Capítulo 19
Camelia sasanqua o de otoño:
Florece en otoño o invierno, con flores sencillas de tonos rosas, rojos y blancos y de fragancia ligera.
Lucien golpeó la mesa tan fuerte que se derramó medio té en el platillo sobre el que descansaba la taza.
Decir que estaba enfadado era quedarse corto. Dobló la carta y se la guardó en el bolsillo.
Miró la tostada con rabia, se le había cerrado el estómago de un plumazo. Se bebió el té de un trago y salió de allí como alma que lleva el diablo.
Necesitaba desconectar, pensar con calma y de manera racional. Una cabalgada le sentaría bien.
Él mismo preparó a Odín, que relinchó contento con su presencia. Le encantaba pasear, y últimamente habían salido poco.
Con el pie en el estribo, dio un salto y se subió al caballo, inició un suave paso hasta llegar a la linde del bosque.
Aceleró el paso y el aire empezó a agitar el oscuro pelo. Se adentró entre los árboles, el olor a vegetación y tierra húmeda se coló por su nariz. Apretó las riendas con fuerza, ¿qué iba a hacer? Ese condenado duque lo había complicado todo.
Le había enviado dos cartas. La primera fue dos días antes de su boda, le contaba que su sobrina estaba perfectamente y se casarían en breve.
Era consciente de que la recibiría cuando ya no pudiera oponerse o impedir de algún modo el enlace.
La segunda fue tras la boda, si la anterior fue escueta, esta lo fue más.
Apenas unas líneas. Le informó de que Prim se había convertido en la condesa de Appleby y solicitó el dinero correspondiente a su dote.
No esperaba que le mandara una felicitación y entregara el dinero sin más, barajó que le pediría la licencia matrimonial o que intentaría negociar una rebaja por la situación, pero no contempló ni por un segundo que le pediría una prueba de que la mujer con la que se había casado era realmente su sobrina y exigiera verlos a los dos en persona, o de lo contrario, seguiría dando a su sobrina como desaparecida.
El muy canalla lo estaba poniendo contra las cuerdas.
Juró cuidar y proteger a Prim, ¿cómo iba a pedirle ir a Londres para encontrarse con la familia de la que había huido?
No podía pedirle aquello.
Frenó a Odín al llegar al riachuelo, desmontó y se acercó tirando de las riendas para que bebiera.
—Estoy en un callejón sin salida —le dijo al caballo.
O hacía que su mujer volviera a Londres y se enfrentara a un pasado para el que no estaba preparada, o se arruinarían por completo.
Se mesó el pelo con cansancio, solo llevaba un par de horas despierto y ya estaba agotado.
—¿Qué voy a hacer? —murmuró para sí al tiempo que negaba con la cabeza.
«Por una vez, podría haberme salido algo bien».
Prim limpiaba las flores marchitas de las Dalias cuando escuchó un carraspeo cerca de la entrada. Levantó la vista, era Lucien, agradeció el gesto. La última vez que fue a verla le dio un susto de muerte.
Lo vio acercarse y no consiguió contener la sonrisa.
No solía verlo en las mañanas, cada uno se dedicaba a sus quehaceres.
Algunas tardes la sorprendió en su dormitorio tras el té con Anabeth.
Otras, era ella quien lo buscaba en el ala oeste, como la tarde anterior, que descubrió a qué se había estado dedicando su reciente marido los últimos días, había vuelto a retratarla, pero esta vez sin nada de ropa.
Casi le da un patatús cuando lo vio, ¿y si algún criado lo veía también…
? Él le aseguró que guardaba sus retratos muy concienzudamente.
Solo él tenía el privilegio de contemplarla.
La atracción entre ellos era tan intensa que hicieron el amor en el suelo, con las últimas luces del ocaso colándose por la ventana y decenas de dibujos a su alrededor.
Aún quedaba mucho para que Prim se sintiera del todo cómoda con él, pero cada día estaba más cerca de conseguirlo.
Él era atento, comprensivo, tenía en cuenta sus deseos y miedos, era un buen hombre y se sentía muy afortunada porque la hubiera elegido; sin embargo, una sombra seguía cerniéndose sobre ella, no fue una elección desinteresada, fue una donde el dinero importó más que ella.
Y aunque a priori no le importó, no dejaba de ser una espina punzante y dañina que le atravesaba el corazón.
Lucien llegó hasta ella con el rostro más serio de lo habitual, sus cejas estaban fruncidas, marcando una arruga profunda en su sudorosa frente.
