Capítulo 27
Mimosa:
Sus flores son pequeñas esferas esponjosas de un color amarillo vibrante. Florece en los meses más fríos.
Era la última noche de Prim y Lucien en Harmont House, al día siguiente partirían hacia Appleby. Los condes estaban cansados de la vida en la capital.
Prim había visitado hasta tres veces a la modista, algunas tardes se había reunido con sus nuevas amigas: Iris, Sarah y Emily, para tomar el té, o más bien para ponerse al día de todo cuanto había ocurrido las últimas semanas.
Aunque se conocieron esa misma temporada y no hubieran tenido demasiadas oportunidades para estrechar lazos, todas se alegraron de volver a verla y pidieron su nueva dirección para seguir en contacto.
Con suerte, alguna acabaría casada con algún noble de York o alrededores y podrían visitarse con frecuencia.
Sarah no tuvo pelos en la lengua al preguntar. Iris, su prima, no dejó de amonestarla una y otra vez, sin éxito alguno, y Emily no mostró ni un atisbo de sorpresa al conocer que Heida y Dani la habían ayudado a huir. Esa chica era muy perspicaz e inteligente.
Eran, a ojos de Prim, los diamantes de la temporada, quizá no del modo habitual, pero eran reales, sinceras y bondadosas, y no era fácil encontrar mujeres así entre la falsedad de la aristocracia.
Eran exactamente iguales que cuando las conoció; el tiempo era curioso, mientras su vida había dado un giro de ciento ochenta grados, las suyas estaban en el mismo punto. O, al menos, eso era lo que parecía.
Solo una vez visitó a la marquesa, esta se había mostrado reticente con las visitas, Prim sospechaba que pasaba algo, pero por más que insistió, Margareth no dijo ni una sola palabra.
—Estas muy extraña —dijo Prim amusgando los ojos.
—Es el efecto de la capital, el aire maloliente, ya sabes —respondió agitando la mano frente a su cara.
Prim suspiro, después de tanto tiempo, del estrechamiento de su amistad, aún seguía sin confiar en ella, y eso le dolía un poquito en su corazón. No insistió, ella mejor que nadie sabía que había secretos que era mejor dejar guardados en lo más profundo de la mente.
—Quizá puedas responderme a otra cosa.
Sus palabras llamaron la atención de la marquesa y de Heida, quien se había mantenido algo ausente esa tarde y bostezó tantas veces que era imposible llevar un registro.
—Pregunta, aunque no prometo responderte —dijo Margareth.
—¿Por qué me ayudaste?
Heida abrió mucho los ojos, no esperaba algo así, la marquesa ni se inmutó.
—Cuando Heida me pidió ayuda con el carruaje, bueno, podría haber prescindido de él, del cochero y la doncella unas semanas, y aun así, una joven viajando sola llamaría mucho la atención, más con los rumores de tu desaparición corriendo como la pólvora. Acompañarte yo era lo mejor.
—Eso lo sé, pero ¿por qué? Apenas nos habíamos visto cuatro o cinco veces —insistió Prim.
—Porque podía —dijo ella alzando el mentón con soberbia.
—Estaba tan aburrida que cuando la oportunidad de aventura llamó a su puerta, no lo pensó —ironizó Heida.
Margareth suspiró.
—Hace años no pude ayudar a una amiga, yo no sabía que su marido le pegaba, me enteré demasiado tarde. No pude ayudarla a ella, pero sí a ti.
—Tampoco hubieras podido hacer mucho por ella —dijo Prim.
—Es mejor dejar el pasado en el pasado —dijo Heida.
—Oh, vamos, no os pongáis sensibleras —dijo Margareth antes de cambiar de tema.
Sin duda, esa semana había sido un no parar, además de socializar, había ayudado a Heida con los preparativos de la cena.
Lucien no había tenido mucho más tiempo libre que ella, fue al despacho de abogados del hermano de Alexander por recomendación suya, y aunque este aún no había vuelto de su luna de miel, otro abogado se ocupó de revisar todo y finalizar los trámites.
Jamie y Alexander lo arrastraban continuamente a sus andanzas, así conoció a Cillian, quien también asistía esa noche a la cena.
—Estás magnífica, pero creía que no se podía repetir vestido —dijo Lucien, rodeando la cintura de su mujer.
—No tendré ocasión de ponérmelo en Oldraven.
—Puedes ponértelo para mí —susurró en el oído—, para concederme el privilegio de quitártelo.
—Lucien —jadeó al notar uno de sus dedos colarse por el escote y rozarle uno de los pezones.
—No me apetece nada ir a esa cena.
Besó la curva de su cuello.
—Será la última.
—Y por fin te tendré toda para mí —dijo antes de girarla y besarla con pasión.
—Lucien —dijo al separarse para tomar aire, dio un pequeño paso atrás tratando de ganar un poco de distancia—, debemos bajar ya.
Él suspiró y se alejó hacia uno de los sillones, donde descansaba su chaqueta.
—Los voy a echar de menos —dijo ella mientras caminaban por el pasillo.
—Hederfield no está muy lejos —dijo Lucien dibujando una sonrisa en la cara de su mujer, y esas le proporcionaban más satisfacción que las del papel.
No fueron los primeros en llegar, a pesar de alojarse allí. Prim se fue con Heida y Emily, Lucien se reunió en el fondo con Jamie y Cillian.
—¿Alexander? —preguntó extrañado al no verlo con ellos.
