El renacer de la primavera Capítulo 5
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Capítulo 5

Orquídea Drácula:

Sus flores son exóticas y peludas, similares a un dragón o una cara de mono.

Son muy difíciles de cultivar. Requieren condiciones frescas, húmedas y con luz indirecta.

Cuando Prim abrió los ojos, Margareth ya no estaba, pero había dejado su olor a perfume caro e intenso en las sábanas.

Su comportamiento era aún más extraño desde que llegaron a Oldraven Hall.

Nada más poner un pie en el suelo fue hasta la ventana y abrió la cortina. El día estaba gris, como ella, a medio camino entre la luz y la oscuridad.

Tiró del cordón de servidumbre, Vivian no tardó más de unos pocos minutos.

—Hoy ha madrugado más, señorita Rose.

Ese nombre seguía resultándole extraño y lejano. Siempre había sido Prim, o Primrose en los eventos formales.

—Quiero aprovechar la mañana —dijo mientras se sentaba frente al tocador.

—Hoy hace un día espléndido para pasear, ¿no le parece, señorita Rose? —dijo Vivian.

Prim observó su reflejo en el pequeño espejo frente a ella, si lo que pretendía era que le revelase sus planes para esa mañana, se iba a sentir muy decepcionada con su respuesta.

—Así es, un día espléndido.

Vivian agachó la mirada, centrándola en su melena hasta que estuvo perfectamente peinada. Tenía buenas manos, ágiles y rápidas. La ayudó a ponerse uno de sus vestidos de día, eran algo más gruesos a lo que estaba acostumbrada, cálidos y confortables.

—Es muy bonito, señorita Rose. Sin duda, en la capital se encuentran las mejores modistas del país —dijo mientras terminaba de ajustar bien los cordones de la espalda.

—Los vestidos de la condesa son exquisitos, ¿son locales? —dijo tratando de desviar el foco de atención lejos de ella.

—Sí, Olivia estuvo unos años en Londres, pero cuando su madre enfermó, volvió al pueblo. —Anudó los cordones y alisó un poco la parte trasera de la falda—. Todas las damas de la zona celebraron su vuelta.

—¿Se recuperó? —preguntó Prim mientras avanzaba hasta uno de los baúles en busca de un chal.

—¿Quién? Oh, no, señorita Rose, no se agache. ¿Qué necesita? —dijo colocándose a su lado.

—La madre de Olivia. Ya lo tengo —dijo mostrando un bonito chal amarillo salpicado de pequeñas flores bordadas.

—Oh, sí, siempre está en el taller ayudándola.

Prim sonrió al tiempo que abría el chal y cubría sus hombros.

Vivian caminó tras ella sin decir nada más. En algún punto entre la habitación y el comedor desapareció.

Fue directa al aparador y se sirvió un copioso desayuno. Al llegar a la mesa frunció los labios, había dos tazas vacías y dos platos sucios.

Tomó asiento y, en silencio, comió preguntándose si no se había cruzado con los Ravenshaw por poco, o el servicio era más descuidado de lo que parecía a simple vista.

Se sirvió una taza extra de té, era bastante fuerte y amargo, lo endulzó con dos cucharadas de azúcar. Se lo tomó con inusual rapidez, ajustó su chal y se puso en pie. Estaba impaciente por descubrir qué habría en el invernadero.

No le costó encontrarlo, como le dijo el conde el día anterior, se veía nada más salir.

—Hola —saludó con timidez desde la puerta.

—Pase sin miedo, señorita Rose, las carnívoras están por el otro lado —bromeó Miles, asomando la cabeza tras unas frondosas plantas.

Prim ensanchó su sonrisa. El olor floral invadió sus fosas nasales con el primer paso, la temperatura era más alta que fuera, aflojó el agarre del chal y este se deslizó por sus brazos hasta arremolinarse en el pliegue de sus codos.

Los grandes paneles de cristal dejaban pasar la luz sin filtro, iluminando las flores como si estuvieran en un gran jardín, solo una parte al fondo estaba en penumbra.

Recorrió el camino mirando a un lado y a otro sin perderse detalle hasta llegar a Miles, quien comprobaba la humedad de la tierra y regaba con la precisión de un experto.

—Esta orquídea es terriblemente delicada.

Como coleccionista, aunque no las poseía todas, sí que tenía una amplia variedad de orquídeas.

—Es preciosa —dijo ella, admirándola. Era de un tono oscuro y nunca la había contemplado con esa peculiar apariencia.

