Capítulo 16
Aster:
Cortar las puntas de los tallos a finales de primavera o principios de verano para conseguir más densidad.
Hacía más de una hora que habían llegado a la casa, Prim fue directa a su nueva habitación, no era muy diferente a la antigua: amplia, luminosa, muebles de madera antiguos, pero bonitos y cuidados, decoración en tonos claros muy acorde con las líneas femeninas.
El único motivo por el que se había trasladado era aquella puerta cerrada que no había dejado de mirar desde que llegó.
Conectaba con la habitación de Lucien, y esperaba que en cualquier momento se abriera.
Se había estado preguntando si él invadiría su espacio o, por el contrario, la invitaría a su dormitorio. No sabía qué hacer, si podía salir o debía permanecer allí esperándolo. La incertidumbre la estaba poniendo cada vez más nerviosa.
Resopló molesta porque no le dijo nada. Le costó mucho confesarle en el trayecto que le inquietaba su noche de bodas, aún no era de noche, pero ya estaban casados, cada uno en su dormitorio, y por la excusa que puso para ausentarse del almuerzo, no tenían por qué esperar.
¿Acaso él no quería consumar el matrimonio?
No es lo que le había parecido en el carruaje, aunque ella no tenía suficiente experiencia para determinar si realmente la deseaba o no.
Muchos matrimonios mantenían la relación justa para procrear, mas no había deseo o atracción.
Aun en el supuesto de no desearla, no sería tan cruel como para decírselo, estaba segura de ello.
Se sentó en la cama, trató de leer uno de los volúmenes que le prestó Miles sobre plantas tropicales y sus cuidados. Por más empeño que pusiera, no era capaz de leer ni una sola página.
—¿Qué me está pasando? —murmuró para sí misma—. Esto es ridículo. —Dejó el libro y se puso de pie—. No puedo pasar el día aquí sin hacer nada. Esperando como un pasmarote.
—¿Qué propones? —dijo una voz ronca y divertida que la hizo dar un salto considerable.
Prim se llevó la mano al pecho, que subía y bajaba frenético.
—Te has propuesto matarme. —No fue una pregunta, no era la primera vez que la sorprendía de ese modo, y aunque todas las veces se alteró, él seguía haciéndolo.
—¿Hablas sola a menudo?
Lucien se había debatido consigo mismo, quería estar con ella, no quería esperar, pero por otro lado, pensaba que no le estaba dando tiempo para prepararse. Finalmente, decidió abrir la puerta que los separaba, pero no esperaba encontrarla así.
—No —dijo, roja como un tomate, aún con la respiración agitada—. ¿Siempre entras sin llamar?
—Es la primera vez que entro aquí —dijo haciendo un barrido visual. La habitación no había sido remodelada ni redecorada en mucho tiempo—. Podrás hacer los cambios que quieras en unos meses.
—Así está bien —murmuró un poco más calmada.
Lucien caminó hasta ella, observando como su rostro volvía a enrojecerse con cada paso.
Acarició la zona coloreada con fascinación, jamás había conocido a nadie a quien su cuerpo la delatara de ese modo.
—Si lo prefieres, puedo irme y volver esta noche.
—No —dijo al punto.
Lucien elevó una de sus comisuras en una perfecta y seductora sonrisa ladeada que la hizo quedarse sin aliento. Le rodeó la cintura con la mano y presionó lo justo para acercarla a su cuerpo.
—Me complace que tengas las mismas ganas que yo —susurró en su oído antes de iniciar un camino de besos suaves y delicados hasta su boca. La besó con calma, conteniendo su impulso más profundo. Saboreando sus labios y disfrutando de los pequeños gemidos que escapaban de su garganta.
Prim enmudeció, abrumada por las atenciones de su esposo. El corazón bombeaba con fuerza, y aun así, la cabeza no recibía suficiente sangre como para responder.
Con timidez, colocó sus pequeñas manos sobre el fuerte pecho masculino, entonces tuvo la certeza de que su corazón no era el único que golpeaba con ganas.
—Date la vuelta —ordenó su reciente marido con voz ronca.
No cuestionó, bajó las manos y se volteó con un gran nudo en su estómago.
