Capítulo 23
Adelfa:
Todas sus partes son venenosas, incluso su sabia puede resultar peligrosa al contacto.
El día de la temida reunión con su tío llegó. Heida dispuso una de las salas, donde nadie los molestaría, lo suficientemente alejada de oídos indiscretos. A pesar de confiar en su personal, nunca estaba de más prevenir.
Prim estaba inquieta, no dejaba de retorcerse las manos, tenía el corazón acelerado y sus pulmones amenazaban con dejar de respirar. La espera la estaba matando, eran las diez y cuarto, su tío llegaría en quince minutos y le aterraba su reacción al verla después de lo que había hecho.
—Todo irá bien —dijo Lucien, colocando su mano sobre las suyas—. Estoy aquí.
—No puedo evitarlo.
Lucien no dijo nada más, estrechó su agarre tratando de reconfortarla e infundirle fuerza. Lo enfurecía ver el efecto de su familia en ella, y aún más saber que había estado con ellos durante años, sin nadie que la cuidara y protegiera.
Los pasos firmes en el pasillo anunciaron su llegada, fue el mayordomo quien lo acompañó y tocó la puerta esperando que le dieran paso. Lo anunció y se retiró, cerrando al salir.
—Sí que eres tú —dijo el duque antes de volver su mirada al hombre que la acompañaba—. Appleby, supongo —espetó con desdén.
—En efecto, excelencia, es un placer conocerle —escupió las palabras con la misma desgana que el recién llegado.
—Dejaos de protocolos —dijo agitando la mano y acercándose a ellos.
Lucien se adelantó un paso, dejando a Prim ligeramente más retrasada, esta contuvo sus ganas de esconderse tras su ancha espalda. El gesto no pasó desapercibido.
—¿Quién cree usted que es? —preguntó con frialdad—. Soy su tío, ella lleva mí misma sangre, ¿qué le lleva a pensar que posee derecho de interponerse?
Tal vez hubieran interpretado mal la carta, pues en persona parecía estar muy enojado. Su tono y su postura no dejaban lugar a dudas, no había ido de buena fe.
—Soy su marido —dijo elevando el mentón. Si creía que se iba a achantar por tener un título inferior o ser más joven, estaba muy equivocado.
—Eso está por ver —cuestionó centrándose en Prim.
—¿Por qué no nos sentamos y hablamos con tranquilidad? —sugirió ella, tratando de contener el temblor de sus manos para mostrar la zona de descanso y la bandeja de té con pastas sobre la mesa central.
La pareja esperó a que asintiera para tomar asiento en el sofá tras ellos, mientras que Whitebell eligió el de enfrente.
—Tengo muchas preguntas.
—Las responderemos encantados —espetó.
—Prefiero que conteste mi sobrina.
Aquel posesivo hizo que sus dedos se aferraran al tejido del vestido.
Parecía un duelo de ambos por ver a quien pertenecía la dama.
Ni Prim ni Lucien entendieron el motivo, ella le había contado que su tío no se había involucrado en nada referente a ella, que podían pasar días, incluso más de una semana, sin verse.
Lucien apretó los puños por la insinuación mientras su esposa aceptó con voz temblorosa y lo animó a continuar.
—Empecemos por el principio. ¿Sabes la de problemas que me has causado? Desde tu huida, no hay sesión en la Cámara en la que no se cuestione mi criterio. ¿Por qué te fuiste así?
Prim agachó la mirada.
—No pude más… —dijo, ignorando la presión de su garganta al recordar todo lo que sufrió, todo lo que soportó, el dolor, la vergüenza, la incomodidad, la tristeza… Se tragó sus sentimientos y continuó—: Vi una oportunidad y la aproveché.
—¿Que no podías más? Eres una desagradecida. Te acogí en mi casa, te he dado todo cuanto has precisado, has tenido lo mismo que mi propia hija. Las mejores institutrices, los mejores maestros, los mejores vestidos. ¿Y qué he recibido?, vergüenza y deshonra.
Las lágrimas empezaron a caer por el rostro de Prim. Era el momento en que Lucien debía intervenir.
—Qué curioso. No le he escuchado preguntarle ni una sola vez cómo se encuentra. Solo le preocupa su imagen, no ella —evidenció él. Aun sabiendo que esas palabras dañarían a su esposa, no pudo callarse. Ese hombre era despreciable.
—La tengo delante. Puedo ver con mis ojos que se encuentra en perfecto estado.
Lucien abrió la boca, sin embargo, no dijo nada, Prim había colocado la mano sobre la suya. Habían hablado en el desayuno, y acordado no enfrentarse a él, responder a sus preguntas con cordialidad y tratar de zanjar el asunto con la máxima celeridad.
—Sea como fuera, eso ya no tiene solución —dijo ella.
—Puede que no, pero quiero saberlo —dijo arrellanándose en el sofá.
—¿No considera que sufrir maltrato durante años es suficiente motivo para querer huir? —preguntó Lucien con la voz tan cortante como el filo de una cuchilla. Prim se tensó más de lo que ya estaba, con las manos escondidas entre las faldas, retorciendo las telas para calmar su ansiedad.
—¿Maltrato? —escupió el duque irguiéndose con la mandíbula apretada—. Nunca imaginé que serías tamaña embustera. ¿Eso le has contado? —Su cara reflejó la inesperada revelación—. Has calumniado a tu familia para provocar la boda.
—Yo mismo he visto las marcas.
