Capítulo 6
Rosa:
Emblema de Inglaterra desde la unión de las casas de York y Lancaster.
Lucien se había escondido en uno de los salones del ala oeste para evitar así volver a cruzarse con nadie esa tarde. Al final, su madre lo convenció para que atendiera al afinador de pianos, casi dos horas de pie sin nada más que hacer que mirar trabajar a aquel hombre calvo y regordete.
La luz en esa parte de la casa era magnífica a esa hora, se podía observar el atardecer a través de las cristaleras.
Suspiró derrotado, llevaba años tratando de dar con la solución a sus problemas financieros, arreglar esa parte de la casa y recuperar el esplendor que tuvo antaño.
No todo estaba perdido, pero las inversiones seguras daban poco beneficio.
—Otra vez escondido —dijo Miles, apoyado en el marco de la puerta, interrumpiendo sus cavilaciones.
Hacía un rato había estado dibujando, pero llevaba algunos minutos abstraído, sin hacer ni un solo trazo.
—Parece que alguien no capta la indirecta.
—Solo te quedan dos semanas de seguir aguantándome —dijo acercándose a su posición.
—¿Dos semanas? Pensé que esta vez te quedarías más tiempo.
—Ha surgido algo. No puedo desaprovechar la oportunidad.
Lucien suspiró, su hermano vivía sin miedo ni preocupaciones. Solo tenía que ocuparse de él mismo, que no era poca cosa en algunos de sus destinos.
—¿Dónde será esta vez?
Una enorme y plena sonrisa se dibujó en su rostro.
—Al Amazonas.
—Díselo a madre una vez se hayan ido las invitadas. No le va a gustar.
—Precisamente por eso creo que será mejor hacerlo esta noche.
Lucien negó con la cabeza, la de esa noche no iba a ser una velada tranquila.
—Lo harás te diga lo que te diga, ¿no?
—Oh, vamos, estoy feliz. —Lo abrazó con efusividad y cariño—. Haré mi sueño realidad.
—Me alegro mucho por ti. —Le hubiera gustado poder devolverle el abrazo, pero tenía los brazos inmovilizados por el agarre.
Miles lo soltó.
—He trabajado mucho, esta es mi recompensa. Tú también mereces una. Quizá la señorita Rose sea la tuya enviada por los dioses —dijo con teatralidad sentándose a su lado.
—Estoy seguro de que tienen mejores cosas que hacer que estar pendientes de nosotros.
—De ti quizá, tienes una vida muy aburrida.
Lucien sintió el impulso de tirarle el carboncillo a la cabeza, mas no lo hizo. Su hermano tenía razón, con el condado y las responsabilidades se habían esfumado el entretenimiento, las juergas y la alegría.
—Mi intención era animarte, y pareces incluso más melancólico que antes.
—Están siendo unos días complicados.
—¿Tiene que ver con cierta señorita?
—No —dijo molesto, su hermano estaba muy pesado—. Un par de arrendatarios me han dicho que no saben si van a seguir, se quejan de las condiciones que tienen aquí y hablan de mejoras en otros condados.
—Ya sabes mi opinión al respecto.
Sí, la sabía de sobra, era la misma que la de su madre, casarse con una dama con una gran dote, aunque tenían ligeras variaciones. Su madre insistía en ir a Londres, y Miles, a América.
—He intentado evitarlo, pero no encuentro otra solución.
—No sé por qué te resistes, ¿acaso esperabas casarte por amor?
—No, pero sí con alguien que me gustara.
Miles se mordió la lengua.
—De entre todas las debutantes, alguna te gustará.
—Puede que sí, pero ¿me habría fijado en ella en otra circunstancia? No es algo que surge sin más, es forzado. Y muy posiblemente, a ella le guste más mi título que yo.
Miles se recostó sobre el sofá, meditó sus palabras admirando la obra de su hermano. Desde pequeño le gustaba pintar, con los años había perfeccionado la técnica hasta hacer retratos tan exactos que parecía que la persona iba a salir del papel.
—Entiendo porque lo has estado postergando, pero no creo que tengas más opciones.
—Lo sé.
Miles tomó el retrato que había sobre la mesa y se lo acercó a la cara para ver los detalles. Rose le devolvía la mirada con expresión dulce y a la vez misteriosa.
—Has captado muy bien su esencia.
—Me intriga.
Miles volvió a morderse la lengua. Ya casi no entraba claridad por la ventana y pronto sería la hora de cenar.
—No estará aquí eternamente… Me marcho ya —dijo al tiempo que se ponía en pie. El suelo crujió a sus pies.
—Voy contigo.
Sin luz, esa habitación era como cualquier otra.
Prim repitió vestido esa noche, en Londres la desprestigiarían por algo así, por suerte, estaban bastante lejos.
Esta vez fue ella quien fue a buscar a Margareth.
—He tenido un imprevisto —dijo sin especificar nada.
La marquesa lucía impecable, como siempre, peinado regio y vestido sofisticado pero atrevido. Estaba sentada frente al tocador eligiendo qué colgante se pondría esa noche.
Prim no tenía grandes joyas, un antiguo colgante de su madre y unos pasadores que le regaló Heida, ambos se quedaron en casa de sus tíos. Le hubiera gustado tener la oportunidad de llevárselos.
—¿Ha pasado algo en el invernadero que deba saber? —preguntó Margareth mientras se colocaba los pendientes. No habían estado a solas hasta ese momento.
