Capítulo 11
Dama de noche:
Sus pequeños capullos blancos se abren al ocaso, revelando flores suaves y delicadas. Es entonces cuando desprende su aroma dulce y envolvente.
Prim lloraba desconsolada, como había hecho desde que llegó a la que había sido su habitación, aún lo sería una noche más. Vivian se asustó al verla así.
—Señorita Rose.
Prim cerró los ojos, debía seguir fingiendo con el personal.
—Ayúdame con el vestido. —Ella ya había desecho el peinado y trenzado su cabello.
Vivian la ayudó en silencio, y Prim se obligó a calmarse.
Estaban siendo demasiadas emociones desde que abandonó su hogar, durante el trayecto no se sintió del todo a salvo, sentía una sombra tras ella, persiguiéndola.
Su tío mandaría a alguien a buscarla y, si la encontraba…
Su cuerpo temblaba cada vez que pensaba en ello.
Pero allí, en Oldraven, día a día, oculta con otra identidad, se había sentido cada vez más segura.
Todo eso se había esfumado, debía volver a los caminos, a sentirse desprotegida y perseguida.
Aún quedaba una semana para llegar a las Highlands, sin contar su estancia en el pueblo.
Vivian se marchó, y sorprendentemente, no volvió a llorar. Observó su camisón, era delicado, con encaje en el escote y el bajo, la tela era suave y fresca, nunca había tenido prendas de dormir tan bonitas. Claro que ese tipo de prendas estaban vetadas para las debutantes.
Miró la cama abierta, en la mesita descansaba el libro que había tomado prestado esa mañana de la biblioteca, no podría terminarlo y no le apetecía volver a tumbarse, ni leer sobre un amor precioso y maravilloso que ella no experimentaría.
Hacía buena noche, la temperatura no era muy baja y no había rastro de nubosidad.
Agarró el chal, se cubrió los hombros y salió a la terraza, no era muy amante de las estrellas, ni tenía conocimientos de astronomía, pero encontraba reconfortante mirar al cielo y ver todos esos puntitos brillantes.
Le gustaba pensar que eran los ojos de los que se habían ido observando a sus seres queridos.
Cuán diferente habría sido todo si sus padres no hubieran muerto.
Alguien llamó a la puerta, Prim, creyendo que sería Vivian que había olvidado algo, la animó a pasar.
Lucien entró con prudencia, la habitación estaba en penumbra, como si estuviera ya acostada para dormir.
Miró la cama, allí no había nadie.
Una brisa movió su cabello y llamó su atención, la cristalera estaba abierta, allí estaba ella. Con un camisón blanco y la luna iluminando su rostro.
Carraspeó desde el umbral.
Prim se llevó tal susto que casi tropieza con sus propios pies al volverse hacia el sonido.
«¿Qué hace él aquí? ¿Y por qué se empeña en asustarme siempre?».
Se cerró el chal todo lo que pudo tratando de cubrirse.
—No debería estar aquí —dijo tras unos segundos de silencio.
Lucien dio un paso hacia el interior de la terraza, sin llegar a alcanzarla.
—Me gustaría hablar con usted.
Prim intentó reprimir la sorpresa, no lo consiguió.
—No es buen momento —dijo. Era tarde y no estaba vestida, sin mencionar que era la habitación de una dama soltera.
—Mañana se va. —Dio otro paso hacia ella. No podía dejar de mirarla, con esa luz parecía etérea, una diosa bajada del Olimpo para tentarlo.
—Así es —afirmo ella, dando un paso atrás ganando la distancia que él acortaba.
—No tiene por qué irse.
Prim se dio media vuelta, le dio la espalda y volvió a mirar las estrellas.
—Ha sido bonito, como un sueño, pero los sueños se acaban al despertar y es hora de que vuelva a la realidad —dijo conteniendo todas las emociones que sentía dentro de ella.
—¿Por qué no me dijo quién era en realidad? —preguntó tras ella. La había alcanzado.
—No podía.
—Podría haberme contado quién era, podría haberme pedido ayuda, podría haber hecho muchas cosas.
Prim suspiró.
—¿Por qué haría tal cosa? No somos amigos, ni siquiera conocidos —dijo poniendo sus manos sobre el alféizar de piedra. Estaba frío, lo que provocó que encogiera los dedos en un acto reflejo. Aún tenía la zona muy sensible.
—No está bien mentir a quien te acoge.
Lucien se estaba conteniendo, todo en su cuerpo lo empujaba a abrazarla, a susurrarle que se quedara con él, que allí estaría a salvo.
—Lo siento —dijo con sinceridad.
—Quiero contarle algo. —Lo había meditado mientras caminaba hacia allí y esa era la mejor manera que había encontrado para proponérselo.
—Le escucho.
Lucien se colocó a su lado, se inclinó hacia delante apoyando los antebrazos en la balaustrada.
Con la vista fija en el frondoso bosque a lo lejos, le habló sobre sus problemas económicos.
Le contó como llevaba años tratando de solventarlos sin éxito, y como estaba barajando la posibilidad de casarse con una dama con cuantiosa dote.
