El renacer de la primavera Capítulo 8
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Capítulo 8

Orquídea Fantasma:

De aspecto etéreo, es difícil de encontrar pues parece desaparecer en las sombras. Solo puede observarse al florecer.

Aún quedaban un par de horas para el ocaso cuando Prim se despertó.

Pidió un baño, le iría bien tras la mañana en el invernadero. No se demoró demasiado, quería prepararse para la cena y así tendría más tiempo para disfrutar de las flores nocturnas.

Repitió vestido, esta vez el azul.

—Parece más contenta, señorita Rose.

—El sueño ha sido reparador.

Vivian asintió mientras seguía cepillando su larga cabellera. No hizo nada excesivo, un recogido sencillo y nada tirante. Sugirió dejar unos mechones enmarcando el rostro, Prim se negó.

—Aún es pronto, señorita —dijo Vivian tras terminar—, podría hacer algo más elaborado.

—No es necesario. Quiero pasar por la biblioteca, aún no he tenido ocasión.

—Esa tarde tenía planeado ir y el sueño se lo impidió, pero ya no le daba tiempo.

No si quería llegar a la habitación que le había dicho Miles antes del anochecer.

No había estado en esa parte de la casa y no sabía lo que tardaría en dar con él.

Vivian insistió en acompañarla, el lado bueno era que estaba muy cerca de la puerta de acceso al ala oeste; lo malo, que se fue muy apenada por no poder ojear el contenido de las estanterías.

—Mañana —murmuró para sí.

Nada más abrir la puerta, notó el cambio, el aire estaba viciado, síntoma de estar todo cerrado durante largo tiempo, también se percibía cierto olor a humedad. Le sorprendió mucho el escaso mantenimiento y cuidado de esa parte de la casa, más siendo un conde el dueño.

Los tablones bajo la moqueta crujían casi a cada paso, lo que la hacía sentirse como una intrusa invadiendo un espacio que no le pertenecía.

Llegó al final del pasillo, solo había una puerta abierta desde la que pudo vislumbrar la abundante luz del interior.

Suponiendo que esa era la habitación de la que le habló Miles, entró esperando encontrarlo, mas allí no estaba, ni él ni ninguna planta, lo que sí había era un gran ventanal desde el que se visualizaba a la perfección el acercamiento del sol a la tierra, en pocos minutos, ambos se besarían.

Esa no era la sala que buscaba. Examinó con más atención, por si acaso fueran unas plantas minúsculas, pero aquella estancia no se parecía en nada a un lugar donde albergar plantas, más bien parecía un estudio de pintura.

Había un par de caballetes, algunos lienzos, cuadernos y un montón de hojas con dibujos hechos con carboncillo.

No pudo evitar admirarlos, eran preciosos.

Cogió uno en que se veía un caballo alado, era bonito, pero ni en pinturas le gustaban.

Lo dejó y cogió otro, una casa, se parecía mucho a Oldraven, pero las sombras eran oscuras y le impedían confirmarlo.

Siguió ojeando, algunos estaban hechos con mucho detalle, como la mano que sostenía un reloj, daba la sensación de estar señalando una hora concreta; mientras otros parecían incompletos.

El de la casa se repetía, desde distintos ángulos, pero siempre con poca luz.

También había varios del atardecer, eran preciosos, captando ese momento exacto en que el día da paso a la noche.

Le pareció curioso que no hubiera del amanecer, siguió ojeando hasta que uno llamó poderosamente su atención, una mujer, no una cualquiera, era idéntica a ella.

La cogió y analizó cada rasgo, eran sus ojos, pero se veían tristes, la nariz era idéntica, la boca entreabierta parecía querer decir algo, los pómulos, incluso las orejas eran una copia exacta. No había lugar a dudas, era ella, pero ¿quién la había retratado?

¿Quizá un criado con dotes artísticas?

Quien lo hiciera se había tomado su tiempo. Había suavidad en ciertos trazos y una precisión casi implacable en otros, como en la mirada y los labios, que escondían cierta dedicación.

—¿Qué hace aquí? —escuchó la voz del conde tras ella. El respingo fue tal que dio un salto hacia atrás y se le cayó el dibujo de la mano.

«¿Este hombre se ha propuesto matarme?».

Con el corazón acelerado, se giró para enfrentarlo.

—Perdone, me he equivocado de salón. Estoy buscando a lord Miles.

—Esta parte de la casa está cerrada —dijo con la mirada fija en ella. Cada día, un tiempo antes del atardecer, iba allí y dibujaba hasta que el sol se ponía. Era su pequeño ritual, su momento de desconexión con las obligaciones, del mundo en general.

—Sí, me dio las indicaciones para encontrarlo, debí entender mal. ¿Podría indicarme dónde es? —preguntó con las mejillas encendidas y ardiendo.

—No sé qué debo indicarle, ¿el dormitorio de Miles? —preguntó con los puños apretados.

Prim se llevó la mano al pecho y negó de inmediato. Cómo se le ocurría insinuar tal cosa. Quizá debería haberle contado la verdad a Vivian y pedirle que la acompañara, pero no se fiaba del todo de ella.

—Por supuesto que no. ¿Cómo se atreve? Me refiero a la habitación con las flores nocturnas.

