El renacer de la primavera Capítulo 18
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Capítulo 18

Lirio:

Hay más de cien variedades distintas registradas.

Prim abrió los ojos y, como cada día de la última semana, lo primero que hizo fue comprobar que su cama estaba vacía. Lucien había pasado con ella cada noche desde que se casaron, pero era muy madrugador.

Se sonrojó pensando en lo que habían estado haciendo solo unas horas antes, estaba descubriendo un mundo oculto, uno que solo conocían las mujeres casadas o libertinas.

No era de extrañar que algunas mujeres abandonaran los remilgos de la pulcritud y tomaran amantes.

Cuando Margareth le contó algunas cosas en su viaje, no se planteó ni por un segundo dejarse llevar, la ignorancia es poderosa, posiblemente muy pocas mujeres llegasen vírgenes al matrimonio si supieran lo que se estaban perdiendo.

No era solo el placer lo que la embriagaba, se sentía deseada, incluso admirada. Lucien trataba su cuerpo con delicadeza, cariño y devoción, y eso no solo activaba su lujuria, le hinchaba su pequeño corazón roto.

Remoloneó entre las sábanas, aún estaba desnuda y el frescor era agradable.

Bien podría parecer que su vida no había cambiado demasiado en la última semana, nada más lejos de la realidad.

Era una mujer casada, en ese momento era responsabilidad de su marido protegerla, sus tíos no podrían exigirle ni prohibirle nada.

Ya no había cabida para ellos en su vida, sin embargo, no se sentía libre del todo.

No por Lucien, él no parecía ser el típico marido opresor, todo lo contrario, durante esos días no se impuso ni una sola vez y siempre le pedía opinión.

La hacía sentir importante y escuchada, algo que hasta el momento solo había experimentado con sus amigas.

Era una buena base sobre la que construir un matrimonio, amistad, respeto y lujuria. Se sonrojó con ese pensamiento.

Vivian entró pasados unos minutos, escondió la sonrisa al ver su desnudez y se dedicó a preparar el vestido. Su ropa no era del todo apropiada, sobre todo, para trabajar en el invernadero, que era a lo que dedicaba todas las mañanas sin excepción.

—Ese es muy claro —protestó Prim al ver el atuendo elegido.

— Milady , aún no he podido limpiar el de ayer y el de antes de ayer está húmedo —justificó.

—Me pondré el mismo de ayer, solo era una pequeña manchita en la falda.

Debía hablar con Lucien, no sabía cuan grande era su problema financiero, pero esperaba que no tanto como para no poder ampliar su guardarropa, nada exagerado, solo unos cuantos vestidos oscuros y cómodos para uso diario.

Una vez preparada, fue hasta el comedor, no había nadie, demasiado tarde para Lucien y demasiado pronto para Anabeth, quien, habiéndose despojado de la responsabilidad del cuidado de las plantas, no tenía nada que hacer.

Se sirvió un contundente desayuno y ocupó la misma silla de siempre, al dejar el plato, vio que al lado habían dejado el Times y sobre él una nota con la letra de su esposo.

Anuncios matrimoniales .

Curiosa, cogió el periódico y buscó qué había llamado la atención de su esposo. Abrió la boca y sus ojos brillaron de ilusión, Danielle se había prometido. Volvió a la primera página para ver la fecha, era de hacía más de una semana. Las noticias llegaban al campo con bastante retraso.

Una parte de ella sintió tristeza, se perdería su boda, igual que la de Eleanor. Se sirvió una taza de té, no estaba muy caliente, no le importó; en realidad, lo prefería templado, más aún tras quemarse las manos.

Las miró, ya no usaba guantes de manera tan obsesiva, se los quitaba para comer, trabajar y cuando estaba sola en casa. Disfrutaba de esa comodidad que antes no existía, la calma en las mañanas, el silencio y el aire limpio. En definitiva, le gustaba su nueva vida.

Terminó el bollo de crema, apuró el té y envolvió un par de galletas en una servilleta, a media mañana le daba hambre y en el invernadero no había nada que llevarse a la boca.

Con energía, fue hasta su refugio en las mañanas, el calor la golpeó nada más entrar.

Fue directa hasta la estantería donde guardaba sus cosas, dejó las galletas y cambió sus zapatos por unas botas que le venían grandes, pues eran de su suegra, también se puso su mandil y guantes.

Ella le dio permiso para adueñarse de todo, y así lo hizo, aunque no se sentía muy cómoda al caminar.

