Capítulo 6 #2
«Si la marquesa conocía a la muchacha, ella también».
«Puede que sepa algo».
«O simplemente no sea una cotilla y no le importe lo más mínimo».
—O su tía —dijo la condesa—. La conocí hace años, no creo que aceptara de buena gana que su sobrina se casara antes que su hija.
El comentario llamó la atención de Prim, quien levantó la mirada del plato y la fijó en la condesa.
—Tiene sentido. Espero que llegue a su destino y contraiga nupcias con aquel que la haga feliz. Es una buena chica —dijo Margareth dando el tema por zanjado.
—Señorita Rose, está muy callada, ¿usted la conocía? —preguntó Anabeth.
—Me temo que no coincidimos —dijo con voz temblorosa. Al ver a Anabeth entrecerrar los ojos observándola, añadió—: Creo que he cogido algo de frío, el cambio de temperatura al salir del invernadero es muy brusco.
—En efecto, debes tener cuidado con eso. Pediré que te preparen un té de hierbas con el postre —dijo poniéndose en pie.
—Oh, no es necesario.
—Tonterías. No permitiré que enfermes, no bajo mi techo.
Una sensación caliente se instauró en el pecho de Prim, no estaba acostumbrada a que se preocupasen por ella o la cuidasen. Los ojos se le humedecieron unos segundos, bajó la mirada para ocultarlos.
Anabeth volvió justo para el postre, como prometió, le sirvieron una infusión que casi devuelve a la taza tras probarla, estaba malísima.
Miles se carcajeó al verla.
—Sabe a rayos, pero es efectiva —dijo.
—Sois unos exagerados —dijo Anabeth.
Margareth, por curiosidad, se acercó y aspiró el aroma que desprendía la taza medio llena. Arrugó la nariz al punto, se compadeció de su amiga, si sabía igual que olía, sería asqueroso.
—No tienes por qué tomarla —dijo Lucien, quien no solía tener un papel muy activo durante las cenas.
—El pudín camuflará el sabor —dijo Miles, hundiendo la cuchara en el pudín y llevándose una generosa cantidad a la boca.
Prim siguió su consejo, y, por vergüenza, se acabó toda la infusión. Por un momento sintió que tendría que salir para vomitar, su estómago rechazaba aquella mezcla, pero la contuvo.
Tras el postre, pasaron al salón de recreo, la mesa de juego seguía en el mismo lugar del día anterior y un antiguo piano al fondo.
El estómago volvió a revolverse, se preguntó si sería la infusión o los nervios; fuese lo que fuese, lo ignoró.
Anabeth no le dio tregua, a los pocos minutos, le solicitó que amenizara la velada con una pieza.
Prim se sintió inquieta y nerviosa, hacía mucho que no tocaba, por otro lado, alejarse le brindó la oportunidad de relajarse un poco.
Nunca fue demasiado buena, no como su nueva amiga Emily, un prodigio con las teclas.
La conoció semanas atrás, al inicio de temporada, era una joven hermosa con un talento innato, como si hubiera nacido para ello.
Suspiró recordando aquella melodía suave y melódica que conseguía envolverla como un abrazo cuando tocaba para sus amigas, siempre la misma canción.
Con la esperanza de que las clases que había tomado años no se hubieran borrado de su memoria, abrió la carpeta de cuero marrón llena de partituras que descansaba sobre el piano, parecía antigua.
Las hojas amarillentas confirmaron sus sospechas.
Empezó a ojearlas buscando una que ya hubiera tocado antes.
—¿Buscas alguna en particular? —dijo la voz del conde, quien no había dejado de observarla durante toda la noche con esa profunda y oscura mirada que le volvía las rodillas de gelatina.
Prim dio un respingo, ¿cuándo había llegado hasta ella? No lo escuchó. Ese hombre era un experto en aparecer de la nada y acelerarle el corazón.
—Solo alguna que me sea familiar.
—Están algo anticuadas, eran de mi padre.
Prim sintió algo extraño en el estómago, sentía mucho respeto por los que se habían ido y por sus cosas. Manosear sus partituras la hacía sentir como si estuviera profanando sus posesiones. Cogió la que tenía en ese momento en la mano y cerró la carpeta con sumo cuidado.
—La encontraste.
—Esta no parece muy compleja —dijo colocándola en el atril y ojeando las notas.
Sentirse observada la ponía aún más nerviosa.
Inspiró con fuerza y frotó las manos.
—¿Vas a tocar con los guantes? —preguntó él.
«No pretendía hacerlo hasta que te has acercado», pensó ella.
Si se los quitaba, vería las quemaduras, su piel seguía enrojecida, pero tocar con los guantes era un imposible, sus dedos aún se entumecían, y no había recuperado la movilidad al completo.
Estaba en un callejón sin salida.
—Discúlpeme, lord Ravenshaw, hace mucho que no toco y me sentiría más cómoda sin espectadores —dijo tratando de sonar lo menos impertinente posible.
—Por supuesto, disfrutaré de la música con los demás —dijo antes de marcharse al centro del salón, donde todos, impacientes, esperaban que la melodía los envolviera.
Prim no se hizo de rogar, se quitó los guantes con delicadeza y rezó porque nadie se volviera acercar hasta allí.
Tocó nerviosa, más concentrada en donde estaban los anfitriones que en las teclas. No fue un completo desastre, pero nadie le pidió que tocara otra pieza, lo cual agradeció, pues sentía que, de un momento a otro, iba a vomitar toda la cena.
Se unió al resto, no pudo expresarle a Margareth su malestar, pues lord Miles anunció que tenía algo importante que contar.
—Mi próxima expedición será en dos semanas, por el Amazonas.
Anabeth perdió el color de golpe.
—Enhorabuena —dijo la marquesa.
—Suena emocionante —dijo Prim.
—Peligroso es la palabra correcta. ¿No había un lugar más lejano?
Los hermanos ya sabían que reaccionaría así, nunca se tomaba bien que viajara a destinos con cierto riesgo.
—Es un sueño hecho realidad.
Anabeth no se cortó en expresar su malestar. Margareth alegó que era tarde, ella y Prim se retiraron dándoles la intimidad que merecían.
Prim vomitó el té, el postre y la cena nada más entrar en su habitación.
—Señorita Rose, ¿se encuentra bien? —preguntó Vivian.
—Sí, ya estoy bien.
—¿Quiere que le prepare una tisana? —preguntó realmente preocupada. Prim estaba pálida y tenía la piel perlada de sudor.
—¡No! Nada de infusiones.
Sospechaba que había sido el asqueroso brebaje el que le había revuelto el estómago, los nervios acumulados durante toda la cena no ayudaron.
Vivian asintió, se tomó su tiempo en despeinarla y desvestirla, no quería dejarla sola hasta asegurarse de que estaba bien.
Como en todas las ocasiones, Prim se cuidó de que la doncella no viera sus marcas, solía quedarse en camisola y cambiarla por el camisón una vez que ella se había marchado o estaba a punto de hacerlo, ya que la camisola era más tupida y la cubría mejor.
Por las mañanas, la mandaba a estirar el vestido que se pondría mientras volvía hacer el cambio, esta vez a la inversa.
—Ya tiene mejor color —dijo una vez terminó.
—Gracias. —Era muy consciente de lo que había hecho.
Las lágrimas brotaron en cuanto la doncella cruzó el umbral. No estaba acostumbrada a que nadie se preocupase por ella, menos aún unas desconocidas.
Entre lágrimas de tristeza y emoción se durmió.