Sus ojos, que siempre buscaban los de ella, parecían buscar respuestas en el vacío, revelando que algo no andaba bien.
Mantuvo los labios apretados y la mandíbula rígida, como si contuviera palabras que no sabía cómo decir hasta que por fin rompió el silencio.
—Prim, tenemos que hablar —sus palabras terminaron por hundirla y borrar la poca serenidad que le quedaba.
Dejó las tijeras de podar en el borde de la mesa, se quitó los guantes en silencio, sopesando qué había podido hacer mal.
—Demos un paseo —sugirió Lucien, quien no soportaba ese asfixiante calor. Menos en una situación como esa, necesitaba salir de allí y respirar aire limpio.
Prim asintió con preocupación, lo siguió sin decir nada, lo vio atravesar la única puerta sin esperarla. Ella aún debía cambiar las botas por sus zapatos y quitarse el mandil de trabajo. Una vez lista, se unió a él al otro lado de la puerta.
No le ofreció el brazo como hacía siempre, ese simple gesto fue suficiente para que un mal presentimiento se instalara en el pecho de Prim.
Esas casi dos semanas todo había ido realmente maravilloso, mejor de lo que esperaba, sin embargo, en el fondo lo sabía, nada era eterno y, al igual que la calma se disipaba con la llegada de la tormenta, solo era cuestión de tiempo que su remanso de paz se quebrara.
Así había sido su vida desde que tenía memoria.
—Ha pasado algo —dijo Lucien con pesar, en su voz había algo más oscuro que la mera tristeza.
El corazón de Prim se saltó un latido y las lágrimas amenazaban con aparecer.
—¿El qué? —preguntó con zozobra, apenas en un susurro, como si temiera que la respuesta pudiera romperlo todo.
—Sentémonos —dijo él, señalando uno de los bancos a un par de metros de distancia.
Dos metros interminables, y no porque sus piernas fueran más cortas, sino porque el estómago se le contrajo y la presión en el pecho amenazaba con dejarla sin aire.
Se sentó a su lado, y por primera vez, lo sintió distante. Estaba allí, solo tenía que estirar el brazo para rozarlo, y aun así, se le antojaba inalcanzable.
Lo vio sacar un trozo de papel arrugado de su bolsillo, la espera estaba siendo una tortura.
—Esta mañana recibí esto del duque —dijo ofreciéndole el trozo de papel.
Prim no lo cogió, sus ojos estaban empezando a aguarse, solo había un duque al que podría referirse, su tío. No quería leerlo.
—¿Qué dice?
Lucien apoyó su mano en el banco con la carta sobre la palma, manteniéndola a su alcance por si al final decidía leerla.
—Desconfía de mí y me pide una prueba de que realmente me he casado con su sobrina y no con cualquier otra mujer. No autorizará la entrega del dinero hasta estar seguro de tu identidad.
Prim lloraba sin contención, su tío se negaba a darle lo único por lo que había decidido casarse con ella. Por eso estaba enfadado.
—¿Qué clase de prueba? —balbuceó.
—Quiere vernos.
Algo en su interior se quebró en ese instante. No quería volver a Londres. No podía volver a esa casa con ellas. ¿La obligaría? Por supuesto que lo haría. El labio inferior temblaba con tanta intensidad que le era imposible articular palabra alguna.
Lucien deseó romper aquella carta, mandarlo todo al infierno y seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Pero por mucho que le enfadara ver así a su esposa, por más que quisiera paliar su desasosiego y curar sus heridas, no podía.
—No te obligaré a ir. Será tu decisión, aceptaré lo que decidas, pero sí debo pedírtelo, sin ese dinero nos arruinaremos antes de terminar el año.
Prim sintió el peso del universo en sus hombros.
En realidad, no tenía libertad para elegir, jamás la había tenido, las mujeres carecían de ella.
Quizá tuvieran esa impresión a veces, mas solo era una ilusión, por más que un amo paseara a su perro sin collar por el parque, ambos sabían quién era el amo y quién el perro.
Si decidiera egoístamente, la culparía de su desgracia, ella sería la responsable de la ruina familiar. Ruina que heredarían sus hijos. No había elección, ambos eran conscientes.
—¿Cuándo? —preguntó tragándose las lágrimas.
—Prim —dijo Lucien entre dientes. Abandonó su rígida postura y la abrazó—. Lo siento mucho.
