El renacer de la primavera Capítulo 9
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Capítulo 9

Adelfa:

Flor delicada y vistosa, en tonos rosa, blanco, rojo y amarillo. Florece en primavera y verano. Venenosa.

Prim bajaba las escaleras de la mansión cuando un ruido la alertó. Dio un respingo.

—Cuidado, prima, con esas reacciones podrías resbalar y caer por las escaleras —dijo Caroline con malicia.

Instintivamente se agarró a la baranda. Caroline la miró de arriba abajo, como si fuera tan estúpida de creer que eso podría salvarla, y rio con fuerza.

Una neblina la transportó hasta uno de los salones, allí, su prima y su tía criticaban su pelo lacio, sus manos demasiado delgadas, sus cortas uñas, sus cejas pobladas, sus ojos sin brillo.

—Normal que no tengas pretendientes. ¿Qué hombre te va a querer a ti?

Prim apretó los puños con fuerza disimuladamente, era su segunda temporada y aún albergaba esperanzas de casarse y salir de aquella casa.

Había notado ciertas miradas, algunos caballeros se mostraban amables con ella.

Del mismo modo que había apreciado que solo se acercaban a ella cuando Caroline no estaba.

—Ninguno, por lo que parece. La temporada ya está por terminar —dijo su tía.

—Pero no te apures, prima, siempre tendrás un lugar aquí. Además, cuando yo me case, mis padres se quedarán solos. Tendrás que conformarte con cuidarlos a ellos, sin esposo tampoco tendrás hijos —dijo riendo, como si las dos no estuvieran en la misma situación.

Otra neblina la sacó de allí, pero era perversa y la llevó a su habitación.

—Por favor, no.

—Te crees que no te he visto. He visto como me criticas en los salones, como me difamas para que ningún caballero tenga interés en mí. Te mereces cada golpe.

Caroline levantó la fusta y la golpeó en la espalda, cortando el aire hasta llegar a ella y levantar su piel. Era el tercero, las lágrimas caían sin control de sus ojos, ya no le quedaban fuerzas en las manos para seguir apretando los puños y su espalda ardía.

—Yo no he dicho nada. Tienes que creerme.

—No te creo. Te haces pasar por una buena chica, pero yo veo lo que hay en tu interior, eres pura maldad.

Volvió a golpearla, cortándole la respiración y dejando sus pulmones sin aire.

Agradeció que la neblina la sacara de allí, aunque no la llevó a un lugar mejor.

De vuelta a la escalera, unas manos la empujaron. Cayó hacia delante, no pudo apoyar las manos, se golpeó la cabeza y la espalda con varios escalones, no logró enderezarse y se volvió a golpear con otro escalón en el costado, el hombro, se torció la muñeca…

Se despertó de golpe, con las palmas sudorosas, el corazón acelerado y lágrimas en los ojos.

Los cerró dos segundos al tiempo que inspiraba profundamente. Los abrió, se incorporó y contempló todo a su alrededor, el armario de madera caoba, el tocador sencillo pero elegante, las cortinas rosas y un hilo de luz que se colaba por un extremo.

Ya no estaba en casa de sus tíos. Era libre al fin, o todo lo libre que se podía ser siendo una prófuga.

Bostezó, tenía sueño, pero se negó a volver a dormir. No se arriesgaría a tener otra pesadilla. Había tenido suficiente por una noche.

Tiró del cordón que comunicaba con la servidumbre. Mientras esperaba a Vivian, se lavó la cara con un poco de agua que quedaba en la jofaina, nada como el agua fresca para espabilarse, y cambió su camisón por una camisa.

—Señorita Rose, ha madrugado mucho.  —Vivian parecía haberse vestido deprisa y corriendo, y su peinado era bastante irregular.

—He tenido un mal sueño —dijo sentándose en la silla frente al tocador.

—La entiendo, yo también los tengo. Siempre el mismo, me despierto y no me puedo mover, me siento observada, pero no hay nadie, lo paso realmente mal y me despierto empapada en sudor. ¿Le ha pasado algo así? —preguntó como si nada mientras deshacía la trenza.

