Capítulo 10 #3
—Al final ha resultado que llevabas razón. Ocultaban algo, aun así, no creo que debas echarlas —dijo Miles, a quien la revelación no le había afectado lo más mínimo, incluso lo encontraba gracioso.
—Nos han comprometido, podríamos tener problemas con los duques. Nunca debieron venir —dijo la condesa.
—¿Cómo puedes decir eso? Parece una buena chica. Si ha huido es por algo —dijo Miles, tras recordar las marcas de sus manos; no desconfió de ella entonces, no tenía motivo, pero la situación había cambiado y ya no le parecía tan verosímil su historia.
—¿Por qué ha huido? —preguntó Lucien.
—No me compete a mí…
—Puedes decírmelo o puedo ir yo a averiguarlo —interrumpió Lucien.
La condesa negó con la cabeza. ¿Qué les pasaba a esos hijos suyos?, ¿a qué venía tanto interés?
—No tengo todos los detalles, solo sé que la trataban mal.
—Una joven no huye simplemente porque la traten mal.
—Depende cuánto de mal, el día que me ayudó en el invernadero —dijo Miles llamando la atención de su madre y hermano— vi qué esconde bajo los guantes. Quemaduras. No creo que fuera accidental como me contó.
—¿Te lo enseño? Y no has dicho nada —preguntó su madre ofendida.
—No le di demasiada importancia.
Lucien controló su rabia como mejor pudo, mas no pudo decir nada durante el rato en que su hermano y madre siguieron conversando sobre ella. No era capaz de apartar la imagen de Primrose de su cabeza.
—No podemos echarlas —dijo finalmente.
—Hijo. Ya tenemos bastantes problemas.
—Curioso —dijo Miles llevando a la boca un trozo de carne. Era el único que había cenado y seguía en ello, el resto de los platos seguían llenos.
—¿Qué es tan curioso? —preguntó Lucien.
—Que ambos tengáis la solución al problema del otro. Siendo sobrina de un duque, tendrá la dote que tanto necesitas para solventar tus cuentas, y ella podría cambiar de hogar y contar con la protección de un marido.
—¡¿Te has vuelto loco?! —gritó Anabeth.
Lucien permaneció en silencio, analizando las palabras de su hermano.
Tenía razón, por otro lado, la imagen que tenía de ella había cambiado a lo largo de la noche.
Le había estado mintiendo, y aunque fuera una completa desconocida, y lo hizo para protegerse, le molestaba mucho.
Él le mostró una parte de él que ocultaba al mundo mientras ella fingía ser otra persona.
Le enseñó las manos a su hermano, mas nunca a él. La noche que tocó el piano, lo alejó por eso, estaba seguro. A pesar de todo, no podía enfadarse con ella, no después de saber que la maltrataban. La ira caldeaba sus venas y envenenaba su corazón.
—No veo fallas en mi propuesta —dijo Miles—. Lucien necesita una esposa, como se niega a viajar a Londres, el destino le ha traído una hasta aquí.
Anabeth golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Esto no es un juego, Miles. No puedes bromear con algo así.
Miles se irguió sobre su asiento y dejó su copa casi vacía antes de hablar.
—No estoy bromeando, mamá. Estos días he podido conocer a la seño…
lady Primrose, es una buena mujer, no se merece que la eches así, y sigo pensando que sería una buena mujer para Lucien.
Él se niega a ir a Londres. —Se volvió hacia su hermano—.
Tú mismo me dijiste hace dos días que necesitabas una esposa, pero querías una que te gustara de verdad, y ella te gusta.
—Acabáramos —dijo la condesa—. Es una joven bonita, como ella hay decenas en la capital. Ella no es una opción.
—¿Por qué no? —esta vez fue Lucien quien preguntó, dejando a su madre boquiabierta.
—¿Vas a enemistarte con un poderoso duque por ella? Tú no conoces a Whitebell, es arrogante, engreído y autoritario.
—Pues como cualquier duque —dijo Miles.
—No es una buena persona, es despiadado y ególatra, se cree por encima de todo el mundo.
—Yo también poseo un título, uno antiguo y respetado. —Su madre negó con la cabeza, ¿cómo era posible que hubieran llegado a eso?—. ¿No te parece una buena mujer para mí? —preguntó. Si había algo más, quería saberlo antes de decidir, aunque cualquiera pensaría que ya lo había hecho.
No creía en el destino, pero tampoco en las casualidades, y que una joven llegara a su casa en esas condiciones cuando él casi se había rendido a la idea de buscar esposa, una joven a la que no podía dejar de buscar con la mirada cuando estaba presente, una con la que había soñado desde la primera noche de su llegada, una que lo alteraba como si fuera un adolescente. Quizá estaba empezando a creer.
—Es una joven encantadora, bonita, con unos modales impecables, pero es una prófuga, Lucien. Su honra será cuestionada, no creo que sea la mejor opción para convertirse en tu condesa.
—No creo que su honra le competa a nadie más que a su esposo. ¿Eso es lo único?
—Lucien, por favor, no te dejes llevar por el momento —empezó a decir Anabeth con calma—. Es una joven preciosa, está claro que te gusta mucho, y tu instinto protector se ha activado en cuanto has sabido de su situación. Quieres protegerla, y lo entiendo, pero el matrimonio es definitivo.
Lucien sopesó sus palabras, se llevó la copa a los labios y agotó el contenido.
—Voy a hablar con ella —dijo al tiempo que dejaba la copa sobre la mesa.