Capítulo 13 #2
—Sería un honor, pero no creo estar capacitada.
—Por supuesto, aún me quedan aquí unos días, te enseñaría todo cuanto necesitas saber. Tendrías que venir cada día y quizá tomar notas de todo.
—No quiero ofender a tu madre.
—No la presiones —se escuchó la voz de Lucien fuerte y profunda.
—No es mi intención. —Miles fijó la mirada en ella—. Te lo propongo porque sé que te gusta, y mi madre lo detesta. Creo que lo harías muy bien, no tienes que decidir ahora.
Sus ojos se humedecieron, no estaba acostumbrada a que la trataran así. Hasta hacía poco solo era Prim la desastrosa, la que nunca hacía nada bien. Que él creyera en ella y sus cualidades era importante.
El nudo que sentía no la dejó hablar, asintió y él volvió a su tarea. Algo incómoda, se giró para buscar a su prometido, quien la miraba con intensidad.
—Si aceptas, ven mañana tras el desayuno y trae para tomar notas —escucharon decir tras ellos.
Lucien se inclinó sobre Prim para susurrarle al oído:
—Creo que da por sentado que aceptarás.
Ella sonrió, también lo había notado, y cierto era que disfrutaba mucho allí, aun así, debía meditarlo, era una responsabilidad para la que no sabía si estaría o no preparada.
Al abrir la puerta del invernadero el aire fresco los golpeó, Lucien tomó una gran bocanada, como si hubiera estado manteniendo la respiración igual que se hace bajo el agua. A Prim, sin poder evitarlo, se le escapó una sonora carcajada.
—¿Te ríes de mí? —preguntó muy serio, borrándole la sonrisa del rostro.
—No, lord Ravenshaw, jamás osaría.
Prim no sabía dónde esconderse.
—Lucien —la corrigió—, si vamos a casarnos, es lo propio, al menos en la intimidad.
—Ella asintió, mas no lo verbalizó, sentía que aún era muy pronto para cruzar esa barrera—.
No te sientas presionada para aceptar —continuó—, y de hacerlo, puedes poner tus condiciones.
Ocuparte solo de la mitad, que te deje hacerlo a tu manera.
—Lo pensaré —dijo ella.
La brisa arrastraba tierrecilla y se le metió en los ojos, comenzó a restregarse con las manos, le picaba.
—Volvamos a la casa —dijo colocando la mano sobre su cintura, guiando sus erráticos pasos.
Prim, con vista emborronada, se dejó guiar, parpadeó con frecuencia hasta que un par de lágrimas limpiaron sus ojos de cualquier resto, ya no le molestaba tanto.
El paseo fue corto, disfrutaron de la calidez del sol de final de primavera y de un silencio cómodo, amortiguado por sus pisadas y el canto de los pájaros a su alrededor.
Ese mutismo compartido supuso la calma perfecta para serenar las emociones de ese día.
La clase de calma que te permite cerrar los ojos y sentir todo aquello a tu alrededor, la brisa, el roce del pulgar haciéndole círculos en el antebrazo y la promesa de una nueva vida.
—Cada tarde voy al ala oeste, me gusta dibujar con las últimas luces del día. Es un buen momento para conocernos, lejos de ojos y oídos indiscretos —propuso a unos pasos de distancia de la puerta trasera.
—¿Quieres que vaya? —preguntó confusa. Primero, había dicho que iba a dibujar; entonces, ella sería una distracción, y justo después, que dispondrían de la privacidad necesaria para conocerse.
—No te lo diría de no ser así.
Lucien nunca estuvo muy de acuerdo con los matrimonios concertados, una relación impuesta a dos personas totalmente ajenas la una a la otra.
Y precisamente eso intentaba evitar. Quería conocerla, conocerla de verdad, no la cara que mostraba a la alta sociedad; de igual modo, no quería ser un desconocido para ella.
Usaría ese tiempo antes de la boda para estrechar lazos, y así, una vez casados, no serían los desconocidos que eran en ese momento.
—No es una imposición. Yo estaré allí, tú decides si ir o no. —Se tomó la licencia de tomar su mano, se la llevó a los labios y depositó un beso más tiempo de lo permitido, provocando que se sonrojara de nuevo.
—Tengo que visitar a un par de arrendatarios, ¿sabrás encontrar a mi madre y a la marquesa?
—Seguro que están en el salón azul.
Lucien asintió complacido antes de soltar su mano del todo.
Su silueta se perdió completamente, entonces Prim se permitió soltar todo el aire de golpe y volver a llenar sus pulmones.
Se sentía trastornada, todo estaba yendo muy rápido, y no podía analizar y procesar antes de pasar a la siguiente cosa.
Dos semanas, se casarían en dos semanas, y tenían intención de invitar a los vecinos.
Un montón de desconocidos a los que conocería a la vez en uno de los días más importantes de su vida.
Solo de pensarlo se le agitaba la respiración y encogía el estómago, amenazando con expulsar su escueto desayuno.