Lucien empezó a desatar los lazos traseros de su vestido, por suerte, no era nada intrincado, solo con tirar se deshizo la lazada. Bajó los tirantes y besó uno de sus hombros, una vez tras otra, mientras aflojaba lo suficiente el vestido como para quitárselo.
Besó el nacimiento de su cuello y aspiró profundamente, el olor floral tan característico que siempre la acompañaba invadió su nariz.
—Hueles tan bien.
Prim apretó los muslos uno contra el otro, las sensaciones de su cuerpo eran cada vez más intensas e incontrolables. Su corazón tronaba, su estómago rugía de un hambre que no había sentido jamás, su feminidad palpitaba con cada uno de sus besos, y su voz grave, ronca y profunda la estremecía.
El vestido quedó suelto, se deslizó por su cuerpo hasta llegar al suelo. Lucien ansiaba verla completamente desnuda, mientras que ella empezó a sentirse mareada. Era de día, las cortinas estaban abiertas y la luz entraba a raudales iluminando todo a su paso.
Le quitó la camisola, dejando expuestas las rosadas líneas que recorrían su espalda, Prim sintió el fuego subiendo por el cuello hasta las mejillas, se sentía arder.
Lucien acarició sus cicatrices, besándolas mientras le bajaba los pololos. Le dio un mordisco en el trasero, no fue doloroso, aunque sí inesperado. Prim se inclinó hacia adelante, pero con toda la ropa arremolinada a sus pies, casi se cae de bruces.
Agarrada al poste de la cama, su marido pudo contemplarla por primera vez sin barreras.
Su piel era fina, delicada, con piernas bien torneadas y un trasero que lo incitaba a pecar.
Apretó los puños con rabia al ver sus cicatrices a plena luz, estaba seguro de que con el tiempo se irían y no quedaría huella alguna en su piel, no obstante, las marcas de su corazón y su alma no se irían tan fácilmente.
—Gírate. Quiero verte.
Prim se irguió, dio un paso, alejándose de él, y, saliendo del enredo de telas, cogió aire y se giró.
—¿Por qué yo estoy desnuda y tú vestido? —preguntó, cubriendo sus partes íntimas con las manos.
—Porque yo te he desnudado y tú no a mí —dijo él deseando que ella cruzara el espacio que los separaba. No lo hizo, se encogió avergonzada. Fue él quien, con una zancada, la alcanzó.
—Poco a poco —dijo refiriéndose a que con el tiempo se iría sintiendo más cómoda. Ella no lo interpretó así, llevó las manos a su camisa y empezó a desabotonarla.
Lucien se dejó hacer mientras se deleitaba en el proceso.
Una vez desabrochada, Prim apoyó las palmas sobre su abdomen, no tenía mucho bello, acarició su pecho al tiempo que apartaba la camisa hasta los hombros, ahí tuvo que tironear un poco para quitársela.
Descendió hasta la presilla del pantalón.
Lucien la detuvo ahí.
La cogió como quien coge una pluma y la dejó en la cama, se inclinó para besarla sin echar el peso de su cuerpo sobre ella.
Prim sentía las yemas de sus dedos por su cuerpo; allí donde la tocaba, un hormigueo se extendía bajo su piel, en busca de un lugar en el que anidar. La besaba con devoción y ella se dejaba arrastrar, ya no se sentía tan inexperta y él parecía disfrutar sus atrevimientos.
Le mordió el labio inferior, como respuesta, él pellizcó uno de sus pezones. Ella gimió, era un reflejo instantáneo. Cada vez que le tocaba los pechos, un gemido escapaba de su garganta. Sus manos tampoco estaban quietas, recorrían su torso y sus brazos, explorando y descubriendo.
Ambos se encontraban en una neblina de deseo donde solo estaban ellos, Lucien y Primrose, sin títulos, sin preocupaciones o miedos.
La besó voraz y ella respondió con la misma pasión, abrazándolo y acortando la poca distancia entre ellos. Piel con piel podían sentir el atronador golpeteo del corazón del otro.
Lucien rompió el contacto, mas no se alejó, descendió por su cuerpo dejando un reguero de besos suaves, húmedos y excitantes.
Mordió la cara interna del muslo al tiempo que con una mano en cada rodilla ejercía la fuerza justa para separarlas un poco más.
