Capítulo 4
Amapola roja:
Florece al final de la primavera, entre abril y mayo, creando extensos mares carmesí.
Prim llevaba dos horas sentada en la cama, con la mirada perdida en un punto del papel pintado. Había repasado la conversación de esa mañana con el conde más veces de las que le gustaría admitir.
Se había relajado. Y no fue consciente hasta pasado un rato de cuanto. No sabía con exactitud cuáles fueron sus palabras y dudaba de si había dicho o revelado algo que no debía.
No quería confrontarse con Margareth, seguro que ya se había enterado. La había estado advirtiendo, y como una tonta, había errado a la primera.
Suspiró. No hizo nada durante el día salvo el paseo de la mañana, sin embargo, se sentía agotada.
Por la tarde, declinó la oferta de reunirse con la condesa y la marquesa para tomar el té, se excusó en un repentino dolor de cabeza. La realidad era otra, no quería estorbar. Si viera a su amiga después de años, le gustaría disfrutar de algunos ratos a solas, supuso que ellas también.
Alguien tocó a la puerta.
—Soy Vivian, señorita Rose.
La animó a entrar. No iba sola, dos lacayos la acompañaban con dos baldes cargados de agua cada uno.
—No era necesario —dijo ella.
—La condesa ha creído que un baño caliente le aliviará el malestar, y si mejora, podríamos lavar su cabello. Ayer no pudimos con tan poco tiempo, y el agua de lluvia a veces arrastra polvo.
Prim asintió, le ayudaría a relajarse, aunque dudaba de si eso era bueno o malo.
Se cuidó mucho de no mostrar su espalda desnuda, no quería que viera sus marcas. Fingiéndose pudorosa, otra vez, le dijo que terminaría de desnudarse en el baño, que podría bañarse sola sin problema y la llamaría más tarde para la cena.
Vivian, consciente de que no la quería allí, se marchó.
Prim relajó la postura, no se había dado cuenta, pero desde que escuchó el golpe tras la puerta, estaba tan tensa como la cuerda de un violín.
Su estancia el Oldraven se iba hacer larga y pesada. Nunca había fingido ser otra persona. No era lo mismo que entrar en una posada junto a la marquesa y actuar como su doncella durante unos minutos.
Intentó alejar las preocupaciones y se metió en la bañera. El agua casi le cubría todo el cuerpo.
Cerró los ojos y se deslizó por la superficie hasta que su cabeza estuvo bajo el agua. La mantuvo allí hasta que le faltó el aire, salió de golpe agarrándose a los bordes con las manos y llenó sus pulmones.
Tras un par de minutos, repitió el proceso, el agua silenciaba todo a su alrededor y también su ruido interno, despejaba su mente, la vaciaba de pensamientos dañinos y calmaba su corazón.
Una voz, ronca y masculina, llenó el silencio. «Nunca he amado a nadie».
¿Por qué le había dicho aquello? Era algo íntimo. Cierto era que hablaban de amor, aun así, no parecía el típico hombre que desnudaba su corazón a la primera desconocida que se cruzaba, más bien todo lo contrario. ¿Que sabría ella?, hasta ese momento, su intuición no había acertado demasiado.
Agitó la cabeza, lo mejor era olvidarse de todo, al menos por un rato.
Se incorporó hasta estar a la altura de la mesita con los enseres de baño.
Cogió un par de tarros, entrecerró los ojos para poder leer la etiqueta.
Era una tarea imposible, abrió uno, era jabón desmenuzado, cogió un poco y se frotó con él.
Su cuerpo reaccionaba en según qué zonas, nunca se había atrevido a más, y ese día no fue distinto.
Abrió otro de los tarros, era un aceite, se lo acercó a la nariz y la arrugó al instante, olía fatal.
Probó tres más hasta darse cuenta de que, tras los botes de cristal, había una lata que ponía «cabello».
Eran un par de pastillas del tamaño de una nuez cada una, nunca antes las había usado, en casa de sus tíos se usaba un preparado líquido, algo más viscoso que el aceite.
—Siempre hay una primera vez para todo —murmuró humedeciendo una de las pastillas y frotándola en sus manos para obtener la espuma. La llevó hasta su cabellera y empezó a masajear. Repitió la acción un par de veces.
No era de extrañar que los productos fueran distintos a lo que acostumbraba. Los Ravenshaw llevaban años aislados en el campo.
Tras unos minutos, se sumergió y agitó su pelo bajo el agua. Le gustaba esa sensación, en ese momento de pausa no había nada más. Solo ella.
Un brazo tiró de ella.
—Señorita Rose, me ha dado un susto de muerte —dijo Vivian, que la miraba como si fuera un fantasma.
—Me aclaraba el pelo.
—He llamado dos veces, al no contestar, me he preocupado. Al entrar y verla así… —no terminó la frase.
—Estoy bien, no tiene de qué preocuparse. ¿Para qué venía? —espetó molesta por la interrupción.
—He pensado que podría planchar el vestido para esta noche, quería preguntarle cuál usará.
Prim suspiró. si no fuera por las sospechas que Margareth había metido en su cabeza, pensaría que era una joven entregada y minuciosa.
—El rosa.
Vivian asintió y la dejó sola, pero saber que había alguien al otro lado de la puerta no le permitió relajarse por completo.
