Capítulo 13
Lavanda:
Florece en verano, con pequeñas flores en racimo, la más común es de color malva pero también las hay rosas, blancas y verdes.
Lucien no había dejado de pensar en ella en toda la noche. Había actuado impulsivamente, algo inusual en su versión de los últimos años, pero era todo o nada; si no hubiera actuado en ese momento, ella estaría cargando su equipaje para marcharse de allí en lugar de caminar a su lado.
Le escoció que lo rechazara, aún más después de negarle un beso el día anterior.
Debía conocer el porqué de su negativa o su ego no le permitiría dormir.
Se alegraba de haber insistido. Sus cicatrices no eran un impedimento para él, sin embargo, para ella lo eran, aventuraba que no sería fácil borrar los efectos de las mismas.
—He pensado que debíamos aclarar algunas cosas —dijo él observando como los rayos de luz se reflejaban en su piel.
—¿Qué cosas? —preguntó con la voz tomada, estaba segura de que pondría condiciones nada favorables para ella.
—Este no es el procedimiento habitual, pedir tu mano, leer las amonestaciones, contrato matrimonial…
—Entiendo —dijo, todo eso debería gestionarlo él con su tío, pero la situación no lo permitía.
—No informaré al duque hasta después de celebrar la boda, no le daré oportunidad de oponerse.
—Estoy de acuerdo.
—¿Es posible que se niegue a entregarme la dote? —preguntó intranquilo. Ningún noble haría algo así, pero dadas las circunstancias, era una posibilidad.
—No. Mis padres dejaron en el testamento la cantidad, está blindada, nadie salvo mi marido puede reclamarla.
—Lucien la miró interrogante, las mujeres no solían estar al tanto de ese tipo de información.
Los únicos que podrían habérsela revelado eran los mismos de los que huyó, y le costaba creer que así fuera—. El año pasado consulté a un abogado.
—Me sorprende mucho —dijo sincero.
—A veces, los padres disponen que, si sus hijas no se casan, puedan disfrutar de ese dinero para llevar una vida tranquila y solitaria, quería saber si contaba con esa posibilidad.
Lucien apretó los puños contra los costados, le alteraba saber que había estado años sufriendo a manos de su única familia.
—¿Eso es lo que quieres?
Prim lo sopesó, si le hubiese preguntado hace una semana, hubiera respondido con un rotundo sí, mas todo había cambiado.
—Me gustaría tener un matrimonio real —dijo tragándose la timidez, con él no tenía cabida; cuanto antes se despojara de ella, más fácil sería forjar una relación sincera.
—Me alegra oír eso.
Prim se ruborizó al punto. Caminaron unos minutos en silencio, disfrutando del calor en el rostro y la suave brisa agitando sus cabelleras.
—Mañana iré a hablar con el párroco local, si acepta mi propuesta, la boda será en dos semanas, tiempo más que suficiente para que organicéis algo decente.
Prim se quedó paralizada, dada la situación, creyó que sería una celebración pequeña, ella no tenía familia y no podía revelar su paradero hasta estar casada, por lo que no podía invitar a sus amigas. ¿Y si su tío las tenía vigiladas y las seguía hasta allí? No correría ese riesgo.
—¿No te parece bien? ¿No es suficiente? —preguntó él.
—Pensé que sería algo íntimo y discreto.
Lucien suspiró, esa también había sido su intención, hasta que su madre lo convenció de lo contrario. Como conde de la zona, no podía evadir ciertas responsabilidades, además, era la oportunidad perfecta para que su esposa conociera a sus vecinos. Así se lo explicó.
—Si la noticia se expande… —dijo ella preocupada.
—Nadie sabrá tu nombre hasta el día de la boda, esa fue mi condición. No te preocupes, mi madre se ocupará de todo.
Prim frunció el ceño. Agradecía toda la ayuda, pero dejarlo todo en manos de su futura suegra no le parecía lo correcto.
Por otro lado, no habían hablado de su lugar en la casa; una vez casados, ella sería la condesa, pero Anabeth era quien dirigía la mansión, ¿se apartaría para dejarle su lugar?
O, por el contrario, ¿no cedería el mando?
—¿Qué es lo que no te agrada?
—¿Tan transparente soy? —preguntó ladeando su rostro.
—No tanto, pero a veces los gestos te delatan —dijo él, era fácil notar sus cambios cuando centraba toda su atención en ella—. ¿Y bien?
—No es nada importante. —Miró hacia el otro lado y reinició el paseo.
—Primrose.
Oírle decir su nombre completo con ese tono ronco y autoritario casi la hacia temblar.
—Solo Prim —lo corrigió.
—Prim, yo decidiré si es importante o no.
Se separó de él un palmo, rompiendo la unión de sus brazos.
—¿No me crees capaz de diferenciar qué es importante y qué no? —No esperaba que fuera el tipo de hombre que anula por completo a la mujer. El tipo de hombre que impone sin escuchar ni preguntar, hasta ese momento no se lo había parecido.
—Lo que creo es que le has restado importancia para no contarme qué te preocupa.
Prim bajó la mirada, confirmando sus sospechas. Lucien acortó la distancia, colocó el dedo índice en su barbilla y la elevó, obligándola a mirarlo.
—Confía en mí.