Prim escuchó atenta, volviendo la mirada hacia él una y otra vez, hasta que él también la miró a ella y sus miradas colisionaron.
—Podemos ayudarnos mutuamente, si nos casamos…
—¿Cómo sabe que mi dote será suficiente?
La pregunta pilló desprevenido a Lucien, no había considerado esa posibilidad.
—No lo sé. Imaginé que al ser su tío un duque…
—Prim sonrió con tristeza—. Voy a serle sincero, pues considero que no hay lugar para la mentira en el matrimonio.
Nunca he creído en el destino y esas cosas, pero no puede negar que somos dos personas en apuros con la solución del otro.
Mi apellido, mi título, la protegerá, le aportará el estatus que merece, y su dote me ayudará a solucionar sino todos, muchos de mis problemas.
Hace tiempo que me planteo casarme, pero a pesar de no esperar amor, sí que me gustara, no de manera forzada, sino natural, como me ha pasado con usted.
No puedo ofrecerle amor, pero sí fidelidad, respeto y protección, además de un hogar.
—No.
—¿No qué? ¿No tiene dote? —preguntó Lucien con los ojos entrecerrados.
—Ese no es el problema —dijo ella.
La brisa acarició su piel y agitó sus cabellos, un mechón cayó libre en su rostro.
Lucien se irguió frente a ella, lo atrapó con sus dedos y lo colocó tras su oreja. Ese simple gesto le erizó la piel y provocó que se le encendieran las mejillas. Y a él le costó horrores alejar la mano y no acariciar su rostro.
—Me ofende que no me crea capaz de protegerla —dijo tras llegar a la conclusión de que, si el dinero no era un problema, entonces no le creía capaz de cumplir con su parte del trato. No confiaba en que él pudiera protegerla.
—No es eso —dijo con una tristeza en los ojos que lo desarmaba.
—¿Ama a otro hombre? —Algo en su interior se agitó con aquella posibilidad.
Prim negó al tiempo que apartaba el rostro y volvía a contemplar el cielo estrellado.
—No puedo casarme, no soy apta para ser esposa, estoy defectuosa. —Las lágrimas surcaban silenciosas sus mejillas enrojecidas de vergüenza, de miedo y de algo que no conseguía catalogar.
Lucien se quedó desconcertado unos segundos, con la mirada fija en ella, pero sin verla, sumido en sus propias conjeturas. Podría encontrar muchas condiciones o falta de ellas para considerar no apta a una dama para el matrimonio, pero defectuosa… ese era otro punto, uno con menos margen.
—No es un problema si carece de virtud, mientras no esté embarazada…
Prim dejó caer sus párpados hasta quedarse sin visión, debía estar muy desesperado si estaba dispuesto a casarse con una mujer mancillada.
El interés en ella no era real. Hubo un tiempo en que se planteó un matrimonio así para escapar de su hogar, uno que descartó por numerosas razones, entre ellas, que pudiera delegarla al campo tras arrebatarle a su hijo, o que tuviera que vivir con él mientras este la ignoraba y tomaba una amante.
—Nunca he estado con un hombre, lord Ravenshaw.
Lucien la miraba, embelesado con su belleza, admirando cada rasgo de su perfil, memorizándolo para poder pintarla más tarde.
—Entiendo que el problema soy yo —dijo Lucien convencido.
Sus ojos se inundaron en lágrimas. De nuevo, su prima le impedía avanzar.
—No es usted, y le agradezco mucho la oferta, mas no puede ser.
—¿Por qué? No es que necesite un motivo, puede decirme que no, pedirme que me marché y lo haré. Pero me gustaría saberlo.
Prim suspiró, no era fácil para un hombre encajar el rechazo, más para un conde joven y atractivo.
—Las de las manos no son las únicas marcas que poseo —dijo con un hilo de voz apenas audible.
—Mírame —susurró.
Prim se volteó para confrontarlo, Lucien le envolvió las manos desnudas con las suyas, las elevó para verlas de cerca, después se las llevó a la boca.
El corazón de Prim golpeaba con fuerza en su pecho, podía sentir su cálido aliento, sus labios rozando su piel.
—Enséñamelas —dijo mientras descendía las manos y las soltaba.
—No puedo, lord Ravenshaw —dijo Prim, escondiendo los dedos al cerrar los puños en un acto reflejo.
Lucien colocó un dedo en su barbilla y la alzó para conectar la mirada a la de ella. Deseaba besarla y borrar la tristeza de aquellos pequeños bosques verdes.
—Lucien —la corrigió. Le molestaba el trato formal entre ellos. Lo sentía como una barrera, una que había que demoler—. No te escondas de mí, Primrose
Su nombre en sus labios sonaba distinto, como una promesa que le calentaba los huesos. Sobrepasada, se apartó de él y giró el rostro hacia la noche, la brisa era fresca, agradable, la luna casi llena dominaba el cielo, las estrellas centelleaban al ritmo de las cigarras.
«¿Qué importa? Mañana me iré, y no volveré a verlo jamás».
Prim se quitó el chal y lo apretó contra su pecho cruzando sus brazos sobre él. Luego empujó los tirantes del camisón por sus brazos lentamente, dejando al descubierto su espalda.