Capítulo 26
Camelia japonesa:
Los samuráis la asociaban a la decapitación, ya que la flor cae entera al suelo, lo que evoca a la cabeza de un guerrero tras separarla del cuerpo. Simboliza una muerte rápida.
Nada más entrar a Harmont House, los duques los avasallaron.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Heida—. ¿Qué ha pasado?
—Todo ha ido bien. —Prim acortó la poca distancia que las separaba y colocó la mano en su vientre—. Tienes que estar tranquila.
—Lo estaré cuando me cuentes todo.
—¿Eleanor? Otra vez suplantando a tu hermana —dijo entre risas. Sabía perfectamente que era ella, pero parecía haberla corrompido la vena cotilla tan característica de su gemela.
—Estaba preocupada —se excusó la duquesa.
—¿Te parece si nos tomamos una copa mientras las mujeres se ponen al día? —preguntó Jamie.
Lucien miró a su mujer. Si estaba cansada o prefería subir a la habitación, rechazaría la invitación sin dudarlo. La vio sonreír, una pequeña sonrisa comedida.
—Suena bien.
Heida arrastró a Prim a una de las salas, allí escuchó con atención como su amiga le narraba todo con pelos y señales, incluidos gestos y reacciones.
—Ojalá hubiera visto a Caroline cuando te vio llegar con ese vestido.
Prim se mordió el carrillo.
—Creo que la escuché chirriar los dientes desde la entrada. —Provocó la risa de ambas.
No era la primera vez que bromeaban sobre su prima; cuando conoció a Heida, antes de que todo se tornara más oscuro, aquellas pequeñas burlas sobre su estridente tono vocal, su egolatría o maldad, se convirtieron en casi un ritual entre ellas.
No recordaba el día exacto en que perdió la esperanza, pero al final, con un pequeño empujón y la ayuda del destino, lo consiguió.
Por fin era libre.
—Me alegra muchísimo que todo haya ido bien. ¿Y la dote?
—Ha cumplido su palabra.
Heida meditó unos segundos.
—¿A dónde pensará mandar a Caroline? —preguntó imaginando posibles destinos en su mente.
—No tengo ni idea, pero espero no tener que verla en mucho tiempo.
Heida la abrazó con efusividad. Había estado desde que se marchó con un nudo en la garganta, verla tan bien era tranquilizador.
Mientras, al fondo del pasillo, la conversación era algo más formal.
—He de decir que tenía pocas esperanzas de que todo fuera bien —dijo Jamie sirviéndole la segunda ronda de whisky —. Antes de encontrar a Heida, mi madre se empeñó en casarme con Caroline.
Lucien abrió los ojos tanto que creyó que se le saldrían.
—Esa es una de las razones por las que no quise venir a buscar esposa. Todas fingen ser perfectas.
—Todos saben cómo es Caroline —dijo entregándole el vaso a medio llenar—. Finge bien, pero no tiene demasiado autocontrol. Yo mismo fui testigo de como hacía daño a Prim cuando creía que nadie la veía.
Lucien apretó la mandíbula con rabia.
—¿Y no hiciste nada?
—¿Qué podría hacer? Hice lo único que se me ocurrió, alejar a Prim de ella, pero eso solo consiguió endurecerla más. No siempre es bueno intervenir.
—Tú la viste, ¿cómo no lo hizo su padre? —esa pregunta llevaba rondándole la cabeza desde el día anterior. ¿Estaría fingiendo para no admitir que había permitido que su hija pegara a su sobrina?
—Cuando se trata de un ser querido, no es tan fácil... A mí me costó ver cómo era mi madre en realidad, y casi pierdo a Heida. Intentó matarla —aclaró. La duquesa viuda había rechazado a Heida de un modo tan enfermizo que la llevó a envenenarla e impedir así el enlace.
Lucien no dijo nada. Lo que acababa de escuchar era terrible y por la voz y tono del duque, aún le dolía. Bebió un sorbo y se deleitó con el sabor.
—Este whisky es magnífico.
—Lo fabrica mi cuñado. A final de verano iremos a Escocia y visitaremos la destilería. Venid con nosotros.
—Lo hablaré con Prim.
—Excelente, esto se merece un brindis —se calló que no tendría que ir todo el viaje en el interior del carruaje, y que no sería el único inglés entre aquellos escoceses que parecían no sentir demasiada simpatía por los lores ingleses.
Brindaron y agotaron el líquido ambarino. No sirvieron más, dos copas eran suficiente, y sus mujeres ya habrían terminado de cotillear.
Al mismo tiempo, en una de las casas más antiguas y apartadas de Mayfair, el ambiente era muy distinto.
La duquesa de Whitebell estaba enfadada y triste a partes iguales. ¿Adónde mandaría a su hija? No podía permitirlo.
Tocó con energía la puerta del despacho de su marido, sin esperar respuesta, pasó.
—Te he dicho un millón de veces que no entres así —escupió el duque de mal humor.
—Yo no soy una criada. ¿Adónde la envías?
El duque la miró con odio.