El duque, ofendido, se puso en pie.
—No voy a consentir que se me tache de tal cosa. Yo jamás le puesto la mano encima, es la hija de mi hermana. —Sus ojos brillaban de pura furia.
Lucien miró a su mujer con la duda en los ojos, ¿era posible que él no supiera nada?
—Usted no, excelencia —susurró—, su mujer y su hija.
El rostro del duque voló al de su sobrina con facciones indescifrables. ¿Perplejidad? ¿Enfado? Era difícil determinarlo.
—¿Cómo dices? —su voz era dura, autoritaria y cargada de ira.
Prim soltó las telas y las apartó para liberar sus manos, con parsimonia y los ojos llenos de lágrimas, se deshizo de los guantes.
—No fue un accidente.
La mirada del duque descendió hasta sus manos, ahora desnudas. Sus hombros estaban tan endurecidos que parecían cargar con el peso de toda la casa sobre ellos.
—Es una acusación muy grave. ¿Tienes pruebas?
—Tal vez pueda achacar a un acto de torpeza el caer sobre ella con una tetera hirviendo como si no fuera la tarea de una sirvienta en lugar de la hija de un duque, mas ¿cómo explica las marcas en su espalda?
Laceraciones hechas a golpes —especificó Lucien con los puños apretados.
La indignación y la rabia acompañaron a cada sílaba, y su postura dejaba claro que no toleraría que jamás nadie volviera a tocar a su esposa.
—Muéstramelas.
—No —negó el conde tajante. No solo se había propuesto protegerla del dolor físico, también del emocional.
—¿Esperas que crea que mi mujer y mi hija te pegaban sin una sola prueba? —inquirió con la mirada clavada en los lagos acuosos en que se habían convertido los ojos de su sobrina.
—Tía Linet nunca me pegó, aunque sus comentarios envenenados solían causarme más dolor que los golpes. No importa —dijo a Lucien—. ¿Tú no pedirías evidencias ante tales acusaciones a mí persona?
—Me niego a creer que desconocía lo que pasaba bajo su techo —murmuró solo para ella, pero el duque también lo escuchó.
—Ella nunca me dijo nada de esto —dijo el duque.
La duda había germinado. Siempre sospechó de los celos de Caroline, y nunca las vio unidas.
¿Sería su hija realmente capaz de algo así?
De ser así, su mujer debía ser consciente.
A diferencia de él, ella sabía todo cuanto pasaba en la mansión.
Linet no era especialmente bondadosa, todo lo contrario, pero permitir algo así era demasiado hasta para ella.
Con la ayuda de su marido, se descubrió la espalda. Le resultó más fácil contarle cómo la golpeaba con la mirada fija en la pared.
El duque no habló inmediatamente. Por primera vez desde que había entrado en la sala, pareció vacilar.
—Esto explicaría tu huida, de ser cierto.
—¿Dudas de nuestra palabra? —gruñó Lucien.
—No cuestiono tu palabra, Appleby. Solo trato de esclarecer los hechos, entiende que son unas acusaciones muy graves, debo cerciorarme antes de imponer un castigo.
Con la ayuda de su esposo, colocó el vestido tal cual estaba y se giró.
—No estoy pidiendo castigo alguno. Solo queremos la dote que dejó mi padre para mí —dijo Prim con un hilo de voz, estaba sobrepasada.
Su tío no sabía nada, de haber acudido a él, quizá todo hubiera sido diferente, o quizá no la habría creído, como en ese instante.
—Vendréis mañana por la noche. Una cena familiar, aclararemos todo y os entregaré el dinero.
Prim sentía como el suelo desaparecía bajo sus pies. Eso era justo lo que intentaba evitar a toda costa.
—Si decimos la verdad, ¿no? —ironizó Lucien.
—No, está claro que es mi sobrina y ya verifiqué las copias que me enviaste.
Prim no podía hablar, volver allí…, enfrentarse a Caroline y Linet…, no estaba preparada para algo así…, tal vez nunca lo estaría.
—¿Y si nos negamos?
—Es obvio que necesitáis el dinero, no sé por qué ni me importa. Pero si no venís, haré todo lo que esté en mi poder para retrasarlo.
Lucien se mordió la lengua para no escupirle a la cara lo que pensaba de él.
El duque se dispuso a marcharse, no tenía más que hacer allí.
—A las seis —dijo antes de salir al pasillo y cerrar la puerta.
Lucien se centró en su mujer, su respiración era errática y su rostro estaba pálido.
—No tenemos por qué ir. Contrataré a un abogado, no podrá retener el dinero mucho tiempo.
—Prim no escuchó ni una palabra. Su mente no estaba allí, había viajado a años atrás, a la casa de los horrores, con aquellas dos mujeres que solo le causaron dolor y vergüenza—.
Prim —hasta tres veces fueron necesarias para sacarla del trance.
—Lo siento —dijo con los ojos inundados.
—Volveremos a casa mañana.
—No. —Alzó la mirada, firme por primera vez—. Hemos venido hasta aquí a por mí dote, no nos iremos sin ella. No pueden hacerme nada que no me hayan hecho ya.
—Mi valiente condesa —dijo antes de estrecharla entre sus brazos.
No fue hasta el almuerzo que coincidieron con sus anfitriones y una visita algo inesperada. Alexander se había presentado sin avisar, por lo que Heida no se atrevió a preguntar por la reunión con Whitebell.