Capítulo 20
Amapola roja:
En Grecia y Roma, la amapola estaba asociada con Hipnos y Morfeo, dioses de los sueños. También simboliza la vida después de la muerte en la cultura celta.
Tras cuatro días dentro del carruaje, ya no quedaba demasiado para llegar a su destino. Lucien la había acompañado la mayor parte del trayecto. Se esforzaba por entretenerla y que no le diera más vueltas a lo mismo, pero era inútil.
¿Cómo podía ordenarle a su cabeza que no pensara en aquello que la inquietaba?
Había imaginado un sinfín de encuentros, algunos terribles, otros simplemente incómodos.
También imaginó las infinitas posibilidades que desencadenaría la reunión.
En el mejor de los casos, su tío le daba el dinero a su marido; en el peor, se negaba y no reconocía ese matrimonio, aunque lo más plausible era que fuera una de las opciones intermedias.
Lo que tenía claro era que la reprendería muchísimo por su comportamiento y si estaba en su mano impartirle un castigo, no desaprovecharía la oportunidad.
Cada noche rezaba pidiéndole a Dios que el encuentro fuera íntimo, sin su tía y prima, al fin y al cabo, era un tema de hombres y ella solo intervenía para corroborar que era realmente quien decía ser.
Ojalá Dios respondiera a sus plegarias, aunque nunca lo hizo, y no por falta de intentos; cuando estaba desesperada recurría a él, una última esperanza de que todo cambiara por arte de magia u obra divina en este caso, aunque si creyera que la magia podía ayudarla, le rezaría a ella.
—Estamos llegando —dijo Lucien al notar que el carruaje se ralentizaba.
—¿Conoces el lugar? —preguntó Prim, aunque en realidad lo que quería saber era si sería tan desastroso como el de la noche anterior.
Estaban pernoctando en posadas, y salvo la del primer día, el resto habían ido de mal a peor. Deterioradas, sucias y malolientes. En la última ni siquiera se atrevió a comer nada elaborado, pues estaba segura de que amanecería indispuesta.
—He parado alguna vez. No es horrible.
No fueron palabras demasiado esperanzadoras.
El carruaje se detuvo con un último balanceo.
Lucien descendió en primer lugar y le ofreció su mano para ayudarla.
Apoyó la punta del zapato en el estribo para iniciar el descenso cuando un relincho demasiado alto resonó en sus tímpanos; con el corazón acelerado, se giró hacia el sonido.
Se quedó blanca en el acto y sus pulmones dejaron de funcionar durante unos segundos.
Las manos comenzaron a sudarle, y cuando el caballo volvió a relinchar aún más fuerte, resbaló.
Lucien intentó frenar la caída, no pudo, los dedos se le escaparon de la mano. Vio a su esposa caer de espaldas, paralizada por el susto, hasta desplomarse dentro del carruaje.
—Trevor —rugió el conde enfadado.
—Lo siento, milord, estaba desenganchándolo, pero se ha sacudido y se ha soltado del arnés. No me ha dado tiempo a retenerlo.
Trevor tiraba de las riendas de Odín, que piafaba inquieto, con los ollares abiertos.
Lucien los observó alejarse y sintió el corazón dividirse, Odín era su caballo desde hacía años, conocía sus gestos, sus resoplidos impacientes, solo quería saludarlo. Le tenía un cariño especial, y aunque le gustaría compartir un momento con él, su mujer lo necesitaba.
Se volvió hacia el interior del carruaje sin dudar.
—Prim, ¿estás bien?
Miró a su marido un segundo e inspiró con fuerza hasta llenar sus pulmones al completo, lo soltó despacio antes de responder.
—Estoy segura de que voy a morir por un susto. —Un día, su corazón no resistiría.
—No pienses eso —dijo. La agarró como pudo para ayudarla a levantarse.
Una vez abajo, se sacudió la falda, aún tenía el pulso acelerado y la respiración agitada.
—Vamos dentro.
Lucien pidió las habitaciones, una para ellos y otra para el cochero.
Prim había prescindido de Vivian, con la ayuda de su marido podía vestirse y desvestirse sin problema, era el precio a pagar por poder disfrutar de los trayectos con intimidad.
Solo contaban con un carruaje y ninguno obligaría a la doncella a hacer todo el viaje en el banquillo del cochero.
También ordenó que subieran agua para un baño y una bandeja de comida.
—¿Un baño? —preguntó Prim al entrar en la modesta habitación, estaba limpia, con un aroma ligeramente floral. Examinó con atención hasta encontrar un jarrón con campanillas y margaritas sobre el aparador principal.
—Te ayudará a relajarte.
—Pensé que era para ti —dijo volviendo a él.
Lucien elevó una de sus comisuras con una sonrisa ladeada de lo más sensual.
—Podemos compartirlo. —No tenía ninguna intención de hacerlo. Ella necesitaba un momento de calma y con él no lo tendría, aunque pensándolo en frío, quizá él pudiera dejarla mucho más relajada que un baño caliente.
—Dudo que haya espacio para los dos ahí. —Señaló la cuba junto al hogar. No era muy grande, tendría que estar con las piernas encogidas durante todo el baño.
