Capítulo 8 #2
Estaba muy cabreado, aquella habitación siempre fue su preferida, ya desde niño se escondía junto a la cristalera a pintar. La convirtió en su refugio, un lugar de soledad e intimidad.
—¿Ha visto el retrato? —preguntó, apoyó los codos sobre el colchón y se incorporó a medias.
—Sí, lo ha visto. ¿Por qué la has mandado allí?
—¿Y qué ha dicho?
—¿Por qué crees que voy a seguir respondiendo a tus preguntas cuando tú ignoras las mías?
Miles se incorporó por completo.
—Tenía que ver que, además de ser una especie de alma en pena que vaga por la casa, tienes talento.
—¡Yo no soy tal cosa! —dijo casi gritando. Lucien solía mantener la compostura, no perdía los nervios nunca.
—¿Estás seguro de eso? No sales de aquí, no te relacionas con nadie que no sea mamá, cada vez sonríes menos y tus dibujos son más deprimentes.
Lucien se sintió juzgado. Estaban mal económicamente, no salir era un método de ahorro, al igual que cerrar media casa y prescindir de parte del personal. No era una elección tomada a la ligera.
—Tú mejor que nadie conoces la situación.
—Sí, como también sé que, si salieras dos veces al mes, no influiría lo más mínimo.
—Todo suma.
Miles negó con la cabeza, era como hablar con una pared.
—¿Qué ha dicho cuando lo ha visto?
Lucien suspiró y apartó la mirada.
—Quería quedárselo, como recuerdo.
—Interesante —dijo rascando la barbilla—. Se lo has dado, ¿no?
—No.
—¿No? —preguntó con la vista fija en su hermano.
—Eso he dicho.
—¿Por qué no?
—Añádela a la lista de preguntas sin respuesta de esta tarde.
—Si mi respuesta no era lo que buscabas, es tu problema, no el mío —dijo socarrón, colocando sus manos sobre la cabeza y dejándose caer sobre los almohadones.
—No sé qué estás tramando, pero termina ahora. —Sin esperar respuesta, se encaminó hacia la salida.
—Por una vez podrías olvidarte de todo y simplemente divertirte. Si va con la marquesa, muy posiblemente comparta sus mismas costumbres, y el celibato no está entre ellas.
Lucien se quedó paralizado en mitad de la estancia, con demasiadas velas encendidas para su gusto, se volteó despacio.
—¿Qué sabes tú de sus costumbres?
—Mamá fue a hablar conmigo el primer día, no lo habría hecho de ser de otro modo.
—Ella no es la marquesa —dijo Lucien. Cuando le rechazó el beso, no parecía la clase de mujer que se encamaba con un hombre a la ligera, todo lo contrario.
Las respuestas de su cuerpo eran de alguien a quien le afectaba el contacto.
Se ruborizó con sus palabras, y no dijo nada escandaloso, ni siquiera sugerente.
—Por supuesto —dijo Miles, esa joven le gustaba más de lo que quería admitir. Era bonita, delicada y sofisticada, hacía honor a su nombre. Recordó sus manos, y sin poder evitarlo, frunció el ceño.
—Habla —exigió su hermano con voz dominante.
Miles había dado su palabra, y si ella quería seguir ocultando sus marcas, era su decisión; para él no era nada malo, pero entendía que en una sociedad donde se valoraba la perfección no sería bien visto.
—Me he dejado los gladiolos sin podar.
Lucien puso los ojos en blanco y se marchó. Se disponía a ir a su habitación cuando se confrontó con la marquesa acompañada de Prim, no pudo esquivarlas.
Prim no levantó los ojos del suelo, sus mejillas eran dos fresones maduros y su pulso se aceleró sin poder evitarlo.
Lucien les dedicó un escueto saludo y siguió con su camino.
—Ya que estás lista, ¿qué tal si me ayudas?, así no tengo que llamar a la doncella —dijo Margareth una vez que Lucien salió de su campo visual.
—Si estás perfecta.
—Solo voy a cambiar de vestido.
Primrose aceptó. Juntas entraron en su habitación, la marquesa se mantuvo inquietantemente callada hasta que llegó la doncella que la había estado asistiendo, la despachó con descaro.
—Pobre muchacha, solo hace su trabajo —dijo Prim.
—Sí, y contarle todo a su señora.
—Es su empleadora —justificó Prim.
Margareth se giró hacia ella solo con los pololos y una camisa.
—¿Que ha pasado ahí fuera? —preguntó de pronto. Se había estado conteniendo, pues sabía que serían interrumpidas de un momento a otro.
