El renacer de la primavera Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Prim no había hecho otra cosa que leer y llorar en todo el día, como consecuencia, sus ojos estaban enrojecidos e hinchados.

—Porque nos vamos mañana. Y el conde y su hermano deben pensar que no ha pasado nada extraordinario.

—No son estúpidos, el carruaje aún no está listo.

—Déjame eso a mí —dijo al tiempo que tiraba del cordón para llamar a la doncella—, toma un baño y relájate. Vendré a buscarte en un par de horas para bajar a cenar.

Prim cerró los ojos, derrotada, lo que menos le apetecía era fingir otra vez ser la señorita Rose.

Se dio un baño, aunque no consiguió relajarse, no dejaba de pensar en que mañana se marchaba, en que sería su última noche allí y la última vez que vería a los hermanos Ravenshaw.

Miles se había portado tan bien con ella, enseñándole algunos trucos de jardinería, e incluso le regaló una rosa, y Lucien, sus últimos encuentros habían sido extraños, había despertado algo dentro de ella, algo que no entendía y no sabía si quería entender.

Deseaba poder hundir la cabeza bajo el agua, dejar de pensar en todo, pero no podía, el pelo estaba limpio y no había tiempo suficiente para mojarlo.

Intentó no llorar más, fue inútil, estaba muy desilusionada, ni siquiera huyendo había dejado de estar bajo la influencia de sus tíos. Esa era la razón por la que la condesa las había echado, las posibles represalias si el duque se enteraba de que había estado allí.

Salió de la bañera cuando el agua empezó a enfriarse, por primera vez desde que estaba allí, no ocultó las marcas de su espalda; si Vivian las vio, no dijo nada.

—Está muy alicaída esta noche, señorita.

—Estoy cansada, solo es eso.

La doncella asintió y siguió trabajando en el recogido en silencio.

Como había dicho, Margareth fue a buscarla y echó a la doncella con poco tacto.

—¿Qué te ocurre? No estabas tan triste desde los primeros días.

—Supongo que es por lo mismo, la incertidumbre, la sensación de estar haciendo algo malo, sentirme sola.

Margareth le colocó un dedo en la barbilla y le alzó el mentón.

—No estás sola. —Prim le dedicó una sonrisa triste—. Intenta disimular —le pidió justo antes de abandonar la habitación.

Fueron las últimas en llegar, tras los saludos, pasaron al comedor.

Lucien notó algo extraño en Prim, era la primera vez que no lo miraba cuando le besaba la mano.

Tampoco miró a Miles, lo que descartaba que fuera la consecuencia de sus recientes encuentros.

Ocuparon sus recurrentes lugares, Lucien no apartaba la mirada de ella, y esta, a su vez, no dejaba de mirar y marear los guisantes de su plato.

—Vuestra visita ha sido una agradable sorpresa, he disfrutado mucho estos días, me apena que ya os marchéis.

Las palabras de su madre llamaron su atención.

—¿Se marchan? —se adelantó Miles.

—Mañana. No podemos postergar más nuestra estancia.

—Creía que aún no estaba arreglado el carruaje —dijo Miles, esperando la confirmación de su hermano.

—Así es. Por mucho que deseéis retomar la marcha, me temo que será imposible.

—No creo que tarde más de dos días, aprovecharemos para hacer unas compras y conocer el lugar —dijo Margareth.

Miles abrió mucho los ojos con su respuesta, y los de Lucien iban de la marquesa a Prim y viceversa, tratando de captar algo que le diera una pista de qué estaba pasando, preguntándose si había sido su actitud con Prim lo que había impulsado su partida.

—No me queda muy claro, ¿se van porque no pueden demorarse más o porque quieren conocer el lugar? —preguntó Miles con una ceja alzada.

—Ambas —dijo Margareth.

Lucien miró a su madre, no había dicho casi nada, estaba al tanto de todo y le parecía bien, lo que no era normal, dado que nunca tenía compañía y su amiga había decidido alojarse en una pensión en el pueblo en lugar de seguir allí, con ella.

—¿Por qué se van en realidad? —preguntó Lucien con voz ronca y autoritaria.

—No me quiero repetir —dijo la marquesa.

—Siempre puede contarnos la verdad —espetó el conde con rabia.

Margareth miró a la condesa en busca de ayuda.

—Hijo, no seas impertinente. Ya te lo ha explicado.

Miles elevó las cejas y abrió mucho los ojos, al tiempo que se mordió los labios para no reír. Lucien únicamente levantó una ceja en su dirección y dejó los cubiertos sobre el plato antes de volver a hablar.

—Esta es mi casa, ha pasado algo y quiero saber el qué —dijo conciso, sin dar pie a otras opciones.

Margareth volvió a centrar la vista en su amiga. La cena no estaba yendo según lo planeado, los jóvenes Ravenshaw no eran estúpidos, Primrose no había abierto la boca ni para comer ni para hablar en toda la noche, un completo desastre.

Anabeth se llevó la mano a la frente y presionó ambas sienes con sus dedos.

—¿Qué está pasando? —inquirió enfadado Lucien.

Por primera vez en la noche, Prim alzó el rostro y lo miró, sus ojos brillaban con la humedad de las lágrimas.

—Nos han mentido. La señorita Rose en realidad es lady Primrose, la sobrina fugada de los duques de Whitebell.

Lucien vio el momento exacto en que se derrumbó, las lágrimas se derramaron y su labio inferior comenzó a temblar.

—¡¿Qué?! —dijo Miles casi gritando.

—Será mejor que habléis en privado —dijo la marquesa poniéndose de pie.

Prim se unió a ella y se marcharon sin decir nada más.

Fue Miles quien hizo las preguntas, Lucien escuchó con no demasiada atención. Aún estaba procesando que no había ninguna señorita Rose, solo fue una invención.

Esa joven era en realidad una dama. Una con la que se había sobrepasado. De saberlo, no hubiera actuado como lo hizo. No se hubiera atrevido a pedirle un beso y, por supuesto, hubiera evitado quedarse a solas con ella.

—No me he enterado hasta hoy.