Capítulo 8 #3
Deslizó las manos por el teclado, las notas sonaron rítmicas, ligeras, y no pudo evitar recordar a Emily y su talento especial para la música, lady Sarah —otra de sus nuevas amigas de esa temporada— también lo poseía, solo que para el violín; como Eleanor, a quien vería tan pronto como llegara a las Highlands.
Pensar en su vida en Londres, lo que dejaba atrás y lo que le esperaba en su futuro, la desinfló.
Años preparándose para ser la perfecta mujer de un lord quedaron en el olvido, así como los nervios, lo que le permitió poner en práctica todo lo que había aprendido en sus clases durante años.
—No parece que sean las mismas manos que tocaban ayer —dijo la condesa, sorprendida gratamente.
—Los nervios del primer día —dijo Margareth.
—Sí, debió de ser eso.
Anabeth sirvió dos copas de jerez.
—Ha sido una cena extraña, ¿no te parece? —preguntó Anabeth.
—Demasiado tranquila para mi gusto. Entiendo que nuestra presencia está privándoos de intimidad, nos iremos en cuanto sea posible, no queremos molestar —dijo Margareth, intentando desviar el foco de ellas y centrarlo en la incomodidad de sus hijos.
—No me tomes por tonta, Margareth. La tensión podía cortarse con un cuchillo —dijo, molesta, tras un largo sorbo.
La marquesa se irguió con mala cara y apoyó su copa aún sin tocar sobre la mesa antes de hablar.
—¿Qué insinúas?
Anabeth se mordió la lengua. Aunque le molestaba que hubiera pasado algo con uno de sus hijos, ellos eran mayores y ella se marcharía en unos días, no montaría una escena, ¿para qué?
—Prefiero no saberlo.
—No me apetece alargar más la noche —dijo Margareth, molesta por la impertinencia. Acto seguido, se puso en pie y llamó a Prim, quien no se había percatado de nada, esta dejó la pieza a la mitad y se marchó con ella
—Debes aprender a disimular, es un milagro que la condesa no se haya dado cuenta —le dijo frente a la puerta de su habitación tras comprobar repetidas veces que no había nadie en el pasillo.
—Lo siento. No sé qué me pasa últimamente.
—Llevas media vida fingiendo, no puede habérsete olvidado tan pronto.
Prim asintió y, con tristeza, entró en su habitación. Por fin sola, apoyó la espalda en la puerta, cerró los ojos y suspiró.
Cuando decidió huir, pensó que no tendría que volver a mentir, inventar tontas excusas, ni fingir que estaba bien cuando no era así. Curiosamente, era lo único que había estado haciendo desde entonces, fingir ser otra persona, mentir a todo el mundo e inventar lo necesario para no ser descubierta.
Un golpe resonó tras la puerta, la paz había durado poco.
Vivian llegó antes de lo esperado, le dijo que la ayudara con el vestido primero, y tras deshacerle el peinado, le pidió que se marchara.
Ella misma se cepilló mientras un par de lágrimas recorrieron sus mejillas, se sentía deprimida.
Estaban siendo días intensos, llenos de emociones contradictorias.
Había momentos en los que se sentía bien, siendo ella misma, aunque la llamaran Rose; otras veces se sentía una impostora, los Ravenshaw la trataban bien, le habían abierto la puerta de su casa y se lo agradecía con mentiras.
Cerró los ojos, el labio inferior tembló apenas unos segundos antes de frenarlo con sus dientes.
Era lo que le enseñaron, a reprimirse, a no mostrar sus sentimientos, sus miedos ni vergüenzas. Lo había interiorizado tanto que, a veces, hasta en soledad, intentaba ocultarlo.
Abrió los ojos y se limpió las lágrimas, debía parar o al día siguiente los tendría enrojecidos.
Separó su cabello en tres mechones, uno a uno, los fue cruzando entre ellos hasta formar una larga y gruesa trenza, la anudó con una lazada. Se miró al espejo y acarició la suave trenza, siempre le gustó cómo le quedaba.
Se levantó decidida a no pensar más en nada, iría a la cama, se acostaría y dormiría sin recordar, sin preocuparse ni llorar más.
Sus planes se vieron interrumpidos al visualizar algo sobre su almohada.
Parecía un pergamino enrollado, al acercarse, comprobó que era lo que parecía, había una nota al lado.
Acepta el regalo como disculpa por mi atrevimiento. Nunca pretendí incomodarte. Lucien
Su labio inferior comenzó a temblar, no necesitaba soltar la cinta que mantenía el pergamino enrollado para saber qué era, aun así, lo hizo.
Finalmente se lo regaló, y quizá no tenía importancia, solo era un simple dibujo, una hoja y carboncillo, mas para ella significaba mucho.
A ella nadie le hacía regalos, no le componían poemas o canciones, no le regalaban flores, y, desde luego, no la pintaban. Los Ravenshaw estaban siendo los primeros en demasiadas cosas, iba a tardar en olvidarse de ellos.
Miles era como un rayo de luz, siempre amable, comprensivo, risueño y algo descarado. Lucien era la noche estrellada, tranquilo, misterioso y atrayente. Y Anabeth era una mezcla de ambos, dependiendo de la situación era la versión luminosa o la oscura.
Pasó el dedo por la hoja, justo como él. «¿Por qué a mí?». «No he visto más retratos allí». «Soy una ilusa por creer que eso me hace especial». «No lo soy en absoluto». «Los hombres tienen cantidad de amantes, yo solo soy una mujer más, una entre muchas».
Dejó el retrato y la nota sobre la mesita de noche, apagó la vela y se acostó.
Se forzó a cerrar los ojos, a no pensar en él, en aquel momento tan íntimo que vivieron.
«Soy una tonta». «No significó nada». «Solo fue un desafortunado encuentro». Con esos pensamientos se rindió ante el sueño.