El renacer de la primavera Capítulo 22
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Capítulo 22

Aster:

Su nombre significa estrella, y nació de las lágrimas de la diosa griega Astrea.

No tardaron en llegar las noticias del duque. Mientras desayunaban, el mayordomo le entregó el correo del día a la duquesa, entre el que se encontraba una carta para el conde. Heida los animó a que fueran a uno de los salones privados, allí contarían con la intimidad necesaria para leerla.

Lucien rompió el lacre y la abrió, no era muy extensa.

—No es lo que esperaba —dijo, entregándosela a su esposa para que la leyera.

Prim estaba muy nerviosa, pero dejó de especular y se centró en esas escuetas líneas.

—Yo tampoco —dijo devolviéndole la nota.

El duque aceptaba reunirse con ellos en Harmont House a la mañana siguiente.

Ninguno creyó que accedería a que el encuentro no sucediera en su casa, ni siquiera parecía molesto u ofendido.

—Esto es bueno —dijo él—, todo podría quedar resuelto mañana.

Prim asintió, aunque su ánimo no era el más optimista. ¿Cuándo le había salido a ella algo bien?

Lucien se acercó hasta eliminar el aire entre ellos.

—¿Qué ocurre?

—Estoy preocupada. Esto es solo el primer paso.

—Todo va a salir bien, por sus palabras parece que se le ha pasado en enfado, solo será un trámite. En realidad, es comprensible que quiera verte y comprobar que eres tú de verdad.

Prim volvió a asentir, pero su rostro seguía reflejando incertidumbre.

—Me gustaría enseñarte algo —dijo él.

Con un sabor agridulce, se dejó arrastrar por Lucien hasta el carruaje, lo miró unos instantes al subir; una pregunta silenciosa que él respondió con una media sonrisa.

No le revelaría a dónde iban.

Con el leve crujir de las ruedas sobre los adoquines, Prim observaba la ciudad que fue su hogar; parecía ser la misma de siempre, pero la sentía diferente, más lejana.

Lucien prefirió contemplarla a ella, su rostro estaba iluminado por una pequeña franja de luz que se colaba por la cortinilla, una visión magnífica de luces y sombras.

Sus ojos, que habían recuperado la ilusión en Appleby, se volvían a apagar, su piel seguía tan nívea y pulcra como el primer día y su boca… , esos labios lo tenían embrujado.

El vaivén era ligero, causando un efecto relajante en ambos.

—No me gusta verte así, desde que llegamos a la ciudad pareces otra persona.

Prim sintió como algo se quebraba en su interior.

¿La estaba rechazando? ¿Estaba cansado de su preocupación y malestar?

Con él no tenía que fingir estar bien, o eso había creído hasta ese momento.

Irguió la postura y ocultó sus verdaderos sentimientos tras una máscara, la misma que había llevado durante años.

—No hagas eso conmigo —dijo Lucien con voz grave, suavizando el reproche con un toque de cercanía.

—¿El qué?

—Aparentar que todo está bien.

Prim lo miró desconcertada. Acababa de recriminarle lo contrario.

Por qué eran los hombres tan complicados, pensó con un suspiro profundo.

—Pero has dicho…

—Sé lo que he dicho. No quiero que te escondas de mí, quiero volver a ver la luz con la que iluminas todo a tu alrededor.

Prim se quedó unos segundos en silencio, sintiendo como su corazón se aceleraba. No podía creer lo que acababa de escuchar, jamás en toda su vida alguien le había dicho algo tan bonito, como si su sola presencia pudiera irradiar luminosidad.

Una lágrima se escapó; cuando la situación la desbordaba, le costaba mucho más contenerse.

—No estoy segura de poseer esa luz —susurró bajando la mirada—, siempre he sido una persona más bien… sombría.

El carruaje se ralentizó hasta parar por completo, el trayecto fue relativamente corto.

Lucien deslizó la mano suavemente sobre la suya, como un gesto de apoyo más que de posesión.

—Las estrellas admiran el brillo entre ellas sin llegar a ser conscientes del suyo propio —dijo, justo antes de romper el contacto y abrir la puerta, dejándola, además de sin palabras, sin la posibilidad de responder.

El sol se colaba entre las nubes, que no eran muchas. Era una suerte, Londres no se caracterizaba por sus días soleados.

—¿Los jardines de Kensington? —preguntó Prim al bajar y ver la gran verja cerrada.

Eran unos de los jardines más exclusivos de la ciudad, solo los había visitado en dos ocasiones, ambas con un amplio grupo, por lo que no los pudo admirar ni detenerse.

—Gracias —dijo ella.

Lucien introdujo la llave en la antigua cerradura; con el chasquido, la emoción la embriagó.

Había organizado todo aquello por ella, Lucien se estaba colando por las grietas de su corazón a un ritmo vertiginoso.

