El renacer de la primavera Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—No tengo por qué ocultarlo, es mi mujer. ¿Sería más adecuado que la detestara? ¿O que me fuera totalmente indiferente? Es lo habitual, pero no me parece lo correcto —dijo Lucien dejando a todos mudos.

—Así se habla —dijo Jamie palmeándole la espalda—. Somos unos incomprendidos.

—No sé yo… —dijo Belford— He visto alguno que otro obnubilado en la cena.

Jamie se rio con brío, él también había sido testigo, y no era la primera vez. Los caballeros se acercaron a las damas, hicieron un par de grupos para jugar al Whist.

Lucien y Prim hicieron pareja, sería su primera partida como marido y mujer, y no les costó nada derrotar a Sarah e Iris. Ellos hablaban con miradas silenciosas, conocían sus gestos, y eso les facilitaba mucho las manos.

Tras su derrota, Iris se fue malhumorada.

—Hoy no soy buena compañía —dijo Sarah.

Tras una mirada, Lucien las dejó solas, ya no jugarían más.

—Todos hemos tenido días malos. Si te encuentras mal, ¿por qué no pides el carruaje?

Sarah miró a su prima, quien hablaba animadamente con lord Belford.

—Ya veo. Podríamos retirarnos a una sala más tranquila.

—No es necesario, no creo que tardemos mucho más en irnos.

Prim asintió apenada, las jaquecas podían ser realmente torturadoras. Y esta parecía estar destrozando a Sarah, quien no se equivocó mucho, una media hora más tarde, los invitados comenzaron a marcharse.

—Por fin solos —dijo Lucien nada más cerrar la puerta de su habitación.

—En nada llegará la doncella —dijo ella.

Lucien rodeó a su mujer desde atrás.

—La echaré. Soy muy capaz de desnudar a mi condesa —susurró contra la piel de su cuello.

Como cada vez que le hablaba de ese modo, Prim se estremeció. No podía evitarlo, ya hacía más de un mes que se casaron y su contacto seguía alterándola como el primer día.

La suave caricia de su nariz, el cálido aliento sobre su piel, la voz ronca y profunda, todo ello la embriagaba.

Lucien dejó un rastro de suaves besos mientras aflojaba el vestido hasta poder deshacerse de él. Prim se dejó hacer, y cuando la doncella tocó, como había dicho, no la dejó entrar.

No se detuvo con el vestido, una vez que estuvo totalmente desnuda, la tomó en sus brazos y la llevó a la cama.

De rodillas, bajo su atenta mirada, Prim desabrochó la camisa y besó cada porción de piel que iba descubriendo.

Había algo profundamente excitante en desnudarse el uno al otro, en rozar la piel mientras la camisa descendía lentamente por su espalda.

Lucien la besó con ardor, había contenido sus ganas durante toda la noche, verla con ese vestido había sido una deliciosa y tormentosa tortura.

Agarró su trasero y la elevó unos centímetros, lo que le facilitó cambiar de postura y rodear su cadera con las piernas.

—¿Y si nos olvidamos de la cama por hoy? —preguntó Lucien justo antes de morder su labio inferior.

Prim se apresuró a mover la pelvis, un contoneo suave, delicado, con el que buscaba provocar a su marido.

Lucien aflojó su agarre para que se deslizara un poco hacia abajo y encontrara lo que buscaba, mientras daba un par de pasos hacia el otro lado de la habitación.

—Mmmm —dijo al notar la humedad.

Agarró su miembro y acarició su dulce abertura de adelante atrás y viceversa.

—Lucien —suspiró. Su centro palpitaba de anticipación, lo necesitaba, lo ansiaba, ese juego que había iniciado le estaba saliendo caro.

—¿Qué deseas, mi bella Prim? —preguntó sin dejar de frotarse contra ella.

—Por favor —balbuceó, afianzando el agarre enlazando sus manos tras su nuca antes de arquear ligeramente la espalda y bajar la pelvis.

Lucien sonrió divertido, solo necesitó un poquito de fuerza para subirla un par de centímetros e interrumpir el contacto.

—Esta vez no te vas a librar, lo que quieras, vas a tener que pedirlo —le dijo admirando su rostro. Tenía los labios hinchados, las mejillas coloreadas y las pupilas dilatadas.

—No puedo… —dijo aún más roja.

—Tal vez… —dijo mientras la dejaba sobre el aparador— no lo deseas lo suficiente.

