El renacer de la primavera Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Se fueron dejando todas sus cosas rotas y esparcidas por el suelo, sus libros, su aceite para el pelo, una fragancia floral que usaba en ocasiones especiales y el cepillo de nácar que perteneció a su madre.

Estaba partido en dos, esa noche se durmió llorando, no le importaron el resto de sus pertenencias, pero ese cepillo era una de las pocas cosas que le quedaban de sus padres. ¿Cómo podía ser alguien tan cruel?

Aún se seguía haciendo esa misma pregunta.

—Señorita Rose —dijo alguien sacándola de sus recuerdos.

Prim dio un respingo, trató de retroceder, pero sus piernas no respondieron como debían y cayó de espaldas contra la mullida hierba.

El caballo era dócil pero, Lucien temiendo cómo pudiera reaccionar ante el grito y los aspavientos de la señorita, tiró de las riendas hacia al lado contrario y desmontó para socorrerla.

—Señorita Rose, ¿se encuentra bien? —preguntó inclinado sobre ella.

Prim solo pudo mirarlo un segundo, pues el relincho del caballo captó toda su atención.

—Por favor, aléjelo de mí.

Lucien aún tenía las riendas de Odín en la mano, este solo estaba a un par de metros de distancia.

—Le da miedo —murmuró dando un paso atrás, y otro hasta llegar a Odín, le susurró algo en la oreja, al tiempo que soltaba las riendas, y le golpeó en el costado con la mano. El caballo relinchó e inició un trote tranquilo en dirección a la casa.

Lucien volvió a centrar su atención en la señorita, estaba blanca como el papel. Flexionó sus piernas hasta llegar a su altura.

—¿Está bien?

—Lo ha puesto justo delante de mí, a un palmo de mi cara —dijo sin pensar.

Su corazón aún latía con fuerza. No se acercaba a menos de cinco metros de un caballo, nunca, y ese había estado a apenas unos centímetros.

Su cuerpo se estremeció, un escalofrío la recorrió de arriba abajo.

—Desconocía que le daban miedo.

Lo miró de nuevo, esta vez sin distracciones. Tenía su penetrante mirada fija en ella, se ruborizó al punto. Era un hombre muy atractivo.

—Aunque no fuera así, no es una distancia prudente. Podría encabritarse —explicó.

—Odín es muy dócil.

—¿Odín? ¿Como el dios de los vikingos?

Lucien asintió y una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro. La contuvo.

—¿Conoce la mitología Nórdica, señorita Rose?

—No demasiado, me temo —dijo mientras se enderezaba un poco, aún seguía sentada sobre la hierba. No era desagradable, pero la postura no era muy cómoda.

Lucien se irguió y le ofreció la mano.

Prim no podía negarse, colocó su mano enguantada sobre la de él, sin embargo, no esperaba que el tirón fuera tan fuerte y se desequilibró. Lucien fue más rápido y con la otra mano envolvió su cintura para evitar que volviera a caerse. No le pareció una chica torpe el día anterior.

—Lo siento, no sé qué ha pasado —dijo roja como un tomate, no podía decirle que se había pasado con la fuerza y casi se da de bruces con su pecho.

Dio un paso atrás, cohibida, solo había estado tan cerca de un hombre cuando bailaba un vals, y entonces había un montón de espectadores.

—No pasa nada —dijo él sacudiendo su chaqueta.

Prim hizo lo mismo con su vestido, no sabía qué hacer o decir.

—¿Qué hacía aquí fuera y sola? —preguntó Lucien, cuando la vio hacía unos minutos parecía estar hipnotizada contemplando el bosque.

—Salí a dar un paseo con la marquesa. —Lucien miró a su alrededor—. Se ha marchado hace unos minutos —explicó. Se llevó las manos a los brazos y los frotó con disimulo, se le había olvidado coger el chal, y la brisa, aunque placentera, era fresca.

El gesto no pasó desapercibido.

—Entiendo. La dejaré disfrutar de las vistas en soledad —dijo él.

—Quizá podría acompañarlo hasta la casa, ya que su caballo se ha marchado por mi causa —sugirió finalmente.

—Será un placer —dijo él ofreciendo su brazo.

