Capítulo 7
Aster:
Sus pétalos evocan a pequeñas estrellas.
Prim se despertó con un rugido en el estómago, la noche se llevó con ella casi todos los nervios.
Recordó haberse despertado de madrugada por un sueño, pero no fue como el de la noche anterior, este la dejó plácida y tranquila, tanto que no tardó ni un minuto en volver a dormir. Por la mañana no recordaba nada de él, no le importó demasiado. Su estómago volvió a rugir.
No lo pensó, se cambió ella misma, uno de los vestidos más austeros que había usado en el viaje y que se podía poner y quitar sola. Su trenza no estaba demasiado desecha, la retorció hasta que quedó integrada en un improvisado recogido y la fijó con un par de horquillas.
Se miró al espejo, jamás hubiera salido así de su habitación siendo lady Prim, sobrina de los duques de Whitebell, pero allí solo era la señorita Rose, dama de compañía. Sonrió a su reflejo, con buen ánimo y el tercer rugido, salió de la habitación en dirección al comedor.
No estaba vacío, como las mañanas anteriores. Era más temprano de lo que imaginaba, los hermanos Ravenshaw aún estaban allí.
—Señorita Rose, ha madrugado mucho.
—En efecto, me desperté pronto y ya no pude volver a dormir —dijo ya sentada frente a él.
—¿Contaré hoy con tu presencia? —preguntó Miles mientras untaba mantequilla en la tostada.
—Si no le importa —dijo ella obviando que la había tuteado frente al conde.
Llenó hasta el borde su taza de té, añadió dos cucharadas de azucarillos e inevitablemente el líquido se desbordó al mover la cuchara.
—En absoluto. Me vendrá bien tener compañía y un poco de ayuda.
A Lucien no le pasó desapercibido su aspecto, tampoco como su buen humor se quedó ensombrecido con la llegada del señor Gibbs con el correo del día.
—Justo a tiempo —dijo Miles con la mirada fija en el periódico.
Prim sabía qué sería lo primero que buscarían, el ser humano era curioso y cotilla por naturaleza.
—¿Para qué? —preguntó Lucien. Dejó su taza ya vacía y tras revisar los destinatarios de su escueta correspondencia, agarró el Times.
—Oh, vamos, dime si ya ha aparecido la sobrina de los duques o, por el contrario, mi teoría es acertada —dijo Miles.
El estómago de Prim parecía haberse dormido, ya no rugía pidiendo alimento, se retorcía rechazándolo por completo. Dio un pequeño sorbo de té, y se demoró en untar la mantequilla.
—Que no haya aparecido no corrobora tu teoría —dijo al tiempo que ojeaba la primera página—, podría ser cualquier otra cosa.
—¿Como qué? —dijo con la boca llena, a menudo olvidaba los modales, era consecuencia de vivir como un explorador en lugares para nada refinados.
Lucien lo reprendió con la mirada antes de contestar.
—Podría estar en el fondo del Támesis.
Prim escupió el trozo de tostada que se había metido en la boca.
—¿Se encuentra bien, señorita Rose? —preguntó Miles al ver su palidez.
—Discúlpeme, no es un tema apropiado para hablar delante de una dama —dijo Lucien.
—Estoy bien —dijo con un hilo de voz.
Los hermanos no la presionaron, cambiaron a otro tema para no incomodarla, evitaron hablar sobre Napoleón y la guerra, la política y economía, temas poco apropiados para una conversación con una mujer. Por lo que terminaron hablando de un par de noticias menores.
Prim no intervino, se mantuvo silenciosa, con la mirada gacha, obligándose a sí misma a ingerir algo.
—Voy al invernadero, ¿te espero? —preguntó Miles.
—Ya he terminado —dijo Prim.
A Lucien no se le había escapado la familiaridad con la que su hermano la trataba. Miles perdía parte de sus buenas costumbres en cada viaje, y quizá solo fuera eso, pero entonces, ¿por qué a ella no parecía importarle?
—Os acompaño, me vendrá bien un paseo.
Miles ensanchó la sonrisa, una idea germinó en su mente, se sintió perverso.
—El tiempo está algo agitado —dijo Prim al salir.
La brisa era fresca, no demasiado intensa, pero las nubes se movían deprisa tapando y destapando el sol a su paso.
—No está siendo una primavera muy cálida —dijo Lucien.
—Oh, he olvidado las tijeras. Me las llevé para afilar ayer. ¿Os importa adelantaros?, iré enseguida —dijo Miles ofreciéndole las llaves del invernadero a su hermano. Este lo miró con intensidad, el gesto no lo intimidó y le sonrió pícaro.
