El renacer de la primavera Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Interesante —dijo antes de volver al corsé—. Todos lo llaman así, en especial las jóvenes damas de la zona, todas esperaban ocupar tu lugar, mas lleva meses sin acudir a ningún evento.

No era muy esperanzador. ¿Como iba a hacerse amiga de las mujeres que esperaban casarse con su futuro marido? La verían como la forastera que les robó su oportunidad de ser condesa y no como una posible amiga.

Suspiró derrotada, no pudo contestar, Margareth la llamó para que seleccionara la tela que más le gustaba, su elección o la de Anabeth.

Tras ver las dos, no supo cuál elegir, eran muy parecidas, mismo color y acabados, solo cambiaba un poco la estampación, pero ambas eran delicadas y bonitas.

—Está bien. Haga dos, uno con cada tela.

—Es demasiado —protestó Prim.

—Entonces elige.

—Este. —Señaló uno de los dos. Anabeth sonrió victoriosa.

Les encantaba competir, el vestido fue una de las más fuertes, Margareth propuso un azul claro de corte imperio confeccionado con muselina, Anabeth un tafetán rosa pastel de confección sencilla y elegante.

Finalmente, fue una mezcla de ambos, Prim agradeció que, tras una acalorada discusión, tuvieran en consideración preguntarle a ella.

Otra de las discusiones fue en la rectoría, eligiendo el lugar idóneo, junto al edificio para aprovechar la sombra de este o bajo la arboleda.

Sus opiniones no coincidieron ni una sola vez, lo que alargó todos los procesos, en especial el del menú que servirían tras la ceremonia.

Con cada atardecer, Prim acudía al ala oeste, donde su prometido la esperaba; los primeros días estuvieron llenos de silencios y preguntas impersonales, pero uno de los encuentros supuso un gran cambio en su relación.

Había sido un día muy intenso para Prim, un no parar, estaba cansada y le dolía todo el cuerpo. Lucien no se quedaba atrás, había cabalgado casi dos horas ininterrumpidas y la visita a uno de sus arrendatarios esa tarde lo dejó derrotado por completo.

Fue Prim la que, tras unos largos minutos de silencio, habló:

—No sabía que organizar una boda fuera tan agotador, hace dos noches me dormí esperando a Vivian, estoy deseando casarnos —dijo observando como el sol, poco a poco, se perdía en el horizonte.

Lucien se quedó sorprendido por su repentina confesión.

—Me sentiría muy alagado si no se debiera a que lo que deseas en realidad es terminar con el proceso y no unirte a mí —dijo sincero.

—Lo siento, no pretendía ofenderte —se disculpó tras encontrarse con su mirada. No terminaba de acostumbrarse, pero cada día se sentía más cómoda siendo su centro de atención.

—No lo haces, me alegra que seas sincera. Debo admitir que, como tú, yo también estoy desesperado. Aunque es agradable saber que dentro de poco podré empezar a hacer cambios en vez de verme obligado a seguir posponiéndolos.

—Tu día no parece que haya sido mejor que el mío —dijo recostándose sobre el respaldo del sillón que había hecho suyo.

Lucien, por primera vez, le contó que era muy probable que perdiera a otro de los arrendatarios y que no sabía qué hacer para retenerlos hasta poder realizar las mejoras que tenía planeadas.

Prim no respondió, volvió la vista de nuevo hacia la ventana y meditó durante unos minutos.

—Quizá yo pueda ayudar. Tras la boda, podría preparar unas cestas con algunas viandas, dulces para los niños, un ramo de flores, y presentarme como la condesa.

—No veo cómo eso podría ayudar —dijo sincero.

Prim sonrió, no podía entenderlo porque aún no se había casado y no había comprobado de primera mano como las mujeres podían llegar a influir en las decisiones de sus maridos. El papel de señora de la casa no era solo preparar celebraciones y tener a su esposo contento, implicaba mucho más.

—Si las mujeres se sienten contentas, se mostrarán más reticentes con la idea de irse. Además, yo podría revelar alguna de esas mejoras mientras converso con ellas.

—Podría funcionar.

—Mañana empezaré a prepararlo todo.

Lucien contuvo sus ganas de sentarla sobre su regazo y colmarla de atenciones. No había vuelto a besarla, y no hacerlo era todo un reto, le ayudaba mantener la distancia, pero cada día la deseaba más.

Alguna mañana se adentró en el invernadero solo para observarla, seguía minuciosamente las indicaciones de su hermano, y tomaba nota de todo cuanto decía.

Su compromiso era total, le gustaba eso de ella.