De usar la misma talla de ropa, podría haber usado algunos de los vestidos que ella había estado usando para desempeñar esa tarea, pero su suegra era bastante más voluminosa que ella.

Esa mañana se dedicaría al pasillo central, se había organizado por zonas.

Las plantas que necesitaban más cuidados estaban en esa zona, por lo que hacía izquierda, centro, derecha, centro y así sucesivamente.

No era el método de Miles, pero ella no tenía su destreza, ni sus conocimientos, ni su fuerza, por lo que probaría así; si no funcionaba, lo cambiaría, pero por lo pronto estaba muy contenta con el resultado.

Llenó el cubo de agua hasta la mitad y metió las tijeras y la guita de yute en el bolsillo del mandil.

Muchas damas dirían que era el trabajo de un jardinero, pero a ella le gustaba el olor de las flores, cuidarlas, aprender de ellas; era muy satisfactorio y la mantenía ocupada. ¿A qué se dedicaría todo el día si no?

A principio de semana preparó las cestas para los arrendatarios, las entregó ella misma, no le llevó más de dos tardes.

Conversó con cada una de las mujeres, madres o hijas de los arrendatarios, todas la recibieron con asombro y cordialidad, sin embargo, ninguna conversación se extendió más de quince minutos.

Fue una gran idea, y causó el efecto esperado. Lucien la felicitó por ello, sus mejillas se sonrojaron con el recuerdo del modo en que se lo agradeció, aunque ella seguía pensando que solo fue una excusa para intimar a media tarde.

Aspiró el aroma de una de las gardenias, olían tan bien que era imposible no olfatearlas cuando se acercaba a ellas.

Humedeció un poco la tierra y salpicó algunas gotas en las hojas.

Repitió la misma acción con cada una de ellas, cortó un par de hojas sobrantes y pasó a las siguientes, los lirios.

Había cuatro variedades, todas preciosas y con cuidados distintos.

Cuando Miles se los enseñó por primera vez, creyó que lo tendría fácil con ellos, erró, no tenían mucho en común además del nombre.

Aún debía mirar el cuaderno con algunas plantas, con las que aún se confundía.

Repasó sus notas con atención y se puso manos a la obra.

Media hora después sacudía sus manos con la satisfacción de un trabajo bien hecho.

—Esto se te da mucho mejor que a mí —dijo Anabeth tras ella, dándole un susto de muerte.

—No te he oído entrar —dijo con la mano en el pecho, su corazón latía con fuerza.

—Lo siento, no quería asustarte.

—Estaba muy concentrada —dijo tras una inspiración profunda. Le ayudaban a regular su respiración y pulso.

—He venido a ver cómo te va.

—Puedes ayudarme.

—No, mi época de jardinera ya pasó. Mañana es primero de mes. —Momento en que se enviaban algunos suministros a un par de boticarios. Así mantenía Miles el invernadero.

—Ya lo tengo casi todo preparado. Está allí. —Prim señaló una gran mesa cerca de la entrada. Sobre ella descansaban dos cajas de madera con varios tarros de cristal y pequeñas cajas de cartón.

—¿Te importa si le echo un ojo?

—En absoluto. Me sentiré más segura si lo haces —no mentía. Le daba miedo meter la pata, esos pedidos eran importantes. Necesitaba el dinero para comprar sustratos y materiales.

Anabeth se alejó, comprobó que todo estaba como debía y volvió hasta donde se encontraba para felicitarla.

—Quería comentarte algo —dijo observándola podar las azaleas.

Prim levantó la mirada hacia ella y esperó a que continuara.

—He pensado en la propuesta de Margareth.

Prim frunció el ceño, no sabía bien a qué se refería.

—¿La de pasar una temporada con ella?

—Así es. Creo que es confuso para el servicio que yo siga aquí, demasiados años siendo la señora de la casa.

Prim abrió la boca, era cierto que no se había involucrado en nada referente al funcionamiento de la casa, pero tampoco supo cómo hacerlo y había estado bastante ocupada.

—Debería haberte relevado —dijo Prim.

—Así es. Ni siquiera has cambiado de doncella.

—Me gusta Vivian.

—Me informaba de todo cuanto averiguaba.

—Lo sé, ella me lo contó. ¿Te ha vuelto a decir algo desde la boda?

—No, pero tampoco he preguntado.

Prim meditó unos segundos.

—Quizá deberías. Me gustaría mucho conocer su respuesta.