Dio un paso atrás, pero Prim lo retenía con su agarre.

—Lo deseo, Lucien.

Todo su cuerpo lo hacía, lo anhelaba como cada noche desde que se casaron.

—¿Qué exactamente? —preguntó, y se humedeció los labios con la lengua.

—Tus besos.

Lucien acortó la distancia y la besó, apenas unos segundos, antes de comenzar a dejar un rastro de ellos hasta su oído.

—¿Qué más?

—Tu toque —jadeó excitada.

—Mmmm, tus deseos son órdenes.

Sin dejar de besar aquí y allí, comenzó a acariciarla, pequeños roces de los dedos sobre su piel danzaban por sus brazos, sus pechos, su vientre, hasta llegar al dulce botón.

—Oh, Lucien —suspiró enredando los dedos en su cabellera y tirando de él hasta que lo tuvo a su altura. Lo besó con todo el fuego que había estado avivando en su interior.

Estaba excitada por el juego que había iniciado su marido, pero aún había ciertas cosas que le daba pudor decir en voz alta.

—Dímelo —pidió con una sonrisa maliciosa.

La estaba provocando, lo sabía, y una idea rondó su cabeza. Ella también podía provocarlo. Deslizó las manos por su pecho, descendió hasta abajo y agarró su miembro con firmeza, haciéndolo gemir.

—¿Eso es lo que quieres? —preguntó con voz ronca contra la piel de su cuello. Introdujo un dedo en su interior, solo fue un segundo. Con él humedecido, frotó su hinchada protuberancia.

Prim gimió sin contención. Su mano subía y bajaba por su mástil, trató de tirar de él suavemente, acercándolo a la entrada de su feminidad. Lucien se lo impidió.

Con la mano libre, alzó su mentón, sus miradas de deseo colisionaron, ambos sabían qué quería el otro.

—Te necesito, Lucien.

Avanzó hasta que su miembro rozó la humedad entre sus rizos.

—¿Me necesitas?

—Dentro de mí.

De una estocada la penetró, ella gimió y colocó las manos sobre el aparador, una a cada lado de su cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás. Cada empellón era más intenso y profundo que el anterior. Un deleite para ambos.

Prim gimoteó cuando se alejó de ella, dejándola vacía y fría, mas solo durante un segundo. Lucien la bajó de allí, devoró su boca con furia antes de girarla. Prim se recostó sobre el aparador, no era la primera vez que lo hacían así.

Lucien jugó en su entrada, le encantaba cuando levantaba el culo en su busca, y adoraba la sinfonía de sonidos que salían de su garganta cuando la hacía suya. Despacio, entró en ella, cuando llegó al fondo, se inclinó hacia delante y le mordió el hombro.

Jugó con sus pechos mientras se mecía despacio, ella no dejaba de moverse, de buscarlo, quería más, él lo sabía.

—Mi dulce esposa, eres todo un deleite —dijo, y estrujó sus pezones—. ¿Te gusta?

Prim levantó el culo aún más, su vientre palpitaba, y él le dio una pequeña cachetada de recompensa.

—Eres perverso.

Abandonó sus pechos para iniciar un descenso casi cruel.

—Solo intento satisfacerte.

—Mien… Oooh —no fue capaz de terminar. El placer que la invadía cuando la tocaba y penetraba a la vez era indescriptible. Casi mágico. Incontrolable.

—¿Lo ves? —dijo retirando la mano.

—No —balbuceó.

Pero no fue suficiente. Él quería que se desprendiera de la timidez de una vez por todas y le expresara sus deseos. No quería barreras entre ellos.

—¿No lo ves?

—No pares —gimoteó.

Volvió a estimular su centro con suavidad.

—¿Así te gusta?

—Más rápido.

Lucien ensanchó la sonrisa, aceleró el ritmo y los gemidos de su esposa se intensificaron, mas no era suficiente.

—¿Así?

—Más fuerte.

Lucien se enderezó, agarró con firmeza sus caderas y se movió hasta escucharla gritar, se dejó ir con ella.

Cuando salió de ella, se volvió para confrontarlo.

—Has sido malvado —le dijo aún con el pecho subiendo y bajando con frenesí.

—Solo he hecho lo que me has pedido —respondió con una sonrisa pícara.

—¿Eso significa que harás todo cuanto pida? —dijo alejándose para recoger su precioso vestido del suelo.

—En la cama, sí.