Por otro lado, su futuro cuñado quería que se ocupara de sus plantas, debía meditarlo muy bien, era un gran compromiso, uno que requería de tiempo, dedicación y mucho aprendizaje.
Con la sensación de que el día no había hecho más que comenzar, se adentró en la casa. Como supuso, la esperaban en el salón de visitas, ambas damas discutían con un tono muy por encima del admisible.
La condesa defendía que debían celebrar un almuerzo tras la ceremonia, Margareth discrepaba.
—Pasa, querida, estamos ultimando los detalles del enlace.
¿Ultimando? ¿Acaso habían planeado ya casi todo sin ella?
Prim tomó asiento junto a Margareth y esperó a que le contaran cada una su visión.
—Es tradición servir un almuerzo, además, le vendrá bien para socializar y conocer a las damas de los alrededores.
—La iglesia está a una hora, si vienen, esperarán quedarse aquí a pasar la noche —dijo Margareth.
—Tonterías, todos saben que los recién casados necesitan intimidad. Se marcharán una vez concluido el almuerzo.
—Sí. Por supuesto, si no les dais otra alternativa, lo harán, y a quien acusarán de poco hospitalaria no será a ti —dijo malhumorada.
Ninguna cedía, seguir la conversación era agotador, tanto como no perder de vista la pelota en una partida de pimpón.
Era una situación difícil, si no servían almuerzo, serían criticados por todos; y si lo hacían y no disponían de habitaciones para los invitados, también. De una forma u otra, se estrenaría como condesa de la peor manera posible.
—Lo ideal sería que pudiéramos realizar el almuerzo en el pueblo, y alegar que es para evitar tantos desplazamientos —dijo Prim.
—Está haciendo muy buen tiempo, quizá algo al aire libre junto a la rectoría… —pensó Anabeth en voz alta.
—No es mala idea, siempre que el tiempo acompañe —añadió la marquesa.
—No creo que debamos celebrar nada aquí hasta que el ala oeste vuelva a estar en funcionamiento y contemos con el personal necesario —dijo Prim.
Anabeth suspiró.
—Es demasiado evidente, ¿no? —preguntó.
Ambas damas asintieron.
Casi desde el primer día notaron la falta de personal y mantenimiento.
Los platos sin retirar de la mesa, la necesidad de estar tirando continuamente de los cordones conectados con la cocina porque no había nadie por allí, las capas de polvo en algunas estancias…
Prescindir de dos criadas para que las atendieran a ellas no ayudó.
—No estamos en nuestro mejor momento —se sinceró.
—Por eso se casa conmigo, es solo cuestión de tiempo que todo esté como debe —dijo Prim con voz apagada.
Las dos amigas se miraron unos segundos, ambas compartían pasado y era muy difícil engañarlas.
La joven no parecía muy feliz con el hecho de que la unión fuera por motivos económicos.
Ninguna podía negarlo, esa era la principal razón, aunque ambas jurarían que no la única.
No se les había pasado por alto a ninguna como Prim se sonrojaba con las atenciones del conde y como él era incapaz de apartar la vista de ella.
Había atracción, y eso era un principio, una buena base para que la relación evolucionara.
—Por supuesto, Oldraven recobrará todo su esplendor contigo como condesa —dijo Anabeth—. Lo que me lleva a otro tema. Hay que empezar a preparar tu nueva habitación.
—No se cambiará hasta después de la boda, eso no es una prioridad —dijo Margareth.
—No podemos dejarlo, los días pasan volando —dijo Anabeth.
—Ahora, lo más urgente son los preparativos para la celebración. Necesitamos una modista. —Margareth se volvió para mirar a Prim a los ojos, colocó la mano en su pierna antes de volver a hablar—: El vestido y el ajuar serán mi regalo.
A Prim se le llenaron los ojos de lágrimas, eso no era un regalo, era mucho más.
La amistad que había surgido entre ellas durante el trayecto y su estancia allí sería para siempre, no tenía la menor duda.
Margareth era una bellísima persona, descarada y algo impertinente, pero bajo su apariencia superficial, latía un corazón generoso y gentil.
Prim se dejó llevar por sus emociones y la abrazó. En su vida se había topado con personas verdaderamente horribles, pero también maravillosas. Margareth pertenecía al segundo grupo, no solo no dudó en involucrarse en su huida, había recorrido medio país con ella para ocultarla.
Un reflejo de lo que habitaba en el mundo, buenos y malos, valientes y cobardes, luces y sombras.
—Gracias —dijo con la voz temblorosa.
—No hagamos un drama de esto —dijo restando importancia a su acto.
Las tres pasaron casi todo el día planificando la inminente boda.
Anabeth parecía llevar cada vez mejor que Prim iba a ser su nuera.
Tras el té de la tarde, se retiró, tenía la cabeza embotada y no quiso decir nada para que la condesa no volviera a pedir aquella asquerosa infusión, se le revolvía el estómago solo de pensar en ella.
Se tumbó un rato, solo con intención de descansar un poco la vista, pero se quedó profundamente dormida.