Cogió las llaves y recorrió el camino con Prim, con la certeza de que su hermano tardaría un buen rato en llegar y aparecería con una torpe excusa y las manos vacías.
Fue testigo del cambio en Prim. En cuanto cruzó el umbral, el aroma y el calor la golpeó como una avalancha de satisfacción y alegría.
La sonrisa le llegaba hasta las orejas, no reparó en su presencia, estaba ensimismada disfrutando del ambiente.
Le recordó a una ninfa que, tras años de exilio, vuelve a la naturaleza, a su hogar.
Prim buscó la percha que le dijo Anabeth, no le costó encontrarla, allí dejó el chal y cogió el mandil, había escogido ese vestido no solo porque podía ponérselo sola, también porque era el más oscuro que tenía.
Una vez lista, miró a la entrada. Miles aún no había llegado, pero Lucien seguía allí, con la mirada puesta en ella. Algo se removió en su estómago, nunca le gustó ser el centro de atención.
—¿Cuál es su favorita? —preguntó Lucien.
—¿Por qué cree que tengo una? —dijo tras dar un par de pasos en su dirección.
—¿No es así? —dijo al tiempo que alzaba una ceja y una de sus comisuras en una media sonrisa ladeada.
«Es aún más guapo cuando sonríe». Se regañó a sí misma por albergar esos pensamientos. ¿Desde cuando se fijaba ella en si un hombre era guapo o no?
—Me es imposible decantarme por una. —Apartó la mirada y la fijó en un pequeño tiesto con prímulas violetas, no eran las más comunes—.
Todas son hermosas, aunque siento cierta debilidad por aquellas que tardan en florecer.
Mientras el mundo admira las que ya están en flor, ellas siguen pacientes aguardando su momento.
—La paciencia es una gran virtud, saber esperar el momento adecuado…, la persona idónea…, es clave para alcanzar la felicidad —dijo siguiendo su mirada.
Prim se volvió a mirarlo, dudaba mucho que siguieran hablando de flores. Abrió la boca, no llegó a decir nada, Miles se le adelantó.
—Ya estoy aquí.
Ambos se giraron para mirarlo.
—¿Y las tijeras? —preguntó Lucien.
—Qué cabeza la mía, las traje anoche cuando vine a por la rosa —dijo mientras se quitaba la chaqueta y se quedaba en mangas de camisa.
—La he puesto en un pequeño jarrón con agua —dijo Prim con un ligero sonrojo en las mejillas.
—¿Vas a quedarte tú también a ayudar? —le preguntó a su hermano.
Lucien negó y se despidió.
—¿Cómo te ayudo? —preguntó Prim una vez se quedaron solos.
—Quiero hacer algunos trasplantes, algunas plantas han crecido mucho y sus raíces necesitan más espacio.
—Será una experiencia nueva —dijo yendo tras él por uno de los caminos.
Prim siguió todas las indicaciones, llevaron las plantas a una zona más despejada, donde trabajarían, también llevaron los nuevos tiestos, tierra y el preparado especial de nutrientes.
—No puedes hacer esto con guantes —le dijo. Prim se quedó paralizada, se disponían a verter tierra en el fondo de los tiestos vacíos, añadir el preparado, mezclar bien y por último abrir un hueco para la planta—. No con esos, hay guantes especiales donde estaba el mandil.
Prim lo miró, había hablado mientras iba preparando uno de los tiestos, no le prestaba atención, pero sabía que no se los había quitado. No se los quitaba delante de nadie.
Una vez se los hubo cambiado, se unió a Miles; le había dado todas las pautas, aun así, lo hizo a su ritmo, imitando sus acciones, de esa forma se aseguraba de no cometer errores.
Cuando tuvieron los tiestos preparados, Miles sacaba la planta, aireaba las raíces y desmenuzaba la tierra compactada junto a ellas, dejaba la mata en el nuevo tiesto y Prim se encargaba de añadir la tierra suficiente hasta quedar perfecta.
—¿Seguro que no quieres probar? —Era la última que trasplantarían.
—No, me da miedo partirla, estropearla o algo peor.
—¿Algo peor? —preguntó risueño—. Vamos, inténtalo, lo harás bien, tienes buena mano.
Prim se mordió el carrillo, escondió sus nervios y miedos en un cajón y se atrevió a intentarlo, siguió las indicaciones y no hubo incidentes.
Se sintió muy satisfecha.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó emocionada.
—Tengo que comprobar la humedad y regar aquella fila —dijo señalando al fondo.
—Perfecto.
Miles llenó un gran cubo de agua.
—¿Bonitas? —dijo al tiempo que dejaba el cubo en el suelo con cuidado.
