El renacer de la primavera Capítulo 4 #2
20%

Capítulo 4 #2

Prim casi escupe el agua de la boca, Miles no reprimió una de sus efusivas y sonoras carcajadas.

Casi parecían una familia, pequeña, pero con esencia propia.

—Está muy bueno, mis felicitaciones a la cocinera —dijo Prim, ganándose una mirada escrutadora de la condesa. Era un comentario muy acertado, ¿por qué reaccionaba así? La marquesa tampoco reaccionó del todo bien, sus hombros se tensaron ligeramente enderezando su postura.

Lucien no entendía el empeño de su madre en desentrañar qué ocultaban su amiga y dama de compañía. Todo el mundo tenía secretos, no airearlos era lo normal.

Esa mañana acompañó a los hombres que se encargarían de la reparación del carruaje, el daño era considerable, por lo que descartó que todo fuera un ardid para provocar alojarse allí, sin mencionar que estaba bastante retirado, en el camino que lleva a Escocia, lo que confirmaba su historia.

Estuvieron horas esperando en medio de la nada, sin refugio alguno y bajo la lluvia. Era un milagro que ambas estuvieran sanas.

Sus ojos lo traicionaron de nuevo volviendo a ella.

¿Qué tenía esa joven? Era bonita, mucho, pero no era la primera mujer bella con la que se cruzaba.

En su segundo año de universidad ya era un conquistador nato.

Todo cambió drásticamente al instalarse en Oldraven, las deudas, los acreedores, problemas con arrendatarios y una casa que llevaba años sin reforma le quitaban el sueño.

Al final del día pocas ganas le quedaban de cabalgar más de media hora para ir al pueblo, allí solían organizar eventos y bailes, sobre todo en primavera y verano.

—Lucien —lo llamó la condesa.

—Perdona, madre, me he distraído.

—La señorita Rose toca el piano. Podríamos trasladarlo hasta el salón para mañana por la noche. Hace mucho que no disfruto de una velada musical.

Sería complicado y engorroso, sobre todo para los lacayos. Eso sin contar con que tendría que contratar a un afinador, el piano llevaba años olvidado. Demasiado esfuerzo y coste para un rato de música. Finalmente aceptó y se comprometió a que estaría para la noche siguiente.

Su madre se merecía un capricho y él quería ver de lo que era capaz la señorita Rose, y descubrir qué escondía bajo los guantes.

Miles lo miró atónito.

—Me gustaría ampliar el invernadero —dijo.

—No —respondió conciso el conde.

—Te has llevado toda la amabilidad —le dijo a su madre.

—¿Le importa si mañana lo visito? —preguntó Prim con timidez.

—Para nada, yo paso casi todo el día allí. Le haré un tour .

Prim sonrió hasta las orejas, sus ojos brillaban en dirección a Miles, parecía que las plantas le gustaban mucho, o puede que fuera otra cosa. La revelación fue como un puñetazo en el abdomen.

Anabeth volvió a retomar las riendas de la conversación, que giró en torno a lo que ella quiso hasta después del postre.

—¿Os apetece un jerez y una partida al Whist?

—No me gustan las cartas —dijo la marquesa.

—Perfecto, puedes disfrutar de un jerez mientras el resto jugamos.

Lucien negó con la cabeza, un movimiento leve, casi invisible. Miles se carcajeó y Prim se quedó ojiplática.

Ninguno se negó.

El salón estaba casi en penumbra, Anabeth ordenó que encendieran algunas velas más, había tan poca luz que apenas se distinguían los rostros, menos aún las cartas.

Mientras las damas hablaban de las últimas tendencias en moda sentadas en los sofás centrales, Lucien y Miles movieron la mesa del fondo para no dejar a la marquesa aislada. Miles colocó las sillas y Lucien estiró el tapete verde, sacó las cartas y sirvió dos copas de whisky .

Con todo listo, ambos hermanos tomaron asiento, uno junto a otro, y esperaron pacientes a que las damas se unieran a ellos.

—Oh, ya está todo listo —dijo Anabeth, emocionada, poniéndose en pie—. Hacía mucho que no jugaba, siempre somos dos o tres, insuficientes.

Prim se levantó y se sentó frente a Lucien.

—Pensé que harías pareja conmigo —dijo Miles, a su lado, con una sonrisa traviesa.

Prim hizo el amago de levantarse. No se fijó en cómo quedarían las parejas.

—Tarde, querida —dijo Anabeth, sentándose en la única silla libre.

Lucien barajó con destreza y empezó a repartir sin decir una palabra. Las cartas se deslizaban entre sus dedos con precisión y naturalidad, como si fuera un gesto que practicaba a diario y no llevara años sin jugar.

Prim observó como el último naipe quedaba boca arriba.

—Corazones —murmuró Miles con una sonrisa pícara—. Interesante.

—De interesante nada. Un palo como cualquier otro —replicó su madre.

