El renacer de la primavera Capítulo 12
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Capítulo 12

Camellia sinensis:

Con flores blancas y fragantes. De sus hojas se obtienen las distintas variedades de té (verde, negro, blanco…) según su procesamiento.

La mañana llegó y con ella las dudas. Prim se preguntaba si no se había equivocado al aceptar, era una locura.

Solo hacía seis días que llegó a Oldraven, seis días desde que lo conoció, ni siquiera llegaba a una semana.

Aún en la cama, desvió la mirada a la terraza.

Se había dejado llevar por el deseo, solo pensar en aquel beso le calentaba las mejillas y el cuello.

Mas solo era eso, deseo. No se tenían cariño, pues no se habían tratado lo suficiente.

No tenían amistad, ni siquiera confianza para hablar sin tapujos entre ellos.

Apartó la mirada y la centró en sus manos, quizá al principio no le importaran sus cicatrices, pero ¿y si eso cambiaba?

El médico dijo que con el tiempo se irían, que serían casi imperceptibles, pero ella sabía que estaban ahí.

Y las marcas de su espalda, esas no se borrarían.

Su piel estaba dañada irreparablemente, era muy consciente de ello, y él también.

No debió aceptar. A la larga, ese tipo de matrimonios pactados fracasaban, y no es que esperase una unión feliz, mas era cruel sentir otra vez la chispa de esperanza para apagarla nuevamente.

Vivian entró como un huracán, sin ni siquiera llamar, dejando a Prim con los ojos de par en par.

—Me manda la condesa. Ha organizado un desayuno para tres en la terraza —dijo abriendo el baúl que había preparado el día anterior y sacando uno de los vestidos de día.

—¿Para tres? —preguntó con voz temblorosa.

¿Quién era la tercera persona? ¿El conde? ¿Querrían hablar del enlace?

Todo estaba yendo muy deprisa. La respiración era cada vez más rápida y errática.

—Sí, la condesa ha expresado su deseo de desayunar con la marquesa y usted, obviamente, si no, yo no estaría aquí —dijo al tiempo que alisaba la falda con las manos.

Prim se levantó y, por inercia, se preparó, no era algo a lo que debía prestar demasiada atención, sentarse para que la peinaran, dejarse desvestir y vestir de nuevo. Todo lo contrario, no tenía que hacer absolutamente nada.

Vivian estuvo muy habladora, lo que la ayudó a alejarse de sus melancólicas divagaciones.

Le contó que, en la reunión de la mañana, la gobernanta les comunicó que finalmente las invitadas no se irían, y que al final del día el conde hablaría con el personal, lo que armó un gran revuelo entre la servidumbre.

Prim sintió que ella era la razón de todo aquello, la noche anterior empujó la primera pieza del dominó y empezaba a sospechar que no podría detener la inminente caída en cadena.

Se reunió con Margareth en el pasillo, ninguna dijo nada, pues las dos doncellas las seguían de cerca. Siguieron sus indicaciones hasta llegar a la terraza en la que esperaba la condesa viuda.

El día era cálido y no corría aire, se sentaron en la mesa redonda en la que había varios platos con madalenas, galletas, pan, mantequilla y mermelada, jamón y huevos revueltos. Estaban las tazas, pero no la tetera.

Tras los saludos de cortesía, Anabeth fue al grano.

—Mi hijo me ha contado la buena nueva —dijo, mas no parecía alegre en absoluto.

Prim no sabía dónde meterse, aún no había asimilado la situación del todo.

—Una gran noticia, sin duda. ¿No hay té? —preguntó Margareth.

—Ahora lo traen —dijo con sequedad antes de volver a centrar la mirada en Prim.

—Me complace mucho que su hijo me haya elegido como su futura… —No pudo acabar la frase, una de las doncellas llegó con la humeante tetera, llenó las tres tazas y, por orden de la condesa, las dejó solas.

—¿Lo tenías planeado? —le preguntó a la marquesa.

—Por supuesto que no —dijo tras un largo sorbo.

Prim no entendía nada, se limitó a seguir moviendo la cuchara en su taza, nunca toleró el té demasiado caliente.

—Debo suponer que, teniendo yo dos hijos solteros, uno de ellos conde y con obligación de engendrar un heredero, llegaste a mi casa con una joven dama soltera necesitada de un marido por mera casualidad.

Margareth no podía negar que conocía la situación del conde, su amiga le expresó en muchas cartas su preocupación por él. Aun así, ella no planeó nada de aquello, ni siquiera el desvío y estancia en Oldraven fue intencionado, y así se lo hizo saber.

—Y debo suponer que la sugerencia de Miles no ha sido susurrada por ti en vuestros encuentros nocturnos.

Prim escupió el té de la boca y no fue por su elevada temperatura.

—Veo que no sabías qué hacía tu amiga por las noches.

Prim miró a su amiga anonadada.

—¿Lo sabías? —preguntó la marquesa, Miles le aseguró que nadie lo veía entrar ni salir.

—Yo sé todo cuanto pasa en mi casa.

—¿Margareth? ¿Anoche, cuando fui a tu habitación…? —preguntó Prim roja como un tomate solo de pensar que Miles hubiera estado allí, escuchando.

—Ya se había marchado —mintió para no preocuparla. Desvió la mirada de nuevo a la condesa—. Yo no he tenido nada que ver. Desde el principio creí que uno de los familiares del marido de Eleanor sería la mejor opción para ella.

—Pero un noble inglés es mucha mejor opción —dijo Anabeth. Estaba molesta, se sentía engañada y manipulada.

—Lo es —dijo descarada.

—Yo nunca pretendí esto. Entiendo que no quiera a una mujer como yo para su hijo, pero pondré todo mi empeño y dedicación en ser una buena esposa.

—¿Una mujer como tú? —preguntó Margareth enfadada. No la dejó contestar—. Debería estar celebrando que una mujer bonita, sana, bondadosa, educada, con modales exquisitos, un corazón de oro y contactos envidiables se haya prometido con su hijo.

Un carraspeo sonó tras ellas.

Tres pares de ojos se volvieron a ver que se trataba de Lucien.

—¿Desayunarás con nosotras? —preguntó su madre.

—No. Me gustaría dar un paseo con mi prometida.

Prim hizo el amago de levantarse, mas Margareth la detuvo.

—Aún no ha desayunado —dijo Anabeth.

—No hay prisa, esperaré.

Lucien bajó la pequeña escalinata que conducía de la terraza al jardín, se alejó unos metros para concederles intimidad, y con las manos unidas en su espalda y la mirada fija en dirección contraria a la casa, esperó.

Prim casi no comió, estaba inquieta, no había vuelto a hablar con él.

—Ha tenido suerte, no hubiera encontrado ninguna mejor en Londres —dijo Margareth observando como Prim unía su brazo al de su prometido.