Cada cosa que descubría de él le gustaba más que la anterior, era cariñoso, atento, siempre tenía buenos gestos y palabras dulces para ella, la tenía en cuenta y le daba su lugar. ¿Qué más podía pedir?

Amor, la palabra cruzó su mente como un relámpago.

No se negó a sí misma anhelar algo que nunca creyó posible, no enturbiaría su relación por la ausencia de algo que no necesitaba en absoluto.

La verja chirrió, sacándola de sus pensamientos.

Una vez dentro, Lucien la cerró con llave mientras ella disfrutaba de los aromas que empezaban a llegar a su nariz.

Él le ofreció su brazo y juntos comenzaron a adentrarse, no era muy transitado, por lo que pasarían a solas la mayor parte del recorrido; aun así, no podía relajarse, alguien podía verlos y oírlos desde detrás de un seto y no ser conscientes.

Así era la capital, un hervidero de cotillas aburridos.

Caminaron despacio con el único sonido del crujir de la grava bajo sus pies y el piar de los petirrojos.

Los altos muros de ladrillo funcionaban como barrera protectora impidiendo que el ajetreo de la ciudad los alcanzara.

Los árboles eran antiguos y frondosos, algunas zonas estaban en completa sombra.

Prim se detuvo en los rosales, la flor insignia de Inglaterra, se encontraba en todos los jardines de la aristocracia, mas no en todos lucían con tanto esplendor.

—Hay algo que me gustaría pedirte —dijo, pillándolo por sorpresa, ella no era de las que hacían peticiones.

—Si está en mi mano.

—Quiero que el jardín de Oldraven sea como este.

—Y yo que pensaba que me pedirías una joya —bromeó él. Una joya no, pero sí creyó que sería algo más personal—. Es tu casa ahora, puedes hacer lo que quieras, condesa.

—Tendré que contratar un jardinero, tal vez dos —explicó ella.

—Me temo que tendrás que esperar unos meses —dijo decepcionado, era lo primero que le pedía y se lo negaba, aunque no de manera permanente.

—Es una suerte que no sea una persona impaciente.

—¿Aquellas son prímulas? —preguntó, señalando una gran jardinera llena de flores de diversos colores.

—Sí. Tu hermano es botánico, ¿no conoces la flora?

Hasta el momento no habían hablado de eso, no le gustaba el invernadero por el calor, pero no sabía si sentía animadversión o solo era algo de poco interés para él.

—Reconozco algunas, pero no comparto esa pasión. Son muy bonitas —dijo admirándolas de cerca.

—Sí que lo son.

Lucien se inclinó y se tomó la libertad de arrancar una, era casi el mismo rosa que tomaban sus mejillas cuando se sonrojaba. La colocó en su cabello, por encima de la oreja.

Prim sintió el estómago contraerse, llevar flores en el pelo era algo que le gustaba, no sabía bien por qué, simplemente se sentía más ella misma.

No era apropiado para una dama, la hacía parecer infantil, mas no se la quitó.

Fue su marido quien se la puso y había pocas opiniones que le importasen más que la suya.

—La última vez que te pregunté por tu flor favorita, la esquivaste. ¿Me responderás esta vez?

—No la esquivé, es solo que es muy difícil elegir una.

Lucien la miró risueño, había conseguido que su humor mejorase considerablemente, se veía más relajada, más sonriente, más ella.

—Mmm, yo creo que no lo es, solo te da miedo que descubra algo tan profundo de ti.

Prim se volvió con las cejas alzadas y la boca entreabierta.

—Me encantaría saber cómo has llegado a tamaña conclusión —dijo realmente intrigada.

—Te lo contaré si eliges.

Prim hizo un mohín y se giró para seguir paseando, deleitándose con los aromas. Lucien la observó oler y acariciar una flor que no sabía cómo se llamaba, tampoco le importaba. En dos zancadas se colocó a su lado.

—¿Es esta? —preguntó aguantándose la risa.

—No. Es bonita, pero demasiado pomposa.

Lucien se carcajeó.

—Y yo que creía que solo había bonitas o feas, perfumadas o apestosas.

Si Prim hubiera estado bebiendo o comiendo algo en ese momento, lo habría escupido.

—También las hay sin olor —dijo tras recuperar la compostura. Cómo se le ocurría hablar así, sus palabras podrían malinterpretarse. Aunque estuvieran solos, estaban en un lugar público, podría aparecer alguien tras un seto, un jardinero.

—Eres toda una experta, lady Ravenshaw —dijo con mirada pícara.

Prim trató de esconder la sonrisa, como todas y cada una de las veces que se refería a ella de ese modo. Era su nombre, su identidad, y ahora también el de ella, y esa unión la sentía poderosa.

—¿Te gustan? —le preguntó ella señalando un macizo de madreselva.

—No mucho. Son algo deformes.

Prim se mordió los labios para no reír, pero se le escapó una carcajada.

