno, sí, pero nada malo.

—Oh, por favor, diga ya de qué se trata. —Tras su explicación no estaba más tranquila.

—Discúlpeme. Una joven ha venido a visitarla —dijo, extendiendo una tarjeta de visita.

Prim leyó con atención, la vizcondesa Garfield. No la conocía. ¿Por qué se había presentado de ese modo tan inapropiado?

Allí no lograría averiguar nada.

—Llévela al salón azul. Voy en seguida.

—¿Se refiere al salón de visitas?

—Al mismo —respondió acercándose a la estantería donde estaban sus zapatos.

Miró su vestido, no era del todo adecuado para una reunión femenina, pero no podía hacerla esperar una hora. Se adecentó como pudo y fue directa a descubrir qué había llevado hasta su casa a la vizcondesa.

Al llegar se encontró con una dama aún más joven que ella mirando por la ventana, era bonita, con facciones dulces y expresión jovial.

—Buenas tardes, vizcondesa —dijo tratando de disimular la falta de aliento. No había corrido, pero sí que usó un paso acelerado que la dejó jadeando.

Su presencia la había alterado, ¿y si estaba allí porque le había pasado algo a Lucien?

La vizcondesa se giró de inmediato.

—No pretendía importunar.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Prim sin rodeos. Ya tendría tiempo para coloquios.

—Oh, no. Lo lamento si mi presencia la ha inquietado. Solo es una visita de cortesía.

Frunció el ceño. Presentarse en una casa sin avisar no parecía demasiado cortés. Antes de adentrarse del todo, se asomó al pasillo y le ordenó a una de las criadas que trajera té y dulces.

Entró, era una situación algo incómoda, no conocía de nada a la mujer que tenía delante. No había oído hablar de ella ni de su título.

—Me temo que no nos han presentado.

—Oh, por supuesto. Asistí a su boda, pero se marcharon antes de que pudieran presentarnos. Soy Winifred Kensington, pero todos me llaman Wini.

Prim levantó una ceja, la familiaridad era excesiva. La criada se adentró con la bandeja, con más dulces de los que podrían comer en tres días. El aroma a canela y caramelo inundó la sala en segundos.

—Si me lo permite, le seré franca.

Prim asintió mientras servía dos tazas de té.

—Me casé hace dos meses, mi casa está a unos veinte minutos de aquí, a hora y media del pueblo.

Los días se me hacen eternos, los minutos no pasan y no lo soporto más.

Mi esposo no quiere que vaya al pueblo más de un día a la semana, afirma que el camino es demasiado largo para hacerlo solo para ver a mis amigas.

Y tiene razón, por lo que he llegado a la conclusión de que necesito amigas más cerca de casa.

Prim la miraba ojiplática. Desde luego, sincera parecía, estaba allí por aburrimiento. Tras unos instantes, estalló con una sonora y profunda carcajada.

—¿Azúcar?

—Una cucharada, por favor.

—Supongo que yo soy una de sus opciones —dedujo mientras movía la cuchara dentro de la taza. Tras dos vueltas, se la entregó.

—Eres mi única opción. El resto de las damas me duplican la edad, no creo que congeniemos.

—Es tentador. No dispongo de amistades en la zona.

—Eso es estupendo. —Palmeó alegremente hasta que comprendió su error—. Discúlpeme. Me he dejado llevar, que no tenga usted amigas no es nada estupendo, lo es que nosotras podamos serlo —aclaró.

Prim estaba muy sorprendida por su espontaneidad y sinceridad. No era nada a lo que estuviera acostumbrada, era una vizcondesa de lo más peculiar.

Pasaron la tarde conociéndose, Wini se marchó, no sin extender una invitación para volver a verse en dos días. Esa vez en su casa.

—Creí que no se marcharía nunca —dijo Lucien a su espalda. Prim no se sobresaltó, esa vez escuchó sus pisadas acercándose—. ¿Quién era?

—Wini, mi nueva amiga —dijo girando en sus brazos para confrontarlo. Le dio un suave beso—. ¿No es fantástico?

—Sí que lo es. Aunque sigo sin saber quién es o de dónde sale esta mujer —insisto.

—Es la vizcondesa Garfield. —Prim rompió su agarre y se alejó un palmo—. Se casó hace poco, ha venido con intención de forjar una amistad y no pasarse los días aburrida como una ostra en su casa.

—¿Garfield? ¿Se ha casado? No sabía nada.

Juntos emprendieron el camino hacia su dormitorio. Pronto sería la hora de cenar y ambos debían asearse. Aunque lo más probable es que pidieran algo frío y se quedaran en la cama. Solían hacerlo los días que estaban más cansados.

—¿Lo conoces? Es magnífico, organizaré una cena para los cuatro.

—¿Por qué a las mujeres os gusta tanto socializar?

—Socializar es una de las principales funciones de una esposa. Pasamos años perfeccionándonos para ser la perfecta anfitriona.

Lucien abrió la puerta y se apartó para que ella entrara primero. El baño estaba preparado, pero para cuando estuvieron desnudos y sudorosos, listos para él, el agua ya estaba completamente fría.

Solo quedaba una semana para iniciar su viaje a Escocia, y Prim estaba algo más inquieta de lo normal.