—Nunca he tenido uno así, debe de ser horrible.

—Lo es.

Vivian cepilló su cabello, no tenía enredos, tras dos pasadas, se dispuso a peinarlo. Un recogido sencillo, no muy estirado, no le costó demasiado reconocer las preferencias de la señorita.

—¿Qué vestido se pondrá hoy? El rosa anaranjado aún no lo ha usado.

Era precioso, muy de debutante, por eso lo había estado rechazando cada mañana.

Prim lo miró, en algún momento debía estrenarlo. No tenía tantos vestidos como para vetar uno de ellos.

—Sabía que se vería preciosa con él, ese color resalta su tono de piel —dijo Vivian.

Prim le empezaba a tomar cariño; no terminaba de confiar porque le contaba todo a la condesa, aun así, parecía una buena mujer, amable y cariñosa.

—Gracias. ¿Estará ya servido el desayuno?

—Por supuesto, el conde se levanta temprano.

«¿Para qué?», se preguntó. En todos los días que llevaban allí, no había abandonado la casa, solo el primer día volvió a caballo de algún lugar, supuso que del pueblo, de gestionar el arreglo del carruaje de la marquesa.

«¿A qué se dedicará durante todo el día?».

—Creí que era más temprano.

Vivian no dijo nada, se había tomado con calma peinarla y vestirla.

Prim caminó con Vivian tras ella, no le gustaba cuando hacía eso, pero compartían parte del camino. Al quedarse sola suspiró, si, como el día anterior, los Ravenshaw estaban desayunando, iba a sentirse muy incómoda.

Por fortuna, no fue así, ya se habían ido, aunque sus tazas y platos vacíos seguían sobre la mesa, otra vez.

Desayunó en silencio, con tranquilidad, disfrutando de la ausencia de miradas. Incluso se quitó los guantes, no era agradable comer o cenar con ellos, debía tener extremo cuidado para no mancharlos. Fue agradable deshacerse de ellos por un rato, aunque se los volvió a poner nada más terminar.

No le costó dar con la biblioteca, el día anterior se quedó con ganas de explorarla, a eso dedicaría la mañana. Con lo que no contaba era con encontrarse allí a aquel a quien pretendía evitar durante el tiempo que le quedara en la casa.

—Señorita Rose —dijo Lucien, sorprendido por la inesperada llegada de la dama que había estado perturbando sus sueños esa noche.

—Lord Ravenshaw —dijo a un paso de la puerta—, volveré más tarde.

—No lo haga por mí. No me disgusta la compañía —dijo, acortando la distancia. Levantó su mano, esperando que ella le entregara la suya. Desconocía qué le llevó a hacer aquel gesto, quizá la necesidad de contacto, o simplemente quería ver su rostro de cerca.

Prim se sintió inquieta, mas no pudo negarse.

Alzó la mano y se la entregó. Él se la llevó a los labios sin dejar de mirar los suyos, Prim tampoco apartaba la vista de él, observando como besaba su mano más tiempo de lo estipulado.

Notó el calor que desprendía, y como si se lo hubiera contagiado, se le calentaron las mejillas.

—Así, con el vestido haciéndole juego con las mejillas, está más bonita —dijo intensificando aún más su sonrojo. Prim No sabía dónde meterse, estaban solos, y dudaba que alguien fuera a interrumpirlos en un momento cercano—. No está muy acostumbrada a los halagos —evidenció él.

No cuando no eran palabras vacías. Por supuesto, habían admirado su belleza una y otra vez en los salones de la capital, mas todas las damas recibían los mismos cumplidos.

No era atención, no era sincero, solo una frase teatral que repetían una y otra vez, y que a ella dejó de afectarle en su tercer o cuarto baile.

Él era diferente, el modo en que le hablaba, la miraba, era sincero y le aterraba. Nunca nadie le había pedido un beso, y nunca antes quiso recibirlo.