Anabeth ensanchó la sonrisa. Su hijo no se equivocó al elegir, solo rezaba para que Miles volviera sano y salvo y conociera una buena mujer que lo atara a un hogar.

—Me gusta como piensas. ¿Margareth te contó de qué nos conocíamos?

—No, solo que erais amigas de juventud.

—Siempre fue muy recelosa con sus secretos. Mi esposo, al igual que el suyo, trabajaba para la corona como espía, ella y yo les ayudábamos a menudo.

Prim abrió la boca de par en par, muchas piezas empezaron a encajar, una tras otra. Lo perspicaz que era, que pudiera leer a la gente con tanta facilidad, que conociera los secretos de casi toda la alta sociedad…

—Jamás lo habría adivinado —dijo tras recomponerse de la sorpresa.

—Te lo cuento porque mis hijos están al tanto y tarde o temprano te habrías enterado. —Prim asintió, por eso había sido tan desconfiada—. Siempre fui muy exigente con el servicio, su lealtad siempre ha estado conmigo, quizá debas hacer algún cambio —le aconsejó.

—No lo creo, pero estaré atenta.

—Grandes familias han caído por el servicio.

—Quizá la servidumbre los traicionara contando sus secretos, mas de ser inofensivos, no habría pasado nada.

Anabeth volvió a sonreír, era una joven inteligente, su lógica no tenía errores.

Acordaron que se implicaría en el funcionamiento de la casa de manera gradual y con su ayuda; tras eso, Anabeth se marcharía unas semanas.

Margareth no era su única amiga y hacía años que no veía a ninguna.

Haría un tour para visitarlas a todas, esperaba poder terminarlo antes de convertirse en abuela.

La mañana se hizo corta con la compañía de su suegra, que se quedó hasta la hora de almorzar. No la ayudó, se limitó a pulular a su alrededor mientras hablaban de todo y nada.

Esa tarde, Anabeth llamó a Vivian, y por más que intentó tirarle de la lengua, la doncella no dijo ni una palabra con respecto a su señora. Por una parte, se sintió complacida; por la otra, ligeramente preocupada, su lealtad había cambiado muy rápido.

—Ves problemas donde no los hay —dijo Lucien en la cena después de que su madre les detallara el encuentro.

—Hijo, no te ofendas, pero esto es cosa de mujeres —dijo sin siquiera mirarlo, estaba muy concentrada rebuscando espinas en su trozo de pescado.

—No quiero que le crees inseguridades a mi esposa, ella se siente cómoda con Vivian.

—Yo no estoy sugiriendo que la cambie, solo que se ande con ojo —dijo aún entretenida con el pescado.

Prim se sentía extraña, estaban discutiendo por ella, por intentar protegerla, cada uno a su forma.

Era algo tan nuevo para ella que no tenía ni idea de qué decir o hacer.

Toda la vida preparándose para ser esposa, y en realidad no le habían enseñado nada que la ayudara realmente en su vida marital.

—Esas advertencias podrían inquietarla —Lucien se llevó su copa a la boca.

—Por dios, hijo, que no es de cristal. Es una joven fuerte y valiente.

El corazón de Prim golpeaba con ritmo su pecho.

—Lo sé —dijo él tras dar un largo sorbo de vino. Al dejar la copa, llevó la mano hasta la de su mujer y la colocó encima. Automáticamente, ella levantó los ojos y sus miradas se unieron—. Estás muy callada.

Esas eran las típicas situaciones en que Anabeth se sentía una intrusa, y el motivo por el cual había llegado a la conclusión de que sobraba en esa casa. Al menos por un tiempo.

—Estoy comiendo —dijo ella.

Lucien desvió la mirada a su plato un segundo, no estaba lleno, pero tampoco vacío. Alzó una de las cejas.

—No me acostumbro a que hablen de mí conmigo presente —dijo.

No la presionó, acarició su mano unos segundos más y la soltó.

La conversación siguió amena, Anabeth les contó sus planes, cuándo se marcharía y a quién de sus amistades visitaría primero.

Prim le pidió que los pospusiera un par de semanas, con ella allí se sentía más segura, respaldada por su experiencia y sabiduría.

Anabeth se negó, una semana y se marcharía.

Lucien no dijo nada, se limitó a observar la buena relación de las dos mujeres.

Siempre había escuchado que nueras y suegras era una mala combinación, y con el carácter de su madre, nunca imaginó que pudiera tener tan buena relación con su esposa.

Cada día se reafirmaba de haber tomado la decisión correcta al casarse con Prim.