—No tenemos por qué ir —dijo Lucien, llevándose la taza de humeante té a los labios.

No solía desayunar con ella, pero esa mañana se despertó antes del alba, de nuevo esa horrible pesadilla. Lucien se sentía impotente, le dolía ver el efecto de esos sueños en su mujer, dejándola apagada buena parte del día.

—Claro que sí. Además, me apetece mucho —no mintió. Pero al mismo tiempo le aterraba que Arthur no estuviera preparado y se encontrara un estropicio al llegar. Miles confió en ella, y no quería defraudarlo.

—¿Irás esta tarde a ver a la vizcondesa? —preguntó antes de morder la tostada con mermelada de arándanos.

Le cambió la cara, Wini se había convertido en una compañera de aventuras.

Era atrevida, cada día la esperaba con una nueva actividad que probar: cerámica, alfarería, tejer lana, pintar con acuarelas…

cualquier cosa que se le ocurría. Disfrutaba muchísimo de esas tardes, algunas, Lucien se unía a ella y los cuatro cenaban juntos, otras veces era el vizconde quien acudía a Oldraven.

Ambas mujeres estaban muy contentas, sus maridos eran de edad similar y parecían mantener tan buena relación como ellas, lo que facilitaba las veladas en pareja.

—Sí, quizá llegue con un dedo menos, el último día me comentó que había encargado material para esculpir piedra —dijo con una sonrisa.

Se moría de ganas por probar, hasta ese momento ninguna había demostrado una destreza sin igual, pero era divertido, y se reían, se reían muchísimo con el resultado.

—Estás intentando que vaya a tu rescate.

Prim terminó de masticar, al tragar demasiado rápido, le dio carraspera. Dio un largo sorbo de té y se quemó la lengua.

—Recórcholis —se quejó. Parecía que no era su día.

—Visto lo visto, puede que sí necesites un rescate.

Prim se quedó con la palabra en la boca, el mayordomo entró con el esperado correo. Tras entregárselo, se marchó.

Lucien frunció el ceño al ver más cartas de las esperadas para su esposa. Prim sonrió al reconocer la letra de sus amigas, apartó la del convento, como las otras que había recibido, y cogió la última. No reconocía la letra, pero sí el lacre al voltearla. Era del duque.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Inquieta, decidió abrirla en primer lugar.

Estimada Primrose:

Tras nuestra última conversación me quedé pensativo. Siempre quise mucho a tu madre, pero una vez casados, nuestras vidas se separaron y no supe mucho de ella ni de ti hasta después de su muerte.

He hecho algunas averiguaciones en referencia al sueño del que me hablaste.

El ama de llaves sigue siendo la misma, ella afirma que hubo un accidente con un caballo. Al parecer, tus padres y tú os fuisteis de pícnic, no sabe exactamente cómo pasó, pero tu madre recibió un golpe muy fuerte en el brazo y tú estuviste tres días inconsciente.

Espero que te ayude a comprender y a perdonarme, no te protegí como debía y me arrepiento de ello.

Tu tío, el duque de Whitebell

—Tenías razón —dijo Prim con ojos vidriosos. Le extendió la carta a su marido.

Lucien empezó a leerla preocupado, un par de líneas y comprendió en qué tenía razón. El sueño recurrente de su esposa era un recuerdo, uno que su mente se había esforzado en olvidar.

—No es mucho —dijo ella limpiando un par de lágrimas.

—Tuvo que ser un buen golpe para estar tres días inconsciente. Tiene sentido que lo olvidaras, puede que olvidaras algo más —dijo devolviéndole la carta.

—¿Por qué no lo recordé hasta llegar aquí?

—No estoy seguro, pero yo diría que fue el paralelismo. El caballo y la caída.

Prim se quedó paralizada, volviendo a revivir ese sueño.

Ella a lomos del caballo con su padre, y su madre a su lado. Cuando todo se descontrola, ella cae; entonces no ve nada, pero escucha gritos. Es posible que el caballo golpeara a su madre al encabritarse.

—Prim —dijo él agarrando la delicada mano femenina con firmeza y cariño—, puede que saber te ayude a superar tu miedo.

—Sé cuanto deseas que salga contigo a cabalgar, pero no creo que esto cambie nada.

Lucien estrechó su agarre.

—Solo quiero que te desprendas del miedo. Tampoco te creías capaz de enfrentarte a tus tíos y a Caroline, y lo hiciste. Te ayudó a dejar todo aquello atrás.

Prim lo sopesó unos segundos. No era lo mismo, el miedo que sentía al ver un caballo era paralizador. No podía controlar las reacciones de su cuerpo ni disimular.

—Ojalá pudiera.

Lucien tomó su mano, se la llevó a los labios y la besó con ternura.

—Cuando te sientas valiente, podemos intentarlo.

Prim asintió no muy convencida. Lucien se quedó con ella un rato más, a pesar de haber terminado el desayuno y tener muchos asuntos que atar antes del viaje. Ella era más importante, y en ese momento lo necesitaba.

Por suerte, las cartas de sus amigas le dieron energía para ir al invernadero, donde su ánimo terminó de emerger. Las flores le transmitían calma y alegría.