El renacer de la primavera Capítulo 25
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Capítulo 25

Orquídea Cattleya, la reina de las orquídeas:

Famosa por sus aromáticas flores, grandes y vistosas, a menudo bicolores, con un labio inferior de color diferente al resto del pétalo. Florece una vez al año.

Con mil dudas en la cabeza y otra vez frente al espejo, aún no tenía claro qué se pondría esa noche, pero cuando diez minutos antes la doncella preguntó, dijo sin pensar: «el rojo».

Lucien había sido muy considerado al marcharse cuando llegaron los lacayos con el agua para el baño, desde entonces, se había estado preguntando dónde estaría. Esa no era su casa, no tenía un ala completa donde esconderse a dibujar.

Abandonó el espejo y fue hasta el armario, ojeó sus vestidos, barajando qué otra opción tenía.

Resopló frustrada.

¿Por qué la vida no podía ponérselo fácil de vez en cuando?

Un crujido la alertó de que alguien entraba. Se giró y lo vio.

Lucien, completamente inmóvil, con la mirada puesta en ella.

Sus mejillas se colorearon de inmediato y su pulso se aceleró.

Lucien avanzó hacia ella sin pronunciar palabra, con las pupilas dilatadas recorriendo su cuerpo.

Dio un paso.

Luego otro.

No decía nada y Prim empezaba a impacientarse. No era hombre de muchas palabras, pero esa manera de mirarla la estaba alterando en demasía.

Con el último paso la alcanzó.

—¿Es para esta noche? —preguntó rodeándole la cintura con la mano.

Prim, perdida en su mirada, no pudo más que asentir, su corazón palpitaba con fuerza.

—Definitivamente, el rojo es tu color. —Afianzó el agarre y la atrajo hacia él. Sus dedos rozaron la tela, como si quisiera comprobar que era real.

Prim podía sentir el calor que manaba de él, ¿o era de ella? No estaba segura.

—No me mires así…

Lucien atrapó su boca como si hubiera olvidado que tenían que irse en unos pocos minutos.

Prim, de puntillas, le rodeó el cuello y entrelazó los dedos con su pelo. No rompió el beso hasta que los pulmones reclamaron aire.

—Si no nos vamos ahora, no saldremos de aquí en toda la noche —dijo Lucien contra sus labios aún húmedos.

Prim soltó su cabello y deslizó sus manos desde los hombros hasta el pecho, sin separarse de él un ápice.

—Deberíamos irnos entonces.

—Sí, deberíamos.

Pero ninguno se apartaba, con las miradas enlazadas y los alientos entremezclados, siguieron unos instantes.

Un ruido en el pasillo rompió el momento; como si estuvieran coordinados, ambos dieron un pequeño paso hacia atrás.

—¿Estás lista?

Ella asintió. Sus dudas se habían esfumado, y tampoco había tiempo para cambiarse.

Lucien fue hasta la puerta mientras Prim cogía el retículo. En el pasillo, le ofreció su brazo.

A medio camino, él se detuvo y se volvió hacia ella.

—¿Estás segura de esto? No tenemos por qué ir. El dinero no es todo. Tú eres más importante.

Los ojos de Prim brillaban de emoción.

—Estoy segura.

Lucien contuvo sus ganas e inició el paso.

En el vestíbulo estaban los duques, se despidieron con palabras de ánimo y apoyo.

Los recién casados se adentraron en el carruaje, donde Lucien cambió su habitual lugar a contramarcha y se sentó al lado de su esposa, entrelazando sus dedos con los de ella.

—Tienes buenos amigos. ¿Cómo los conociste?

Si conversaban, el tiempo pasaría más deprisa y mantendrían a raya los nervios.

—Como a todos los miembros de la sociedad, en un evento —dijo ella—, aunque nuestra amistad no comenzó hasta que los descubrí en la biblioteca de mi tío, a solas.

Lucien levantó una ceja en una mueca divertida.

—Lo tendré en cuenta cuando nos visiten en Oldraven, no entrar sin llamar a la biblioteca.

Prim sonrió al tiempo que negó con la cabeza.

—No estaban casados.

Lucien abrió mucho los ojos. No porque lo hicieran, sino porque fueran tan descuidados como para que los descubrieran.

—¿Y que les guardaras el secreto fue el inicio de vuestra amistad?

—Así es.

El traqueteo del carruaje empezó a suavizarse. Prim cogió aire hasta llenar los pulmones, no sería una noche fácil.

Lucien estrechó su mano con firmeza.

Bajaron frente a la escalinata que durante tantos años subió y bajó casi a diario. Contempló la fachada durante unos instantes, no parecía muy diferente de las casas a su alrededor, pero cada una de ellas ocultaba algo distinto, secretos, sombras y verdades a medias.

Miró a su esposo, no dijo nada, aceptó su brazo y juntos ascendieron escalón a escalón con calma y determinación.

Cruzaron el umbral, el mayordomo los recibió con su característica cara malhumorada y tono estridente.

—Les esperan —dijo, y sin más inició el paso.

Lucien elevó la ceja, asombrado con el trato.

Prim recorrió el pasillo como tantas otras veces, era curioso, el sentimiento de sentirse una invitada no era nuevo.

Nunca sintió esa casa como su verdadero hogar, quizá por lo poco que la representaba, era una mezcla entre lo clásico antiguo y ostentación, o quizá porque nunca le dieron un lugar en la familia.

Siempre hubo una línea invisible entre ella y ellos.

