El renacer de la primavera Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Lucien la miró con una de sus pobladas cejas alzada, mas no dijo nada. Ella seguía con la vista al frente. La brisa había descolocado un par de mechones de su recogido y ondeaban alrededor de su rostro. Por más que se empeñaba en colocarlos tras las orejas, volvían a soltarse una y otra vez.

Ya casi habían llegado a la entrada, solo quedaban unos pasos. Lucien se ofreció a guiarla hasta el invernadero si le apetecía ver las flores, ella declinó la oferta con mucha elegancia. Se había saltado el desayuno y sus tripas llevaban un tiempo rugiendo.

La vio adentrarse en la casa y se quedó abstraído repasando la conversación que acababan de tener. Esa joven, además de bonita, era inteligente.

Se dirigía a su despacho, aún dándole vueltas a sus palabras, cuando su madre lo llamó desde el umbral de la puerta de su salón favorito. No serviría de nada protestar o negarse, ella insistiría hasta que él, por aburrimiento, cedería. Se ahorró todo eso y la siguió hasta el interior del salón.

—Tú dirás, madre.

—¿Qué has averiguado?

Lucien se tensó, cómo no, lo había estado vigilando.

—Salvo que le dan miedo los caballos, nada más —dijo con un regusto amargo en el estómago. No creía que fuera un secreto, nada de lo que habían hablado lo era. Entonces, ¿por qué sentía que traicionaba su confianza?

—Habéis estado una hora juntos. ¿De qué habéis hablado?

—De nada en particular.

Su madre lo miró incrédula al tiempo que fruncía el ceño y llevaba sus manos a las caderas. Era un hueso duro de roer.

Lucien suspiró derrotado.

—Hemos debatido sobre miedos y amor.

Anabeth amusgó los ojos, observó con mucha atención a su hijo, tanto que este se sintió incómodo. Enderezó los hombros y se quitó una pelusa invisible de la solapa de la chaqueta.

—Te dije anoche que te mantuvieras alejado de ella. Sin duda, es tan atrevida como la marquesa, y tú un conde soltero.

—No se trata de eso —protestó, su madre estaba sacando conclusiones precipitadas y del todo erróneas.

La joven no se insinuó en ningún momento, se mantuvo íntegra y respetuosa.

No fue una conversación habitual entre un hombre y una mujer que se acababan de conocer, eso era cierto; sin embargo, no le dio impresión de flirteo o descaro, simplemente eran dos personas compartiendo su opinión.

—Pues explícate, hijo mío, porque desde fuera es lo que parece.

—Tengo cosas mejores que hacer que detallar los pormenores de una simple conversación. Solo puedo decirte que es inteligente y culta. Y ahora, sí me disculpas —dijo a modo de despedida antes de girarse y marcharse.

—Igualito que su padre —murmuró una vez sola.

Meditó todo lo que sabía hasta el momento, y por un instante valoró si Miles tenía razón, ¿y si el aburrimiento le estaba jugando malas pasadas?

Fue solo unos segundos, descartó por completo esa teoría y se levantó. Aún le quedaba un hijo al que advertir.

Cruzó media casa hasta llegar al invernadero, lugar donde encontró a Miles, él siempre estaba allí.

—¿Has venido a ayudarme? —preguntó con una sonrisa y las manos metidas en un tiesto de tierra.

—¿Qué haces? —preguntó extrañada mientras se abanicaba con la mano.

—Airear la tierra.

La condesa puso los ojos en blanco. Su hijo llevaba el cuidado de las plantas a otro nivel, al principio intentó ayudarlo en su tarea, compartir los pocos momentos que estaba en casa, pero era imposible, la corregía constantemente.

Ella ya tenía una edad, y manías muy arraigadas que no pensaba cambiar, al menos no por unas plantas.

—Me vendrá bien alejarme de aquí durante tu estancia.

—Me sorprende que no hayas desistido aún —dijo Miles sacando las manos del tiesto y metiéndolas en un cubo de agua limpia—, sé que las plantas no son tu mayor devoción.

—En absoluto. Pero me mantienen ocupada.

—Lástima de ellas cuando encuentres otra afición con la que entretenerte. —Se secó las manos con un paño.

Empujó el carro de herramientas un par de metros y de él cogió unas tijeras de podar. Observó las bromelias, estaban mejor de lo que esperaba, aunque les sobraban algunas hojas—. ¿Por qué estás aquí?

—Creía ser más enigmática.

—No estarías aquí sin un buen motivo, no con invitadas en la casa a las que atender —explicó sin perder la concentración.

—¿Puedes dejar eso para cuando me vaya? Me gusta que mis hijos me miren a la cara cuando les hablo.

Miles suspiró, dejó las tijeras sobre la base y se enderezó a la vez que se giraba para encararla.

—Tú dirás.

—Anoche te marchaste antes de que pudiera advertirte. —Miles frunció el ceño, desconcertado, tanto que sus cejas parecían una sola—. Hay dos mujeres en casa, no quiero que ni tú ni tu hermano os involucréis con ellas.

—Mamá, ya soy mayorcito para decidir con quién me encamo por mí solo.

Se dio la vuelta algo irritado y siguió con su tarea.

—Ni se te ocurra, ¿me estás oyendo? —preguntó con tono autoritario, pero sin levantar la voz.

—No me interesa ninguna de ellas.

Miles estaba enfadado, ¿solo porque él era hombre y ellas mujeres tenían que intimar? ¿Qué pensaba su madre? ¿Que se encamaba con todas las mujeres que se cruzaban en su camino?

—Está bien. Nos vemos en la cena.

Miles se quedó en el invernadero mientras su madre bajó a las cocinas, aún le quedaban un par de conversaciones pendientes esa mañana.