El renacer de la primavera Capítulo 3
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Capítulo 3

Lavanda:

Su aceite, aplicado en las sienes, alivia el dolor de cabeza.

Prim se despertó pasada la hora del desayuno, Margareth la obligó a vestirse y la arrastró hasta el jardín.

—¿Qué ocurre? —preguntó Prim asustada.

—A diferencia de ti, he madrugado lo suficiente como para desayunar con Anabeth y me ha enseñado la casa. Estamos alojadas en el ala familiar.

Prim encogió las cejas, eso era muy raro.

—Al principio pensé que era para tenernos controladas, aún no lo descarto del todo, aunque lo más probable sea porque el ala oeste está cerrada.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué está cerrada?

—No he preguntado, pero imagino que porque es una casa enorme donde solo viven dos personas, es estúpido y costoso.

Prim frunció los labios.

—Como la mayoría de nobles, y ninguno cierra media casa sin una buena razón.

Margareth se quedó sorprendida por su razonamiento, tenía razón, aunque fuera costoso y absurdo.

—Hace demasiado que no salgo de Londres, se me olvidan las costumbres del campo. Puede que la estén reformando —meditó en voz alta.

—Muchos nobles están instalando tuberías y bombas.

Margareth sopesó su teoría, mas no tenía cabida, de ser así, la instalación la harían en el ala familiar, así como en la cocina.

—No creo, pero podría ser otro tipo de reforma, o cualquier otra cosa.

Eso no es importante —dijo frenando el paso y girándose para confrontarla—, no entres al ala oeste, Anabeth dice que no es seguro.

Y ten mucho cuidado, intenta no quedarte a solas con ella, te sacará quién eres en menos de una hora.

Prim se molestó un poco por la falta de confianza en ella, aun así, no mostró nada. Llevaba años fingiendo, de otro modo, pero fingiendo al fin y al cabo; podía hacerlo sin problema.

—No te preocupes. Si me quedo a solas, me inventaré alguna excusa para retirarme.

—Perfecto. Otra cosa, no te fíes de la doncella. Le contará todo lo que le digas, aquí todos trabajan para ella.

—Lo sé, una dama debe elegir bien a la servidumbre de su casa si quiere recibir respeto y lealtad.

—Te ha enseñado bien —dijo refiriéndose a su tía—, una lástima que no pudieras casarte.

Prim suspiró, había estado tan distraída desde que llegaron que apenas pensó en su familia. Le dolía el corazón cada vez que su cerebro la traicionaba y se refería a ellos con esa palabra.

—Sí, de nada sirve lamentarse.

—Cierto, el lamento es para los mártires, y tú eres una superviviente, una joven bonita con muchas oportunidades aún.

Prim se giró, sin darse cuenta, habían abandonado el jardín; el camino se había desdibujado casi en su totalidad, estaban rodeadas de vegetación silvestre y el bosque en el que no había reparado hasta ese momento estaba muy cerca. Unos minutos más caminando y llegarían a la linde.

—Quizá sea lo mejor, muchas mujeres acaban encerradas en matrimonios infelices. No todos los hombres son buenos.

—Es un buen punto. Mejor un matrimonio tardío pero feliz que uno instantáneo lleno de dolor —dijo Margareth ilusionada, interpretó sus palabras como que empezaba a creer que aún había futuro para ella.

—Mejor sola y solterona que con un mujeriego borracho —replicó contemplando un ave que volaba de árbol en árbol, se posaba unos segundos como si estuviera comprobando si era confortable y tras eso emprendía vuelo hasta el siguiente, donde repetía la acción.

Buscaba el lugar idóneo para crear un nido, no elegía al azar, comprobaba árbol tras árbol, rama tras rama hasta dar con la perfecta.

Las cosas importantes no se deciden apresuradamente, o sin comparar, requieren tiempo, dedicación y verdad.

El pájaro comprobaba la resistencia dando pequeños saltitos, miraba a un lado y otro, supuso que comprobando si era un lugar muy visible u oculto a depredadores.

En cambio, entre los de su clase, la especie dominante e inteligente, se elegía con mentiras, todo era apariencia, pero nadie sabe qué oculta un hogar mirando solo la fachada.

—No todos son malos, Prim.

—Ya lo sé, pero es difícil identificarlos.

—Ahora lo tendrás más fácil, en Escocia las normas no son tan estrictas.

—Sé que Eleanor se ha casado con un highlander , y no tengo nada en contra de ellos, pero… no creo que mi futuro sea ese.

—¿No crees o no quieres?

Querer. Hacía mucho que dejó de querer, de tener aspiraciones o esperanzas. Hasta hacía unos días solo quería que su prima estuviera de buen humor y la dejara tranquila, ahí residía toda su fe.

—Tengo las costumbres inglesas muy arraigadas.

—Solo es cuestión de tiempo, te adaptarás —trató de animarla.

Margareth no le propuso que se quedara con ella, ni lo haría, valoraba mucho su independencia y privacidad, además, su única residencia estaba en Londres, y ella no podía volver.

