El renacer de la primavera Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—¿Qué se supone que voy a hacer con esto en las Highlands? Con el frío que hace allí —murmuró mientras observaba la imagen que le devolvía el espejo.

En el otro extremo de la casa, la escena era muy diferente.

Vivian respondía las preguntas de su señora, quien escuchaba atenta sentada en uno de los sillones de la salita de noche junto a su hijo menor, tras ellos, frente a la ventana, se encontraba el conde con su habitual rígida postura.

—Su educación y modales son exquisitos, su vestuario es nuevo y de la mejor calidad y confección. Incluso la ropa de cama —contaba Vivian mientras se pellizcaba uno de los dedos con nerviosismo.

El conde se removió, el desafortunado comentario lo había llevado a imaginarla únicamente con un camisón, mientras Miles sonreía divertido. Las semanas allí se hacían largas y aburridas, la visita de las dos damas iba a ser un soplo de aire fresco.

—¿Qué opinas, Lucien? —preguntó Anabeth una vez que la doncella se marchó y se quedó a solas con sus dos hijos.

—La ropa podría ser un regalo de la marquesa —razonó el conde.

—Eso no explica su educación, ni por qué mantiene la mirada baja en todo momento —dijo la condesa viuda.

—¿No creéis que estáis exagerando? —preguntó Miles.

—No sé qué pensar —meditó Lucien rascándose la barbilla—, no se ha quitado los guantes para cenar.

—¿Y eso es importante? —inquirió Miles con extrañeza. Hacía mucho que no trataba con la aristocracia, por lo que había olvidado muchas de sus inflexibles costumbres, más aún si no le atañían a él.

—Por supuesto que lo es, deben retirarse para la cena. No me había dado cuenta —dijo Anabeth pensativa.

No era de extrañar, Prim se mantuvo invisible durante toda la cena, solo respondía cuando le preguntaban directamente y no realizó movimientos bruscos que llamaran la atención.

Excepto el tiempo que habló con Miles, ahí parecía una mujer completamente diferente.

Hablaba sin contención, miraba a Miles a los ojos, incluso sonrió en dos ocasiones.

—Quizá no tenga los modales tan exquisitos, la verdad, a mí me parece una joven normal —insistió Miles.

—O puede que oculte algo.

—¿Bajo los guantes? Estáis delirando, los dos —dijo el menor levantándose al tiempo que negaba con la cabeza.

Se despidió y abandonó la sala cerrando la puerta al salir. Su madre tenía una extraña manía con las puertas, siempre tenían que estar cerradas, sobre todo, cuando estaba ella dentro.

—Quizá tenga razón —apuntó Lucien.

—No, conozco a la marquesa desde hace años, esa joven no es su dama de compañía, estoy segura.

—Es posible que… —se quedó callado.

—¿Qué? —Lucien negó, no era algo apropiado para decirle a una madre—. Dilo —le presionó.

El conde soltó todo el aire de golpe, tardó unos segundos en encontrar la mejor manera de decirlo.

—Quizá su afecto es de naturaleza roman… poco común.

Anabeth cogió el primer cojín a su alcance y le atizó con él en la cabeza.

—Si eso fuera posible, ¿no crees que ya lo habría pensado? La marquesa no es de esas, y la señorita Rose tampoco, por como miraba a tu hermano.

—¿Crees que están aquí por otra razón? —preguntó centrándose en lo que le interesaba: por qué estaba allí. El resto le era indiferente. Sus padres colaboraron con la corona años atrás como espías, al igual que la marquesa y su difunto esposo. Le inquietaba que estuviera allí por petición real.

—No, si están aquí es porque no tuvieron otra opción. Estoy segura, lo que no me creo es que vayan a Edimburgo a ver a una amiga.

Anabeth tenía buen ojo, no se equivocaba con las personas, hasta ese momento, su intuición no le había fallado.

—Eso no es asunto nuestro, mamá —dijo sincero. No era asunto suyo qué llevaba a la marquesa a Edimburgo, o donde quiera que fuera—, mantengámonos al margen y disfruta de la compañía femenina.

Anabeth observó a su hijo con ojo crítico.

—Ni se te ocurra meterte en su cama.

Lucien se irguió cuán alto era, era la primera vez que su madre le hablaba de esos temas.

—No soy yo quien ha despertado su interés —espetó con voz grave.

Anabeth amusgó los ojos, su cuello estaba tenso y su mandíbula apretada. Estaba molesto, pero ¿por qué?

—Me refería a la marquesa —aclaró sin perderse detalle de su reacción.

—No me gustan mayores —dijo con normalidad, como si no hablaran de la posibilidad de intimar con una mujer que se alojaba bajo su techo.

—No es tan mayor.

—Creía que no querías que me metiera en su cama —dijo justo antes de volverse hacia la ventana.

—Así es. Céntrate en arreglar el carruaje, y aléjate de las dos.

—Eso díselo a Miles —dijo con la mirada puesta en ningún lugar. No se veía nada, todo estaba completamente negro. Los nubarrones impedían el paso de la luz de la luna.

—Mañana hablaré con él.

Anabeth se quedó unos minutos más con la mirada puesta en su hijo, se compadecía de él. Hasta que heredó el condado fue como Miles, un hombre alegre, divertido, siempre haciendo travesuras con su hermano menor.

Todo era culpa suya, al morir Archivald tan prematuramente, pensó que lo mejor sería dejar el condado en manos de un administrador, al menos hasta que su hijo terminara los estudios.

Se equivocó, ese hombre casi los deja en la ruina.

Lucien llevaba intentando solucionarlo desde que asumió el mando, pero cuando parecía que todo empezaba a ir bien, salía algo que los volvía a hundir.

Ya no era él mismo.