—Gracias por el regalo —dijo ella.

—No tiene por qué darlas. Puedo hacer otro.

El pulso de Prim se aceleró sin remedio.

«¿Cómo se le ocurre decirme algo así?». «Ahora, cada vez que me observe, pensaré que me estudia para pintarme».

No sabía qué responder, así que hizo lo único que podía hacer en una biblioteca, desviar la mirada a las estanterías repletas de libros.

—Es enorme.

—Sí, mi padre amaba la literatura —apuntó sin poder dejar de observarla acercarse a una de las estanterías.

Prim leyó un título, después otro y subió la mano hasta acariciar uno de los lomos, el polvo le impedía leer una de las palabras.

—Entiendo que no comparte su pasión —dijo ella sin apartar la mirada de aquellas historias que, sin duda, serían maravillosas.

—No leo demasiado.

—Aun así, está aquí —dijo curiosa. ¿Qué hacía allí sino buscar un libro o leer?

—A veces vengo por la claridad. —Señaló una gran ventana, junto a ella había un sillón y una pequeña mesa llena de hojas.

Nunca lo hubiera imaginado. El conde, con ese aire sombrío, recorría las habitaciones de la casa persiguiendo la luz.

—Parece un buen lugar para leer.

—Lo es. Puedo prestárselo, si lo desea.

Lo dijo de un modo que algo se removió en el estómago de ella, dejando su mano paralizada sobre uno de los libros que inspeccionaba.

—Es muy amable, pero pensaba leer fuera y aprovechar el buen día.

—No se aleje demasiado, por aquí el tiempo es muy irregular.

—Gracias —dijo llevándose uno de los tomos al pecho.

—¿Qué ha elegido? Pensé que quería leer algo sobre botánica.

Prim lo miró sorprendida, había estado pendiente de lo que hablaba. Nadie solía prestarle demasiada atención, por un momento se planteó que su interés en ella era genuino y no una conquista más que añadir a su lista. Lo desechó enseguida, él era un conde y ella una simple dama de compañía.

—Una amiga me habló de él —dijo mostrándole el título—. Desde entonces he querido leerlo.

—Romance, el género favorito de las ladies .

Siempre parecía una gran dama, pero esa mañana mucho más. No era solo la ropa, era la postura, la manera de hablar, como se movía; no andaba, se deslizaba por la superficie. Y le fascinaba.

—No el mío, pero lo disfruto mucho.

—¿Cuál es? —dijo acercándose tanto que apenas había espacio entre ellos.

Prim se mordió el carrillo. Su cercanía la alteraba sobremanera. No era capaz de controlar el calor que se arremolinaba en sus mejillas, el revoloteo de su estómago ni el ardor en su vientre. Jamás había sentido nada igual, y estaba tan desconcertada como asustada.

—Me gusta mucho la poesía, aunque debo confesar que, en ocasiones, no sé realmente qué trata de contar el poeta —dijo con sinceridad. No debía hablar de ella, pero nada de lo que acababa de decir podría descubrirla.

—Mmm, ahora no dejaré de pensar en usted recitando poemas con su melódica voz.

Prim abrió la boca, pero no dijo nada. Su rostro estaba rojo como un tomate.

—No le entretengo más —dijo esquivando su intensa mirada de vuelta al libro.

—Disfrute de la lectura.

Lucien se volvió de vuelta a su rincón, a seguir con su tarea.

Prim suspiró, abrumada y derrotada, no podía volver, no con él allí. Creyó que tendría más tiempo para explorar, ni siquiera pudo ver los libros de botánica. Se marchó con un sabor agridulce.

Se adentró por uno de los caminos, seguía pensando que era un jardín demasiado pobre y basto para ser el de un conde. Era muy común entre la nobleza contar con un invernadero, eso no excluía la presencia floral, también echaba en falta un cenador y más bancos.

Se acomodó a la sombra de un frondoso roble, abrió su nueva lectura y se perdió entre sus páginas.