Prim terminó de resquebrajarse, no pudo contener más la congoja. Se dejó caer contra su pecho, cerró los ojos y lloró. No quería volver, odiaba sentirse indefensa, triste y sola. No quería volver a ver a Caroline, tampoco a su tía ni a su tío, quien miró para otro lado durante años.
—No me separaré de ti, Prim. Estaré a tu lado en todo momento y no dejaré que te hagan nada. Te lo prometo —dijo, con ternura, intentando contener su rabia.
Las palabras de Lucien no la tranquilizaron, solo necesitaban tenerla delante para que la oscuridad de sus corazones volviera a engullirla.
Estuvieron así unos minutos, poco a poco, Prim se fue relajando, Lucien no dejó de acariciar su espalda con cariño.
—¿Cuándo nos iremos? —preguntó ella un poco más calmada.
—No hay prisa —mintió.
—Deberíamos ir antes de que se marche tu madre, así podrá quedarse aquí al cuidado de todo hasta que volvamos.
—No estará contenta, está muy ilusionada con su viaje.
Prim lo sabía bien, pero si ambas se iban, ¿quién cuidaría del invernadero? No tenían jardinero como tal, era el palafrenero quien se ocupaba del cuidado del jardín. Además de no poder cargarlo con más tareas, no había más que mirar a su alrededor para saber que sería un desastre.
—¿Dónde nos quedaremos? —preguntó mientras se incorporaba—. Creía que no tenías propiedades en la capital.
—Aún no lo he pensado.
Prim se mordió el carrillo, una idea cruzó su mente y ya no pudo dejar de pensar en ella.
—Tengo una amiga en la ciudad —sugirió con timidez. Echaba de menos a Heida, estar unos días con ella sería maravilloso. Un atisbo de sonrisa se dibujó en su rostro al pensar que también vería a Danielle, Emily, Sarah e Iris.
—¿No será la marquesa?
Prim abrió mucho los ojos, cierto era que había desarrollado una fuerte amistad y conexión con ella, mas no tanta como para invadir su hogar.
Le explicó que se trataba de su amiga Heida, ya le había hablado de ella, y disipó todas las dudas de Lucien, a quien le pareció extraña la familiaridad con la que su esposa se había autoinvitado a la casa de unos duques.
Por una parte, le agradaba que fueran tan buenas amigas, que hubiera contado con alguien así en el pasado y esperaba que en el futuro también; por otro lado, alojarse con extraños no sería agradable.
Aun así, aceptó. Cedería en todo cuanto ella quisiera, si con eso hacía su estancia en Londres más llevadera.
Prim, con una sonrisa tímida, acordó en escribirle esa misma tarde e informarla de su llegada.
Resuelto el asunto del alojamiento, trataron su ausencia en Oldraven.
Le pedirían a Anabeth que retrasara su partida, con ella allí ocupándose de todo, no tendrían de qué preocuparse.
Estaba muy ilusionada con su viaje y no se lo tomaría bien, de eso no había duda, por eso pidió a su esposa que lo acompañara.
Había cosas que no cambiaban por muchos años que pasaran, y a Lucien, a pesar de ser un hombre hecho y derecho, aún le intimidaba el carácter explosivo de su madre.
Se pusieron en pie e iniciaron el paso, Lucien la agarró del brazo y la frenó. Ella lo miró desconcertada.
—Estás siendo muy valiente. —Acunó su rostro y la besó con delicadeza. Un beso suave, que hablaba por sí solo, revelando toda la ternura y el cariño que guardaba en el corazón por su esposa.
—Yo no me siento así —confesó.
—Porque no te ves con mis ojos. No eres una débil y frágil florecilla, Primrose, eres como el fuerte y robusto árbol al que ni las grandes ventiscas pueden doblegar.
Prim sonrió, y caminaron juntos hasta la casa; ella pensando en sus últimas palabras, y él en cómo se lo dirían a su madre.
La encontraron en una de las salas, era muy perspicaz, en cuanto los vio a los dos, supo que algo pasaba.
Se lo contaron todo, y para sorpresa de ambos, no se lo tomó mal.
Lucien era consciente de que había estado preocupada por la reacción y posibles represalias del duque, que solo pidiera verles le parecía un mal menor.
Les dio algunos consejos, como que intentaran organizar el encuentro en algún lugar que no fuera su casa, no avisarle hasta estar allí y no revelar donde se alojaban.
Prim tomó buena cuenta de todo y le agradeció que hubiera pospuesto su viaje. Y así, con las decisiones tomadas y los temores en silencio, comenzó a organizar el regreso al lugar del que había huido.