No es que hubiera estado esperando que cambiara de opinión. Sus tierras no eran peligrosas en absoluto, pero se veía tan frágil y vulnerable que era incapaz de dejarla allí sola.

—¿Le gusta el norte? —preguntó Lucien.

—No estamos tan al norte —empezó a decir.

Caminaban el uno junto al otro, con paso sereno.

Sus brazos estaban enlazados, no había mucha distancia entre ellos, mas no se miraban, mantenían la vista al frente—.

Es bonito, aunque esperaba encontrar más flora en el jardín.

—Era bastante sencillo, algunos árboles frutales, caminos entre la espesa hierba y algunos setos aquí y allá, las únicas flores eran silvestres, que brotaban con rebeldía esparcidas por el lugar—.

No me malinterprete, pero siendo su hermano botánico, creí que sería algo espectacular —confesó con un hilo de voz. Había metido la pata.

—Miles no vive aquí desde que empezó la universidad, solo viene algunas semanas y pasa la mayoría del tiempo en el invernadero. Allí es donde se esconden las flores.

Prim recordó que la noche anterior lo habían comentado. Otro error, la idea de fingir ser muda no parecía tan descabellada en ese momento.

—Quizá pueda ir a verlas.

—Está al otro lado de la propiedad, se ve nada más salir, no tiene pérdida.

A pesar de que la conversación fluía en ambas direcciones, no estaban cómodos. Eran dos desconocidos midiendo cada palabra.

—Gracias por las indicaciones.

Lucien la miró de reojo, con el pelo recogido hacia atrás podía admirar su perfil iluminado por el sol, sus mejillas estaban enrojecidas, sus ojos se veían más claros y sus labios, entreabiertos por la caminata, le resultaron muy deseables.

Volvió la cabeza al frente. Hacía mucho que no estaba con ninguna mujer, por eso su cuerpo reaccionaba de manera desproporcionada. O eso quiso pensar.

—¿Tu miedo a los caballos proviene de algún incidente o es algo irracional? —preguntó para acallar el sonido de la brisa entre ellos.

Prim meditó sus palabras unos segundos. ¿Era su miedo irracional? Acaso no era un sentimiento tan válido y real como cualquier otro, como el amor.

—Entonces. Si una persona ama a otra sin un motivo justificado, ¿también es irracional?

—se arrepintió en el mismo momento en que las palabras salieron de sus labios.

¿Cómo había sido tan imprudente? De pronto, recordó que frente a él no era lady Primrose, sino la señorita Rose.

Se volvió para comprobar si se había escandalizado por su pregunta, no lo hizo.

Se encontró con su mirada de vuelta, pensativa y profunda.

—Supongo. Nunca he amado a nadie —dijo con voz ronca.

Prim abrió mucho los ojos. La brisa volvió a alcanzarlos, agitando sus cabellos y soltando un par de mechones de su recogido.

—No te creo. Tus padres…, tu hermano… —dijo colocando los cabellos rebeldes tras las orejas.

—Eso no es amor.

Sus miradas seguían conectadas, y sus pies anclados al suelo.

—Quizá no es amor romántico, pero es amor —insistió.

Prim no había conocido ese tipo de amor, lo anheló durante un tiempo, incluso creyó que sería su salvación. Ya no albergaba esperanza de encontrarlo, pero estaba convencida de haberlo sentido por sus padres y amigas. Uno diferente, no tan intenso, pero real.

—Basado en el vínculo familiar, un motivo más que justificado, no es irracional. —Lucien volvió el rostro al frente y reanudó el paso.

Prim sopesó sus palabras. Ciertamente, no se ama sin vínculo. No podía rebatirle, pues no contaba con la experiencia para hacerlo.

—Quizá un día, cuando te hayas enamorado, podamos retomar la conversación —dijo Prim.

Lucien enderezó la espalda, un gesto que pasó inadvertido para su acompañante.

Por como hablaba, parecía que ella sí conocía ese tipo de amor, quizá tuviera un amante. Puede que ese fuera el motivo por el cual dejó su familia y asumió el papel de dama de compañía.

—Puede iluminarme con su experiencia —dijo con los labios apretados.

—Oh, no. Yo no. Yo nunca… —no dijo nada más.