Capítulo 15
Rosa:
Regar con asiduidad, la tierra siempre debe estar humedad. Podar con frecuencia, eliminar ramas secas o enfermas, así como las flores marchitas para estimular nuevas floraciones.
El día de la boda llegó más rápido de lo esperado, Prim no estaba lista. Desde antes del amanecer, dos doncellas la preparaban para el gran momento.
Aromatizaron el baño con flores, lavaron su cabello con aceites florales, y como colofón, perfumaron su vestido, mas no se sentía empalagoso o fuerte, era ligero, suave y fresco.
Le hubiera gustado poder adornar su pelo con flores, pero una futura condesa no podía aparecer así.
Margareth le prestó una preciosa peineta y los pendientes a juego.
No necesitaba grandes joyas, ella deslumbraba con luz propia.
Aún estaba terminando de vestirse cuando una de las criadas avisó que Lucien y Miles ya habían partido.
Un torbellino de emoción se instauró en su estómago, aquello era real, se iba a casar. No era un sueño o una fantasía.
Aquellas semanas habían sido agotadoras y aun así fueron un remanso de paz. El cansancio la ayudó a conciliar el sueño sin pensar demasiado, y había estado tan ocupada que casi no tuvo tiempo de recordar a sus familiares.
Su relación con Anabeth se había estrechado considerablemente, aunque seguía causándole respeto y cierto temor, esa mujer era de armas tomar. Con Lucien también había avanzado, más despacio, aunque cada vez se sentía menos intimidada bajo su penetrante mirada.
—Estás preciosa. Sabía que el azul era tu color —dijo Margareth al entrar, durante toda la mañana había estado yendo y viniendo.
—Sí, al igual que el corte —dijo Anabeth, quien también se encontraba allí desde hacía un buen rato.
Prim se miró al espejo, su aspecto no era muy diferente al que lucía en los grandes eventos de la capital.
Solo que allí no tenía a nadie que la criticara por elegir un color desacertado, un corte poco favorecedor o un peinado pasado de moda.
Ya nunca más tendría que soportar esos comentarios, después de ese día, por fin dejaría de estar bajo la protección de su tío.
Sonrió para sí misma. No fue buscado o premeditado, pero en ese viaje había encontrado lo que durante años había anhelado, libertad y paz.
Se volvió para mirar a su amiga, sin ella nada sería posible. Estaba como siempre, hermosa y despampanante, se marcharía al día siguiente y Miles con ella, había sido muy caballeroso aceptando acompañarla y así no dejar a los condes sin su único carruaje.
—No te atrevas a llorar —dijo la marquesa con los ojos húmedos.
Prim la abrazó sin decir nada, las doncellas se marcharon y Anabeth protestó porque llegarían tarde.
Prim fue la última en salir, al cruzar el umbral no pudo evitar volverse y echar un último vistazo a aquella habitación que había hecho suya, estaba vacía, todas sus cosas ya habían sido trasladadas a la habitación de la condesa.
—No podemos perder más tiempo —repitió Anabeth.
Prim se dejó arrastrar hasta dentro del carruaje, donde pasaron una hora, en la que no dejaron de darle consejos para tener un matrimonio fuerte y feliz.
Lo peor fue cuando Margareth sugirió que podían aprovechar ese tiempo y prepararla para lo que viviría esa noche.
Fue un momento muy incómodo, Anabeth se limitó a mirar por la ventana fingiendo no escuchar como Margareth, con todo lujo de detalles, narraba su primera vez, la describió como dolorosa y maravillosa al mismo tiempo, algo que Prim no alcanzaba a entender, ¿cómo podía ser bueno algo que te hacía daño?
No preguntó, ya estaba lo suficiente escandalizada.
El carruaje paró frente a la puerta de la parroquia, todos los invitados esperaban dentro. Bajó con el corazón acelerado, sin poder dejar de mirar la gran puerta de madera abierta. Anabeth la atravesó para unirse al resto de invitados.
Margareth se quedó unos segundos con ella, sacudió el vestido y revisó que todo estuviera en su lugar, los ojos empezaron a humedecerse.
—Es normal que estés nerviosa. Todo irá bien —dijo antes de darle un beso en la mejilla—. Cuando escuches la música, entra —añadió antes de dejarla sola frente a la parroquia.
Podía escuchar el murmullo desde fuera, había mucha gente dentro, y ninguno de ellos era importante para ella. Miró al cielo con lágrimas en los ojos, su madre no la vería casada y su padre no la acompañaría al altar.
La música empezó a sonar, pero ella no era capaz de moverse, los pies se habían quedado anclados al suelo.