—Son extrañas. Nunca había visto una flor así.
Miles se carcajeó.
—Es carnívora, del sur de Brasil, habrá dos o tres más en toda Inglaterra.
—Oh, no lo habría adivinado jamás.
Miles hundió los dedos en la tierra.
—Esta no necesita mucho, ¿quieres probar?
Prim se quedó con la boca abierta, quería aprender, pero era una tarea para hacer sin guantes.
—¿Puedo confiar en ti? —preguntó mirándolo con fijeza a los ojos.
—Por supuesto.
Prim se quitó los guantes.
—Hace un par de meses tuve un accidente con una tetera, por eso nunca me los quito; si me da el sol, me quedará marca para toda la vida.
Eso no explicaba por qué no se los quitaba por la noche, Miles no dijo nada, se limitó a observar cómo retiraba los guantes, él solía tener cortes y arañazos, eran molestos, pero al ver lo que había estado escondiendo, le cambió el rostro.
No era una simple manchita, eran todas las manos, incluidos los dedos.
No pudo evitar sentir lástima, y pensó que era más vergüenza que precaución el uso excesivo de los guantes.
—Gracias por confiar en mí —dijo.
Ella asintió con un nudo en el estómago.
«¿Estaré cometiendo un error?».
«Miles parece un buen hombre, seguro que ha tenido accidentes».
Prim metió los dedos en cada tiesto, sintiendo como había tierra más húmeda, que necesitaba poca agua o nada, y otra más seca, que, dependiendo del tipo de planta, se regaba una cantidad más generosa o escueta.
Al terminar se sintió feliz, no recordaba todo, pero sí mucho, y había aprendido a catalogar la humedad de la tierra en una escala de cinco: muy húmeda, húmeda óptima, poco húmeda, seca, muy seca, lo cual ayudaba mucho a mantener la tierra perfecta para cada planta.
—No puedo creer que vayas a ir al Amazonas, dicen que es la mayor selva del planeta.
—Así es, y el sueño de todo botánico.
—Solo de los aventureros —añadió Prim, risueña. Se sentía muy cómoda con él, le recordaba mucho a su amiga Danielle, siempre sonriente y positiva.
—No te falta razón. Me gusta esto, cuidar de mis plantas, pero tras unos meses, se vuelve monótono y repetitivo.
—Entiendo —dijo Prim, ella llevaba haciendo las mismas cosas desde hacía años. Leer, bordar y tocar el piano. Disfrutaba de la lectura, más de unas que de otras; bordaba con gracia, y tocaba decentemente, mas no le apasionaba ninguna de las tres.
—Me gustaría enseñarte algo —dijo Miles de pronto—, tengo unas plantas que debo mantener aisladas, son muy delicadas y especiales, ¿te gustaría verlas?
A Prim se le iluminó el rostro.
—Estaría encantada.
—Aún me queda trabajo aquí, iré con las últimas luces del día. Es su hora favorita, están en el ala oeste, en la última habitación, está toda acristalada, incluso se ve la puesta de sol.
Prim se removió inquieta, esa parte de la casa estaba cerrada, y entrar sola en su busca no le parecía del todo buena idea.
Pero cuando mencionó la puesta de sol, saltaron todas las alarmas, eso sonaba romántico, y por más que disfrutara de su compañía, él no despertaba nada en ella.
Tampoco era una experta, nunca se había enamorado, pero Heida le dijo que sabría reconocerlo, y si no ella, su estómago.
—No sé si es apropiado —dijo, apartándose de él unos centímetros para ganar distancia.
—Oh, no es nada de índole romántica. Esas plantas se abren al ocaso. Si no te sientes cómoda, puedes decirle a Vivian que te acompañe. Es cierto que el suelo cruje un poco, pero nada más.
Prim sintió una pequeña emoción, nunca había visto flores nocturnas, los libros las describían como hermosas, únicas y mágicas.
—Allí estaré —dijo a modo de despedida.
Dejó los guantes de goma y el delantal en el mismo lugar del que los cogió, se puso los de lana y el chal antes de salir.
El cambio era instantáneo.
Al llegar a la casa, Vivian la interceptó, la condesa y Margareth la estaban esperando para almorzar. Se unió a ellas, aunque no participó demasiado en la conversación, los efectos del madrugón empezaban a ser notorios.
—Puedes retirarte a descansar —le dijo Margareth tras el tercer bostezo.
—Me temo que no he dormido mucho —se excusó avergonzada.
—No te preocupes. Duerme un rato —la animó la condesa.
Prim, cohibida pero agradecida, se marchó. Tan solo llevaba unos minutos tendida en la cama cuando se quedó dormida.