El renacer de la primavera Capítulo 28
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Capítulo 28

Rosa:

Según la mitología griega, fue la sangre de Adonis al morir quien le dio vida, mientras que en la mitología romana se asoció con Venus, diosa del amor.

Prim se movía por el invernadero como si llevara toda la vida haciéndolo, olfateaba el aire con ese aroma floral que tanto le gustaba. Ya conocía la posición de cada una de las plantas, y casi no tenía que revisar su cuaderno antes de empezar para refrescar qué debía hacer con cada una.

Lo que sí hacía, todos y cada uno de los días tras acabar allí, era sentarse bajo la sombra del roble y anotar sus descubrimientos y, a veces, absurdas teorías.

— Milady , ¿está ya suficiente húmedo? —preguntó Arthur.

Una de las primeras cosas que hizo al llegar a Oldraven fue contratar personal. Un experimentado jardinero y su hijo, un joven inteligente y mañoso a quien estaba formando para que cuidara el invernadero en su ausencia.

Prim se acercó, hundió su dedo.

—Perfecto —dijo con una sonrisa de satisfacción. El chico aprendía muy rápido.

No sabía si Miles lo tomaría bien o mal, pero con Anabeth fuera, solo quedaba ella y ni ella ni su esposo querían recluirse permanentemente.

Amaban la casa, era su hogar, y siempre volverían a él, pero también querían a sus amigos y visitarlos con asiduidad, así como recibirlos allí una vez la casa estuviera aceptable.

Lucien se centró en solucionar los problemas con los arrendatarios, ya había saneado sus cuentas, pero aún quedaba mucho trabajo. Había previsto que empezarían con las reparaciones del ala oeste una vez que volvieran de Escocia.

Ninguno había visitado esas tierras vastas y salvajes, y estaban deseosos de conocerlas.

—Puedes marcharte ya. Tu padre te necesita más que yo.

—Sí, milady . Está trabajando muy duro para dejar el jardín a su gusto.

Ya le había dicho en varias ocasiones que no había prisa alguna, pero seguía esforzándose al máximo.

Una vez sola, relajó la postura, era curioso como ni con la servidumbre se relajaba del todo.

Igual que ellos, supuso. Iba cada pocos días a la cocina, revisaba los menús y daba prioridad a unas tareas por encima de otras, solo habían podido contratar a una criada, además del jardinero y su hijo, pero seguía sin ser suficiente.

Con ella allí, todos estaban serios y estirados como las cuerdas de un violín, seguro que soltaban todo el aire en cuanto cerraba la puerta tras ella.

Terminó de podar el rosal, era una de las plantas que más le gustaba, simplemente porque era bonita, una fuerza de la naturaleza. Y no porque fuera el emblema del país o la relacionaran con la flor del amor.

Durante un tiempo creyó que esa relación se debía a que, al igual que en el amor, la primera impresión era maravillosa, una flor en todo su esplendor, preciosa, grandiosa y embriagadora, pero cuando intentabas poseerla, las espinas te lo impedían. Miles no estuvo de acuerdo con ella.

—Entonces, ¿solo los valientes que no temen sufrir son recompensados con el amor? —preguntó con esa sonrisa de júbilo que solía lucir cuando se creía victorioso.

—Quizá por un tiempo, pero más tarde o más temprano, la rosa morirá.

—Y las heridas sanan con el tiempo —su tono ya no era divertido, pues ya no tenía claro si filosofaban de plantas y amor o se trataba de una metáfora.

—Sí, pero el recuerdo perdura.

—Exacto, y no solo fue dañino, no olvides la flor, disfrutó de su visión, de su olor solo para él.

Prim frunció el ceño.

—¿Quién es él?

Miles se carcajeó, así era imposible mantener una conversación real.

Prim aún se preguntaba si hablaba de sí mismo. Le gustaría poder escribirle, pero ¿a dónde mandaría la carta? ¿A la selva amazónica? Era imposible contactar con él. Lo echaba de menos, y Lucien también, aunque no lo admitiera en voz alta.