Llenó los pulmones de aire y abrió los ojos, esa era la vida que le había tocado vivir. Debía enfrentarse a un nuevo capítulo, el de esposa, estaba aterrada.
Se obligó a moverse, sola y en silencio, entró acallando los comentarios que se habían iniciado con su tardanza.
No le costó encontrar con la mirada a Lucien, la esperaba en el altar con la vista fija en ella. Su aspecto era más formal y señorial del que lucía habitualmente, se había cortado el pelo y lo llevaba peinado hacia atrás, no había rastro de su barba y su traje era muy elegante.
Estaba muy guapo, ese pensamiento le hizo recobrar el color en las mejillas.
Llegó al altar, tomó su mano enguantada y se la llevó a los labios.
—Estás deslumbrante —la alabó antes de besarla.
Juntos subieron los tres escalones y se posicionaron frente al clérigo.
La ceremonia fue sencilla y no excesivamente larga, un sermón sobre el matrimonio, el intercambio de anillos y recitaron los votos.
—Puedes besar a la novia —finalizó el párroco.
Lucien le dio un suave y casto beso que la dejó fría y desconcertada.
La pareja se vio de pronto rodeada de los invitados dándoles sus felicitaciones. Fue la cuarta señora, una mujer mayor, quien le preguntó directamente a la novia.
—¿Es la misma lady Primrose que desapareció de Londres hace tres semanas?
Los presentes se callaron de súbito y se volvieron hacia ella para oír la respuesta.
—Sí, es la misma —dijo Lucien, con voz gélida, al punto que colocaba la mano en la cintura de su mujer—. Si nos disculpan.
La pareja se marchó hacia el interior de la sala privada del párroco, debían firmar algunos documentos.
Prim se sintió mareada.
—¿Nos deja unos segundos a solas? —preguntó Lucien, su ya esposo, al clérigo.
—Por supuesto. —Se marchó y cerró la puerta al salir.
—¿Estás bien? —su voz sonaba preocupada.
Prim asintió con los ojos llenos de lágrimas.
—No lo estás.
—Ha sido un día muy intenso —dijo con la mirada gacha.
Lucien colocó un dedo en la barbilla y la elevó.
—¿Quieres que nos marchemos?
—No podemos.
—No te he preguntado si podemos o no, te he preguntado si quieres que nos marchemos —repitió.
—Sí.
Lucien le dio un suave beso, apenas un roce de sus labios, antes de hablar:
—Firmaremos y nos iremos.
Así lo hicieron. Anabeth trató de persuadir a su hijo, pero este sentenció el tema cuando expresó delante de muchos de los invitados su deseo por hacer efectivo el matrimonio.
—No teníamos por qué irnos así. Ha estado mal —dijo Prim pasados diez minutos de trayecto. Iban en el carruaje, y aunque no era la primera vez que estaban a solas, sí como marido y mujer, y eso la ponía más nerviosa.
—Es el día de nuestra boda, creo que se nos permite hacer lo que nos plazca —dijo con voz grave.
—Toda esa gente estaba allí para compartir el día con nosotros.
Prim sentía el peso de la culpa, se habían marchado sin terminar de saludar a los invitados.
Era descortés y maleducado, y no era la mejor forma de empezar su nueva vida como condesa.
No era un secreto que no le apetecía quedarse, estaba abrumada por todo lo que había experimentado, pero quizá un rato hubiera sido bastante.
—Si quieres, podemos dar la vuelta —dijo Lucien, que tampoco quería estar allí.
—Ya nos hemos marchado —dijo tras meditar unos segundos.
Lucien echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos antes de hablar.
—Eso pensaba.
Prim lo contempló a placer, el pelo oscuro ligeramente despeinado, el mentón perfilado y los labios entreabiertos que lograban aturdirla con solo rozarla.
Se esforzó por abandonar esos pensamientos, centrándose en el conjunto.
Su semblante no parecía sereno a pesar de estar aparentemente descansando.
Amusgó la mirada, como si de ese modo pudiera leer qué estaba pasando por su cabeza en ese instante, cómo afectaría el matrimonio a su rutina, o quizá no pretendía cambiarla y simplemente vivir cada uno su vida en el mismo lugar y nada más, no habían hablado de eso.
O tal vez meditara sobre qué cambio realizaría primero una vez recibiera la dote.
De lo que estaba casi segura era de que no estaría inquieto por lo que ocurriría en la intimidad de su dormitorio tal y como lo estaba ella.
No había pensado en otra cosa desde que entraron al carruaje y el reciente relato de Margareth acudió a su cabeza.
—¿Qué te inquieta? —preguntó él después de escucharla suspirar por tercera vez.
