Capítulo 11 #3
El conde parecía un buen hombre, respetuoso, considerado y sincero. No intentó engatusarla con poemas de amor o palabras galantes, se presentó con las manos vacías y la verdad como única bandera.
Estaba desconcertada, necesitaba consejo.
Se enderezó y se colocó bien el camisón, quedó arrugado, pero en su sitio.
La bata ya había sido guardada, abrió el baúl, rebuscó en él hasta encontrarla y se la puso.
Se miró al espejo antes de salir, tenía el cabello alborotado, mas no pensaba volver a peinarse, estaba nerviosa y necesitaba hablar con alguien.
Tocó la puerta de su amiga, esperó un minuto, dos, sin respuesta. Cuando pensaba que estaba dormida y comenzaba a marcharse, la puerta se abrió.
—Siento la hora, pero necesito hablar contigo.
—Pasa —la invitó Margareth abriendo—. ¿Ha pasado algo? —preguntó ya con la puerta cerrada.
—Sí, el conde ha venido a mi habitación —dijo sin dilación. Margareth alzó las cejas, el rostro de Prim se coloreó de vergüenza—. No es lo que piensas.
—Explícate entonces —dijo sentada en los pies de la cama mientras palmeaba el hueco a su lado.
Prim se sentó junto a ella.
—Me ha propuesto matrimonio. Él necesita dinero, yo tengo una dote cuantiosa, y francamente, no creo que mi lugar esté en Escocia. No sé nada de sus tradiciones ni costumbres.
—Veo que lo tienes decidido.
—Le he dicho que no, por supuesto, pero él no ha cedido hasta saber el porqué, después me ha pedido ver mis marcas y, lejos de asquearle, las ha besado como si fueran lo más bonito del mundo —dijo con lágrimas en los ojos—. El objeto de mi vergüenza.
—Solo tú las ves así, para mí son la prueba de tu gran fortaleza, y puede que él también lo haya visto —dijo con cariño.
Las cicatrices y quemaduras eran un tema muy delicado para Prim.
—Después de eso, no he encontrado motivo para negarme. —Sus mejillas se caldearon con el recuerdo de qué había pasado tras ese momento.
—Entiendo que has aceptado.
Prim asintió con una emoción desbordante.
A pesar de las dudas y todos los pensamientos intrusivos, la posibilidad de casarse la ilusionaba.
Tras muchos meses de tristeza y desmotivación, un nuevo brote de esperanza había germinado, uno que podría desvincularla de sus tíos al fin y proporcionarle un futuro.
—¿No ha pasado nada más?
Se mordió el labio unos segundos antes de responder.
—Me ha besado. Oh, Margareth, jamás había sentido nada igual. Nunca imaginé que algo así fuera posible.
Nunca entendió como un beso poseía el poder de cambiar el curso de la vida de alguien, no era el beso en sí, sino todo cuanto ocasionaba, las sensaciones, el cosquilleo…
—Me alegro mucho por ti. Ve y descansa. Mañana tendremos mucho que hacer, preparar una boda no es tarea sencilla.
—¿Crees que estoy obrando mal? —preguntó dubitativa.
—No lo creo, no.
Prim no pudo contenerse y la abrazó.
—Gracias.
Margareth observó como se marchaba, se merecía ser feliz. Esa joven había sufrido mucho, ya era hora de que la luz llegara a su vida.
—Puedes salir.
Miles salió de la habitación de aseo, donde se había escondido. Ese era el motivo de la demora en abrir la puerta minutos antes, no estaba sola.
Desde la segunda noche en Oldraven, la marquesa había tenido visitas nocturnas.
Su amiga no se equivocaba, a Margareth le gustaba disfrutar de su posición, y como viuda, muchos hombres llamaban a su puerta.
No aceptaba a todos, ni mucho menos, pero Miles, con esa aura aventurera y su sonrisa traviesa, la había cautivado.
—Mi plan ha salido a las mil maravillas.
—¿Tu plan?
—He sido yo quien ha sugerido ese matrimonio —dijo arrellanándose en la cama completamente desnudo.
—No sé si eso es bueno. Prim, aunque intente ocultarlo, está ilusionada, si él cambia de opinión…
—No lo hará —sentenció Miles. Conocía a su hermano mejor que nadie, ella despertaba un interés genuino en él.
—Eso espero.
Margareth se preocupaba por Prim, era una buena mujer, y se había prometido a sí misma ayudarla a rehacer su vida.
Tenía planeado darle un empujón con algún highlander , mas no le había dado tiempo ni a cruzar la frontera.
No consideró a ninguno de los hermanos Ravenshaw, pues creía que aún no estaba lista, que necesitaba alejarse más, sentirse más segura y recuperar la fe en ella misma.
Al parecer, se había equivocado. Lejos de molestarse por su error, se alegró.
Quizá esa pausa le había brindado todo cuanto necesitaba. Sonrió complacida.
—Le gusta mucho, y jamás faltaría a su palabra.
Margareth recorrió el cuerpo masculino con la mirada y se recostó a su lado. Aún llevaba el diminuto y traslúcido camisón de gasa.
—La ha cautivado con un solo beso, sin duda, será un gran amante.
—Insinúas que yo no lo soy —dijo agarrando su mano y tirando de ella hacia él. Besó la palma, después, su muñeca con la mirada fija en la de ella.
—Quizá me equivoqué de hermano —dijo para provocarlo.
Miles tiró de ella con fuerza hasta subirla sobre él, la agarró del trasero con fuerza y lo empujó hacia arriba hasta que su sexo quedó a la altura de su cara. Le dio un largo y húmedo lengüetazo al tiempo que estrujaba sus nalgas.
Margareth gimió satisfecha, no se había equivocado en absoluto.