Admiró su trabajo, la luz del sol se colaba por los cristales iluminando el rosal. Cada vez se le daba mejor. Con la satisfacción proporcionada al contemplar los frutos de su dedicación, recogió todas las herramientas.

Paseó por cada pasillo, observando minuciosamente si algo se le había escapado, era su pequeño ritual, lo hacía al llegar y antes de irse, tras comprobar que todo estaba como debía.

Se quitó los guantes y se lavó las manos antes de retirar el mandil. Con su cuaderno en la mano, se giró una vez más, el rosal llamó su atención desde el fondo, lo contempló una última vez, inspiró con fuerza y con esa visión abandonó el invernadero.

La brisa fue refrescante, no se había dado cuenta del calor sofocante hasta ese momento. Caminó cantarina hasta el roble, era el árbol más grande y frondoso y, por ende, su sombra la cubría por completo.

No se demoró en abrir el cuaderno, hizo unas pequeñas anotaciones y se dispuso a dibujar.

Esa era la peor parte, no entendía cómo lo hacía su marido.

Con dos líneas ya parecía una obra de arte, mientras ella, por más que se esforzaba, no dejaba de parecer un garabato que bien podría haber hecho un ciego.

—No está tan mal —dijo la voz grave de Lucien sobre ella.

Se llevó la mano al pecho, no se acostumbraría jamás a su manera de aparecer de la nada.

—Te he dicho que no hagas eso.

—Pero si he hecho un montón de ruido al acercarme —dijo mostrando las palmas de sus manos.

—Estaba concentrada —dijo tras hacer un mohín.

Lucien se sentó a su lado, sus pies quedaban fuera de la sombra. No le importó.

La observó un instante, estaba preciosa, unos rebeldes mechones se habían escapado y bailaban por su rostro al ritmo de la brisa.

—¿Necesitas ayuda?

—Me vendría bien —dijo entregándole el cuaderno y el carboncillo.

—¿Una rosa?

—¿Lo sabes por el título o por el dibujo mal encaminado?

Lucien se carcajeó. Si eso parecía una rosa, él era el rey de Inglaterra.

Intentó arreglarlo con unas líneas profundas bien trazadas. Hizo la parte central y algunos pétalos, otros solo los marcó.

—Inténtalo tú.

—Me lo has marcado como a los niños pequeños cuando empiezan a escribir —no lo dijo enfadada ni indignada, sino agradecida por poder aportar su granito en la creación de algo tan bonito.

Siguió las líneas con cuidado, y el resultado fue mejor de lo esperado.

—Con un par de clases serás capaz de dibujarlas tú sola —la animó. Aunque muy posiblemente requiriese más de dos.

—¿Serás tú mi maestro?

—Por supuesto. Siempre que accedas a ser mi musa —dijo con una sonrisa ladeada.

Prim resopló, no había dejado de insistir desde su llegada.

—Está bien. Posaré para ti —accedió al fin para regocijo de su marido.

—Esta noche.

—¿Tan pronto? —Sus mejillas ya empezaban a colorearse.

—Sí, tras la cena te daré tu primera clase y después posarás para mí —dijo como una promesa que encerraba lujuria y amor a la vez.

Ya no se ocultaban para mostrarse cariño, tampoco contenían sus ganas, al fin y al cabo, era su casa, y ellos un matrimonio joven con ganas de hacer crecer la familia.

Lucien recordó para qué había ido a buscarla y su rostro se ensombreció. Se metió la mano en el bolsillo.

—Ha llegado esto para ti —dijo sacando una carta.

Prim la cogió, reconoció el lacre. Era del convento en el que estaba su prima.

Negó con la cabeza. No sabía qué habría escrito, estaba segura de que, de tratarse de una disculpa, no sería sincera; o la habían obligado, o trataba de convencer a las hermanas de un arrepentimiento que no sentía.