—Oh, no es nada importante.
Lucien abrió los ojos y se incorporó, se llevó la mano al cuello y presionó con fuerza, tratando de calmar la molestia que sentía desde hacía días.
—Nunca lo es. —Se quedó callada sin saber qué contestar, desvió la mirada hacia la ventana cerrada—. No me gusta cuando haces eso.
«No llevamos ni una hora de casados y ya no le gusta algo de mí», pensó con tristeza.
—¿El qué? —inquirió, pues si no sabía qué era, no podía remediarlo.
—Que no des importancia a tus preocupaciones o necesidades.
Prim se quedó boquiabierta, de cualquier cosa que pudiera haber imaginado, esa no estaba entre ellas.
Apenas fueron unos segundos, pero era muy consciente de que la había visto.
No apartaba los ojos de ella, prefería cuando los tenía cerrados.
Se sentía realmente inquieta cuando la escrutaba de esa forma.
—Solo cuando no son importantes —murmuró.
—Comprobémoslo, ¿qué te preocupa? —insistió. Prim se sonrojó al punto, se mordió el interior de la mejilla—. También te avergüenza. Estoy cada vez más intrigado —dijo él arrellanándose en el asiento.
—Bueno… —empezó a decir. No podía seguir evadiendo el tema—, hoy nos hemos casado… Por lo que esta noche… —fue incapaz de terminar la frase.
Se le escapó una sonrisa.
—Me ofende un poco que no consideres importante nuestra noche de bodas.
—Yo no he dicho eso —balbuceó errática.
Lucien se inclinó hacia delante, agarró su mano y tiró de ella hasta que estuvo lo suficiente cerca como para atrapar su cintura y sentarla sobre su regazo.
—No tienes de qué preocuparte —dijo mientras tiraba de sus guantes y dejaba desnudas sus manos. Besó uno de sus dedos con ternura—. Iré despacio.
Prim no sabía a qué se refería, pero no preguntó. Estaba hipnotizada, la miraba como si ella fuera la flor más hermosa de todo el jardín, besó cada uno de sus dedos con delicadeza, su corazón bombeaba cada vez más deprisa. Besó la palma y después la muñeca, justo donde terminaba la zona rosácea.
Lucien la vio relamerse los labios con anhelo, no se hizo de rogar, él también la deseaba desesperadamente. Estampó la boca contra la suya y la devoró con hambre, atrapó uno de los labios entre los dientes y tiró suavemente mientras se alejaba.
—Esto sí es un beso —le susurró, no se le escapó la decepción de su rostro al besarla en la parroquia—. No dudes de lo mucho que te deseo.
Saqueó su boca de nuevo y retiró los tirantes del vestido, dejando sus hombros desnudos y el escote más bajo, aunque no lo suficiente.
Acarició su piel expuesta con uno de los dedos, lo deslizó hasta encontrarse con el dobladillo del vestido, recorrió todo el contorno y se hundió bajo él.
Prim se inclinó hacia atrás y jadeó cuando rozó uno de sus erectos pezones.
Lucien mordió el nacimiento de su cuello y dejó un rastro de húmedos besos hasta la clavícula con una sinfonía de pequeños jadeos entremezclada con el vaivén del carruaje de fondo.
Prim emitió un leve gritito cuando dejó sus tersos pechos al descubierto.
—Soy tu marido —dijo una vez que sus miradas se encontraron. Cubrió uno de ellos con su mano, haciéndola jadear—. Excitada estás aún más hermosa.
Verla así, solo con unos besos y unas caricias, lo encendía sobremanera.
Había estado anhelando su piel en silencio y ella era incapaz de pensar con claridad, todas las sensaciones que él había despertado en su cuerpo la embriagaban, quería más.
Un profundo y sonoro jadeo escapó de su garganta cuando él se metió uno de sus pezones en la boca, lo acarició con la lengua y lo succionó con firmeza. Una corriente de placer recorrió su cuerpo hasta su feminidad.
Prim se agarró a sus hombros con fuerza, buscando estabilidad, su cuerpo se volvía gelatinoso cuando él la tocaba o besaba.
Lucien levantó el rostro justo cuando el carruaje se topó con un bache del camino y Prim casi se cae al suelo. La agarró con demasiada fuerza, haciéndola gritar.
—Lo siento —se disculpó.
—No pasa nada —dijo Prim, colorada como un tomate, colocándose el vestido.
El momento de pasión se quedó frío, y Lucien se pasó todo lo que quedaba de trayecto preguntándose si debería haber especificado que su disculpa era por el exceso de fuerza al sostenerla y no por sus atenciones, a las que había respondido mejor de lo que hubiera imaginado.