Dejó caer la cabeza sobre el borde, gotas de agua resbalaban por su cara y su pecho.
Todo sería muy diferente de ser la señora de la casa, no tendría que esforzarse en ocultar sus marcas, y el servicio no ignoraría sus deseos de intimidad.
Años esperando para abandonar el hogar de sus tíos y obtener por fin un refugio, un lugar propio donde ser ella sin miedo, sin opresión, sin máscaras.
Nunca lo tendría. Hay personas que nacen para triunfar y ser felices y otras sencillamente viven con lo que el mundo les ofrece.
Suspiró derrotada.
«Al menos tengo techo y comida, ya es más de lo que tienen algunos».
Se levantó despacio, inclinó la cabeza a un lado dejando caer su larga cabellera, la envolvió con sus manos y empezó a retorcerla en una espiral para sacar el exceso de agua.
Repitió la acción varias veces, después, lo envolvió en una toalla.
Secó su cuerpo con otra, un ritual que conocía a la perfección y que realizaba de manera automática.
Se puso la camisilla y los pololos antes de volver a la habitación.
—Señorita Rose, he subido las tenacillas, se verá fantástica con unos rizos enmarcándole el rostro.
Una hora sentada mientras Vivian le ondulaba el cabello no era lo que más le apetecía y aun así aceptó con una sonrisa.
—Estás preciosa —dijo Margareth mientras caminaban por el pasillo que llevaba hasta el salón donde la familia Ravenshaw las esperaba.
—Gracias, la doncella se ha esmerado mucho.
Margareth la miró con atención, Prim no dijo nada, solo negó con la cabeza, todo iba bien. Apenas había cruzado palabra con ella, y cuando lo hizo, fue en referencia a su preparatoria.
Sus rostros cambiaron justo antes de cruzar el umbral, una sonrisa nada exagerada se dibujó en ellos.
Anabeth las acusó de llegar tarde, Miles alabó la belleza de ambas, mientras Lucien se mantuvo callado, sin mover ni un ápice su posición. Las damas no llegaron a sentarse, era muy cierto que se habían retrasado, por lo que pasaron inmediatamente al comedor.
Ocuparon los mismos sitios del día anterior, Lucien disfrutaba de la mejor perspectiva pudiendo ver a todos en casi todos sus ángulos, aunque su vista se empeñaba en volver al mismo lugar una y otra vez: las manos de Prim, por segunda vez, no se quitó los guantes.
No era casual, se esforzaba por mantenerlas ocultas y pegadas al cuerpo.
Trató de centrar su atención en la conversación, su madre hablaba sobre una antigua amiga en común con la marquesa, mientras Miles se rellenaba la copa de vino y Prim comía sin levantar la mirada del plato.
—Madre, quizá debería hablar de alguien a quien todos conozcamos —sugirió el conde. No estaba siendo muy educado excluirlos.
—Oooh, por supuesto. Disculpadme, pero tanto tiempo sin visitas me ha hecho relajarme en mis modales.
—No creo que haya nadie a quien conozcamos todos —evidenció Miles con una sonrisa traviesa.
—Algún poeta, tal vez —dijo Margareth por encima de su copa justo antes de dar un modesto sorbo. No convenía beber en exceso; aunque solía tomarlo en las cenas y no le afectaba como en su juventud, no correría riesgos innecesarios.
—No me gusta la poesía —dijo Miles—, prefiero los libros de texto, más concretamente los de botánica.
—Hijo, no monopolices la conversación —dijo la condesa, como si no fuera lo que había estado haciendo ella minutos antes.
—¿Podrías prestarme uno? Un libro, me refiero, casi me he terminado el que escogí para el trayecto —preguntó Prim.
Apenas le faltaban unas páginas por leer, y aún le quedaban días para llegar a las Highlands, el viaje era largo y tedioso, leer le ayudaba a escapar unos ratos, por lo que se reservó los últimos capítulos, pero allí tampoco había mucho que hacer.
Un libro sería un buen divertimento, y siendo lord Miles un experto, contaría con ejemplares únicos y exóticos que sin duda disfrutaría.
—Por supuesto, en la biblioteca encontrarás una gran variedad —dijo Anabeth.
—Gracias, condesa.
—No tienes por qué darlas, por fin alguien les dará uso. Mi esposo era un gran lector.
—Como yo —dijo Miles con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos.
—Tú solo lees cosas de plantas, eso no cuenta, es parte de tu trabajo. Como que tu hermano lea el periódico para estar al día de lo que pasa en el país.
Lucien apoyó el codo sobre la mesa, se llevó la mano a la sien y dejó caer el peso de la cabeza.
Su madre y su hermano se comportaban como si no hubiera dos damas sentadas frente a ellos.
Miles no acostumbraba a socializar con la alta sociedad, y su madre parecía tan cómoda con su amiga que olvidaba las normas a su antojo.
—Leer es leer, madre —dijo Miles divertido.
Prim se mordió los labios para ocultar su sonrisa. Las payasadas de su hermano la divertían, con él no parecía tan distante.
—Pues deberías leer más, Anabeth —dijo la marquesa—, alimenta el alma.
—Pues a mí el venado me alimenta estupendamente —dijo antes de llevarse un trozo de carne a la boca.