—Lo es. Si quiere, puedo darle un par de trucos —dijo hincando los dedos profundamente en el tiesto contiguo.

—Eso sería fantástico —dijo observando como metía un vaso medidor en el cubo de agua, vertía el sobrante y con la cantidad precisa regaba la planta con sus giros completos de trescientos sesenta grados alrededor del tallo.

—La clave está en el compost.

—Oh, nunca lo habría imaginado —dijo con los ojos brillantes. Se sentía muy afortunada de poder contar con los consejos de un experto.

—Aunque te advierto que necesita cuidados constantes.

Un carraspeo interrumpió la conversación. Habían estado tan absortos que ninguno se percató de la llegada del conde.

Miles ensanchó su sonrisa antes de hablar.

—Debe ser muy importante si has venido hasta aquí.

Prim se sintió algo incómoda, era un asunto entre hermanos. No podía marcharse, y darles la espalda sería maleducado. Hizo lo único que se le ocurrió para brindarles un poco más de privacidad, dio un pequeño paso hacia atrás, insuficiente pero voluntarioso.

—Necesito tu ayuda.

Miles abrió mucho los ojos.

—¿Para qué exactamente?

Lucien desvió la mirada hacia la joven, que contemplaba unas flores con la cabeza totalmente girada en dirección contraria a donde ellos estaban.

Esta vez quien carraspeó divertido fue Miles. Lucien lo miró con cara de pocos amigos.

—El piano pesa demasiado.

Miles bufó.

—Trasladarlo es una locura. Demasiado esfuerzo para solo una noche.

—Lucien no se inmutó, él opinaba igual, pero su madre estaba encaprichada y ya había hecho llamar al afinador.

Esa misma mañana había mandado a un lacayo al pueblo con dos caballos y la tarea de no volver solo—.

Está bien —claudicó Miles dejando caer el vaso en el cubo, unas gotas salpicaron el vestido de Prim—.

Discúlpeme, señorita Rose, no calculé bien.

—Oh, no se preocupe, solo es agua.

—No estoy acostumbrado a tener invitadas aquí.

—No es nada, ya ni se aprecian —mintió, las gotas seguían en el mismo lugar.

Lucien observaba la naturalidad con la que interactuaban, y por primera vez sintió el aguijonazo de los celos.

—La compensaré —dijo Miles. Lucien tosió evitando que Prim contestara—. Volveré en un rato, puede curiosear todo lo que quiera.

Los dos hermanos se marcharon. Sin nadie que la observara, se relajó. Paseó despacio, mirando todo a su alrededor y olfateando aquí y allá. Reconoció algunas flores, otras eran totalmente nuevas, reprimió el impulso de tocarlas, saber si eran suaves o rugosas.

—Exactamente, ¿cómo piensas compensarla? —preguntó Lucien adentrándose en la casa.

—Ya estabas tardando en preguntar.

Abrió la puerta del ala oeste, siempre estaba cerrada, no con llave, pero nadie entraba nunca allí, nadie salvo el conde.

—¿Qué insinúas?

—Pareces muy interesado en la señorita Rose.

El olor a cerrado le hizo arrugar la nariz.

—No soy yo quien coquetea con ella —dijo tras unos segundos.

Miles se carcajeó y palmeó el hombro de su hermano.

—¿A eso lo llamas coquetear? Necesitas salir más de aquí.

El suelo crujió con su pisada. Esa parte de la casa estaba muy descuidada.

—Quizá tengas razón.

—¿En que te interesa nuestra invitada, o en que necesitas salir más? No me queda claro —dijo con sonrisa pícara.

—A mí no me interesa nadie.

—Te conozco, Lucien, sé cuando algo te gusta.

—¿Intentas averiguar si tendrás competencia? —preguntó incapaz de negar ni afirmar.

—¿Eso estás haciendo? —preguntó socarrón. Se estaba divirtiendo. Los días allí solían ser bastante anodinos y hacía mucho que su hermano no mostraba interés en nadie ni nada.

Los pies del mayor se quedaron inmóviles en el suelo, se volvió a confrontarlo con cara indescifrable.

—Déjate de juegos, Miles.

—No me interesa la señorita Rose, ¿puedes tú decir lo mismo? —preguntó alzando la ceja.

Lucien no contestó, tampoco era necesario, los dos sabían la verdad. Llegaron hasta la habitación en la que se encontraba el piano, dos lacayos esperaban apoyados en él. Se enderezaron en cuanto el conde entró.

