El renacer de la primavera Capítulo 21
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Capítulo 21

Lavanda:

Su aroma es intenso y relajante.

Posee propiedades antisépticas, se ha usado como repelente de insectos y plagas desde el siglo XVI.

Hacía unos minutos que entraron en la ciudad, desde entonces, el rostro de Prim había perdido la sonrisa.

Ni siquiera al bajar del carruaje frente a la casa de su amiga le alegró el semblante, parecía que subía las escaleras al patíbulo.

Lucien sintió la ira al rojo vivo, una parte de él se sentía responsable de su malestar, el día que se casaron juró ante Dios protegerla y cuidarla.

No hacía ni un mes de aquella promesa y ya la había roto.

El mayordomo de los duques los recibió con cordialidad, los dejó en el vestíbulo y fue en busca de los anfitriones.

Primero llegó la duquesa; con ojos vidriosos, examinó a su amiga, a quien, abandonando todo formalismo, estrechó entre sus brazos.

—Por fin has vuelto. Y casada.

—Me alegro de verte —balbuceó.

Heida se retiró, irguió la postura y esperó paciente una presentación.

—Mi esposo, el conde de Appleby. Ella es la duquesa de Harmont.

—Excelencia —dijo él, con una leve inclinación de cabeza, al tiempo que solicitaba su mano para besarla como mandaba el protocolo.

Heida miró a su amiga, con muchas preguntas bailando en la mirada.

Unos pasos anunciaron la inminente llegada del duque. No apareció solo.

—Prim, qué alegría verte de nuevo —dijo Alexander, íntimo amigo de los duques.

—Nos has tenido muy preocupados —añadió Jamie, el duque.

Desde que abandonó la ciudad, su mujer había estado alicaída, la había sorprendido llorando en más de una ocasión. Se sentía culpable, la incertidumbre de no saber nada de su amiga, de si estaba bien o no, la torturaba.

Lucien miraba a uno y a otro intentando identificar al duque y averiguar quién era el otro hombre, y por qué le hablaba con tal confianza a su mujer.

—Siento haberos mantenido preocupados, no pude escribir hasta después de la boda —dijo Prim, con una sonrisa fingida.

Por mucho que se esforzara no conseguía engañarlo, podía leerla como si de un libro abierto se tratara—.

Él es mi esposo, el conde de Appleby. Ellos son el duque de Harmont y lord Rickman —dijo señalando con la mano al decir el nombre y título de cada uno.

El duque endureció el rostro antes de darle la bienvenida a su hogar. No esperaba aquel formalismo por parte de los recién casados.

Lucien notó la tirantez, no parecían tan ilusionados con su presencia como con la de su mujer, a quien el caballero rubio no había dejado de mirar.

—Me encantaría ver a Danielle —le dijo Prim a Alexander.

—Está de luna de miel.

—No me puedo creer que ya esté casada.

—Yo no puedo creer que tú lo estés —dijo Heida, que los miraba a uno y a otro tratando de determinar si era un mal matrimonio. Le pesaría mucho si se había visto arrastrada a una situación peor de la que escapó.

—Quizá deberíamos pasar al salón —sugirió el duque.

—Yo ya me marcho —dijo Alexander.

Besó la mano enguantada de Prim e hizo una leve inclinación con la cabeza hacia el conde como despedida.

—Estaréis cansados. Os acompañaré a vuestra habitación. —Se quedó paralizada—. Solo he preparado una, si queréis…

—Una es perfecto —dijo Prim.

Su amiga sonrió de oreja a oreja, no fue algo planeado, pero saber que compartían cama era muy revelador.

—Si me disculpáis, os veré en el almuerzo —dijo el duque antes de marcharse por el mismo pasillo por el que llegó.

Heida los acompañó a la planta de arriba, Prim conocía la casa, se dirigían al ala de invitados.

—He pensado que estaríais más cómodos en esta parte de la casa, donde tendréis más intimidad —dijo con una sonrisa pícara que coloreó las mejillas de Prim al instante.

—Es perfecto.

Lucien caminaba tras ella, observando el modo en que interactuaban, parecían comunicarse sin necesidad de hablar.

—Estoy ansiosa por saber cómo ha pasado.

Prim miró de reojo hacia atrás antes de responder.

—En otro momento.

—Tengo que hacer unas cosas esta tarde —dijo Lucien sin dar más detalles. Los tres sabían que solo quería darles ese espacio para que hablaran con libertad.

Heida sonrió complacida.

—Es esta. —Abrió la puerta, pero no pasó, se apartó—. Os veré en el almuerzo.

Lucien cerró tras entrar, la duquesa ya se había ido.

—Parece que te aprecian mucho —dijo aún con el comentario tan íntimo de lord Rickman en el pensamiento.

—Sí. Te gustarán —dijo ella quitándose los zapatos. El día anterior no se colocó bien la media y le había salido una rozadura en el tobillo.

Lucien se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de la silla antes de sentarse.

—¿Cómo estás tan segura?

Prim tomó asiento frente a él.

—De puertas para afuera son como cualquier otro noble, pero de puertas para adentro solo son hermanos, amigos… Son buenas personas.

—Y ese tal lord Rickman, ¿qué tiene que ver con tu amiga Danielle?