Lucien posó la mano en su cintura y redujo a nada el espacio entre ellos, se inclinó lo suficiente para que su voz acariciara su piel.

—Mucho mejor así.

Su cuerpo respondió ante su contacto, la calidez de su aliento y su voz. Algo se removía en sus entrañas cuando su tono se volvía más ronco y profundo, como si sus palabras nacieran en lo más hondo de su garganta y la atravesaran sin remedio.

Un canto melódico los sorprendió, ambos miraron en su dirección. Un pequeño mirlo se había posado sobre la madreselva, tan cerca que podrían tocarlo si estiraban la mano.

Ninguno lo hizo, no quería ahuyentarlo. Disfrutaron de la melodía como si de un concierto musical se tratara. Fue un momento íntimo, casi mágico, el olor dulzón, el suave contacto entre ellos y ese pequeño y atrevido pájaro cantando.

—¿Por qué me has preguntado si me gustan? —preguntó Lucien cuando el pájaro alzó el vuelo—, ¿acaso son tus favoritas?

—No, pero me gusta mucho como huelen —dijo acercándose a ellas un poco más—. Me gustaría plantarlas en la entrada de Oldraven. Imagina oler esto cada vez que entres y salgas de casa —inspiró con fuerza.

Lucien la imitó.

—Prefiero olerte a ti.

Prim casi se cae en el macizo. Su marido estaba desatado. Inició el paso de nuevo, si seguían deteniéndose cada pocos metros, tardarían todo el día en recorrer el jardín.

Siguieron conversando sobre las flores que Prim quería plantar en el jardín de la mansión hasta llegar a una enorme fuente de agua con una estatua de Afrodita en el centro.

—¿También pondrás una fuente así? —Lucien parecía realmente interesado en conocer los cambios que ella quería hacer.

—Quizá algo menos ostentoso —dijo observando el recorrido del agua. Brotaba de un caño y descendía en cascada por las hojas de piedra que guardaban el cuerpo de la diosa antes de caer en la pila inferior.

—No me sorprende.

—Soy una mujer sencilla.

—¿Eso crees? —preguntó hipnotizado con la luz que irradiaba su piel expuesta al sol.

Prim no contestó, estaba algo dispersa con su reflejo, no era una persona vanidosa que pasara tiempo en exceso contemplándose, pero algo le llamó poderosamente la atención.

Las ondas del agua emborronaban su rostro, y aun así, distinguió un destello en sus ojos.

No recordaba haberlo visto antes. Tal vez Lucien tuviera razón y cuando estaba entre flores, algo en ella despertaba.

O tal vez fuera su nueva vida, el atisbo de poder desprenderse definitivamente del pasado.

Habían cambiado tantas cosas en tan poco tiempo que era prácticamente imposible determinar qué había encendido aquella luz.

—¿Hay algo ahí? —preguntó Lucien al ver la concentración con que miraba el fondo de la fuente.

Prim salió del embrujo.

—Me he distraído.

—¿Con qué? —Miraba el punto exacto donde ella se había detenido y no veía nada.

—Estas muy preguntón —dijo ella para evitar contestar—. Vayamos por allí.

Siguieron el camino de las rosas, de todos los colores, algunas en flor; otras, las más tardías, esperaban su momento.

El aroma era intenso y embriagador, siguieron hasta llegar a las gardenias, las mismas que usó en el ramo el día de su boda.

Le gustaban mucho, sencillas, limpias y un perfume evocador.

Giraron en un pequeño estanque y entraron en un camino menos colorido.

Prim se detuvo en un macizo de hojas verdes, no había flores, pero lo contemplaba como si solo ella pudiera verlas.

—No hay flores —evidenció Lucien.

—Aún no.

—Tardías —murmuró para sí. Aun así, ella lo escuchó—. ¿Qué florecerá?

—Aster.

Lucien no tenía ni idea, él apenas conocía un par de flores, pero intuía que eran importantes, al menos para ella, si les dedicaba tanta atención.

—¿Y cómo son?

—Son preciosas, como pequeñas estrellas violetas que han caído del firmamento.

—Resulta que sí tienes una favorita.

—Solo me gusta mucho. En realidad… —hizo una pausa, llenó los pulmones y expulsó el aire con calma—.

Al morir mis padres, los echaba mucho de menos, ahora también, pero me he acostumbrado, supongo, aunque en ese tiempo la herida aún sangraba.

Por las noches me consolaba mirar por la ventana e imaginar que podían verme desde lo más alto, me ayudaba a sentirlos conmigo.

Y el aster, su forma evoca una estrella.

Lucien la abrazó desde atrás, y besó su cabeza con ternura.

—Llenaremos nuestro jardín con ellas —susurró, estrechándola un poco más.

Prim se apoyó en su pecho, cálido y firme, en él se sentía arropada y protegida. Estuvo así unos instantes, hasta que recordó donde estaba y que el tiempo no se detenía.