El mayordomo tocó la puerta de la antesala y la sacó de su pensamiento, había llegado el momento. Tras anunciarlos como los condes de Appleby, cruzaron el umbral.

Tres pares de ojos pasaban de uno a otro, como si fueran un retrato del mismísimo sir Joshua Reynolds.

—Excelencias —dijo Prim inclinando levemente la cabeza mientras se acercaban bajo su penetrante mirada.

—¿Para mí no hay saludo, prima? —preguntó Caroline con voz estridente y su sonrisa falsa. La conocía muy bien, era la misma que solía lucir en los salones londinenses.

— Lady Caroline —dijo distante—. Os presento a mi esposo, el conde de Appleby.

—Encantada de conocerle —dijo la duquesa ofreciendo su mano para que la besara.

Lucien inclinó apenas la cabeza.

—Es un placer conocerlas.

La mano de la duquesa quedó suspendida un segundo de más antes de retirarse. Caroline no perdió detalle.

—Bonito vestido. Qué suerte tenéis las casadas, las normas y el decoro no os afectan —dijo Caroline.

El duque carraspeó, su hija lo miró y sonrió con inocencia fingida.

—Pasemos al comedor —dijo la duquesa—. He organizado un menú especial en vuestro honor.

Solo la duquesa se esforzaba por llenar los incómodos silencios.

Los asientos estaban asignados como correspondía, el duque presidía; a su izquierda, su mujer; y junto a ella, el conde. A la derecha, Prim, como dama de mayor rango; y a su lado, Caroline. Aquella distancia no agradó a Lucien, quien no se molestó en ocultar su malestar.

Sirvieron el primer plato, salmón con guarnición. Prim miró a su marido y sonrió, a ninguno le gustaba demasiado, menos aún tras la mala experiencia en una de las posadas del camino.

El gesto no pasó desapercibido. Caroline se inclinó hacia un lado, a simple vista podían ser dos primas haciéndose confidencias tras tanto tiempo separadas. Nada más lejos de la realidad.

—El rojo siempre lució bien sobre tu piel —susurró solo para ella, y sus ojos brillaron con un filo apenas perceptible.

Su sonrisa se borró al punto y su mirada, por un instante, parecía no ver lo que tenía frente a ella.

Lucien apretó la mandíbula, acababan de sentarse y esa mujer ya lanzaba veneno sobre su esposa.

—Sí, ahora todo el mundo será consciente de esa verdad —dijo una vez recuperada.

Caroline tensó la sonrisa, mas no la borró. Era muy dada a ocultar sus emociones.

—Y bien, sobrina, ¿vas a contarnos cómo llegaste a convertirte en condesa nada más y nada menos? —preguntó la duquesa mientras desmigaba el pescado y lo mezclaba con la verdura.

—Es una larga historia.

—Tenemos tiempo —dijo el duque tras un largo sorbo.

Prim se llevó la cuchara a la boca, todos la observaban esperando que comenzara su relato.

—No es nada entrañable. El carruaje se rompió, nos alojamos en Oldraven mientras lo arreglaban. Nos conocimos y surgió el amor… —dijo, pues se negaba a confesar que había sido un acuerdo por puro interés.

—¿Quiénes? —indagó el duque.

—¿Cómo dice? —preguntó aferrándose con sus manos a la servilleta en su regazo. Había cometido un error, no podía revelar con quién había viajado.

—Has dicho nos alojamos. ¿Tú y quién más? —insistió.

—No es relevante para el relato —dijo Lucien con voz grave y firme, dando el tema por terminado, pero la duquesa no se rindió tan fácilmente.

—Mi sobrina viajó por media Inglaterra con alguien, ¿no cree que tenga derecho a saber con quién?

—En realidad no —dijo él dejándola con la boca abierta.

Caroline volvió a inclinarse sobre su prima.

—No perderías la virtud en ese viaje, ¿no? —su tono era bajo, pero el resto de comensales captaron alguna palabra suelta.

Prim sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Lucien apretó los puños bajo la mesa, listo para intervenir si algo pasaba.

El momento quedó suspendido en el aire, los lacayos retiraron los platos sucios y sirvieron el segundo, otro que para nada era del gusto de Prim. Ni siquiera el olor era agradable, se contuvo para no arrugar la nariz. No había duda de que lo habían diseñado especialmente para ella.

Frunció ligeramente el ceño mientras Caroline sonreía satisfecha.

Cuando los lacayos se retiraron, Prim contuvo el aliento y tras un solo bocado, dejó los cubiertos sobre su plato, sabía peor que olía.

—¿No te gusta? Creía que era tu plato favorito —dijo su tía—. Lo han hecho especialmente para ti.

Lucien se mordió la lengua para no decir que se habían esforzado mucho en destrozar una buena carne. Repitió el gesto de su esposa y dejó los cubiertos sobre el plato. Prim lo vio y se le escapó una pequeña sonrisa cómplice.

—No tengo mucha hambre —dijo ella sin más.

—Por supuesto, no conviene engordar antes de tiempo —dijo Caroline antes de llevarse una cucharada a la boca. Al parecer, a ella era a la única que le gustaba, pues los duques aún no lo habían probado.

—Ni descuidarse —añadió la duquesa, con esa sonrisa medida con la que solía esconder los reproches.

Prim contuvo la respiración, percibiendo cada movimiento, cada mirada calculada. Caroline no quitaba los ojos de ella, midiendo cada reacción. La duquesa asentía con lentitud, como quien aprueba silenciosamente un juicio anticipado.