Capítulo 17
Orquídea danzante:
Florece en primavera u otoño, sus flores amarillas parecen pequeños patitos. No necesita mucho cuidado.
Prim se encontraba sentada frente a su nuevo tocador mientras Vivian la peinaba. Le había costado convencerlo para salir de la cama y bajar a cenar. Se sonrojó con el recuerdo de ese momento.
—Es nuestra noche de bodas —dijo él, abrazando su cintura para retenerla.
—Y también la última noche de Margareth y tu hermano en la casa.
—Estoy seguro de que mi madre sabrá entretenerlos —dijo, besando su hombro desnudo.
—No podemos ausentarnos y lo sabes —recriminó ella.
Lucien suspiró y la soltó; murmurando maldiciones, se levantó de la cama, le dio un suave beso y tras recoger su ropa del suelo, se marchó.
Quince minutos después, Vivian y un par de lacayos llegaron con agua para su baño.
Prim deseaba volver a estar con él, fue maravilloso. Al principio sintió cierto pudor y vergüenza, pero su cuerpo cobraba vida propia olvidándose de todo.
— Milady, me gustaría hablar con usted —dijo Vivian una vez hubo terminado.
Prim la miró extrañada, nunca antes había pedido permiso para hablar. ¿Tanto había cambiado la situación? Solo hacía unas pocas horas que se había convertido en condesa.
—¿Qué te preocupa?
—Verá —empezó a decir mientras se retorcía las manos, incómoda—, me gustaría seguir atendiéndola.
Prim frunció el ceño, intuía que había algo más.
—¿Por qué no iba a seguir siendo así?
—Pensé que después de… —Vivian se quedó callada.
—¿Crees que porque me he casado con el conde cambiaré de doncella? —preguntó, desconcertada. Quizá entre la servidumbre se rumoreaba que contrataría más personal y eso la hubiera llevado a pensar que la sustituiría.
—Pensé que elegiría una doncella leal a usted.
Prim abrió los ojos de par en par.
—Es muy atrevido por tu parte insinuar que eres desleal.
—No, milady . Es solo que… la condesa viuda era mi señora. No me sentía cómoda respondiendo sus preguntas, pero no podía negarme.
—Entiendo. —Se quedó con la mirada perdida, sopesando sus siguientes palabras—. Como has dicho, era tu señora, ya sabía que le contabas todo. La cuestión es si vas a seguir haciéndolo.
—No, milady . Ahora usted es la condesa.
Prim no terminaba de fiarse, dudaba de la veracidad de su discurso.
Un golpe seco las interrumpió. Lucien abrió la puerta que conectaba los dormitorios sin esperar permiso.
—¿Nos das un minuto? —preguntó a su marido. Pensar en él de esa forma seguía pareciéndole extraño.
—Esperaré —dijo antes de cerrar la puerta.
Prim se volvió hacia la doncella, que seguía con la mirada gacha y jugueteaba con las manos.
—Todos merecemos una segunda oportunidad, sin embargo, no tendrás otra. Si traicionas mi confianza, no volverás a servirme.
Vivian asintió y le agradeció la oportunidad con la promesa de no defraudarla.
Una vez sola, abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de Lucien.
No entró, desde allí observó con atención la decoración masculina.
Los muebles eran oscuros, al igual que la alfombra, la colcha y las cortinas abiertas.
Por la ventana se colaban las últimas luces del día, iluminando gran parte de la habitación.
Era más amplia que la de Prim, con un pequeño sofá y un sillón junto a la chimenea.
El olor era distinto, una mezcla entre cuero y bergamota.
—¿Qué era tan importante para hacerme esperar? —preguntó acercándose a ella con parsimonia.
—A Vivian le preocupa que la reemplace.
—¿Lo vas a hacer? —preguntó mientras rodeaba su cintura—. ¿Estás segura de que no podemos ausentarnos de la cena?
—Por supuesto que no. —Prim elevó el rostro, Lucien aprovechó para atrapar uno de sus labios entre los dientes.
—¿No a qué? —preguntó con poca esperanza.
—No a las dos, ni voy a cambiar de doncella ni podemos faltar a la cena —dijo con voz tranquila y suave. No sabía cuando volvería a verlos, quería pasar aunque fuera un rato con ellos.
Lucien dio un paso atrás para ganar distancia, la necesitaba para no volver a llevarla a la cama y olvidarse de toda responsabilidad.
