Capítulo 25 #3
—¡Eres una zorra! ¡Siempre lo fuiste! Querías quitarme a mi padre y por fin lo has hecho.
Por tu culpa ningún lord me ha pedido matrimonio.
Te mereces cada golpe que te di, ojalá hubieran sido más —dijo agitando las manos y tratando de alcanzarla, pero Prim ya estaba junto a su marido y el duque se interponía entre ambas.
La duquesa se llevó las manos a la cabeza.
—Aún te queda mucho por aprender. Ve y prepara tu equipaje, partes mañana a primera hora. —Se volvió a su mujer—. Ayúdala. Hablaremos más tarde.
La duquesa tuvo que llevarse casi por la fuerza a su hija, que rompió un par de piezas de la vajilla en el proceso.
El duque suspiró con fuerza antes de hablar.
—Vayamos a mi despacho.
Con desgana, se levantó y emprendió el paso. Lucien y Prim lo siguieron a una distancia prudencial.
—Se acabó —susurró Lucien, solo para ella, al tiempo que frotaba su espalda baja con la mano.
Prim simplemente asintió. No sentía alivio por haber descubierto a su prima y su tía, tampoco regocijo porque estas recibieran un castigo.
Estaba triste, porque esas tres personas eran la única familia que tenía, y ninguna la trató bien, de formas distintas.
Era difícil determinar qué dolía más: el desprecio, la envidia o la ignorancia.
Todas ellas la empujaron a la oscuridad.
De no ser por Heida, aún seguiría ahí, a oscuras y sola.
Pero ya no lo estaba, miró a su esposo, en él encontró la posibilidad de una nueva familia, una basada en el respeto, la confianza y el cariño.
Siempre había un escape, todos los pozos, por profundos que fueran, tenían un brocal por el que entrar y también salir.
Llegaron al despacho, olía a tabaco de pipa. El duque se sentó en su sillón de cuero marrón y les indicó con la mano que tomaran asiento al otro lado de la mesa.
Prim y Lucien se miraron de reojo, preguntándose por qué estaban allí, esperaron en silencio a que el anfitrión hablara.
El duque buscó en un cofre hasta dar con una pequeña llave dorada con la que abrió el cajón superior de su mesa. No era un gran escondite, tampoco lo necesitaba.
Sacó una carpeta de cuero, y de ella unos documentos que dejó caer delante de Lucien.
—Mi abogado se ha encargado de todo.
Lucien los ojeó, la dote de Prim no solo era cuantiosa, había una propiedad en Warwick.
—Todo parece en orden. —Guardó los documentos.
—Espero que, al menos, cuando nos veamos en los salones, os mostréis cordiales —dijo el duque sabiendo que esa sería la última vez que se verían.
—Por supuesto —dijo Prim.
Lucien empezó a levantarse, pero su mujer se quedó inmóvil. A medio camino, buscó su mirada, pero ella estaba concentrada en el rostro de su tío.
—¿Cómo murieron mis padres? —preguntó de pronto.
Lucien volvió a su asiento; el duque levantó la mirada, impactado.
—De fiebre, ya lo sabes.
Prim frunció los labios. Esa era la historia que le habían contado; no obstante, ella no recordaba demasiado, salvo que sus padres se mantuvieron encerrados en su dormitorio durante días y que nadie, salvo un par de doncellas y el médico, podía pasar.
—Hace mucho tiempo y estos últimos días he tenido un sueño recurrente, un accidente con un caballo, y me ha hecho replantearme algunas cosas.
El duque se recostó en su mullido sillón con la pipa en la mano, la cargó de tabaco y la encendió con una cerilla. Aspiró tres veces, retuvo el humo unos instantes y lo expulsó hacia arriba.
—Tus padres murieron de fiebre. No es la mejor muerte, pero fue así. Si hubo algún accidente, yo no tengo constancia.
—¿Hay alguien que pudiera tenerla?
El duque pensó durante unos segundos, unos instantes de esperanza para ella.
—No. Te aconsejo que dejes el pasado atrás y te centres en el futuro —dijo al final.
—Tienes razón —dijo ella poniéndose en pie—. Es hora de irnos.
Lucien ya estaba preparado para marcharse. Inclinó levemente la cabeza a modo de despedida y, junto a su esposa, abandonó aquel oscuro despacho.
No había nadie fuera, caminaron en silencio y a solas hasta el vestíbulo.
Tuvieron que esperar unos minutos mientras preparaban el carruaje, la incomodidad era visible. El mayordomo no les quitaba el ojo de encima y debían contener todo lo que querían hacer y decir.
Una vez en el carruaje, pudieron soltar todo cuanto habían guardado.
—Has estado magnífica —la alabó.
Prim lo abrazó y lloró, nada efusivo o dramático, solo las lágrimas recorriendo sus mejillas. No quería hablar, solo necesitaba unos segundos de su calidez y el sonido de su corazón colándose por su tímpano.
—Siento que, si te suelto, saldré volando.
—¿Sí? Quizá el duque mezcla el tabaco con alguna sustancia… —Prim comenzó a reír, una risa nerviosa que le contagió a su marido. No podían parar, no era tan gracioso, y aun así, seguían riendo—. Definitivamente, esa pipa contenía algo ilegal —dijo cuando recobró la compostura.
Prim aún reía, fue perdiendo la fuerza hasta extinguirse por completo. Limpió la humedad de sus párpados antes de hablar.
—Quizá sí.
El carruaje avanzó entre las calles oscuras de Londres y, por primera vez, Prim sintió que había dejado esa casa atrás.