—Sí, lo haré —dijo mientras seguía observando al pájaro. Ya había elegido árbol. Desde allí no parecía muy diferente al resto, pero para él debía tener algo único que no tenían los demás.

—Me alegra ver que vas desechando esa actitud melancólica y derrotista, eres joven, te queda mucho por vivir.

—¿Por qué no te has casado de nuevo?

Margareth parpadeó sorprendida por esa pregunta tan inesperada.

—Cuando conoces el amor, no puedes conformarte con menos.

—Me gustaría haberlo conocido, el amor, me refiero.

—Me enerva cuando hablas como si estuvieras moribunda —dijo Margareth abandonando todo formalismo y contención. Era demasiado pesimista, y ella no era precisamente un dechado de positividad.

Ya había agotado la poca paciencia que le dejó Anabeth en el desayuno.

—Lo siento, no pretendo molestarte.

Margareth quiso gritar, no a Prim, al viento, al destino por ser tan malo con ella.

—No quiero que te disculpes y apartes, quiero que agarres las riendas con fuerza e inicies un paso lento pero firme.

—Yo no monto, ya lo sabes.

—Sí, ya sé que te dan pánico los caballos, era una metáfora.

—Lo sé.

Margareth negó con la cabeza, mejor dejar la charla para otro día.

No aguantaba más su tristeza autoimpuesta.

Era muy consciente de su pasado, posiblemente más que cualquier otra persona.

Durante el camino le reveló algunas cosas, pero su situación ya no era la misma, había cambiado y no era capaz de verlo.

Por mucho que intentara que abriera los ojos y contemplara todo cuanto había a su alrededor, no lo lograba.

—¿Cuánto tiempo estimas que estaremos aquí? —preguntó de pronto Prim.

—Según Anabeth, como mucho tardarán una semana en arreglar el carruaje.

Prim inspiró hasta llenar sus pulmones, y lo soltó poco a poco.

—Esto es bonito.

Margareth, a quien no le gustaba el campo, la miró como si hubiera dicho un sacrilegio.

—No sé qué tienen de bonito un montón de árboles.

—¿No notas el aire más limpio, más puro?

—El aire es aire —dijo dándose la vuelta—. ¿Vienes o te vas a quedar mucho más tiempo mirando el bosque?

—Me quedo un rato, si no te importa.

—En absoluto —dijo, y acto seguido se marchó.

Se quedó allí parada, con la vista perdida en aquella inmensa masa verde imaginando cómo les iría a sus amigas.

Su último día con ellas había estado cargado de sorpresas y descubrimientos, unos dignos de celebración y otros de preocupación.

Esperaba que juntas los hubieran solventado.

Les escribiría a ambas en cuanto llegara al castillo.

«Quizá Eleanor tenga noticias recientes».

Le angustiaba que su huida les hubiera ocasionado problemas, el primer sitio donde la buscarían sería con ellas.

No tenía a nadie más, ni una tía lejana, o un primo exiliado, aun así, se sentía agradecida porque Dios hubiera puesto en su camino personas buenas, sin Heida, Danielle y Margareth, nada de eso hubiera sido posible.

En lugar de estar allí, disfrutando del aire limpio y el sol en la piel, estaría encerrada en su habitación.

Su incertidumbre no sería por su futuro, sino por cuándo sería el siguiente golpe que inventaría su prima para torturarla.

Aún recordaba la primera vez como si hubiera ocurrido hacía días y no años.

Estaba sentada en la mesa, cenando con toda la familia, en aquel entonces aún mantenía la esperanza de convertirse en un miembro más, de ganarse el amor de sus tíos y su prima. Qué ingenua.

Tenía quince años, ya llevaba un tiempo con ellos, ese día, tras sus clases, se había encerrado en la biblioteca y, poniendo en práctica todo cuanto había aprendido, les escribió un poema para agradecerles que la hubieran acogido.

En el postre se lo contó, su tía puso mala cara, lo que la dejó confusa, pero su tío se mostró muy complacido e insistió en que lo leyera.

Nerviosa, se puso en pie, sacó el arrugado trozo de papel de la bota, el único lugar que tenía para guardarlo, y lo leyó.

Línea a línea, su voz se iba quebrando, había desnudado su alma en esos versos.

Al terminar miró a su tía, su rostro era indescifrable, pero no parecía contenta; desvió los ojos a su tío, sonreía hasta las orejas y eso le llenó el corazón, por último, miró a su prima.

—Ni siquiera rima, prima. Mejor dedícate a otra cosa —dijo con tono burlón.

—Ha sido precioso, Caroline, y ya es más de lo que has hecho tú. Discúlpate con tu prima —le ordenó el duque.

Caroline obedeció, una disculpa falsa cargada de odio que en ese tiempo Prim no supo interpretar.

Esa noche, cuando todos dormían, Caroline gritó desde su cuarto, se escucharon pasos y puertas abrirse.

Dos minutos después, su tía entró acompañada de su prima y mientras esta última rompía todo cuanto encontraba, su tía la acusó de haber entrado a hurtadillas como una vil ladrona y romper los libros de Caroline, la golpeó en la cara, tan fuerte que tuvo sus dedos marcados durante horas.