El golpeteo tras la puerta los interrumpió. Varios mozos entraron con cubos hasta llenar la bañera.
Una vez solos, Lucien la ayudó con la ropa; estando ya desnuda, volvieron a tocar. Esta vez no dejó que nadie entrara, la posadera le entregó la bandeja en el pasillo.
—Huele bien —dijo él.
—No me esperes, se enfriará —dijo ella metiendo un pie en la bañera. No tenía apetito.
Arrastró una pequeña mesa a su lado y colocó allí la bandeja. Prim estaba comiendo fatal los últimos días, tenía que presionarla. La miró expectante hasta que cogió un trozo de pan con queso y se lo llevó a la boca.
—Te dejaré un rato a solas.
Ella asintió, tenía la boca llena.
Lucien fue hasta las caballerizas, allí encontró a Odín descansando, mucho más tranquilo. Acarició su lomo con cariño.
—No puedes acercarte así. Ella tiene miedo.
Odín emitió un suave relincho. Lucien sonrió, a veces pensaba que lo entendía. Se quedó con él unos minutos y volvió a la habitación.
«¿Será demasiado pronto?», se preguntó. Cada noche salía un rato a estirar las piernas, pero en realidad solo trataba de darle espacio a su mujer. No llevaban demasiado casados y quizá le resultara agobiante la falta de intimidad.
El estómago rugió.
«Tendrá que ser suficiente».
Prim aún estaba en el agua, se acercó a por la bandeja, no faltaba demasiado.
—Si como más, me sentiré mal —dijo como si le hubiera leído los pensamientos.
Tocó el agua.
—Está algo fría.
—Tienes razón.
Prim se levantó, cogió la toalla colocada a la cabecera y se envolvió en ella. Lucien la ayudó a salir, con presenciar una caída había tenido suficiente.
—¿Te duele algo?
—Aún es pronto.
—Estás hecha toda una experta —bromeó, mas se arrepintió nada más decirlo—. Lo siento, lo dije sin pensar.
—Me he caído dos veces delante de ti, quizá sí se me puede considerar una experta —dijo al tiempo que se ponía de puntillas y le daba un beso.
Lucien se olvidó de la cena, llevó a su mujer a la cama y allí se quedaron hasta caer dormidos.
Prim sonreía con amplitud, sus ojos brillaban de emoción. Su madre le llenaba el pelo de flores silvestres.
—Me encantan las flores, son tan bonitas.
—Lo son, pero también delicadas y efímeras —dijo su padre, quien observaba la tierna escena con el corazón henchido de amor.
La madre lo miró con las cejas alzadas.
—No todas, querido —contestó con la mirada aún unida a la suya—. Las hay que tienen espinas, otras incluso muerden.
Prim se giró hacia ella con emoción.
—¿Muerden? ¿Como un perro?
Su madre le dio un golpecito en la nariz con una de las flores, provocando una risa melódica.
—No le llenes la cabeza de pájaros —dijo su padre.
La brisa suave y fresca contrarrestaba el calor que manaba del sol.
—De pájaros no, de flores —dijo su madre, enseñando su perfecta y alineada dentadura.
Prim rio fuerte y se volteó para que siguiera adornando el cabello. Su pelo olía a margaritas.
—¿Por qué Primrose y no Daisy, Rose o Holly?
—Las prímulas son las que dan el inicio de la primavera, mi estación favorita.
—¿Preferirías llamarte Daisy? —preguntó su padre, sorprendido. Abandonó su postura y se arrellanó sobre la manta de pícnic.
—No, me gusta Prim.
—Primrose, una dama no acorta su nombre y menos cuando es tan bonito —dijo su madre, quien había traspasado a su hija el amor por la flora.
—¿Por qué la primavera? El verano me gusta mucho —preguntó la curiosa Prim.
—Es el momento de renacer, cada estación tiene su misión. En primavera, los árboles recuperan sus hojas, las flores se abren, los animales despiertan tras la hibernación, los días empiezan a ser más largos y el aire huele mejor —inspiró con fuerza—. Es la mejor estación.
—Discrepo —dijo su padre—. El otoño es la más bonita, con las hojas pintadas de naranja, es momento de deshacerse de lo viejo, dejar el pasado atrás y seguir adelante.
—¿Y no es lo mismo que ha dicho mamá? —preguntó tras pensar unos segundos. Sonaba diferente, pero se le antojaba igual.
—Te lo parece porque ambas son parte del proceso. Primero nos deshacemos de las hojas secas, dejamos un tiempo para sanar, este es el invierno, frío y húmedo —dijo arrugando la nariz—, pero necesario antes de brotar de nuevo.
—Entonces yo tengo razón —dijo Prim—, el verano es la mejor época, cuando ya ha sanado, renacido y puede ser feliz.
Su madre rompió a carcajadas mientras su padre ponía los ojos en blanco.
—Estoy segura de que, de tener un hermano, elegiría el invierno —dijo su madre.
Un viento repentino agitó las flores del pelo, arrastrándolas por el jardín. De pronto, el sonido de un relincho lejano y los cascos golpeando el suelo rompieron la calma y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.
