Capítulo 11 #2
Lucien observó como la prenda sensual y femenina descendía por su cuerpo, casi como una caricia.
La rodeó hasta colocarse tras ella, la iluminación no era la mejor, pero podía vislumbrar largas y rosadas marcas cruzando su piel de arriba abajo.
Era más fuerte de lo que dejaba ver, esas cicatrices eran profundas, no solo había soportado el dolor de los golpes, también a posteriori.
Lucien reprimió su ira, no había lugar allí para ella.
No pidió permiso, colocó su mano con suavidad sobre una de las cicatrices.
Prim se estremeció con su contacto, era cálido e inesperado, mas no se apartó.
El dedo masculino recorrió su piel, a veces suave, a veces áspera y algo fría por el arropo de la noche.
—Hay quien desecharía una hoja por no estar en blanco, a mí me gusta aprovechar las líneas y garabatos para crear algo nuevo sobre ellas —le susurró al oído justo antes de besar su espalda, una y otra vez, con cariño y admiración—. No me importa que tu piel no esté inmaculada, así es perfecta.
Prim no podía responderle, la congoja le presionaba el pecho y cerraba su garganta. Siempre creyó que cuando un hombre la viera, la rechazaría, pero él había demostrado una devoción que la desarmó por completo.
Lucien envolvió su cadera con las manos y la hizo girar sobre sí misma.
—Nada va a impedir que te bese esta noche —dijo mirando sus labios.
Estampó su boca contra la de ella, quien, lejos de apartarse, entreabrió los labios para darle acceso. La exploró hasta encontrar su lengua.
Prim, inexperta, imitaba todo lo que él hacía, si él mordía uno de sus labios, ella también, él se dio cuenta enseguida y la tentaba una y otra vez.
Elevó las manos hasta alcanzar las de ella, aún presionando el chal contra su pecho.
La obligó a soltarlo y envolvió su propio cuello con ellas, acarició sus brazos, sus hombros y sus costados hasta llegar a las caderas, las rodeó y juntó aún más sus cuerpos.
Prim estaba extasiada, nunca había recibido tales atenciones, el beso ya despertó en ella algo nuevo, y sus manos deslizándose por su cuerpo aumentaban el cosquilleo de su estómago.
El beso se intensificó, ninguno quería romperlo, pero el aire se agotó y les obligó a separarse unos segundos para respirar.
Lucien contempló su rostro desinhibido, sus ojos brillaban y por primera vez no era por miedo o lágrimas.
Con los labios hinchados y las mejillas sonrosadas estaba absolutamente perfecta. Quería más.
—Di que serás mi esposa, o tendré que marcharme —susurró en su oído mientras presionaba con la pelvis haciéndole notar su necesidad. La deseó desde que llegó, y el modo en que ella respondió a sus atenciones lo hacía sentirse como un adolescente ansioso con poco autocontrol.
Primrose no tenía joyas, ni grandes posesiones, pero aún conservaba la virtud, y para ella era más valiosa que cualquier cosa que se pudiera comprar.
—Me gustaría esperar a la noche de bodas. —Aunque no le había dado razones para desconfiar de él, no tenía garantías, solo su palabra.
Lucien se alejó de ella, no podía culparla, mas su desconfianza le dolió.
—Así será.
Sé marchó sin decir nada más. Prim se quedó un instante mirando el lugar por donde Lucien desapareció.
Su corazón aún latía con fuerza, mezcla de sorpresa, alivio y algo más profundo que no alcanzaba a nombrar.
La propuesta seguía resonando en su mente, y con cada pensamiento se hacía más consciente de que sus dudas no provenían de él, sino de ella misma.
Respiró hondo, intentando ordenar sus emociones y poner nombre a lo que sentía.
Tenía que pensar, entender antes de decidir cómo proceder.
Su equipaje estaba preparado para partir al día siguiente sin demora.
Había pasado una hora desde que el conde se marchó y no se sentía más calmada, el sueño la había abandonado por completo y no dejaba de dar vueltas a la proposición que le había hecho.
Sus palabras resonaban en su mente: «No puedo ofrecerte amor, pero sí fidelidad, respeto y protección, además de un hogar».
Era mucho más de lo que aspiraba a soñar.
Hacía unos años, todo era distinto, soñaba con enamorarse y tener una vida de cuento de hadas, pero la vida la golpeó de la peor manera, con la realidad de su insignificante existencia.
Solo era una dama más, una entre muchas exhibidas a la espera de ser elegidas.
Tres temporadas de baile en baile en los que todas las damas intentaban sobresalir.
Ella no fue la excepción al principio, veía a esos guapos y distinguidos lores y soñaba con la posibilidad de que uno la sacara del infierno.
Mas parecía que ninguno quería emparentar con sus tíos, mucho menos con su prima cuando empezó a vislumbrarse su verdadero carácter.
Suspiró recordando aquellas noches en Almack’s, echaba de menos a sus amigas.
Eran lo único bueno de su vida, la apoyaban y apreciaban, el año anterior se convirtieron en un pilar fundamental para ella.
¿Podría el conde ser eso también?, ¿una persona en quien confiar y con quien formar una relación, sin amor, pero con cariño y respeto?
Le había prometido fidelidad, y eso le gustaba.