Prim hizo el amago de cerrarlas, mas fue inútil, Lucien ya estaba entre ellas, besándola con devoción. Recorrió su muslo hasta llegar a sus rizos.
Introdujo un dedo en su interior, Prim gimió tan alto que creyó que la escucharían al otro lado de la casa, nunca había sentido nada igual, no podía controlarse, sus manos cobraron vida propia y sus dedos se entrelazaron en su cabellera.
La estaba besando en su zona íntima al tiempo que movía uno de sus dedos en su interior.
Lejos de detenerlo, alzó la pelvis; aquello era maravilloso.
Una necesidad cobró vida, no sabía qué era, pero gritaba desde dentro, hasta que un ramalazo de placer la recorrió entera hasta morir en el punto exacto donde su esposo succionaba.
Lucien notó las palpitaciones de su sexo y sonrió satisfecho. Abandonó su posición, reptó por su cuerpo y la besó con intensidad. Su fuego no había sido extinguido, se pegó a ella para que sintiera su necesidad.
—Te deseo muchísimo —susurró en su oído al tiempo que desabrochaba la presilla de su pantalón. Se deshizo de él liberando su miembro erecto.
Prim tragó saliva con dificultad al verlo, no es que se hubiera imaginado cómo sería el aparato masculino, pero de haberlo hecho, jamás hubiera sido de ese tamaño. Eso no podía entrar en su interior sin desgarrarla, era imposible.
—No tengas miedo —dijo él, su cara era un reflejo de sus pensamientos—. Hasta ahora todo ha ido bien, ¿no? —Ella asintió confusa—. Confía en mí —dijo colocándose sobre ella.
El beso comenzó con ternura, pero pronto se volvió intenso y profundo, Lucien la estimuló tocándole los pezones, ella gemía contra su boca.
Colocó su miembro en la entrada resbaladiza y notó como ella se tensaba al notarlo allí.
—No te asustes. Estás lista —dijo, y comenzó a entrar despacio.
La sensación era extraña, incómoda, mas no dolorosa. Fue poco a poco, dándole tiempo para que su cuerpo se adaptara. Todo iba bien hasta que llegó a un punto donde la presión era mayor, y Prim comenzó a tensarse.
Lucien se quedó inmóvil, no avanzó ni se retiró, deseaba hundirse por completo, pero no quería hacerle daño.
La besó con ardor, y con una de sus manos buscó entre sus rizos ese botón que le daba placer, cuando lo encontró, comenzó a rozarlo con suavidad. Hasta que las paredes que le oprimían el miembro no aflojaron su agarre, no se movió de nuevo.
Prim volvía a sentirse extasiada, el placer era intenso, recorría cada hueco de su cuerpo.
—Será solo un momento —dijo Lucien, y acto seguido sintió dolor. Nada demasiado intenso, aunque sí notorio y molesto.
Prim no podía hablar, casi no podía respirar; se elevó unos centímetros, rodeándole el cuello con las manos, y lo besó.
Lucien comenzó a mecerse sin dejar de tocarla ni besarla, ahogando sus incontrolables jadeos.
Aceleró el ritmo y el placer se intensificó.
Prim volvió a caer por el precipicio, el clímax la alcanzó de nuevo.
Lucien no pudo resistirse a las convulsiones que lo estrangulaban y se derramó en su interior.
—¿Estás bien? —preguntó, jadeante, mientras se retiraba.
Prim asintió, no se sentía con fuerza ni tenía el aliento necesario para hablar.
Lucien fue hasta el aparador, allí encontró una jofaina con agua y un par de paños, se limpió y humedeció otro trozo de tela con el que atenderla.
Después de todo cuanto había pasado entre ellos, su mujer volvió a ruborizarse. Tiró el paño al suelo y se tumbó a su lado.
—No pensé que iría tan bien —dijo él.
—Yo que sería más doloroso —confesó ella.
—Me alegra saber que ha sido una experiencia satisfactoria para ti —dijo mirando el dosel sobre ellos.
—¿No lo ha sido para ti? —preguntó muy preocupada. Creía que él había disfrutado tanto como ella.
Lucien se recostó de lado y comenzó a acariciar su vientre.
—Mucho.