Capítulo 21 #2
—Lucien me lo pidió y yo acepté —dijo dejando la galleta a medio comer en el platillo sobre el que descansaba también su taza.
—¿Y cómo es contigo?
El calor subió por su cuello y coloreó sus mejillas, trató de disimular, pero Heida era difícil de engañar.
—Pasión no os falta —dijo contenta por su amiga. Si alguien se merecía un marido atento, cariñoso y pasional que la hiciera feliz era ella.
—No. No es solo eso, es bueno conmigo.
Heida no pudo contenerse y la abrazó, comenzó a llorar.
—Son lágrimas de gozo.
Prim se conmovió y se unió a ella en un llanto silencioso. Heida era lo que siempre esperó de Caroline, una compañera, una amiga, alguien en quien confiar y con quien contar en las peores y mejores.
—Estoy embarazada —dijo Heida de pronto.
Prim rompió el abrazo para mirarla con los ojos como platos y la boca abierta.
—Es maravilloso.
—Aún no se lo he dicho a Jamie.
—¿Por qué no?
—Sabes lo protector que es, quise esperar hasta después de la temporada y ahora me da miedo que se enfade por habérselo ocultado.
—Por eso has ido a ver a Elizabeth.
Heida asintió, algo parecido le pasó a su cuñada.
—Dice que no debo alargarlo más, incluso intentó convencerme para que lo anunciara allí durante la cena. Creí que sería mejor hacerlo en la intimidad, pero aquí no me siento tan valiente.
Prim sonrió como una boba y acarició la barriga de su amiga, ahí dentro crecía una pequeña personita.
—Oldraven no está muy lejos de Hederfield.
—Vendrás a ayudarme.
—Espero que Lucien y Jamie se hagan amigos. —Ya no estaba sola. No podía dejar a su marido y marcharse, pero sí que podrían ir juntos de visita y esperaba que fuera algo periódico y recíproco.
—Yo también.
—Hazlo esta noche.
—¿Con vosotros aquí? —dijo desviando la mirada a la bandeja.
—No busques excusas, siempre encontrarás un motivo para no hacerlo. Hazlo y ya está. ¿Dónde está la valiente Heida que me convenció para huir?
—Aquí no —dijo. Ambas se echaron a reír.
—No seas tonta, va a estar tan contento que no le importará que se lo hayas ocultado.
—Un mes.
Prim ensanchó la sonrisa, estaba pletórica, solo por la noticia había merecido la pena aquel viaje.
Lucien llegó cuando Prim estaba casi lista para bajar a cenar.
—Puedes irte —le dijo Prim a la doncella.
Lucien se quitó la chaqueta, la dejó en los pies de la cama y se sentó en el borde de la misma.
—Me he entretenido —dijo sin más.
Prim lo notó serio y distante. Se acercó a él con temor de que algo entre ellos hubiera cambiado y la rechazara.
—No pasa nada —dijo frente a él. Olía a alcohol.
Alargó la mano hasta atraparla, la atrajo hasta él y la encerró entre sus brazos.
—No me apetece nada salir de aquí, solo quiero quitarte ese vestido y hacerte mía.
—No podemos hacer eso, Lucien. Es descortés y maleducado.
Suspiró cansado.
—Lo sé. —Hundió su cara en el hueco de su cuello, disfrutando del calor de su piel y aroma particular—. Siempre hueles tan bien.
—Hoy no puedo decir lo mismo.
Lucien se retiró con las cejas alzadas.
—¿Insinúas que huelo mal? —no estaba molesto, parecía divertido.
—Apestas a whisky .
—Puede que me haya pasado bebiendo —dijo, y una chispa traviesa y juguetona brilló en sus ojos.
Se levantó y fue hasta el aparador donde descansaba la jofaina con agua limpia. Se remojó la cara un par de veces, también se humedeció la nuca y se lavó los dientes con los polvos dentales aromatizados con menta.
Prim esperaba que eso fuera suficiente, esa era su primera cena con los duques y esperaba que Lucien y Jamie congeniaran. Las primeras impresiones pueden ser terribles, y es muy difícil alterarlas una vez que se ha juzgado.
—Le he mandado una nota a tu tío. Supongo que mañana obtendremos una respuesta —dijo a su lado, un poco más lúcido, mientras cogía la chaqueta.
El semblante de Prim se ensombreció.
—No pretendía arruinarte la noche. Solo que estuvieras preparada por lo que pueda pasar.
—No pasa nada. A eso hemos venido.
—Prim. —Acunó su cara con las manos—. No volveré a separarme de ti.
La besó con devoción, diciendo con sus labios lo que no se atrevía a decir con palabras.
Se estaba convirtiendo en alguien muy importante para él.
No era una mera obligación, en su interior nacía el sentimiento de cuidarla, protegerla.
Quería hacerla feliz, borrar toda la tristeza y amargura vivida durante años.
Le gustaba mucho más de lo que quería admitir y se sentía el ser más miserable de la tierra por tener que someterla a todo aquello.