A pesar de saber que ninguno tenía interés romántico en el otro, sintió celos de Miles, ella estaba relajada en su presencia, sonreía a menudo, incluso bromeaban.

No podía culparla, su hermano había sido amable, la invitó a su refugio y le mostró su pasión, se abrió a ella, no intencionadamente, él era así con todo el mundo.

Mientras que él se mantuvo distante, encontró su guarida de casualidad y la arrastró a un matrimonio que no buscaba.

Un absurdo pensamiento se coló en su mente, no pudo detenerlo y lo corrompió todo.

—Debo preguntarte algo —dijo muy serio—.

He visto que te sientes muy cómoda con Miles, ¿preferirías casarte con él?

—Prim se quedó estupefacta. Repasó mentalmente cada palabra de lo que acababa de escuchar, no entendía nada, pensaba que su relación estaba avanzando, ¿por qué le decía aquello?

—. Podrías seguir aquí como su esposa, él solo viene unos meses al año, tendrías una vida tranquila y estarías protegida.

Las lágrimas empezaron a caer sin poder contenerlas. Se había arrepentido, ya no quería casarse con ella. No podía culparlo.

—¿Por qué lloras? —preguntó Lucien desconcertado.

—No tienes por qué casarte conmigo —dijo con la voz quebrada mientras se ponía en pie—. Seguiré mi camino allí donde me lleve.

Lucien imitó su movimiento mucho más rápido que ella, en dos zancadas la alcanzó y agarró su mano.

—Me has malinterpretado.

Prim sorbió por la nariz la viscosidad que amenazaba con salir antes de responderle.

—No lo creo.

—Solo he pensado que quizá te agradaría más un matrimonio con alguien con quien sí pareces sentirte tranquila y alegre.

Prim negó con la cabeza, un movimiento tan sutil que fue casi imperceptible.

—No quiero casarme con tu hermano. Si no te importa, me gustaría retirarme —dijo esperando que la soltara.

Rodeó su abdomen con la otra mano y la pegó a él, solo entonces soltó su mano para acariciar su brazo con delicadeza hasta llegar a su hombro.

—Ha sido una estupidez. Olvídalo —susurró en su oído. Recorrió el camino de vuelta hasta su mano en una caricia lenta y suave.

El corazón de Prim palpitaba con fuerza, sus mejillas aún estaban húmedas y no podía pensar con claridad.

—Yo… Si has cambiado de opinión…

—No lo he hecho. Vas a obligarme a decirlo.

Prim arrugó la frente, no sabía de qué hablaba, no podía concentrarse con sus sentidos puestos en la mano que no dejaba de acariciarla.

—¿Decir qué?

—Que estoy celoso —susurró en su oído.

Prim reaccionó sin pensar y se volvió a mirarlo con los ojos brillantes y vivos. Lucien no detuvo su caricia en el hombro, recorrió su mejilla con la yema de los dedos hasta llegar a sus labios entreabiertos.

Inclinó el rostro en busca de ellos, su dedo era lo único que los separaba. Lo retiró y esperó que ella recorriera el camino que faltaba.

Se humedeció los labios, lo deseaba tanto como él, sin embargo, no se movió.

Se había prometido a sí mismo que se alejaría si ella no daba el paso, no le importó lo más mínimo, la besó.

Un beso fugaz pero intenso, cargado de todo lo que había estado guardando esos días, contemplándola sin poder tocarla, deseándola sin poder besarla.

Puso fin cuando le faltó el aliento.

—No bajes a cenar si estás cansada. Pide un baño, relájate y descansa —le dijo.

Se había dado cuenta de que siempre hacía lo que se esperaba de ella, nunca lo que quería o necesitaba, eso debía cambiar.

Prim no pudo contestar, aún tenía el pulso acelerado y la respiración agitada.

Provocaba en ella sensaciones que no podía explicar, era incontrolable, la piel se erizaba con su contacto, su cuerpo reaccionaba a su cercanía, lo buscaba, y cuando la besaba, sentía que todo a su alrededor se desvanecía.

Era una sensación embriagadora, le gustaba y a la vez la asustaba, era el efecto de lo desconocido.

Esa noche no bajó a cenar, pidió un baño y que le sirvieran la cena en su habitación, descansó; sin embargo, se arrepintió, fue un acto egoísta.

Desde pequeña la educaron para estar a la altura, la perfecta anfitriona, la perfecta invitada, mas esa noche no fue perfecta en nada; mientras todos cumplían su papel, ella dormía como una niña débil incapaz de afrontar sus obligaciones, o así lo sintió.