El renacer de la primavera Capítulo 14
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Capítulo 14

Narciso:

Recibe su nombre del joven que, enamorado de su propio reflejo, terminó transformado en esta flor. Asociado a la belleza efímera y la obsesión por uno mismo.

Regar una o dos veces por semana.

Lucien miró por tercera vez el hueco de la puerta, ella no iba a ir. Suspiró y se centró en aquel conjunto de líneas que garabateaba. Cuando llegó, le pareció divertido empezar un dibujo de ella, mas en ese momento la motivación lo había abandonado.

Había sido un día agotador, no de cansancio físico, sino mental.

Uno de los arrendatarios que visitó estaba mirando otras tierras para arrendar, y no le extrañaba, era padre de cuatro hijos y la casa en la que vivía era pequeña, anticuada y prácticamente se caía a pedazos.

Por no hablar de que algunos de sus vecinos habían comprado maquinaria para los arados y eso estaba provocando migraciones en masa.

Debía sanear las cuentas, invertir y mejorar las condiciones a los agricultores y ganaderos si no quería quedarse sin ellos.

Entre los que se retiraban a las ciudades a trabajar en las fábricas y los que se iban con otros terratenientes había perdido ya a la mitad de sus arrendatarios, lo que suponía una pérdida importante de ingresos.

Dejó el cuaderno sobre la mesa de mala manera, no estaba de humor.

—Lo siento, ¿llego muy tarde? —la voz de Prim sonó tras él. Se volvió para contemplarla, tan bonita y perfecta como siempre.

—No —fue lo único que dijo.

Ya pensaba que no aparecería, y, por consiguiente, no le importaba empezar a forjar una conexión con él.

—Me he dormido —dijo con voz átona y las mejillas arreboladas, acercándose a su posición.

—¿También ha sido un día intenso para ti? —se interesó él.

Prim agarró el montón de hojas que había en el sillón frente al que ocupaba él, colocó los dibujos sobre la mesa y se sentó.

—Hay mucho que preparar —respondió sin entrar en detalle.

—Mi madre puede llegar a ser bastante intensa, no te dejes arrastrar.

—Es un poco tarde para eso —bromeó.

—Hablaré con ella.

—No, por favor. No es por ella, ni por nadie, es que…

—no terminó la frase. Lucien esperó unos segundos, pero no añadió nada más.

Finalmente, tuvo que presionarla para que se explicara—.

Es demasiado, tenemos que visitar a la modista y algunos comercios más, también al párroco y la rectoría, escribir y enviar todas las invitaciones, confeccionar un menú para el almuerzo nupcial… No quiero abrumarte.

—¿Sigues queriendo casarte? —preguntó muy serio. La mayoría de las novias disfrutaban con los preparativos, o eso tenía él entendido, y ella parecía carente de ilusión.

—Sí, ¿tú no?

—No te veo muy emocionada.

Prim suspiró.

—No sé qué hacer, ni cuál es mi lugar. Aquí soy una invitada, no conozco nada ni a nadie.

No es como si tuviera que organizarla en Londres, con mis amigas, en la iglesia que visito desde niña, o la modista que ya conoce mis gustos —fue la frustración la que habló por ella, esa que sentía al pensar que sus amigas no estarían con ella en uno de los días más importantes de su vida.

—No eres ninguna invitada, ya no, eres mi prometida, y en dos semanas serás la condesa de Appleby, señora de la casa, ese es tu lugar. Solo es cuestión de tiempo que conozcas a los vecinos, hagas nuevas amigas y te familiarices con todo.

—Gracias —dijo ella con voz dulce. No sabía cuánto necesitaba oír sus palabras hasta que las escuchó.

Le habían infundido fuerza y ganas. Llevaba sintiéndose fuera de lugar desde que murieron sus padres, jamás sintió la casa de sus tíos como un hogar, esperaba desarrollar el sentimiento de pertenencia por Oldraven.

—No tienes nada que agradecerme.

Prim le dedicó una sonrisa y desvió la mirada al cuaderno frente a él, ya casi había anochecido, pero aún se colaba por la ventana la luz suficiente para vislumbrar que la mujer del dibujo se parecía mucho a ella.

—¿Soy yo? —preguntó con las mejillas encendidas.

—Sí.

—¿Puedo? —preguntó con la mano sobre el cuaderno, no lo cogió hasta que él asintió. Observó que esa vez no pintó solo el rostro, era ella de cintura para arriba, o lo sería cuando terminara. Solo eran líneas, algunas finas, otras emborronadas, pero ya se atisbaban sus rasgos.

—Aún falta mucho —dijo él.

Dejó el cuaderno en el mismo lugar donde lo cogió y reservó su fascinación para no parecer lisonjera, por otro lado, no quería hablar de cómo era capaz de plasmarla con un simple carboncillo. No le gustaba ser el centro de atención, ni siquiera a través de un retrato.

—¿Qué tal tu día? —se interesó ella.

Lucien la contempló unos segundos, tratando de determinar si su interés era genuino o solo trataba de cambiar de tema.

—Rutinario.

El silencio evidenció la gran verdad entre ellos: por mucho que lo intentaran, seguían siendo unos extraños sin saber qué decir o de qué hablar.