La imagen de su madre se desdibujó, los colores se apagaron y la luz brillante de la primavera se tornó gris. Sin poder evitarlo, Prim se vio arrastrada hasta el lomo de un caballo que se agitaba, su padre la sostenía con fuerza, mientras gritos y golpes llenaban sus oídos.
—Mamá —dijo casi como una exhalación.
—Prim —una voz grave la sacó de la ensoñación.
Parpadeó un par de veces con el corazón en un puño y la respiración agitada.
—Estabas muy inquieta y parecías estar pasándolo mal —dijo Lucien con inquietud en la mirada.
—Solo era —iba a decir una pesadilla, pero en realidad había sido un sueño precioso, uno que le llenó los ojos de lágrimas.
—¿Un mal sueño?
—Solo al final.
Lucien la rodeó con sus brazos, ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
Pasados unos minutos, le narró el sueño, lo bonito que había sido volver a verlos; le dijo cuánto los extrañaba y que todos los recuerdos que tenía de ellos eran así, felices.
También le contó como todo se torció y volvió a lomos de ese caballo encabritado.
Volvió a caerse, igual que en la pesadilla de hacía unas semanas.
No fue solo la caída, su padre la sostenía de la misma forma mientras su madre se situaba junto a ellos, estaba casi segura de que era el mismo sueño.
—Quizás no sea un sueño, sino un recuerdo.
—Imposible, yo nunca me he caído de un caballo —descartó su teoría sin meditarla ni un minuto.
—Eso explicaría tu miedo. La otra vez que lo soñaste fue cuando Odín te asustó y te caíste, ¿no?
Eso sí la hizo pensar, la caída no era un recuerdo de su infancia, sino de ese mismo día. Las dos veces se cayó porque un caballo la asustó, tenía sentido. Más que el que fuera un recuerdo olvidado convenientemente.
Un rugido rompió el momento, era el estómago de Lucien, se había dormido sin comer nada.
Prim desvió la mirada a la bandeja, aún seguía en el mismo sitio, parecía igual de llena. Se levantó, encendió la vela que tenía en la mesita y fue a por ella, también cogió la jarra de agua y dos vasos limpios.
Dejó la bandeja sobre la cama y el resto sobre la mesita.
Lucien se llevó un trozo de queso a la boca, le supo a gloria a pesar de no estar muy bueno.
—No me has contestado.
—Es verdad, me he despistado. Sí, fue el mismo día.
—Es posible que el incidente con Odín desbloqueara ese recuerdo.
Era otra posibilidad, una que le gustaba menos, pero que debía contemplar en pos de la verdad. Picoteó el pan con la mano y se llevó un trozo a la boca para evitar responder.
—¿Me sirves un poco de agua? —pidió Lucien, al otro lado de la cama. Observó como llenaba uno de los vasos antes de ofrecérselo. Lo apuró casi de un trago, el pan tampoco era de lo mejor, estaba seco y se le había hecho bola—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Debe de ser muy serio si pides permiso antes.
Lucien asintió, Prim suspiró y le animó a preguntar.
—¿Cómo murieron tus padres?
Prim arrugó la frente, no esperaba ese cambio tan drástico.
—De fiebre.
—¿Los dos?
Prim asintió.
—¿Estás segura?
—¿A qué viene esa pregunta? —No estaba molesta, solo desconcertada.
—Ese sueño, no sé, me ha hecho pensar. Si realmente es un recuerdo, ¿qué pasó? Me has dicho que se escuchaban gritos y golpes. Podría ser que el caballo tirase también a tu padre o se encabritara contra tu madre.
—No sabemos si es un recuerdo.
Prim se quedó en silencio, intentando rememorar y discernir si realmente podría ser un recuerdo olvidado. Tampoco se acordaba de la enfermedad de sus padres, pero hacía muchos años de aquello, ella era tan solo una niña.
—Quizá algún día podamos averiguarlo.
—No creo.
—Sería bueno para superar tu miedo. Saber qué lo ocasionó ayuda. —Prim se quedó mirándolo, aún comía queso y pan—. De pequeño, me mordió un perro, desde ahí no podía ni verlos. Conseguí superarlo.
—No he visto perros en Oldraven. —No dudaba de su palabra, solo evidenciaba que si él los evitaba, por qué no podía aceptar que ella lo hiciera con los caballos.
—De no temerles a tomarlos como mascota hay un abismo.
—Uno que no estás dispuesto a cruzar.
—Lo haría por ti. —No supo qué lo llevó a decir esas palabras, pero se dio cuenta de que eran ciertas. Si ella quisiera tener una mascota, lo aceptaría.
El pulso de Prim se aceleró sin remedio, aquello era lo más parecido a un «eres importante para mí» que había recibido en mucho mucho tiempo. Por otro lado, era posible que él pretendiera que ella hiciera lo mismo por él.
—¿Me pedirás que intente superar mi miedo por ti?
—No —dijo tajante.
Siguieron picoteando de la bandeja hasta casi vaciarla, aún era noche cerrada, se recostaron el uno junto al otro en silencio hasta volver al mundo de los sueños.