El renacer de la primavera Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

El duque, incómodo ante la tensión que flotaba en la mesa, se pinzó la nariz, estaba cansado de tanto teatro.

¿Cómo no se dio cuenta antes de la poca complicidad y tirantez entre las tres damas?

Pidió a los lacayos que retiraran los platos.

Nadie se atrevió a contradecirlo, solo el tintineo de unos contra otros cortaba el silencio.

Sirvieron el postre, el estómago de Prim se retorció, estaba vacío y clamaba por un trozo de esa apetitosa tarta de fresas.

Dio un bocado, lo disfrutó, miró a su esposo, él también disfrutaba del único plato con buen sabor. A pesar de los nervios, tenía hambre, no pensaba dejar ni las migas, pero todo se torció con el tercer bocado cuando la deliciosa tarta se volvió ceniza en su boca.

—Es hora de que me cuentes, sobrina, por qué te fuiste como una vulgar ladrona de mi casa —dijo el duque. Ya sabía la respuesta, pero creyó que era la mejor manera de exponer el tema por el que había organizado aquella cena. Descubrir si realmente su hija maltrató a su sobrina.

Caroline y su madre, ignorantes de todo, sonrieron victoriosas.

Prim dejó los cubiertos por segunda vez, esta vez con pesar y bajo la atenta mirada de todos. Cerró los ojos unos segundos, inspiró profundo y contuvo el aire un instante, reuniendo el valor necesario para lo que estaba a punto de decir.

El gesto le borró la sonrisa a su prima.

—Me cansé de ser maltratada —dijo con un hilo de voz, pero suficiente para que todos la escucharan.

La duquesa se quedó sin palabras y tragó con dificultad. Su sonrisa se borró por completo y sus ojos, antes brillantes de orgullo, se clavaron en su hija. Caroline, en cambio, frunció los labios en una mueca burlona y ensayada.

—No te eduqué para mentir —dijo la duquesa al fin.

No se atrevía a mirar a su marido, quien se había mantenido en silencio.

—Son unas insinuaciones muy feas, podrían cortarte la lengua —dijo Caroline con una sonrisa que solo dejaba entrever la crueldad de su imaginación.

El duque dio un golpe en la mesa, provocando el tintineo de platos y vasos, y el respingo de Prim y su mujer. Caroline, quien había crecido sintiéndose intocable, no se inmutó.

—Quiero la verdad, ahora —ordenó con voz grave.

Prim se miró las manos, una de las pruebas de su maltrato. No las mostró, inspiró hondo y habló con la firmeza que le confería hablar con la verdad.

—No estoy mintiendo.

Lucien odió no poder estar a su lado, no poder estrechar su mano y darle apoyo. Apretó la mandíbula para contener la frustración y guardó silencio mientras la tensión iba en aumento.

—¿No creerás lo que dice? Solo son invenciones absurdas para justificar sus malos actos —explicó la duquesa.

—Eso no explica sus marcas —replicó el duque con frialdad.

Prim, por primera vez en esa casa, sintió cierto arropo por parte de su tío. Ya era tarde, y no servía de mucho, pero al menos le reconfortaba saber que sus padres no dispusieron que, en caso de fallecer, se quedara con unos completos monstruos.

El rostro de la duquesa perdió todo color.

—¿Marcas? —balbuceó.

—Ya te contamos el incidente con la tetera, padre, solo fue un terrible accidente.

—No te atrevas a mentirme, Caroline. He visto las marcas de su espalda.

La duquesa se quedó laxa sobre su silla, estaba al borde del colapso, mientras su hija empezaba a inquietarse.

—No sé de qué hablas —no podía admitir nada—, podría habérselo hecho en su escapadita.

—Solo he necesitado un vistazo a tu madre para saber la verdad —dijo el duque—. Eres despreciable, una vergüenza. ¿Cómo has podido hacer algo así? —preguntó con repugnancia.

—No finjas que tu desprecio es nuevo, padre —se atrevió a decir.

Su madre la miraba con los ojos abiertos de par en par y negaba con las pocas fuerzas que tenía.

El duque enrojeció de ira.

—Eres una ingrata deslenguada. Quizá deberíamos cortarte la lengua a ti.

Prim agachó la cabeza, con la mirada fija en el plato.

Ella y Lucien no deberían estar allí. La conversación había tornado a un tema íntimo, y se sentía incómoda.

A Lucien, por el contrario, no le importaba lo más mínimo, su atención estaba puesta en su esposa, casi no escuchaba qué decían entre ellos.

—¿Ingrata yo?

—Caroline —balbuceó su madre como advertencia.

El duque no era cruel, pero sí severo. No debía empeorar las cosas más de lo que estaban. Su mejor opción era pedir perdón y esperar un castigo menor.

—No pienso callarme. En todos mis años, jamás se ha interesado por mí, no tiene nada que reprocharme. Nada —palabra por palabra fue elevando el tono hasta gritar.

—Has pegado a tu prima con una fusta hasta levantarle la piel. No mereces un reproche, sino un castigo, y lo tendrás.

Caroline, con los ojos fuera de órbita y los puños apretados, se levantó haciendo chirriar la silla con el movimiento.

—No puedes castigarme por ella. Ella no es nadie. No le importa a nadie.

—Es mi sobrina —dijo el duque—. Tu prima.

—Le importa a muchas más personas de las que imaginas —dijo Lucien con la voz ronca. Su mujer lo miraba con los ojos vidriosos.

—Soy Primrose Ravenshaw, condesa de Appleby. No seré nadie para ti, pero tengo un lugar en el mundo y, por supuesto, no está a tu lado —dijo apartándose con determinación. Su sola cercanía le erizaba la piel, ya lo había soportado suficiente.