—No sé a qué te refieres.
—Tengo casi cuarenta años, Primrose, sé reconocer cuando pasa algo entre un hombre y una mujer.
—Oh —dijo con las mejillas de nuevo ardiendo. ¿Tan evidente había sido? Intentó disimular, pero no hacía ni una hora que el conde le pidió un beso. Sus palabras aún resonaban en su mente.
—Sí, oh.
—No ha pasado nada, bueno, no es del todo cierto. Entré donde no debía y vi lo que no debía, pero no pasó nada entre nosotros.
Prim estaba más nerviosa de lo normal, Margareth la estudió con atención, no era mentirosa y no tenía por qué engañarla, ella no la juzgaría, aun así, había algo más.
—¿Dónde entraste y qué viste? —indagó.
—En una habitación que no sabía que él usaba a modo de estudio, y allí vi sus obras. —Desvió la mirada a la chimenea—. Pinta, y muy bien.
—¿Qué pinta exactamente?
Prim se ruborizó, seguía con la vista en la chimenea vacía.
—¿Desnudos? —añadió tras unos segundos de mutismo.
—¿Qué? No, bueno…, yo no vi ninguno —respondió al instante mientras volvía a enfrentarla.
—Ayúdame —pidió con el vestido en la cadera.
Prim tiró de él con delicadeza y abrió una manga para que metiera la mano, repitió la acción con la otra.
A su espalda, tirando de los cordones, suspiró aliviada, pero Margareth era un hueso duro de roer.
Una vez que terminó y volvió a tenerla de frente, preguntó—: Todavía me debes la explicación de qué viste que te hizo sonrojar.
Prim no esperaba que volviera a sacar el tema, ni que su mente la traicionara llevándola al momento junto a la ventana, cuando él recorría su retrato mientras le susurraba al oído—. Otra vez, ¿qué te hace ruborizar así?
—No lo vas a dejar pasar, ¿verdad?
—No.
Prim suspiró y le confesó que encontró un retrato de ella, y que, en un arrebato, le pidió quedárselo. Omitió todo lo referente al beso, estaba segura de que Margareth la animaría a experimentar.
—¿Crees que te ha dibujado porque siente algo por ti?
Prim abrió la boca, formando una o perfecta.
—No lo creo.
—¿Por qué? —insistió la marquesa.
—Es ridículo, Margareth, hemos cruzado dos palabras. Quizá le guste mi cara, o le resulte armoniosa.
—Es evidente que le gusta tu cara —dijo mientras se quitaba los pendientes, con ese vestido usaba unos un poco más grandes.
—¿Podemos no hablar más de esto?
—Intenta no ponerte como un tomate cuando lo veas, su madre lo notará enseguida.
—Eso no me ayuda.
La presión de que no la descubriera era mucho mayor cuando interactuaban con Anabeth, siempre haciendo todo tipo de preguntas.
Bien podrían pasar por hermanas. Insistentes, meticulosas, observadoras…
—Quizá sea mejor que llegues colorada y te excuses en un repentino sofoco.
—¿Un sofoco?
—Sí, será lo mejor.
Prim negó con la cabeza, pero la marquesa ya no la miraba. Aun así, le hizo caso. Antes de entrar en el salón, recordó el momento de intimidad compartida, sus mejillas se colorearon enseguida.
Para ninguno pasó desapercibido, Anabeth fue la única que la creyó, ella llevaba años sufriéndolos.
La cena fue diferente. Los hermanos se miraban el uno al otro. Miles sentía que algo se le escapaba y Lucien no podía dejar de desviar cada pocos minutos la mirada hacia Prim, quien estaba más ausente que de costumbre, se sintió culpable.
Margareth no perdía detalle de nada. Anabeth no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que algo había pasado y ella era la única que lo desconocía.
Estaba irritada; dedujo, sin mucho atino, que la marquesa había intimado con alguno de sus hijos.
Su malestar fue muy evidente en los postres, donde las indirectas dejaron de ser sutiles.
Anabeth propuso pasar al salón, Margareth y Prim no pudieron negarse, era demasiado pronto. Lucien y Miles, por el contrario, se excusaron sin problema.
La luz era bastante tenue, tomaron asiento en los sillones centrales, a la marquesa no le gustaban los juegos de cartas, y no había juegos para dos.
Prim se ofreció para tocar una pieza, se sentía inquieta, necesitaba tener un tiempo de soledad, y el piano estaba lo suficiente alejado para concedérselo.