—No vendrá —dijo Cillian.
Ninguno dijo nada, al contrario que las damas, que expresaron su opinión al respecto.
—Debería estar aquí —dijo Heida un tanto molesta, días anteriores confirmó su asistencia.
—Yo creo que finalmente aparecerá —dijo Prim.
—¿Tú crees? —preguntó Emily—. Sarah e Iris deberían haber llegado ya.
—Espero que no me fallen también —dijo la duquesa.
Unos minutos más tarde, ambas entraron acompañadas de lord Belford, amigo del duque y quien había tenido un acercamiento hacia Iris las últimas semanas, sin embargo, aún no había dado el paso para iniciar un cortejo formal.
Con reticencia, los duques dieron paso al comedor, y fue evidente, por la disposición de mesa y platos, que faltaba una persona. Nadie dijo nada, no respetaron el protocolo, damas y caballeros se entremezclaban entre sí.
La conversación fue fluida, empezaron con temas livianos, dónde pasarían el verano, los últimos cotilleos de la temporada, negocios —los caballeros—, y sobre el vestido tan magnífico de la modista conquista —las damas—.
Prim disfrutó de una noche con amigos como hacía mucho, no tenía que cronometrar el tiempo, ni medir sus palabras, ni preocuparse por si la estaban observando.
Con los postres, Heida y Jamie se pusieron en pie. Prim sonrió, esperando ver las caras de sus amigas cuando escucharan la feliz noticia. Todo fueron vítores y felicitaciones, un bebé siempre era motivo de celebración. Brindaron por el nonato y especularon si sería varón o mujer.
Los hombres se retiraron a uno de los salones para darles intimidad a las damas, que fueron al salón principal.
Heida habilitó una sala para veladas nocturnas, un par de mesas de cartas, otra más pequeña con un ajedrez, incluso contaba con una mesa de billar al fondo y, por supuesto, dos amplios y mullidos sofás en los que se sentaron todas aportando posibles nombres para el querubín.
—Será niño. Estoy segura —dijo Iris—. Madre dice que cuando una dama está más guapa es siempre niño —aclaró.
—Gracias, supongo —dijo entre risas.
—Sí que está más guapa. Y los labios están algo más hinchados.
Instintivamente, se llevó la mano a la boca.
—Yo no noto nada —dijo Emily.
—¿Cómo qué no?
Prim se inclinó hacia Sarah, a quien tenía a su lado.
—¿Todo bien? Estás muy callada —murmuró solo para ella.
—Lo cierto es que no. Me duele mucho la cabeza —dijo en el mismo tono que su amiga.
—Heida tiene unos polvos que alivian bastante.
—Yo también los tengo, me duele a menudo.
Prim la miró un segundo, su mirada parecía apagada, debía de dolerle mucho.
—¿Qué cotilleáis? —les preguntó Emily.
—Oh, me ha dicho una de las criadas que han mandado a lady Caroline a un convento —contó Iris.
«Así que era ahí donde pensaba enviarla. Un demonio en la casa de Dios, casi poético», pensó Prim.
—Pobres hermanas —dijo Heida, imaginando los berrinches que tendrían que soportar.
—No me gustaría estar en su piel —dijo Iris.
—Cierto, las monjas tienen la mano larga. Y las Clarisas, bueno, su fama les precede —dijo Emily.
—No la tocarán siendo la hija de un duque —apuntó Heida—, la tendrán entre algodones.
—Puede ser —dijo Prim—, aun así, no le gustará.
—Se lo merece.
—Quizá allí logre cambiar —dijo Emily, ganándose la mirada anonadada de la mayoría. La primera carcajada fue de Prim, todas la siguieron, y eso fue lo que encontraron los caballeros al entrar al salón, un grupo de damas desinhibidas riendo y hablando sin pudor ni contención.
Todos se apostaron en la barra del fondo, donde Cillian sirvió un nuevo brebaje que había traído su primo de su último viaje.
Lucien lo probó y acto seguido dejó el vaso casi entero sobre la barra, estaba asqueroso.
Observó a su esposa, desde su posición, las luces le conferían un aspecto etéreo.
Había cambiado mucho desde que la conoció, ya no parecía tan contenida, hablaba con energía, su mirada ya no albergaba tristeza o pesar, iluminada como dos faros en plena tormenta.
Había salido de la crisálida y no podía estar más satisfecho con su elección.
Ella era todo cuanto deseaba. Los últimos días rondaba un pensamiento por su cabeza: si no hubiera descubierto quién era en realidad, ¿habría dejado marchar a la señorita Rose?
No estaba del todo seguro. El efecto que causó su presencia fue casi inmediato, lo cautivó desde el primer instante en que la vio empapada, con el peinado deshecho y la mirada gacha, como una mariposa a la que han dañado las alas.
Aquellos días se le antojaban lejanos, como de otra vida, una en la que ella no le pertenecía y él no era capaz de hacerla sanar.
—Otro que ha caído —dijo Belford, a su lado, sacándolo del trance.
—¿Te refieres a mí? —preguntó desubicado, mirando a unos y a otros, tratando de desentrañar a dónde se suponía que había caído. Belford asintió—. ¿Dónde he caído?
—Pero no preguntes —dijo Jamie negando con la cabeza, él ya había pasado por aquello una docena de veces sino más.
—En las garras de Cupido —dijo Cillian—. Te delata la mirada, amigo.