Capítulo 10
Prímula:
Su flor y raíces son usadas para reducir la fiebre, también posee propiedades contra la mucosidad.
Margareth dio los buenos días con la amabilidad y educación que siempre había poseído mientras se adentraba en el comedor. Como cada día, coincidió allí con Anabeth, no era casualidad, su doncella le dijo la hora a la que desayunaba.
Anabeth le devolvió el saludo con un tono algo más apagado que las mañanas anteriores. Quizá aún estaba molesta por el mal ambiente de la noche anterior.
Margareth se sirvió un abundante desayuno, era la comida más importante del día, aquella que le daba energía y fuerza para empezar.
Se sirvió una taza de té, no estaba muy caliente, se fijó en el plato de su amiga, casi vacío. O Anabeth se había adelantado o ella se atrasó, no podía saberlo con exactitud. Los relojes no abundaban en la casa.
—¿Sería mucho pedir una tetera caliente?
Anabeth le hizo un gesto a uno de los lacayos para que fuera a buscarla.
—He estado pensando —dijo la condesa.
Margareth levantó la mirada para centrar toda su atención en ella, esas palabras no auguraban nada bueno.
—¿En qué?
—En la joven desaparecida.
Margareth enderezó los hombros y dejó el cuchillo con el que había estado untando mantequilla y la tostada sobre el plato.
—¿ Lady Primrose?
Anabeth asintió.
—He hecho cálculos. Ella desapareció hace doce días, vosotras lleváis cuatro aquí y se tarda una semana en llegar desde Londres. ¿No te parece casualidad?
—No me había parado a pensarlo, pero ahora que lo dices, sí que lo parece —dijo Margareth, como si nada, antes de darle un buen mordisco a la tostada.
—Sí, una bastante grande.
El lacayo volvió con una humeante tetera, la condesa ordenó que se retirara y cerrara al salir.
Margareth se sirvió una taza y otra a su amiga, la conversación no había hecho más que empezar.
—También he estado pensando en lo parecido que suena Rose y Primrose.
Quizá debería haber elegido un nombre más alejado del original, pero en su momento no pensó en la posibilidad de que los Ravenshaw estuvieran al tanto de su huida; era una buena opción, a Primrose le sería más fácil contestar a un nombre con la misma terminación y sonoridad.
—En efecto, aunque no sé a dónde quieres llegar —dijo al tiempo que se llevaba la taza a los labios. Fingiría hasta el final.
—Ya veo —dijo Anabeth—. Llevas años sin abandonar Londres, y decides viajar a Escocia nada más y nada menos que en el momento justo en que una conocida tuya desaparece.
Casualmente, otra joven de la misma edad y con un nombre similar viaja contigo.
No hace ni un mes que me mandaste la última carta.
—Anabeth sacó dicha carta de su bolsillo y la dejó sobre la mesa—.
Ninguna mención de una dama de compañía, igual que en las anteriores.
Anabeth dejó caer un montón de cartas sobre la primera.
—Debo admitir que puede resultar extraño tanta casualidad, aun así, es lo que son, meras casualidades. Y ya sabes que no me gusta airear mis asuntos privados.
Anabeth la miraba con atención, analizando cada gesto, cada expresión con ojo escrutador.
—No esperarás que me crea esa estupidez.
Margareth suspiró y dejó la tostada a medio comer en el plato.
—¿Qué motivo podría tener yo para involucrarme de este modo contra los duques de Whitebell? Lo más probable es que huyera con algún joven a Gretna Green y lo sabes.
Anabeth no movió ni un solo músculo, casi ni parpadeaba. Aún no comprendía el porqué, pero lo averiguaría. Dio un largo sorbo de té antes de responder.
—Quiero la verdad, Margareth, esta es la casa de mi hijo.
La están buscando, y si la encontraran aquí, sería mi hijo quien tendría graves problemas.
Me he fijado en ella, sus modales son exquisitos, su dicción y comportamiento perfectos, no es una joven cualquiera, está bien instruida, como lo estaría la sobrina de un duque.
La marquesa agotó el té de su taza, la publicación de la desaparición en el Times era una gran piedra en el camino. No había imagen de ella, pero sí una descripción detallada, que, de seguro, Anabeth había repasado antes de iniciar su acusación.
Tenía dos opciones, seguir negándolo o contarle la verdad, no toda, solo lo imprescindible. Mas si seguía negándolo, perdería su credibilidad si diez minutos después se veía obligada a confesar.
Sopesó las evidencias, bien podría seguir diciendo que era todo una casualidad, pero debía ser honesta consigo misma, ella no se lo creería y su amiga tampoco.
Decidió optar por la verdad, se la merecía; después de todo, les habían dado cobijo y ayuda, y era cierto que podrían verse en un aprieto con el duque.
—Es ella —no dijo nada más.
—¿Eso es todo?
—Creí que sería mejor para todos que nadie supiera su identidad, es una situación delicada.
—Me has comprometido, a mí y a mis hijos —dijo tratando de no elevar el tono, estaba más que molesta.
—Y por eso lo ocultamos.
—No te hagas la condescendiente conmigo, lo hiciste para protegeros a vosotras, en ningún momento pensaste en nosotros. De haberlo hecho, no nos hubierais puesto en esta tesitura.
