Capítulo 27 #3
Prim volvió a sonrojarse, ni ella misma sabía por qué se avergonzaba después de todo cuanto habían hecho juntos. Fue hasta el armario, guardó el vestido y se puso un precioso camisón de seda. Le encantaba, fue un regalo de Margareth para su ajuar.
—Parece extraño, pero echo de menos Oldraven —dijo mientras se acercaba a su marido, quien ya la esperaba en la cama con una ceja alzada.
—¿Por qué es extraño? Yo estoy deseando volver.
—Bueno, para ti es normal, es tu hogar desde siempre, pero yo solo he vivido allí un mes, y la mitad del tiempo fue como invitada.
—Es tu hogar ahora.
Prim sonrió. Sí que lo sentía así, más de lo que nunca sintió la casa de sus tíos. Allí se sentía segura, cómoda, incluso cuidada.
Quizá fuera la casa, aquellas tierras salvajes o quienes vivían allí.
Lucien se había convertido en más que un marido de conveniencia.
Le gustaba estar con él, compartir tiempo juntos.
Cenar mientras hablaban de su día, que la visitara en el invernadero, sorprenderlo en su improvisado estudio de arte, cuando estaban en la cama y los ratos de charla antes de dormir.
También le gustaba el modo en que la miraba, y cómo reaccionaba su cuerpo con él.
Ya tenía sospechas antes de llegar a la ciudad, su estómago se agitaba con su presencia; cuando le hablaba, no solo sus oídos escuchaban, lo hacía todo su cuerpo.
Adoraba su voz, su aspecto, incluso su olor era reconfortante.
De alguna manera se había metido bajo su piel, pero no se detuvo ahí, siguió hasta llegar a su corazón.
¿Cómo era posible? Se había enamorado de su marido, o quizá lo hiciera antes de serlo, no estaba segura. Le daba miedo que sus sentimientos estropearan su buena relación, pero algo dentro de ella le gritaba.
—Lucien.
—Mmm.
—Oh, pensé que aún estabas despierto, no es nada.
Era algo y él lo sabía, abrió los ojos y se acomodó de costado.
—Siempre que una mujer dice «no es nada» es algo terrible —dijo él. Eso decía su padre.
Prim se sintió insegura, con todo el peso de su decisión golpeándola.
—Creo que estoy enamorada de ti. —Lucien se quedó inmóvil. De todas las cosas que podría haber imaginado, esa no estaba entre ellas—. No es tan terrible, ¿no? —dijo con el labio inferior tembloroso. Quizá se había equivocado, decírselo no cambiaba nada y podría cambiarlo todo a la vez.
Pero se habían prometido la verdad, no más mentiras, y aunque técnicamente callarse un sentimiento no era mentir, ella sentía que sí, ocultarlo era mentirle sobre sus verdaderos sentimientos.
—No lo es, en absoluto. —Acunó su rostro y la besó. No con el deseo incontrolable que lo invadía casi todo el tiempo. Lo hizo con delicadeza y mimo, como si quisiera capturar ese instante en su memoria—. Un momento… ¿Crees? ¿No estás segura? —inquirió como si acabara de reparar en esa palabra.
Sus mejillas se caldearon de nuevo.
—Bueno… No soy una experta… Es la primera vez que siento algo así.
Lucien no la torturó preguntando a qué se refería con algo así. En cuanto a experiencia, él no era un inexperto.
—Para mí también es nuevo —admitió, sorprendido de lo fácil que resultaba decirlo en voz alta.
Prim se quedó sin palabras, ¿estaba insinuando que él también estaba enamorado?
No podía ser. Era demasiado perfecto para ser real.
—No quiero que nuestra relación se malogre por mis sentimientos —dijo.
—Si estuvieras enamorada de otro, sería un problema, pero de tu marido… ¿Cómo podría eso influir negativamente a nuestra relación? —preguntó, intrigado por el pensamiento que la había llevado a tamaña deducción.
—Pensé que quizá te incomodaría.
—En absoluto. Eres muy especial. —Cogió su mano y la colocó en su pecho—. Mi corazón es tuyo, Prim.
Sus ojos brillaban y las lágrimas pujaban buscando escapar.
—No te burles de mí —dijo, incapaz de creer que él compartiera sus sentimientos. Lo deseaba, ¿quién no querría ser correspondida? Pero era tan improbable, tanto que empezó a dudar hasta de los suyos.
—No lo hago —dijo al tiempo que se llevaba la mano a los labios. La besó—. Desde aquella primera vez que te vi, empapada y despeinada en el vestíbulo de Oldraven, no he podido dejar de pensar en ti. Lo intenté al principio. No sirvió. Te quiero, mi ninfa de las flores.
Solo le faltaba moquear con la declaración de Lucien. La emoción era tal que se quedó sin habla, no era capaz de articular palabra porque su cerebro reproducía en bucle aquellas siete palabras.
Lucien besó la punta de la nariz dos veces más hasta que reaccionó.
—Estoy muy feliz ahora mismo.
Lucien ensanchó la sonrisa.
—Y yo soy la causa.
—Lo eres, mi amor.
Tiró del cuerpo femenino y lo pegó al suyo.
—Te ha costado muy poco confesarme tus sentimientos en comparación con…
—No lo digas —dijo cubriéndose la cara con las manos.
—Solo si prometes que me dejarás dibujarte desnuda cuando lleguemos a casa —se lo había propuesto dos veces. Las dos se negó, pero quizá ese fuera un buen momento para aceptar.
—Otra vez con eso.
—Lo voy a hacer igual. Con el pequeño matiz de que, si posas para mí, será más fiel a la realidad.
Prim lo pensó unos segundos, y eso ya era un gran avance. Estaba seguro de que antes de llegar a su hogar aceptaría.