—Tú lo sabías. Sabías qué estaba haciendo, y no solo no se lo impediste, sino que la ayudabas.
Linet se sintió muy ofendida.
—No tienes ni idea —dijo ella con las lágrimas amenazantes por escapar.
—¿No? Explícamelo. Tengo toda la noche.
Linet se sentó frente a él y agitó la mano para alejar la humareda de ella.
—Tú nunca te involucraste. Hice lo que creí mejor para todos.
—¿Qué todos, Linet?
—Lo primero para mí es mi hija. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Intenté proteger a Prim. Me alejé de ella… incluso fui dura. Pero cada vez que tú mostrabas afecto por esa niña, Caroline lo notaba.
—Eso no es verdad, siempre las traté igual.
—Exacto. Pero una es tu hija y la otra no —replicó molesta.
El duque golpeó la mesa con la palma abierta.
—Por Dios, Linet. Sus padres murieron, ella era una niña. Siempre supe que eras una oportunista, pero nunca te consideré cruel. Me equivoqué.
Linet apretó la mandíbula. Jamás le perdonó que le tendiera una trampa para que se casara con ella, pero ella estaba locamente enamorada de él, no lo hizo por el título como él pensó, aunque fue lo único que obtuvo, poder y fortuna, él nunca fue suyo.
—Trasladaste a ella el odio que sentías por mí y ese odio la convirtió en lo que hoy es.
El duque se puso en pie de golpe con la mirada cargada de ira fija en ella.
—¿También vas a culparme de esto? Eras tú quien debías educar y guiar a nuestra hija.
—Oh, por supuesto, tú solo te ocuparías de educar un varón —escupió—. Lo habrías tenido si no te diera repulsión tocarme.
Caroline, que escuchaba tras la puerta, puso cara de asco.
—Ese no es el tema. Era tu responsabilidad cuidar de las dos y ahora ella pagará por tu ineptitud.
—¿Qué vas a hacer con ella? ¡Es tu única hija! Lo que deberías hacer es buscarle un marido.
—¿Qué te crees que he hecho los últimos meses?
—escupió con desdén. Estaba harto de ella, con el tiempo, su resentimiento creció hasta el punto de llegar a odiarla.
Ella lo había condenado a una vida que no quería, privándolo de casarse con la mujer que amó, jamás la perdonaría—.
Tenía un acuerdo con lord Basset. Caroline se casaría con su hijo menor, y yo hablaría con el rey para nombrar a mi nieto como heredero.
Linet abrió la boca mientras Caroline, tras la puerta, negaba con la cabeza.
El hijo menor de Basset era un segundo hijo, sin título ni propiedades, y no era demasiado agraciado.
No se casaría con él. ¿Eso era lo mejor que podía hacer su padre?
Contuvo sus ganas de entrar y escupirle en la cara que ese imberbe no era apto para ella.
Ella quería ser duquesa, como su madre, no sería menos que la estúpida de su prima.
—¿Tenías? —preguntó Linet.
—No dejaré a una criatura inocente en sus manos. No se casará jamás —sentenció con firmeza.
—No puedes hacer eso —dijo Linet con la cara desencajada.
—Puedo y lo haré. Mañana se irá al convento de las Clarisas, allí aprenderá.
Caroline apretó la mandíbula con odio. No desperdiciaría su vida con esas viejas. Si Prim pudo huir, ella también.
Se alejó con mucho cuidado de no ser escuchada, hizo el equipaje como su padre le había ordenado y llamó a una de las criadas.
—Mi padre ha ordenado que preparen el carruaje para mañana a primera hora.
—Así es, milady .
—Que carguen de inmediato mi baúl.
La criada asintió, fue a buscar a dos lacayos que cargaron con el baúl. Se aseguró de que lo cargaban en ese mismo momento.
La primera parte había sido fácil, quedaba la segunda, convencer a uno de los mozos. Al principio le costó, pero el muchacho había estado encandilado de ella desde que entró a trabajar, no solo le preparó los caballos, él mismo le haría de cochero.
Pobre muchacho, Caroline se aprovechó de él.
Una vez fuera de la ciudad, intentó alquilar un coche irreconocible y dejarlo solo como un vulgar ladrón a quien nadie volvería a contratar.
Pero sus planes no salieron como lo había planeado, el mayordomo dio la alarma pocos minutos después de irse.
El duque siguió su rastro y la encontró en una posada de las afueras.
Por primera vez en su vida, el duque levantó la mano contra una mujer.
Y por primera vez, Caroline estuvo en el lado contrario.
—Tu vida va a ser muy diferente a partir de ahora —sentenció el duque.
—Ella también se fugó y no te vi golpearla —escupió con furia.
—Me alegro de que lo hiciera. Se merece ser feliz.
—¿Y yo no?
El duque no respondió. La agarró del brazo y la metió dentro del carruaje, ya estaban en camino, seguirían hasta el convento y se aseguraría de que las hermanas entendieran bien a quién estaban dando cobijo y qué esperaba de ellas.
Enseñanza, disciplina y obediencia.