—Está muy mal —dijo Miles.

—Mientras suene.

—Comprueba que no le falte ninguna tecla, no vamos a acarrearlo por media casa para nada.

Lucien negó, él ya había comprobado su estado. No era el mejor, pero serviría.

Entre los cuatro lo levantaron; pesaba, pero podían moverlo sin problema.

—Deberías casarte, tus problemas se solucionarían y te mejoraría el carácter —dijo Miles, intentando no tropezar. Con el piano no veía nada, para los lacayos era peor, andaban de espalda.

Lucien lo miró mal; confiaba en su personal, pero había cosas de las que prefería no hablar en su presencia.

—A mi carácter no le pasa nada.

—Eso dices tú.

—Basta ya de tonterías —dijo en tono autoritario.

Caminaron en silencio, sin más sonido que el de sus pasos, los crujidos de la madera y el roce de sus chaquetas.

Dejaron el piano en el salón y su madre apareció por arte de magia.

—Está muy deteriorado.

—Servirá —dijo el conde, sacudiendo el polvo de su chaqueta—, encárgate del afinador.

—Por supuesto, vosotros ya habéis hecho bastante.

—Vuelvo al invernadero, ¿me acompañas? —preguntó a su hermano.

Lucien asintió, no tenía intención de ir con él, pero le servía como excusa para dejar sola a su madre.

Cada uno volvió a sus quehaceres. Miles entró en el invernadero y descubrió a Prim con los ojos cerrados y la nariz metida en una gardenia.

—¿Huele bien?

Prim dio tal respingo que casi se cae de espaldas.

«¿Qué les pasa a los Ravenshaw? ¿Se han propuesto matarme de un susto?», pensó.

—Siento haberla asustado. Hoy no es mi día. Primero le mancho el vestido y después casi le provoco un ataque al corazón.

—No le he oído entrar, lord Miles —dijo aún con el pulso acelerado.

—Solo Miles. Si me permite el atrevimiento, me gustaría proponerle dejar los formalismos a un lado. Confesaré que, entre mis viajes y lo aislado que está Oldraven, he perdido toda la práctica.

Prim sonreía con incomodidad, no era habitual que un caballero hiciera tal propuesta a una dama nada más conocerla, pero ella ya no era lady Primrose, la sobrina de un duque, solo era una dama de compañía, y él un hombre que había descuidado sus costumbres.

—No me importa que me tutee en privado, pero…

—La seguiré llamando señorita Rose frente a mi madre y la marquesa —dijo él, lo último que quería era que su madre se hiciera ideas equivocadas y volviera a darle una charla sobre con quién se podía o no enredar bajo las sábanas.

—Y el conde —añadió Prim, extrañada de que su hermano no estuviera en su lista.

—Me he olvidado de él —mintió. Volvió a retomar la tarea que hacía antes de la interrupción: regar y abonar las orquídeas—. ¿Qué te parece mi guarida? —preguntó con la mirada en la tierra.

—Es magnífica. No he identificado ni la mitad.

—Hay muchas exóticas. Siempre traigo algunas de mis viajes —dijo, comprobando la humedad de la tierra con los dedos.

—Has debido viajar mucho —dijo con ensoñación.

—No tanto, al igual que yo, mis colegas también traen muestras de sus expediciones, solemos intercambiarlas.

—¿De dónde es esta? —preguntó, señalando con el dedo a una corta distancia de los carnosos pétalos.

—Ten cuidado, es delicada y algo nociva; si la tocas, lávate bien las manos —dijo, sin percatarse de que llevaba los guantes puestos.

Prim encogió los dedos cerrando el puño. Agradeció no haber tocado nada.

—Es africana, del sur. Se llama Amarillis belladonna.

—¡Oh! ¿Sabes los nombres de todas? —preguntó entre curiosa e impresionada.

—Sí, aunque no es cosa de un día. Me costó mucho memorizar cada nombre.

—¿Esta cómo se llama?

—¿Me pones a prueba? —preguntó, mientras llenaba el vaso de agua. Al verle la cara, se carcajeó.

Respondió todas sus preguntas, con ella allí, la mañana se le hizo muy amena. Parecía muy entusiasmada y le sugirió que se encargara de regar los tulipanes, Prim solo aceptó con una condición, que él preparara la cantidad de agua.

No se marchó hasta que un lacayo fue a buscarla; la marquesa y la condesa la estaban esperando.