Al menos, ninguno de ellos lo apreciaba incómodo.

Para dos personas que habían abrazado la soledad durante tantos años, la presencia del otro era reconfortante, una compañía silenciosa que no necesitaba palabras para hacerse notar.

La cena volvió a convertirse en un momento de interacción y tensión.

Finalmente, Prim aceptó la propuesta de Miles, la cual fue muy bien recibida por todos, en especial por Anabeth. Al menos, hasta que su hijo la informó de que debería pasar las mañanas con él para enseñarla.

—Ni hablar. ¿Tú sabes lo difícil que es preparar una boda? Necesito toda la ayuda posible, eso sin mencionar las visitas al pueblo, que nos llevarán casi todo el día.

—No puede hacer algo que no sabe. Tiene que aprender.

Anabeth agitó la mano frente a él.

—Yo la enseñaré cuando te vayas.

Miles puso mala cara. Las maneras de su madre no eran incorrectas, mas no las ideales, Prim debía aprender bien desde el principio.

—Por supuesto que no, quiero que lo haga a mi forma.

—Si quieres que las plantas se cuiden a tu forma, quédate aquí y cuídalas tú —dijo ella elevando la voz.

Prim no se atrevía abrir la boca, Margareth degustaba el pato con el intenso espectáculo y Lucien, por el contrario, se sentía muy molesto.

Su prometida no le contó que finalmente aceptaría la propuesta de su hermano, precisamente esas eran las cosas que esperaba le contase en su tiempo a solas. Por otro lado, que ambos dispusieran sobre qué debía o no hacer sin contar con ella no le gustó en absoluto.

—Quizá debería elegir ella quien quiere que la enseñe —dijo Lucien con la mirada fija en su futura esposa, una clara señal para que se pronunciara.

—Me encantaría aprender de Miles, pero Anabeth tiene razón, no puedo descuidar mis obligaciones.

—Encontraremos el modo —dijo Lucien, dejando claro que sería como ella quería.

—Puedes venir después de desayunar al invernadero un par de horas. Con eso bastará para lo esencial.

Anabeth fue a discrepar, mas no lo hizo, su hijo mayor la miraba con intensidad.

Prim aceptó, imponiéndose a sí misma una rutina que la mantendría ocupada las siguientes dos semanas.

Cada mañana, tras el desayuno, acudía al invernadero con energía y cuaderno en mano.

De ahí iba directa al salón azul, como le gustaba llamarlo, pues, en realidad, para el resto era el salón de visitas.

Allí se dedicaba a los preparativos de la boda junto con Anabeth y Margareth, hasta después del té.

Los días que visitaron el pueblo, aunque intensos, resultaron ser un soplo de aire fresco.

Fueron un total de cuatro veces en dos semanas.

Anabeth no disimuló su entusiasmo por la inminente boda; con efusividad, acaparaba toda la atención de las damas con las que se cruzaba; si alguna notó que no pronunció su nombre, no lo dijo, ya que parecía muy contenta al presentarla como la prometida de su hijo.

La marquesa, sin duda, también cumplía su papel, eclipsando con belleza y título.

A quien no pudieron engañar fue al clérigo, ya estaba al día de todo.

Lucien no le ocultó nada cuando solicitó una dispensa especial para casarse tan repentinamente.

Prim fue recibida con amabilidad y comprensión por el clérigo y Regina, su esposa, quienes se sintieron halagados por la visita y aún más por decidir hacer junto a la rectoría un almuerzo al aire libre tras el enlace.

Regina esperaba poder crear lazos con la nueva condesa, ya que no se llevaban más de diez años de edad.

La modista fue la visita más recurrente, quien estuvo encantada con el enorme encargo que hicieron las tres damas; con la temporada llegando a su fin, el trabajo menguaba y, con ello, sus ingresos.

Prim no pensaba que necesitara nada específicamente sugerente, ya que casi todos sus camisones lo eran, pero cuando se lo dijo a la marquesa, esta se limitó a carcajearse y decirle que la dejara a ella, que era la experta.

Mientras especificaba a la modista qué era lo que quería con sumo detalle, Prim se acercó al fondo, donde una mujer mayor, que supuso sería la madre enferma de la que le habló Vivian, cosía pequeñas hojas de seda a un corsé.

—Parece realmente entretenido —dijo Prim.

—Lo es, milady .

—¿Es la madre de Casandra? —La mujer asintió—. Me dijeron que estuvo muy enferma hace un tiempo, me complace verla tan bien.

La mujer despegó la mirada por primera vez del corsé y observó a la joven con atención.

—¿Es usted la misteriosa dama que se casa con el conde exiliado? —Prim abrió mucho los ojos por su franqueza—. Soy muy mayor para andar con remilgos —añadió.

—Me temo que no soy nada misteriosa.

—Y, sin embargo, nadie sabe nada de usted.

—Eso es porque me acompañan damas mucho más interesantes.

La mujer desvió la mirada hacia las otras dos damas, discutían con intensidad entre ellas mientras la modista mostraba algunos de sus mejores encajes.

—Parece que la condesa no comparte pensamiento con su madre.

—Oh, la marquesa no es mi madre. ¿De dónde viene lo de conde exiliado? Si me permite la pregunta.