Cada uno tomó sus cartas. Prim no era diestra en el juego, pero conocía lo suficiente como para no hacer el ridículo. A pesar de ello, sentía los dedos algo torpes al ordenar sus cartas. Lucien lo notó.

—No es un juego de prisa —dijo en voz baja, sin mirarla—. Solo de paciencia.

Miles abrió el juego con una carta baja, tanteando el terreno. Lucien respondió muy seguro. Anabeth, con una sonrisa malévola, jugó su baza. Prim no podía superarla, por lo que el triunfo fue de la condesa.

—Bien jugado —comentó Miles, quien formaba pareja con su madre.

Las bazas se sucedieron con rapidez, y pronto el silencio se volvió más denso. Prim empezó a relajarse; había algo reconfortante en aquel orden tácito, en la obligación de observar, recordar, anticipar.

En un atrevimiento, se arriesgó con una carta más alta.

Lucien levantó una ceja y la miró de reojo, mas no dijo nada.

Ganaron esa baza, y Prim, emocionada, no pudo evitar buscarlo, esperaba encontrar una mirada de reconocimiento o una sonrisa, pero Lucien estaba concentrado en sus cartas.

Al sentirse observado, levantó la mirada y una leve curva se dibujó en la comisura de sus labios. Fue un gesto sutil, pero ella lo captó.

En cada ronda se buscaban, tratando de comunicarse sin palabras. Les resultó muy fácil entenderse con miradas y disimulados gestos, como si llevaran mucho más tiempo compartiendo silencios.

Finalmente ganaron por un margen estrecho, Miles terminó todo lo que le quedaba en el vaso y se retiró. No era buen perdedor.

Anabeth se unió a la marquesa para tratar de convencerla y jugar otra ronda. Lucien y Prim se quedaron solos uno frente al otro.

—No juega nada mal, señorita Rose —dijo Lucien mientras barajaba enérgicamente.

—No tiene que mentir. Hemos ganado por usted —dijo con sinceridad. Quizá con un poco de práctica podría mejorar.

—Le falta paciencia. Se precipita al ceder ciertas bazas.

Prim intentó recordar a cuales se refería sin mucho éxito. Tendría muy en cuenta su comentario para la siguiente ronda.

Esta no se produjo, la marquesa no solo se negó a jugar, expresó su cansancio y, por consiguiente, dieron la velada por concluida.

Prim recogía flores bajo la atenta mirada de su madre.

—Mamá, mira, las milenramas ya están abiertas.

—No te alejes.

Una a una fue cogiendo flores hasta formar un frondoso ramo.

Los cascos de un caballo rompieron el embrujo. Era su padre, que cabalgaba hasta ellas a un trote sereno.

—Papá, ¡ya has vuelto! —celebró una voz infantil—. Te he echado de menos.

Levantó los brazos en alto, unas manos agarraron su cintura y la impulsaron hasta él.

La abrazó y la colocó al frente.

—Agarra las riendas con fuerza —le dijo su padre, cediéndoselas.

Rio con entusiasmo; al cogerlas, se le cayeron las flores.

—Oh, no —dijo al tiempo que las soltaba y se inclinaba hacia un lado.

—¡Primrose! —gritó su madre al tiempo que sentía como caía al vacío.

Un fuerte golpe la dejó mareada y con la vista borrosa, mas sus oídos no sufrieron daño alguno. Un poderoso relincho, los cascos golpeando la hierba, un grito agudo y los cascos alejándose con fuerza.

—Prim, despierta —susurró Margareth junto a su oído, un hilo de voz que la sacó de su ensueño. —¿Estás bien? —preguntó con la voz cargada de preocupación.

Prim parpadeó varias veces, tenía la frente perlada por el sudor y la piel más pálida de lo habitual.

—¿Qué haces aquí? —Miró a su alrededor con la respiración agitada y el corazón desbocado.

—Te he escuchado gritar. Es un milagro que no hayas despertado a toda la casa.

Prim se incorporó lentamente apoyando la espalda contra el cabecero, se llevó las manos a la cara, aún sentía el escalofrío recorrer su piel.

—No estás bien —dijo Margareth.

—Ha sido tan real.

Margareth se acomodó junto a ella al otro lado de la cama.

—Cuéntamelo —pidió con todos los sentidos puestos en ella.

Prim respiró hondo y empezó a narrar el sueño: la pradera llena de flores, la caída, los cascos, el abrazo de su padre, la sensación de vacío y miedo. Estaba confusa. Sus padres eran tal y como los recordaba.

—Seguramente sea por lo que pasó esta mañana.

—Sí, seguramente sea eso.

Se frotó los ojos, cansada.

—Me quedaré esta noche —dijo Margareth.

Prim lo agradeció, en esos momentos, aunque no le apetecía hablar, tampoco estar sola.

La marquesa llenó el silencio con algunas anécdotas de esa tarde, poco a poco fue sintiéndose más calmada. Con el grito del viento golpeando la ventana y el susurro de una voz amiga volvió a los brazos de Morfeo.