El renacer de la primavera Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Durante el almuerzo hablaron de trivialidades, no fue hasta el postre que Jamie, consciente de la inusual impaciencia de su mujer, invitó a Alexander y Lucien a acompañarlo a su despacho, donde escondía uno de sus mejores whiskies .

—¿Cómo ha ido con Whitebell? —preguntó Jamie mientras le entregaba uno de los vasos.

—No sabría decirte. —Para Lucien eran casi desconocidos, pero también amigos de Prim, ella confiaba en ellos. Por otro lado, había estado inquieto desde la reunión, y no tenía nadie más a la vista con quien desahogarse—. Dice que no lo sabía.

Alexander se quedó inmóvil. Jamie no dijo nada.

—Imposible —murmuró Alexander pasados unos instantes.

—Eso no lo sabemos —dijo Jamie.

—Quiere esclarecer los hechos y nos ha invitado a cenar mañana.

Alexander bufó, estaba dejándose llevar por su mal humor. Jamie le golpeó el hombro con el puño para que se controlara.

—¿Y vais a ir?

—Yo no me fiaría —apuntó Alexander.

—Es la condición para entregarnos la dote.

Hubo un silencio incómodo, apenas unos instantes, pero se sintió eterno.

El duque se ofreció a ayudarlos económicamente, de ese modo no tendrían que ir. Lucien se molestó, no quería que nadie le dejara dinero, por otro lado, evidenciaba que era culpa suya no poder ignorar a Whitebell y proteger a su esposa. Esa mella empezaba a ser cada vez más grande.

—Bueno, ha estado con ellos durante años, una cena formal no será nada del otro mundo —dijo Alexander, tratando de rebajar la clara preocupación del conde.

—No es la cena. Es volver a la casa donde vivió con temor y ver de nuevo a sus agresoras, todo después de creer que ya estaba a salvo —su tono revelaba desesperación y enojo.

Los hombres bebieron un pequeño sorbo en silencio, pensando sus próximas palabras.

—Tú estarás con ella, eso marcará la diferencia.

—Tal vez —dijo Lucien pinzándose el puente de la nariz.

—Otra opción es que no vayáis —sugirió Alexander.

Lucien cerró los ojos, cansado, llevaba horas dándole vueltas y no había conseguido encontrar una buena solución.

—Respetaré la decisión de mi esposa —dijo él.

Ninguno lo contradijo, aunque Alexander lo miró igual que al duque cuando se dejaba influenciar por Heida.

Mientras, al otro extremo del pasillo, las dos damas conversaban de un tema mucho más doloroso.

—¿Estás segura? He sido testigo de lo que esas dos hicieron contigo, te apagaron día a día hasta que no te quedó esperanza.

No me cabe duda de que se ensañarán contigo.

Las dos estarán muy furiosas por el casamiento y tu nueva posición —dijo Heida, preocupada por su amiga.

Quería asegurarse de que su marido no la estaba obligando.

—Al huir, tuve que vivir con el miedo de que me encontraran y volver con ellos. Me aterraba. Pero he pasado años allí y resistí. Aunque vaya a cenar y me digan palabras hirientes, pasada la cena, volveré aquí, y Lucien estará conmigo.

Heida la miró como si fuera una de las heroínas de los libros que leía.

—¿Dónde está la Prim nerviosa y temerosa de esta mañana?

—Temí la reunión con mi tío durante días, anoche casi no dormí, y no ha pasado nada. Hablamos y se marchó —confesó.

La cena no sería igual, su tía no era como su tío, quien era arrogante y autoritario, pero no malvado. Aunque quien se coronaba como el demonio de la familia era Caroline. No temía sus insultos. Su miedo era otro. Ella siempre sabía dónde clavar la aguja. Y ahora tenía algo que perder.

—Saldrás de esa casa por la puerta grande, y como condesa nada menos —dijo su amiga. Quizá esa cena la ayudara a cerrar ese capítulo de su vida, recordarlo con dolor pero sin temor.

Prim suspiró, no sería fácil, pero eso no la haría cambiar de opinión.

Cuando huyó, lo hizo dejándose llevar por sus amigas y se arrepintió.

Más tarde se alegró, fue lo mejor que pudo pasarle.

Esa vez, sería ella quien decidiría cuándo y cómo marcharse, y lo haría tal y como había dicho Heida, por la puerta principal, con la cabeza alta y al lado de su marido.

Ya les había dado demasiadas satisfacciones a esas dos víboras.

—Te ha sentado muy bien el matrimonio, no hay duda —apuntó Heida.

—Sí. A veces pienso que debí fugarme a Gretna Green y dejar esa casa mucho antes.

Heida la observó con suspicacia, Prim no apartó la mirada, esperó en silencio a que hablara, la conocía muy bien, tenía algo que decir.

—Sin duda te habrías librado de ellas mucho antes, pero estarías casada con otro hombre.

—Supongo que he sido recompensada por mi cobardía.

La duquesa sonrió feliz. En la alta sociedad, los matrimonios por interés estaban a la orden del día, para la mayoría eran una condena, una cárcel de oro, una vida de teatro y tristeza, pero su amiga lo veía como una recompensa en lugar de un castigo.

Y eso la hacía muy muy feliz. Había visto a la pareja interactuar y el sentimiento entre ellos era palpable a simple vista.

—O quizá ninguno consiguió remover lo suficiente dentro de ti como para arriesgarte —apuntó Heida.

—Ya no tiene sentido especular —dijo Prim.

—No, no lo tiene. Me alegro mucho por ti —le dijo con los ojos húmedos. El embarazo la tenía muy sensible—. Al final has encontrado un buen hombre, que te aprecia y protege como si fueras su mayor tesoro.

—Yo no diría tanto —dijo Prim. No podía negar que era protector, atento.

En los últimos días había estado menos tenso, más cariñoso y alegre, hasta que la carta de su tío le devolvió la rigidez.

Esperaba que, del mismo modo que ella pretendía desprenderse del miedo, él dejara esa tirantez en Londres antes de volver a casa.

—He visto cómo os miráis.

—No romantices la situación, por favor.

Heida sonrió, pero no dijo nada más. Pasaron la tarde poniéndose al día de las novedades en la ciudad. Habían pasado muchas cosas en ese mes y estuvieron tan concentradas en ellas y sus vidas que se les había olvidado cotillear.

Rieron juntas, y por unos instantes, Prim pudo ignorar que al día siguiente la calma se rompería de nuevo.