Margareth perdió todo el color del rostro. ¿Sería su amiga capaz de delatarlas? Jamás consideró esa posibilidad.
—Era lo mejor para todos, Anabeth. La mentira nos protegía a todos, nos ocultaba a nosotras y a ti te evitaba este dilema —dijo Margareth tratando de averiguar qué haría su amiga ahora que conocía la verdadera identidad de Primrose.
—Quiero que os marchéis de mi casa. Mañana a primera hora.
Margareth asintió, el carruaje aún no estaba listo, mas no le quedaría demasiado. Se hospedarían en alguna posada mientras tanto, lo más importante era que guardara el secreto.
—¿Contamos con tu discreción?
Alguien tocó a la puerta, una de las doncellas informó que la señorita Rose ya las esperaba en la sala de visitas.
—Aún no lo he decidido —dijo antes de ponerse en pie.
Las dos caminaron hasta dicha sala con un silencio incómodo y una tensión palpable como compañeros.
Margareth esperaba que la historia de Primrose fuera lo suficiente conmovedora para ablandar a la condesa. Era de armas tomar y estaba muy ofendida por el engaño. Nunca había sido demasiado vengativa, sin embargo, siempre era quien menos se imaginaba quien traicionaba.
Llegaron al salón, el mismo en el que se habían estado reuniendo para tomar el té. Predominaba el color azul, era luminoso y tenía una gran puerta de cristal por la que se accedía al jardín. Primrose miraba a través de ella, distraída, totalmente ajena a lo que se avecinaba.
—Buenos días, lady Primrose —dijo Anabeth una vez alcanzó el centro del salón.
La reacción de Prim fue inmediata, su postura cambió a una más rígida, su semblante mutó a uno entre pánico y tristeza. Se volteó despacio, vio a Anabeth mirándola con fijeza y a Margareth, a su lado, con expresión indescifrable.
—Buenos días —dijo con la voz temblorosa.
—Acompáñenos —dijo Anabeth señalando los sofás azul claro, uno frente al otro.
Un par de pasos y se sentaron, Margareth se sentó junto a Prim y frente a la condesa, dejando claro donde estaba su lealtad y apoyo. Agarró la mano de Prim, la apretó para infundirle fuerza al tiempo que afirmaba que todo iba a salir bien.
—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó la marquesa.
—En primer lugar, por qué ha huido —dijo tajante.
—Yo… —empezó a decir Prim con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa—, no debí hacerlo. Mis amigas… creyeron que era lo mejor… y yo… me dejé llevar… Me equivoqué… Lo siento mucho… —sorbió por la nariz la agüilla que había empezado a segregarse—, de verdad…
—No empieces con eso otra vez —dijo Margareth con un tono autoritario y dulce a la vez—, hiciste lo correcto. Cuéntale por qué te marchaste, o mejor, enséñaselo.
Prim se removió en el asiento, nunca se sintió cómoda contando o mostrando lo que le hacía su prima. Le daba vergüenza. Pellizcó la tela que ocultaba sus dedos y tiró de ella, dedo a dedo, hasta sacarlo por completo. Repitió la acción con la otra mano, dejando su piel rosada a la vista.
Anabeth no entendía bien qué estaba viendo, ella solo podía apreciar un cambio de tonalidad, mas no sabía si era algo de nacimiento o debido a qué.
—La versión oficial es que mi torpeza… me llevó a volcarme una tetera con agua… con agua hirviendo en las manos. La realidad es otra… —Sorbió por la nariz y se limpió las lágrimas antes de continuar—: No fue algo accidental, mi prima… la volcó sobre mis manos.
La cara de Anabeth mostró su espanto. Tragó con dificultad saliva que no tenía, se le había secado el paladar de golpe.
—Eso solo es una muestra de lo que vivía en su hogar Primrose —dijo Margareth—. La maltrataban, no tenía más opciones que huir, no si quería vivir.
—¿Temías por tu vida? —preguntó Anabeth, consternada. No esperaba algo así, había imaginado que la joven había discutido con sus tíos, una trifulca familiar. Incluso que planeara encontrarse con algún joven en Escocia para casarse.
—En ocasiones sí, tuve miedo —dijo con los ojos inundados en lágrimas.
—Lo siento mucho.
Prim asintió. No le gustaba ser el centro de atención, mucho menos dar pena. Agachó la mirada, avergonzada.
—Ya sabes la verdad. Nunca quisimos causar problemas, nos marcharemos mañana, estaría agradecida si nos guardaras el secreto.
—Está bien. No diré nada, ni siquiera a mis hijos. —Anabeth se sentía mal echándolas de su casa, mas no podía seguir cobijándolas. Era un alto riesgo para su familia, uno que no estaba dispuesta a correr.
—Lo prepararemos todo para marcharnos a primera hora —dijo Margareth poniéndose en pie.
Prim la imitó. Dejaron sola a la condesa y unas lágrimas se le escaparon.
—Pobre muchacha —susurró para sí.
Prim pasó lo que quedaba de mañana haciendo el equipaje, no salió de la habitación para nada. Anabeth mandó una nota citándolas para almorzar con ella, solo acudió Margareth, Prim se quedó leyendo. Tampoco bajó a tomar el té, tras el cual, la marquesa se presentó en su habitación.
—No puedes faltar a la cena.
—¿Por qué no?