La otra opción era que hubiera volcado toda su ira en ella, con insultos y amenazas. Fuera como fuera, no la leería.

—Puedes tirarla, quemarla o hacer lo que te parezca. No quiero saber nada de ella, ni ahora ni nunca.

Lucien la guardó de nuevo y asintió. La quemaría esa misma tarde.

—¿Cómo ha ido la mañana? —preguntó para cambiar de tema. El tiempo era muy bueno, sol, brisa suave, debían aprovechar antes de que llegara la temporada de lluvia y frío.

—Muy bien. Arthur ha mejorado muchísimo.

—Has elegido muy bien. Su padre está poniendo ganas y empeño en adecentar este pésimo jardín —dijo con la mirada puesta en él, trabajaba con su hijo en el extremo contrario. Era un hombre prudente, siempre estaba lo más alejado del roble cuando sus señores pasaban tiempo bajo su sombra.

—Sí, fue todo un acierto.

—Y, por ende, mi madre se equivocó —dijo él riendo.

—No podrá decirme «te lo advertí» —dijo imitando su peculiar forma de pronunciar la r con la última parte.

El jardinero era hermano de Vivian, tuvo sus reticencias cuando le dijo que el hombre al que había entrevistado esa tarde era un borracho, para después ofrecer a su hermano.

No quería ser injusta, pero lo entrevistó también y le dio muy buena impresión, además, contaba con mucha experiencia y su hijo encajaba a la perfección como ayudante.

Por eso, cuando Anabeth se lo desaconsejó, no le hizo caso.

Aunque Vivian no fuese del todo leal, su hermano no tenía nada que ver.

—¿Cómo te ha ido a ti la mañana?

—Mejor de lo esperado, se auguran buenas cosechas y eso mejora mucho el humor de los arrendatarios.

Todos están contentos y conformes con mis propuestas —explicó.

Solía contarle sus planes, y ella siempre escuchaba con atención.

No era el típico lord que pensaba que la mujer era incapaz de entender ciertas cuestiones.

Su mujer era inteligente, incluso le dio un par de buenas ideas. Dos cabezas piensan mejor que una.

—Por supuesto. Nadie quiere dejar su hogar y empezar de nuevo en un lugar desconocido, es aterrador.

—A ti te fue bien —dijo él.

—No hablaba de mí. —Lucien elevó sus cejas—. Un poquito sí.

Ambos rieron despreocupados, sus antiguos temores se habían ido disipando para dar espacio a unos nuevos.

A Prim le aterraba no poder quedarse en cinta, no llevaban demasiado casados, y aun así, cada noche apoyaba la mano sobre su vientre durante unos segundos, como si allí pudiera encontrar alguna respuesta.

En cambio, el de Lucien iba en otra dirección, temía perder a Prim.

Ella era su luz, la alegría de la casa. Todo germinó cuatro noches atrás, con una pesadilla que le revolvía el estómago.

En ella, Caroline irrumpía en la casa con un cuchillo y atacaba a Prim sin que él pudiera impedirlo.

El recuerdo de la sangre caliente en sus manos mientras escuchaba la estridente risa de aquella desquiciada lo había perseguido desde entonces.

La carta de ese día fue un bálsamo y a la vez un tormento. Por un lado, saber que aún seguía en el convento le daba seguridad; por otro, que siguiera pensando en su mujer le perturbaba.

Esperaba que pronto todo quedara en una triste anécdota, una que ojalá algún día olvidaran.

Prim cerró el cuaderno y apoyó la cabeza en el hombro de su marido.

Contempló el jardín, iba tomando forma, con todo, aún estaba lejos de parecer lo que debía ser. Prim sonrió, no le preocupaba en absoluto. Algunas cosas, como las raíces, necesitaban tiempo.

Quizá otra dama habría detestado mirar el jardín así, aún desolado, pero ella veía la oportunidad de hacerlo de nuevo, a su gusto, en su mente ya podía verlo todo. Algún día no tendría que imaginarlo.