El renacer de la primavera Capítulo 24
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Capítulo 24

Fresias:

De olor dulce y tonos vibrantes, siendo las variedades rosadas y rojas las más aromáticas.

Heida ordenó que prepararan el carruaje para salir.

—Iremos a la modista.

—Creí que iríamos pasado mañana.

—Necesito que me ajuste un par de vestidos, me aprietan demasiado. Entenderé si no quieres acompañarme —dijo mientras cogía el último bollo de crema del plato.

—Iré contigo.

Prim terminó su tostada mientras Heida le contaba la terrible pesadilla que había tenido esa noche.

Heida esperó hasta estar en el carruaje para revelar sus verdaderos motivos de la salida.

—Estoy pensando que podías aprovechar para encargar tus vestidos.

—Mi tío aún no le ha dado la dote a Lucien.

Heida lo meditó unos segundos.

—Es solo cuestión de tiempo, y tardarán en confeccionarlos.

Prim negó con la cabeza. Podría surgir un contratiempo.

—Podemos añadirlos a mi cuenta y Jamie le pasará la factura a Lucien más adelante.

—No lo avergonzaré de esa forma —dijo tajante. No le importaba esperar, al igual que si debía comprarlos en Appleby. Los vestidos que necesitaba eran para diario, para ir al invernadero y estar en casa, no importaba mucho que fueran de una modista u otra.

—Al menos, deja que te regale algo para esta noche.

—Dime que todo esto —dijo agitando la mano a un lado y al otro— no es para comprarme un vestido para esta noche.

—Por supuesto que no. Pero esos vestidos —dijo señalando el que llevaba en ese momento— no son apropiados para tu rango.

—¿Desde cuándo te importan estas cosas?

—Desde que vas a cenar con las personas que llevan años dañándote.

Prim cogió aire y lo soltó con calma. Se sentía en deuda, no podía aceptar otro regalo. Ya había hecho demasiado por ella. No quería seguir sumando favores que jamás podría devolver.

—No puedo aceptarlo.

—Tonterías.

—Heida, por favor.

—Será mi manera de estar contigo allí, de darte mi apoyo. —Se colocó la mano en el vientre—. Estoy muy sensible.

No le importó jugar sucio, Prim luciría como una reina esa noche.

—Si hay algún vestido disponible —claudicó Prim, cruzando los dedos para que no lo hubiera. Estaban al final de la temporada, en unos días entraría el verano y la mayoría de lores y damas abandonaban la capital para buscar refugio en el campo.

Heida sonrió complacida.

No tardaron en llegar a la modista y su buen humor empeoró en cuanto esta le dijo que no tenía nada preparado de las medidas de la condesa.

—No me lo puedo creer. Usted siempre tiene algo.

—Lo sé, excelencia, pero con las repentinas bodas, todas las damas han venido a por vestidos para la ocasión. Tengo a todas mis costureras trabajando sin descanso.

Heida se llevó la mano al vientre.

—¿Tampoco podrá ajustar mis vestidos? —preguntó con tono melancólico.

A la modista, una señora curtida y experimentada, no se le pasó por alto su gesto.

—Por supuesto, excelencia, yo misma me ocuparé. Los tendré en un par de días.

—Es usted muy considerada. ¿Y no podría hacer una excepción con el vestido para la condesa?

Prim miró para otro lado, su amiga estaba siendo de lo más insistente.

La modista suspiró, desvió la mirada y les indicó que las acompañara hasta el mostrador del fondo, más alejado de las otras damas que esperaban para ser atendidas.

—Tengo un vestido…, pero… no lo he confeccionado yo —dijo entre susurros.

Heida y Prim se miraron la una a la otra extrañadas por tanto misterio.

—¿Lo ha hecho alguna de sus ayudantes? —preguntó Prim.

La modista dudó, y tras unos segundos, negó, pero por su extraño comportamiento, ambas mujeres dedujeron que mentía y esperaron en silencio a que se explicara o les mostrara el vestido.

—¿Habéis oído hablar de la modista conquista?

La primera reacción de ambas fue abrir la boca. La segunda fue muy distinta, Prim negó sutilmente con la cabeza mientras que Heida sonrió victoriosa.

—Algo hemos oído. Me interesa.

—Por supuesto que no —dijo Prim.

—Oh, no perdemos nada porque te lo pruebes. Quizá no te quede bien.

Pasaron dentro, la modista fue a por el vestido mientras ella empezaba a desvestirse.

—No pienso ponerme ese vestido.

—Ni siquiera lo has visto. Dicen que su confección es impecable y sus diseños novedosos.

—Hablas como Eleanor.

—Ella te robaría el vestido sin pestañear.

Ambas rompieron a carcajadas. La modista llegó con el vestido, espectacular era quedarse corto. La tela era preciosa, de un rojo profundo y vivo sin llegar a ser estridente. Solo lo adornaba una pequeña filigrana en escote y mangas.

—Te va a quedar perfecto —dijo la modista.

Terminó de ayudarla a desvestirse para acto seguido probarse la creación carmesí.

—Nos lo llevamos.

—¿Qué? No. No puedo ponerme este vestido.

—¿Por qué no? Eres una mujer casada, puedes llevar lo que te plazca. —Se volvió hacia la modista—. Quiero encargar uno así para mí.

Prim estaba perpleja. ¿Sería el embarazo?

—¿Exactamente como este? —dijo cogiendo un cuaderno.

—No tiene que ser exacto. Estoy segura de que la modista conquista hará un gran trabajo.

—Le diré que ponga bastante tela en el vientre para ajustarlo más adelante —dijo al tiempo que anotaba concienzudamente.

—Oh, no. El vestido no es para mí. Es para mi hermana.

Prim lo entendió todo. La echaba mucho de menos.

La modista anotó el pedido y la informó de que tardaría más que los ajustes, mientras Prim contemplaba su reflejo en el espejo.

Era un vestido hermoso, con un escote algo más bajo de lo habitual, sin llegar a ser escandaloso, las mangas caídas y ligeramente abullonadas lo pronunciaban aún más. La falda tenía una caída magnífica y se plegaba sobre sí misma favoreciendo la movilidad.

—¿Se lo mando a Harmont House? —preguntó mientras desataba la parte trasera.

—Nos lo llevamos ahora.

La modista terminó de desvestirla y se marchó a prepararlo. La duquesa declinó su oferta de mandarle a una de las chicas para que las ayudara.

—Heida, no es apropiado —dijo Prim colocando las mangas correctamente.

—No me negarás que has imaginado qué dirá tu esposo cuando te vea con él —dijo Heida apretando las lazadas traseras.

Prim se puso tan roja como un tomate maduro, su rostro tardó unos segundos en recuperar su temperatura habitual.

—No puedo ponérmelo esta noche.

—No es inapropiado, solo más atrevido. Como la nueva Prim, atrevida y valiente.

Volvieron a reír de su ocurrencia. No estaba siendo del todo mala su estancia en la capital, había echado mucho de menos a su amiga.