—Le contaba todo a mi madre —retomó la conversación, intentando pensar en otra cosa que no fuera su mujer desnuda tendida sobre la cama.
—Lo sé. Era de esperar.
—¿No te molesta?
—No, ella era su señora y yo una invitada. Cualquiera hubiera hecho igual —explicó cruzando el umbral que daba paso al pasillo.
—Eres muy comprensiva —dijo él, admirando su delicado perfil. No se explicaba cómo era posible que cada vez que la miraba le resultara más hermosa.
—¿Crees que no debería? —Lo miró con el temor de que la acusara de ingenua y confiada.
Lucien comprobó que estaban solos y se acercó peligrosamente a su mujer.
—Ahora esta es tu casa —le susurró al oído—. Si quieres a Vivian como doncella, adelante; y si no, cámbiala, haz lo que mejor te parezca. Quiero que estés feliz aquí.
—Gracias —balbuceó.
Con cada gesto se convencía de que no había podido encontrar un hombre mejor. Era caballeroso, amable, íntegro y no solo se preocupaba por ella, también por su felicidad. Era muy afortunada.
Una puerta se cerró de golpe, rompiendo la atmósfera a su alrededor.
—Siento la interrupción —dijo Miles, casi había llegado a su altura—, pero no hay otro camino.
—Nosotros también vamos para el salón —dijo Prim con una sonrisa.
—Parece muy contenta, lady Ravenshaw —dijo Miles, con una sonrisa pícara, desviando la mirada a su hermano tras ella.
Lady Ravenshaw, era la primera vez que alguien la llamaba así, la pilló desprevenida, sonó extraño, lejano pero reconfortante.
—No le hagas caso —dijo Lucien mientras miraba a su hermano de manera amenazante.
—¿Tienes todo preparado? —preguntó ella. Casi habían llegado al salón.
—Todo listo para la aventura.
—¿No te da miedo? —preguntó, curiosa. A ella le daba pavor solo de pensar en una travesía tan grande.
—Ojalá —dijo Anabeth desde el sillón central—, si así fuera, no se iría.
Margareth aún no había llegado.
—Mamá, ya soy un hombre. No puedes retenerme bajo tu techo.
—Es mi techo en realidad —murmuró Lucien inclinándose sobre Prim, solo ella lo escuchó.
—No me importa donde duermas mientras lo hagas en suelo inglés —dijo en un tono más alto del permitido.
Margareth entró en ese momento, y la acusó de ser una gritona a la que se escuchaba desde el pasillo. Anabeth se sintió molesta, todos parecían estar en su contra.
Prim intentó ocupar la silla que había hecho suya los días anteriores, el conde no lo permitió, tiró de ella y separó la silla junto a la suya, indicando dónde estaba su lugar, a su lado. Sus mejillas tomaron color cuando se dio cuenta de que todos habían sido espectadores de lo ocurrido.
Margareth se sentó junto a ella, ocupando el lugar frente a Miles, quien sonrió descaradamente. Ya no era un secreto su estrecha amistad, aunque ninguno se atrevería a decir lo más mínimo.
La cena fue mejor que bien, Prim se sintió muy a gusto, ya no tenía que fingir ser otra persona, no debía medir las palabras, y eso le daba seguridad. Tampoco se sentía juzgada, todos la habían aceptado, incluso Anabeth, quien había superado las reticencias y desconfianzas iniciales.
—¿Cómo fue el almuerzo? —se interesó Prim, aunque lo que realmente quería saber era qué habían dicho de ellos por irse tan precipitadamente.
—Muy bien, todo ha ido según lo planeado —dijo Anabeth.
Prim no pensaba que su suegra le estuviera mintiendo, no era dada a morderse la lengua, pero no pudo evitar mirar a la marquesa en busca de confirmación.
—Todo estuvo bien, ya sabes cómo son estas cosas. La gente come, habla y bebe sin prestar demasiada atención a los anfitriones.
—Era nuestra boda —añadió ella—. No un baile más de la temporada.
—Todos creen que mi hermano estaba ansioso tras tanto tiempo escondido aquí —dijo Miles, provocando que las mejillas de su reciente cuñada cambiaran de color.
—No tienes de qué preocuparte, estoy seguro de que todos se llevaron una fantástica impresión de la nueva condesa —dijo Lucien, colocando su mano sobre la de su mujer.