—La mitad del tiempo he estado sola, después, lord Miles me ha ido revelando el nombre de algunas plantas.
—No te encariñes. Nos vamos en unos días.
Prim asintió esquivando su mirada. Algo se removía en su estómago. Allí vivía una mentira, no era perfecta, pero no era la cruel realidad a la que se enfrentaría cuando se marcharan.
—¿Sabes algo del carruaje? —preguntó.
—No mucho, ayer lo trasladaron al pueblo.
—Los Ravenshaw están siendo muy amables acogiéndonos.
Margareth se levantó, era una mujer hermosa y cuidaba su aspecto detalladamente. No abusaba del maquillaje, pero realzaba sus facciones. Y siempre combinaba a la perfección vestuario, peinado y joyería.
—Primrose.
—No me estoy encariñando, Margareth, solo digo que parecen buenas personas.
—Eso no cambia nada —dijo con la mano en el pomo de la puerta.
—Lo sé.
Juntas recorrieron el largo pasillo en silencio, Margareth no hablaba con libertad en ningún lugar que no fuera una de sus habitaciones. Prim seguía preguntándose si solo era precaución o había algo más.
—Por fin llegáis —dijo Anabeth al verlas entrar al salón.
—Mis disculpas, me he entretenido —dijo la marquesa, que no disimuló en recorrer el salón.
—No eras la única, al parecer —dijo la condesa con mala cara mientras su hijo mayor saludaba a las damas con una leve inclinación de cabeza y besaba sus enguantadas manos.
—Solo han sido unos minutos —dijo Miles tras ellos. Al igual que su hermano, saludó a las damas con un pequeño matiz, tras él ocultaba una espléndida rosa roja que entregó a Prim tras dejar un casto beso en el dorso de su mano—. Una rosa para la más bella del rosal.
—Muchas gracias, lord Miles —dijo, con una sonrisa que dejaba ver todos sus dientes, al tiempo que la aceptaba y la acercaba a su rostro para olerla.
Lucien no perdía detalle, miradas de complicidad, sonrisas de agradecimiento, y el aguijonazo de los celos volvió.
—Qué caballeroso por tu parte —dijo su madre.
—Es lo mínimo después de que esta mañana le manchara el vestido.
Anabeth, tras poner el grito en el cielo y asegurarle que una de las doncellas lo dejaría impecable, dio paso al comedor.
Se interesó por la impresión de Prim tras visitar el invernadero.
—Es maravilloso. Hay plantas que no había visto ni en libros.
—Puedes volver mañana y ayudarme.
—Será un placer —respondió, con el rostro iluminado, justo antes de dar un largo sorbo de agua. Se había precipitado tragando antes de terminar de masticar bien y sentía un nudo en la garganta.
—Te dejaré uno de mis mandiles, así no te mancharás —dijo la condesa.
Al igual que el conde, Margareth no perdía detalle de todo, le preocupaba la actitud alegre y despreocupada de Prim.
Un desliz podría dejarla en evidencia. Cambió de tema para alejarla del foco.
Disfrutaron de un primer plato con una conversación dinámica, agradable y nada problemática, pero con el segundo, otro tema surgió.
—Mañana llegará el Times con las últimas noticias de la capital —dijo Anabeth. Recibían correo dos veces por semana, y solo una de ellas iba acompañada del noticiero preferido del país.
—Tengo curiosidad. ¿Habrá encontrado el duque a su sobrina?
No hacía falta más, todos sabían a quién se refería. Aun así, Margareth interpretó su papel.
—Me temo que, con tan pocos datos, estoy perdida.
Prim mantuvo la mirada fija en el plato y las manos ocultas bajo la mesa, hizo todo lo posible para que nadie notara su nerviosismo.
—La sobrina del duque de Whitebell ha desaparecido, nadie sabe dónde está, el duque puso un anuncio en el periódico ofreciendo una recompensa a cualquiera que facilite información sobre su paradero —explicó Anabeth.
Margareth abrió mucho los ojos.
—¿ Lady Primrose? Qué terrible noticia. Es una joven encantadora.
—¿La conoces? —preguntó Anabeth, sorprendida. La desaparecida era una debutante y Margareth había sido exiliada de la alta sociedad hacía años.
—En efecto. Es muy buena amiga de la duquesa de Harmont.
—Parece que está muy bien relacionada —dijo Anabeth—, he oído que también mantiene amistad con la pupila de los duques de Hardwild.
Prim se llevó un trozo de col a la boca, quizá masticando algo lograse templar sus nervios, estaban hablando de ella.
—Estás muy bien informada —dijo la marquesa, con una de sus cejas alzada, mientras partía un trozo de carne.
—No eres la única amiga que tengo en la capital, y ellas no son tan herméticas.
Lucien tosió, no estaban solas.
—¿Y te han contado ellas dónde está lady Primrose? Seguro que tendrán sus propias teorías.
—Me temo que sus últimas cartas fueron antes del acontecimiento en cuestión —dijo con desilusión mientras se llevaba la copa a los labios. Dio un largo sorbo.
—Estará de camino a Gretna Green con algún lord que su tío no aprobó —dijo Miles.
Lucien se mantenía en silencio, su mirada volvía continuamente a Prim, quien estaba muy callada; no es que fuera demasiado extrovertida, pero la noche anterior al menos estaba pendiente de la conversación; en ese momento, aunque su cuerpo estuviera allí, su mente parecía estar en otro lugar.