Un relincho rompió el momento, sin darse cuenta, casi habían llegado a las caballerizas. Prim aprovechó para cambiar de tema, y le habló sobre el sueño tan extraño que tuvo algunas noches atrás.
—Quizá sea un recuerdo olvidado —sugirió.
—Recordaría algo así —protestó ella.
Lucien se encogió de hombros, no entendía demasiado sobre el tema.
—Es una lástima que no montes, a mí me gusta mucho —dijo desilusionado por no poder compartir con ella sus largos paseos por sus tierras y el bosque.
No era su única diferencia. A ella le gustaba la jardinería, a él la pintura; a ella socializar, ver y pasar tiempo con sus amigas, mientras que él no parecía tener muchos.
—Aún estás a tiempo de echarte atrás y encontrar una dama con la que compartas gustos y aficiones —dijo en un arrebato.
—No quiero a otra dama —dijo con voz profunda—. Además, tú puedes participar sin problema en mis entretenimientos.
—No lo creo —dijo. No tenía la mínima intención de acercarse a un caballo, ni para montar con él, ni sola.
La brisa los alcanzó, y con ella, unas pocas hojas secas que se enredaron en el pelo femenino.
Lucien alzó la mano, y, con cuidado, las retiró de su peinado mientras hablaba, casi en susurros:
—Yo sí lo creo, puedes ser mi musa, posar para mí, y estoy seguro de que algún día superarás tu miedo.
Prim se puso roja como un tomate, si la alteraba con dos miradas de segundos, ¿cómo iba a permanecer ante su atento y continuo escrutinio durante una hora o dos?
El pulso se le aceleró aún más cuando acarició su mejilla. ¿Volvería a besarla? Estaban solos en aquel jardín destartalado, sin ojos que los juzgaran.
—Me pregunto cuánto tiempo tardarás en dejar de sonrojarte así. —Retiró su mano y se alejó, solo unos centímetros.
—Quizá nunca lo haga —respondió ella pensando que nunca se acostumbraría a esos comentarios ni a su cercanía.
—Me gusta —dijo antes de desviar la vista y cambiar de dirección—. Miles quiere hablar contigo.
Caminaron hasta el invernadero hablando de nada en particular. Estaba nerviosa; desde que se despertó, el día estaba siendo una sorpresa tras otra. Su cuerpo no se había estabilizado cuando algo volvía a alterarlo.
Miles y Margareth, se mordió el labio inferior tratando de contener la sonrisa.
—¿No me cuentas qué es tan divertido? —preguntó Lucien antes de abrir la puerta al hogar de la flora.
—Oh, no es de buena dama cotillear —dijo con esperanza de que no insistiera.
—¿Acaso no es esa vuestra mayor afición?
—Por supuesto que no —dijo ella entre molesta e indignada.
Lucien escondió su sonrisa y abrió la puerta. El calor los recibió sofocante, se reajustó el cuello de la camisa, mas no supuso gran mejoría. Esa mañana, Prim había prescindido del chal, no tenía nada de qué desprenderse.
—Es lo peor de este lugar, la temperatura y la humedad —dijo Lucien, a quien la frente empezaba a sudarle.
En un atrevimiento, Prim le sugirió quitarse la chaqueta, Miles nunca la llevaba allí. No era un lugar donde la etiqueta y elegancia importaran demasiado.
Lucien siguió su consejo y fue un poco más allá desabotonando un par de botones de su camisa.
Prim desvió la mirada, otra vez sonrojada, ¿qué le estaba pasando?
Ya no era una joven debutante. No tenía experiencia, pero había escuchado algunas cosas.
No era ningún secreto que la marquesa se había propuesto instruirla en el arte de la amatoria antes de llegar a las Highlands, lugar al que finalmente no llegarían.
Miles no estaba muy lejos, los llamó para que se acercaran.
Lucien observó nuevamente como el semblante de su prometida cambiaba, sus músculos se relajaban, sus ojos brillaban e inhalaba con fuerza cada dos pasos.
Se acercó a un par de flores, no las tocó, solo disfrutó de su aroma, cerraba los ojos para hacer más intenso el momento.
Le gustaba verla así, tranquila, desinhibida; sabía que era por el lugar, y que no dudara en ser ella misma en su presencia ya era una victoria.
Aún guardaba en su interior mucho dolor, no sería fácil desprenderse de él, y la mejor manera no era retenerlo dentro.
Deseó poder borrar aquellas cicatrices y reemplazar los malos recuerdos de su mente por otros alegres y llenos de felicidad.
—Llegáis pronto —dijo Miles, cuando estuvieron a su altura, sin levantar la vista de un par de camelias que estaba podando.
—Podemos volver más tarde —sugirió Prim.
—No es necesario, quería hablar contigo sobre el invernadero —dijo sin rodeos.
Lucien se alejó un par de pasos, no más, y fingió admirar unas hortensias al otro lado del pasillo.
—Sé que esto te gusta, más que a mi madre. ¿Qué te parece cuidarlo en mi ausencia?
—Oh. —Prim se quedó estupefacta, no había esperado algo así. Conocía el amor que sentía por sus plantas, proponerle que se ocupara de ellas era una muestra de confianza enorme, una que no sabía si merecía.
A ella le gustaban mucho, pero no sabía demasiado sobre su cuidado y había algunas muy raras y exóticas, ¿y si metía la pata? Era una gran responsabilidad.
Por otro lado, Anabeth podría ofenderse.