—Ya no albergo duda alguna. Estarás bien aquí —dijo Margareth a Prim, quien había tenido ciertas reticencias y dudaba sobre si no se estaría precipitando al dejarla sola tan pronto.
—Te debo tanto… —comenzó a decir con lágrimas en los ojos.
—No me debes nada, aunque espero recibir cartas con asiduidad. Ya sabes que me aburro enormemente en Londres —dijo con teatralidad.
—Cada semana.
Margareth sonrió complacida, todo había salido a pedir de boca. No era un highlander , pero se había casado, que era su propósito. De haberlo planeado, no habría salido tan bien. Era caprichoso el destino, había juntado a dos personas que tenían en su poder la solución al problema del otro.
Sería un matrimonio feliz, no había más que mirarlos, su rostro había abandonado la rigidez, y se buscaban con la mirada continuamente. No tardarían mucho en aumentar la familia, el deseo entre ellos era palpable.
No envidiaba a su amiga, vivir con unos recién casados no era muy agradable.
—Anabeth, podrías devolverme la visita y pasar una temporada conmigo —sugirió la marquesa.
—¿Tratas de llenar el vacío de tu dama de compañía? —preguntó jocosa.
Margareth puso los ojos en blanco.
—Es una gran idea —dijo Miles—, ya no tienes que ocuparte del invernadero, puedes disfrutar de la temporada.
—Hijo mío, no tienes más que plantas en esa cabeza tuya. La temporada ya casi ha terminado.
—Y yo aún soy una neófita —dijo Prim, a quien la idea de enfrentarse sola al cuidado del invernadero le imponía muchísimo.
—No tienes de qué preocuparte. No me iré a ninguna parte.
Prim sonrió pletórica, a su lado, el conde no compartió su alegría. No le molestaba su madre, pero ya que no podrían disfrutar de una luna de miel, hubiera estado bien que los dejara un tiempo a solas.
Con el postre, Prim les pidió que no se marcharan sin despedirse; prometieron que no lo harían.
Esa noche no propusieron ir al salón, todos estaban bastante cansados, había sido un día ajetreado desde primera hora de la mañana y no tuvieron mucho tiempo para descansar.
Lucien acompañó a su mujer hasta su habitación y se dirigió a la suya, donde su ayuda de cámara ya lo esperaba.
Lo ayudó con las botas y lo dejó solo. No le gustaba que otro hombre intentara vestirlo o desvestirlo como si él no fuera capaz.
Fergus había servido a su padre, era un buen hombre y trabajaba bien, aun así, desde el principio puso límites.
Terminó de desnudarse y se puso una bata que estaba prácticamente nueva. Se sentó en el borde de la cama para darle tiempo a su mujer, dado que ellas solían tardar más en prepararse para dormir.
Estaba impaciente, se reprendió a sí mismo, parecía un adolescente lujurioso. Había estado toda la tarde con ella, no debería volver; tras su primera vez, necesitaría descansar, mas no podía pensar en otra cosa.
La deseaba.
Se cansó de esperar, abrió la puerta sin tocar. Prim estaba sentada en el tocador mientras Vivian la peinaba.
—Ya termino yo.
La doncella dejó el cepillo sobre el tocador y, sin levantar la mirada del suelo, abandonó la habitación.
—Creí que ya estarías preparada.
Prim se volvió hacia él con las mejillas rojas.
—Solo me falta trenzarme el pelo —dijo mientras lo separaba en tres grandes mechones.
—No tenemos por qué pasar la noche juntos. Si necesitas recuperarte… —dijo observando como pasaba los mechones de un lado al otro con destreza formando una mullida trenza.
—Estoy bien.
Anudó el pelo con un lazo para que no se escapara ningún cabello.
—No quiero que te sientas obligada.
Prim sintió algo cálido en el pecho, ensanchó la sonrisa y se puso de pie. Con un par de pasos, se colocó frente a él.
—Me gustaría pasar mi noche de bodas con mi marido —dijo sincera. No se refería solo a la parte física, deseaba que, tras mantener relaciones, él se quedara a dormir con ella.
Y así fue, después de que él la colmara de atención y placer, ambos llegaron al clímax. Uno al lado del otro se relajaron en silencio hasta caer presos en las garras de Morfeo.