—Debemos bajar ya —dijo ella cuando se alejó unos milímetros para tomar aire. Lucien dio un paso atrás, se colocó la chaqueta y le tendió la mano—. ¿Puedo pedirte algo? —preguntó algo cohibida.
—Adelante.
—No te aísles, sé que estar en un lugar ajeno con extraños puede dar la sensación de que no es tu sitio, pero son mis amigos y me gustaría que también fueran los tuyos.
—Intentaré integrarme.
Prim se puso de puntillas y le dio un suave beso.
—Esperaba algo más —dijo, con sonrisa pícara, mientras rodeaba su cintura con su fuerte brazo. La acercó a él de un tirón.
—Más tarde seré toda tuya —susurró, conteniendo el deseo en su interior—, ahora tenemos que bajar.
Lucien cedió, esa mujer no era consciente del poder que ejercía sobre él.
Se reunieron con los duques, que los esperaban en la antesala. Tras los saludos pertinentes, pasaron al comedor, seguía manteniendo un aspecto anticuado, Heida llevaba toda la temporada haciendo cambios en la mansión, pero aún no había llegado a esa estancia.
Jamie se sentó en la cabecera; a la derecha, su mujer; a su izquierda, los condes.
—Con este banquete bien podrías haber invitado a medio Mayfair —apuntó Jamie al ver tal cantidad de comida.
Heida no tuvo tiempo de hacer nada especial para el almuerzo, pero con la cena no escatimó. Estaba contenta y le apetecía celebrar la vuelta de Prim, el reciente casamiento y su embarazo.
—Puede que me haya dejado llevar —dijo Heida.
Cuando redactó el menú tenía hambre y se le antojaba de todo. El aroma dulzón y a carne asada invadió su nariz haciéndola salivar.
—Sí, puede que sea eso —dijo él con una sonrisa pícara.
—He pensado que podríamos organizar una reunión, aprovechando que los condes están aquí —dijo Heida mientras partía la carne de su plato.
—No creo que… —el duque se quedó callado.
—¿Por qué no? —indagó su mujer.
Mientras, Lucien y Prim se limitaban a comer. No era buena idea entrometerse en asuntos maritales.
—No están aquí de vacaciones —dijo el duque finalmente.
—Por eso mismo, un poco de diversión les vendrá bien.
—Que decidan ellos.
Prim tensó los hombros, mientras que Lucien se inclinó hacia ella para susurrarle al oído.
—No estaría tan mal y conocería a tus amigos.
Prim asintió y le ofreció ayuda a su amiga para prepararlo todo, aunque le pidió que fuera después de solucionar el asunto con su tío.
—Sera una doble celebración —dijo con precisión.
—¿Qué celebraremos exactamente? —preguntó Prim tendiéndole el camino.
—Que ya no quedarán lazos con tus tíos y que… —se volvió para mirar a su esposo, quien masticaba un trozo de carne algo distraído— en unos meses seremos uno más —terminó de decir con la mano en el vientre.
Jamie casi salta de alegría, no pudo contenerse y besó a su mujer sin importarle quien los viera.
—Lo sabías —susurró Lucien en el oído de su mujer. Fue en ese momento cuando comprendió lo importante que eran la una para la otra. La duquesa le contó su embarazo incluso antes que a su marido, eso demostraba una relación muy profunda.
Prim lo miró suplicante y asintió.
Lucien se puso el dedo en los labios y los golpeó un par de veces. Su secreto estaba a salvo con él.
La cena no volvió a ser tranquila, los duques estaban casi eufóricos y no dejaron de hablar de nombres de bebés, calcular cuándo nacería y especular a quien se parecería.
Los condes no participaron mucho, y tras los postres, decidieron retirarse, estaban cansados. El día había sido largo para ambos.
—Solo es cuestión de tiempo que te quedes embarazada —dijo caminando por el largo pasillo.
—Lo sé.
—Has estado algo tensa —añadió él.
Prim suspiró, mas no respondió hasta llegar a su dormitorio y contar con intimidad.
—Desde niñas aprendemos cuál es nuestro lugar. Mujer, esposa, madre. Nuestra misión es procrear, pero con los hombres con título, no es solo tener hijos, es procurar un heredero.
—No llevamos ni un mes casados —dijo Lucien rodeando su cintura—. No debes preocuparte.
—Me he criado escuchando los reproches de mi tío a mi tía por no darle un heredero, mi madre tampoco lo hizo —dijo, bajando la mirada, avergonzada.
Lucien acunó su rostro y lo elevó ligeramente, besó la punta de su nariz hasta que lo miró.
—Yo jamás te reprocharía algo así.
—Y aun así, habría fallado en mi principal tarea.
—Tu principal tarea es ser feliz, ser una buena madre, cuidar a nuestros hijos, sean del género que sean, y ejercer de condesa, en ese orden.
Prim no pudo contener la sonrisa.
—Gracias.
—Lo digo muy en serio, Prim.
—Yo también.
Lucien la besó, pretendía ser dulce y tierno, pero ella lo alteraba de modos inimaginables. Entre besos y caricias, se desnudaron y, sin saber si esa noche concebirían o no un heredero, disfrutaron intentándolo.