Prim le había hablado de sus amigas, Heida, Danielle y Eleanor, a cuyo hogar se dirigía antes del accidente con el carruaje, incluso en alguna ocasión mencionó a Emily, Iris y Sarah.

Aunque las conociera esa misma temporada y no le hubiera dado tiempo a profundizar esa amistad, guardaba un buen recuerdo de ellas.

Pero en ningún momento le habló de ningún caballero, y aunque eran muchas las ocasiones en que coincidían y existía cierta confianza y cariño entre ellos, no eran amigos como tal y no lo creyó conveniente.

No le parecía adecuado hablar de otros hombres con su marido.

Ella recordó el día que le confesó sentir celos de la familiaridad que había nacido con Miles, quizá ver la confianza que tenía con Alexander le había molestado.

—Ya te he hablado de Dani; cuando murieron sus padres, fue a vivir con los Rickman, Alexander es el mayor —Prim, inconsciente de como él apretaba los puños al escucharla referirse a él por su nombre, siguió hablando—: En total son siete.

Cillian es el segundo, y ha acompañado a Dani a todos los eventos.

Dave, el tercero de los hermanos, es el abogado al que le consulté lo del testamento de mi padre y se acaba de casar con Danielle.

—Veo que tienes muy buena relación con la familia. Con tanto hombre soltero, me extraña que no te casaras con ninguno —dijo con cierto sarcasmo.

Prim cerró los ojos, había hablado de más. Solo quería que la próxima vez que coincidieran con alguno de ellos no estuviera a oscuras.

—Nunca me interesó ninguno de ellos —dijo sincera.

La miró durante unos segundos, analizando sus palabras.

—Tampoco mostraste interés en mí y aquí estamos. —Quería saber si no era así. Si ella en algún momento se fijó en él, o si solo se casó  por no tener otra opción.

—Lucien, no es el mejor momento —dijo con los ojos acuosos.

Se maldijo para sus adentros, los celos lo habían nublado.

—Tienes razón. Ven aquí —dijo extendiendo la mano en su dirección.

Ella la aceptó, el tirón la ayudó a levantarse y sentarse sobre sus piernas.

La abrazó con cariño.

—Todo va a salir bien. En unos días nos marcharemos y no volveremos a pisar la capital hasta que tengamos que casar a nuestros hijos.

El comentario pretendía hacerla reír, mas causó el efecto contrario, Prim comenzó a llorar. Nada efusivo, sin hipidos ni sollozos, solo lágrimas resbalando por sus mejillas.

Estrechó el abrazo y se mantuvo así hasta que ella estuvo lista para seguir con el día.

El almuerzo se hizo corto, Heida abandonó los formalismos a los diez minutos. Lucien pudo comprobar de primera mano a qué se refería su mujer un rato antes.

Jamie lo invitó a unirse a él y Alexander en el club; declinó la oferta, él también tenía sus amigos, a los que hacía años que no veía y esperaba remediarlo. Además, necesitaba la ayuda de uno de ellos.

Así, las dos damas se quedaron solas, y por fin pudieron hablar con libertad.

—Y dígame, condesa de Appleby, ¿cómo es que ha terminado casada?

Prim negó con una sonrisa por su ocurrencia.

—¿No te lo ha contado Margareth?

—Así que Margareth, veo que habéis estrechado lazos. No nos hemos visto, llegamos hace unos días, pasamos por Cursed Manor antes de volver a la ciudad.

—El tiempo juntas nos ha unido.

Una de las criadas entró con una bandeja llena de té y pastas.

—¿No es muy pronto para el té? —preguntó Prim.

—Sí, pero se me seca la garganta cuando hablo mucho —dijo dejando clara su intención. No iba a ser una conversación corta—. ¿Y bien?

—Surgió sin más.

Prim le contó el accidente del carruaje y como este las obligó a refugiarse en casa del conde.

Se escondió con un nombre falso, y eso le dio cierta libertad, de otro modo, no habría podido estar a solas con los hermanos, por muy laxas que fueran las normas en el campo.

Cuando descubrieron su identidad, no le quedó de otra que contarles por qué lo había hecho, incluido el motivo de su huida.

—… fue ahí cuando me propuso casarnos. Él no está pasando un buen momento financiero y yo… Un matrimonio solucionaba todos los problemas.

—Entiendo… —dijo Heida con la mente perdida en un punto del papel pintado.

—No hagas eso.

—¿El qué? —preguntó intrigada, literalmente no estaba haciendo nada de nada, permanecía completamente inmóvil.

—Buscar cosas donde no hay nada.

Heida ensanchó la sonrisa.

—En realidad, no tenías por qué casarte, podrías haber seguido el plan inicial y continuar el viaje hasta las Highlands.

—¿Y después qué? Yo no estoy casada con un cervecero escocés, nada me ata a esas tierras salvajes. Y, francamente, vivir de prestado con tu hermana no era un buen plan.

—No, supongo que casarte con un apuesto y taciturno conde era un plan mucho más atractivo.

—Supongo que sí —dijo apesadumbrada. Por primera vez se sintió juzgada por su amiga. No quería que nadie pensara que se había entregado a la primera oportunidad.

Dio un pequeño sorbo al té y cogió una galleta, que mordisqueó con parsimonia bajo la atenta mirada de Heida.

—Me alegro por ti, no sabes cuánto, solo quiero determinar si te has casado por voluntad propia o por algún tipo de coacción.