Lord Miles me dijo que pasaría a cuidarlas y que, si quería verlas florecer, estuviera aquí al ocaso.

Aquí no, en la sala correcta, que no es esta, y no he sido capaz de encontrar —dijo entre nerviosa y enfadada.

Lucien cerró los ojos unos segundos, analizando las palabras de Prim.

—Lo siento, señorita Rose, lo entendí mal. Y creo que usted también, porque todas las plantas están en el invernadero.

Prim abrió mucho los ojos, si eso era cierto, ¿por qué Miles le dijo aquello y le pidió que se uniera a él?

No entendía nada.

Lucien, consciente de su confusión, se adentró en la habitación, solía ser meticuloso y dentro de su desorden había un orden. Enseguida notó que alguien había cambiado sus dibujos de sitio, uno estaba en el suelo. Fue hasta él y se maldijo a sí mismo cuando vio de cuál se trataba.

—No lo entiendo —murmuró ella.

—Yo tampoco, el único que podrá darle una respuesta es él.

Lucien estaba cabreado, sabía por qué Miles la había mandado allí, había sido de lo más ingenioso, lo que le molestaba era que no sabía si ella había sido tan ingenua como para creerle, o, por el contrario, su intención no era otra que estar a solas con él.

—Tiene razón —dijo ella desilusionada. Con la vista gacha, vio que el conde sujetaba su retrato—. ¿Sabe quién lo ha hecho?

—Sí —dijo con rotundidad, mas no respondió quien.

Prim lo miró, y por primera vez vio en sus ojos algo que no había visto antes, miedo.

Solo había una razón para sentirse así, él era el artista, y su obra reflejaba una parte de él que le gustaba mantener oculta.

La casa en penumbra, el caballo alado, la mano sosteniendo un reloj y el ocaso.

Aquella habitación era su refugio, el lugar donde se permitía ser él sin máscaras, y ella lo había invadido.

—Nunca antes me habían retratado —dijo tratando de llenar el silencio entre ellos.

—No debí hacerlo, no sin su consentimiento.

Las mejillas de Prim estaban cada vez más enrojecidas.

—Es como mirarse a un espejo.

—No le hace justicia —dijo él. Había captado su belleza y una parte de su esencia, mas no toda.

—¿Puedo? —preguntó extendiendo la mano.

Lucien no contestó, le entregó el retrato y la siguió hasta la cristalera, donde la luz era mayor.

—Quizá… No. O tal vez… Tampoco.

—Yo no puedo oír sus pensamientos —dijo él intrigado.

—Barajaba la posibilidad de algunas diferencias.

Él se situó tras ella, con la mirada fija en las líneas que formaban su rostro. Posó su dedo junto a los trazos del ojo derecho.

—Es la mirada con la que llegó, mas no siempre es así, a veces brilla con ilusión.

—Movió el dedo un centímetro hasta abajo—.

El sonrojo de sus mejillas no suele ser tan sutil.

—Volvió a descender. Prim veía su dedo acariciar su rostro retratado y casi podía sentirlo en su piel.

Sus inesperadas palabras, dichas tan cerca de su oído, sin nadie más allí y con las últimas luces del día, se sentían profundas—. Y sus labios…

Prim casi agradeció que no terminara la frase, su estómago era un nido de abejas alborotadas. La había estado observando, la revelación le alteró el pulso.

—Es muy bonito. Yo no soy capaz de dibujar una flor de forma simétrica —dijo nerviosa.

—La simetría está sobrevalorada —dijo él a solo un centímetro de su oído, desde esa posición podía oler su perfume floral.

Todo en ella estaba relacionado con las flores, incluso su nombre.

La imagen de una ninfa con su rostro volvió a su mente; instintivamente, volvió la cabeza.

Ese boceto seguía justo donde lo dejó, aún bocabajo.

—Me encantaría poder quedármelo, un recuerdo de mi estancia en Oldraven —Prim interrumpió sus pensamientos.

—Si se lleva un recuerdo de mí, lo propio es que yo también obtenga uno de usted.

Prim levantó la mirada, mas él estaba tras ella; dio un paso al frente, ganando distancia antes de volverse y devolvérselo.

—Yo no poseo nada.

No lo dijo para causar pena ni despertar su caridad, fue una revelación sincera.

—Me conformaré con un beso.

Prim abrió mucho los ojos al tiempo que daba un pequeño paso hacia atrás.

Un beso.

No podía besarlo.

Él era un conde y ella, ella no era nadie allí, mas en su interior sabía quién era, y toda una vida no se borra en una semana.

Un beso podría cambiarlo todo.

Dio otro paso atrás. No se arriesgaría a sentir, no cuando no tenía opciones.

—No puedo. —Dejó el retrato sobre la mesa y se marchó. Dejándolo con una sensación de vacío inexplicable.

—Voy a matarlo —murmuró para sí.

Con paso decidido, fue en busca de su hermano, ya estaría en la casa, muy posiblemente descansando en su habitación.

No se equivocó.

—Has tardado más de lo que imaginaba, ¿ha ido bien? —preguntó su hermano recostado en su cama sobre dos grandes cojines marrones.

—No, no ha ido bien. —Dio un portazo y se adentró en la habitación hasta apostarse frente a él—. ¿Por qué la has mandado allí?